La cría
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Mateo se sentó frente al set up de trabajo, compuesto por dos monitores y un teclado, que tenía montado en su casa: un pequeño estudio ubicado en un bloque lleno de estudiantes, en su mayoría del Real Centro Universitario María Cristina de El Escorial. La casa no era gran cosa, un cuadrado de pequeñas dimensiones en el que había una cocina abierta al salón con una mesita, un sofá cama en el que dormía y un televisor. Lo único que estaba separado era un baño minúsculo. El punto bueno, aparte de que estaba pegado al monasterio de El Escorial, era que todo estaba nuevo, pues cuando lo alquiló lo acababan de reformar. Otro plus era que estaba rodeado de gente de más o menos su edad, lo cual le permitía seguir en el ambiente de jaleo y fiesta constante que había tenido que abandonar pronto para estudiar y aprobar las oposiciones y volcarse después en el trabajo que tanto disfrutaba. El cuerpo y la mente ya no le daban para salir a todas horas. Sin embargo, le gustaba estar a todo y tenía una buena relación con la mayoría de los vecinos de su planta y también con los amigos de estos; algunos vivían en otros pisos del edificio. Por eso, si no le tocaba guardia o investigar algo importante, como ahora, le gustaba unirse a las reuniones que hacían sus vecinos, antes o después de venir de fiesta, y participar en los debates sobre el tema que se terciara. A ritmo de buena música, copazo y caladas de porro, discutían principalmente sobre el último escándalo de Twitter, cualquier chorrada de los youtubers de turno y demás rarezas de las redes. Le encantaba explayarse con ellos, consciente de que era un verdadero experto y no había detalle que se le escapara. Sin embargo, por friki que se considerara, siempre terminaba descubriendo algo que desconocía, y eso era impagable.
Había bajado las persianas de la ventana que daba al patio interior, como en todas las viviendas, ya que el edificio era una antigua corrala. Siempre se concentraba más por la noche, con las luces apagadas. Le gustaba esa sensación de perder la noción del tiempo. Pero, sobre todo, lo hacía para que ninguno de sus amigos viera que estaba en casa y le pillara por banda para contarle alguna batallita. Antes de sentarse en su pequeño oasis, rodeado de pósteres de películas de terror y figuritas de los famosos asesinos en serie que las protagonizaban frente a sus dos monitores, con los que le era posible trabajar en paralelo, había calentado tres trozos de pizza de la familiar que había pedido la noche anterior. Había aprendido un buen truco en uno de sus improvisados afters: si recalentaba la pizza en el microondas junto con un vaso de agua, esto hacía que estuviera más que pasable un día después. Por lo menos no se quedaba blanda como una goma. Dio un bocado y, sin dejar de mirar las pantallas, comprobó que no estaba nada mal.
Enseguida, toda su atención estaba puesta en dar con el dueño de la cuenta Mimi9.4.94. Con ese nombre se esperaba cualquier cosa, como que detrás se escondiera desde una millonaria pija y caprichosa hasta un pederasta con sobrepeso que usaba chupetes para masturbarse, o un sicario encargado de secuestrar al valioso niño para «alimentar» una red de tráfico de órganos organizada por gente poderosa que los necesitaban para sus propios hijos. En un primer barrido comprobó que con ese nombre no había más que un usuario registrado en Instagram. Ni rastro en Facebook, Twitter ni TikTok. La cuenta era privada, luego no podía acceder a sus datos ni ver quién o a quién seguía, pero la foto de perfil era, por sí sola, un buen aperitivo que le había despertado un hambre voraz: una silueta negra de un hombre erguido que resultaba de lo más espeluznante. No había nada que le pusiera más que el cosquilleo que le provocaba en el estómago aquello que le daba miedo. En la descripción ponía: «Community manager, publicity, art». Mateo se preguntó si se trataba de un flipao o si realmente tenía contactos fuera de España y por eso utilizaba el idioma sajón. Después introdujo @LucasSweetBunny en Instagram y fue directo a pinchar en su muro, justo en la última publicación en que aparecía el niño con su disfraz de conejito.
El retrato tenía más de doscientos mil likes y miles de comentarios. La mayoría de ellos eran corazones de todos los colores, la carita del emoticono amarillo con dos corazones en los ojos, cabezas de conejitos, zanahorias y palabras de amor e incluso de admiración. Conforme iba deslizando el dedo, Mateo comprobó que los seguidores que interactuaban en su mayoría eran mujeres y chicas que tenían fotos de ellas mismas embarazadas o caras de niños, sus hijos probablemente, como foto de perfil. Aunque también había chavales y hombres. Hacia la mitad del recorrido, la silueta del desconocido que acechaba llamó su atención. Era increíble como una sola imagen, que en realidad no era más que una sombra, podía acabar de un golpe seco con lo empalagoso de los mensajes anteriores. El misterioso usuario había escrito: «Mira MD». Adriana le había mandado el resto de los mensajes en pantallazos y ya los había releído varias veces. Buscó el post anterior donde el niño saliese también disfrazado y, después de un rato de estar atento, comprobó que no había constancia del tal Mimi9.4.94. Ni había escrito ni dado a like. Tampoco en las dos publicaciones que lo precedían. La última foto había sido publicada hacía tiempo, por lo que no podía afirmar que el contacto con Lucas fuera reciente ni si vigilaba sus posts desde mucho antes, ya fuera desde el mismo perfil o desde otro. En cualquier caso, siempre de manera anónima. Lástima que tampoco pudiera ver cuándo había comenzado a seguirlo para aclararlo.
Llegado a este punto solo le quedaba una opción: bucear en su querida Deep Web, el paraíso para el delincuente que sueña con que nadie pueda encontrarlo. Gracias a los dominios y a una dirección IP anónima, era prácticamente imposible dar con ellos. Estaba convencido de que, si las intenciones de esa persona eran tan oscuras como sugería la imagen que lo representaba, tenía que estar entre los millones de personas de todo el mundo que buscaban u ofrecían truculencias de todo tipo en lugares como las Red Rooms, o habitaciones rojas, a cambio de bitcoins, el tipo de criptomoneda más utilizada. Entre lo más común se anunciaban sobre todo drogas, pero también blanqueo de dinero, tarjetas de crédito y documentación de identidad falsa, activismo político, explotación sexual, porno, armas, sicarios, trata de seres humanos, hackers profesionales… También se podían localizar webs con contenidos racistas, xenófobos, mutilaciones, violaciones, asesinatos y pornografía infantil. No tenía tiempo que perder, así que rastreó en todas las entradas en las que se mencionara algo relacionado con menores: pederastia, secuestros, venta de órganos y similares. El panorama era aterrador; la oferta, ilimitada, pero no le pareció encontrar nada que pudiera asociar a Lucas o a la cuenta que se había puesto en contacto con su madre a través de los mensajes directos de Instagram. Siguió buceando entre lo que para muchos, incluida Candela, era un océano de perversión capaz de quitar el sueño a cualquiera. Sin embargo, él estaba más que acostumbrado a lidiar con todas esas atrocidades, de las que, por suerte, muchas eran falsas. Abundaban los anzuelos para timar a la gente: una vez abonado el dinero que se exigía por el servicio contratado, gracias al anonimato del vendedor, era imposible exigir una reclamación si no se recibía lo pactado. Era casi un acto de fe, aunque, en la mayoría de los casos, las personas que pagaban esas cantidades de dinero podían asumir el riesgo.
El tema era duro, pero Mateo encontraba cierto placer en descubrir nuevos ámbitos y secretos dentro de ese mundo cibernético paralelo que tan poca gente conocía y que le permitía adquirir cierto control para navegar dentro de algo tan complejo como era la Deep Web. Cada dificultad que encontraba suponía un nuevo reto, y eso lo mantenía vivo, tanto que en ocasiones su dedicación llegaba hasta límites cercanos a la obsesión. Tenía tal enganche que después, en su día a día, le era imposible desconectar y no darle vueltas a cualquier acontecimiento normal para sacar la parte más escabrosa. Era capaz de pasarse noches enteras sin dormir hasta llegar al quid de la cuestión. Candela se cachondeaba y le aconsejaba que se lo tomara con más calma, pero también sabía que eso era lo que lo diferenciaba del resto de sus compañeros.
De pronto, la suerte vino a verlo cuando, al revisar los usuarios que contaban con los contenidos más visitados, encontró un vídeo snuff del asesinato de una adolescente llamada Laura García Hernández…, y quien lo anunciaba era el mismísimo Mimi9.4.94.