La cría
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Mateo llegó a su casa casi de madrugada. Estaba agotado, el día no podía haber sido más intenso. Aún no podía creerse que pudiera ser cierto todo lo que había ocurrido. Era mejor que cualquiera de los sucesos y crímenes que había leído en todas esas páginas plagadas de asesinatos. Había conseguido sortear todos los inconvenientes y salir impune de manera magistral. Estaba hecho un auténtico profesional. Se había esforzado en disimular su relación con Judith, poniéndola verde en cuanto tenía ocasión y mostrando siempre el máximo desinterés. Cuando se encontró con ella en la casa por primera vez, casi le da un infarto; había intentado escaquearse para no coincidir con ella, pero Candela había insistido en que se quedara. La mirada de la chica dejó ver la enorme sorpresa que se llevó al verlo. Le había hablado de todas sus pasiones, pero no le había dicho que era miembro de la Guardia Civil. Por suerte, en cuanto se quedaron solos pudo convencerla de que mantuviera la calma y no dijera nada, entre los dos conseguirían que su relación siguiera en secreto. Las fotos en el embalse con los mil estilismos diferentes eran la garantía que necesitaban para que Candela no sospechara. Lo que no se podían imaginar es que fuera a darse cuenta de que habían sido tomadas otro día y, mucho menos, que Alberto, el vecino pirado, hubiera visto su coche esperándola en la calle. Por suerte había sido rápido y se pudo encargar de todo antes de que Paula descubriera que era él quien lo conducía. Además, el tal Álvaro, su supuesto novio y alter ego, había sido la coartada perfecta para que nadie sospechara de él. Había tenido mucha suerte cuando Candela le encargó que investigara todo el asunto; si no, habría tenido que dar más de una explicación que lo habría puesto en el ojo del huracán. Aunque tampoco podía decirse que hubiera disfrutado mintiendo a sus compañeras. Sobre todo a Candela, que siempre se había portado tan bien con él. Quería a su mentora, no podía negarlo, era lo más cercano a una figura materna que había tenido en muchos años, pero, sin planearlo, todo el asunto se había convertido en un tema de causa mayor. Un reto trepidante. Y es que, aun sabiendo que era Judith quien se había llevado a su hermano, cuando se enteró de que Adriana había salido con el coche fuera de la urbanización, por un momento, pensó que estaba compinchada con su hija y hasta se planteó que la foto de Lucas la hubiera subido ella desde el móvil de la agencia y no Judith.
Ahora, después de haber pasado el ciclón, le quedaba la mejor parte. Sacó el teléfono con el que la agencia se ponía en contacto con Adriana. Miró la lista de llamadas, que se remontaban a un par de meses atrás, y vio que solo había un número que se repetía. Dio a la opción de enviar un mensaje. No escribió nada en él, tan solo adjuntó un pequeño clip del vídeo que había hecho con los últimos segundos de vida de Lucas. Al enviarlo sintió un enorme vértigo, una excitación absoluta que lo llenaba por dentro. Después se quedó despierto más de tres horas, a la espera de recibir alguna respuesta, pero finalmente no aguantó más y se quedó dormido. El sonido del timbre lo despertó a la mañana siguiente. Cuando abrió, encontró a un repartidor con una caja grande anudada con un enorme lazo rosa.
—¿Mateo Jiménez?
—Sí, soy yo —respondió extrañado al ver que no se trataba de un paquete de Amazon.
—Tengo esto para usted, ¿me firma aquí?
Mateo hizo un garabato y cogió la caja. Nada más cerrar la puerta, la apoyó sobre la barra de la cocina y deshizo el lazo para descubrir qué había en su interior. Lo que encontró lo dejó de piedra: estaba llena de las famosas galletas y gominolas en forma de conejo. Encima del todo había un sobre cerrado. Al abrirlo se encontró con una nota escrita a mano: «Creo que tienes algo para mí, querido. Espero que disfrutes de las golosinas. Hasta el niño más travieso merece un premio. Ya sabes dónde encontrarnos. Con cariño, Elvira». En la parte baja del tarjetón venía la dirección de la agencia: «Torre Iberdrola / Plaza Euskadi, 5 (última planta) / 48009, Bilbao / Bizkaia».
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. A su mente vinieron una batería de imágenes de todos los vídeos que había visto colgados por ellos: la chica descuartizada, el hombre con la máscara de perro sangrando a punto de atacarla, las otras adolescentes muertas en el suelo o tiradas en la cama después de haber sido violadas y asesinadas… Mateo miró de nuevo la caja y entonces descubrió algo en lo que no se había fijado. Al fondo, entre las galletas y gominolas, sobresalía un trozo de peluche blanco. Apartó los dulces con la mano y se encontró con el rostro de Sweet Bunny. Era la misma máscara del anuncio, la que tenía el muñeco de tamaño real que había en la buhardilla de la casa de Lucas, de peluche blanco y con los enormes ojos negros y profundos. Mateo metió las manos con sumo cuidado y la sacó como si fuera una reliquia, totalmente fascinado. Después fue al baño. Allí se puso la máscara lentamente y se quedó un rato largo mirándose al espejo, saboreando el momento.