La cría

La cría


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Desde que la teniente de la Guardia Civil encargada de llevar la investigación de su hijo y su ayudante se fueron, Adriana no había dejado de dar vueltas, encerrada en la habitación de Lucas. Se sentía un animal enjaulado. La ansiedad y el miedo invadían todo su cuerpo. La incertidumbre era el peor enemigo que había tenido y ahora volvía a estar más presente que nunca. No podía más, se dejó caer sobre la cama de su hijo y cerró los ojos. Intentaba tranquilizarse, pero los pasos de los agentes yendo y viniendo de un lado a otro la sobresaltaban constantemente. Sentía cada movimiento, cada ruido o golpe que daban a algún mueble como una agresión. Le violentaba mucho cómo todas esas personas extrañas rebuscaban entre sus cosas sin respetar su intimidad. Su móvil sonó por quinta vez en la última media hora. En la pantalla aparecía el nombre de Néstor, el padre de su hijo. Una vez más, tocó en el lateral del teléfono para quitar el volumen y esperó a que se cansara de llamarla. Sin embargo, a los pocos segundos llegó una notificación que indicaba que le había dejado un mensaje en el contestador. Se pegó el teléfono a la oreja y marcó para escucharlo: «Sé lo que has hecho. Me estás castigando. Se trata de eso, ¿no? Pues te voy avisando de que no pienso ceder, pero no por mí, sino por Lucas. Por favor, no hagas el tonto. Déjalo aparte de todo esto… Por favor. Solo te…».

Adriana colgó y se quedó mirando al frente, hierática. Allí estaba el ordenador desde el que grababa muchos de los vídeos y directos de Lucas. La webcam apagada enfocaba directamente hacia la cama donde estaba sentada. En su mente, la luz roja se encendió de la misma manera que la noche en que probó a Lucas su disfraz de Sweet Bunny por primera vez.

Elvira había enviado un repartidor con el traje como sorpresa y después le pidió que se lo probara para mandarle una foto. Adriana esperó a después del baño, le secó el pelo a conciencia para que le quedara perfecto y fue a la habitación de Lucas, donde había dejado el disfraz sobre la cama. Frotó bien al niño con la toalla y se la quitó para vestirlo. Lucas era muy obediente y aguantó de pie muy quieto pese al frío que tenía. Cuando Adriana le estaba poniendo el mono de peluche, se dio cuenta de que el piloto rojo de la cámara del portátil, que solía estar en la mesa del cuarto de Lucas, estaba encendido. ¿Alguien los estaba viendo? Imaginó a Elvira observando al otro lado, junto a Zeus y Ángel, sus hombres de confianza. Retiró la mirada sin saber qué hacer. El niño estaba tiritando. No era el momento de echar piedras sobre su propio tejado, aún no se lo podía permitir. Entonces le quitó el mono y le dio la vuelta para que mirara hacia la cámara. Muy lentamente cogió la toalla del suelo y con mucha suavidad volvió a recorrer con ella el cuerpo desnudo del niño. Mientras mantuvieran las distancias, no había nada que temer. Después lo vistió con el disfraz. Sacó el móvil y lo retrató con él. Era, sin duda, el conejito más bonito que había visto nunca, con sus enormes ojos azules y sus mofletes rosados. Parecía un peluche.

Al visualizar aquel momento, Adriana se levantó de golpe de la cama. Sus oídos se taponaron, porque tenía un presentimiento tan fuerte que ya no sentía a los agentes por toda la casa. Se dirigió al armario de su hijo y abrió los cajones uno por uno, removiendo todo, cada vez más desesperada. No podía ser, el disfraz de conejito de Lucas no estaba. También se lo habían llevado…

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