La cría

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Candela abrió el enlace que le acababa de mandar Mateo por WhatsApp mientras conducía hacia la casa de Lucas. En cuanto vio de qué se trataba, paró el coche en seco a un lado de la carretera y analizó la fotografía intentando mantener la calma. A la maravillosa Judith no se le había ocurrido otra cosa que subir al muro de su perfil de Instagram un retrato de su hermano Lucas disfrazado de Sweet Bunny. Su majestad debía de creer que las advertencias de que se mantuviera la máxima discreción sobre el asunto no iban con ella, o quizá era tan sumamente idiota que no lo había pensado. En cualquier caso, había desobedecido una orden y puesto en peligro la investigación y, por lo tanto, a su hermano. La imagen no tenía ningún texto que la acompañara, por lo menos no había escrito nada sobre lo mucho que lo echaba de menos, que rezaba para que volviera pronto o alguna cagada similar. No como su madre, que era especialista en subir «cartas de amor» edulcoradas en cada foto que compartía de su dulce «conejito». Una de ellas había enfadado mucho a Candela; el texto lo había escrito junto a una foto similar a la que acababa de subir Judith —⁠estaba segura de que ambas sabían perfectamente que cuando aparecía el niño solo tenían más likes⁠—. Lo buscó de nuevo para volverlo a leer en el coche. En la fotografía, Lucas sonreía a cámara con el disfraz de conejo y la galleta con forma de zanahoria en la mano. Debajo, la orgullosa madre había escrito: «No es tu mejor foto por el arañazo y el granito en la cara», y es que, aunque el texto estaba redactado como si fuera un mensaje dirigido a su hijo de tres años, que, obviamente, no sabía leer, en realidad no era más que una declaración pública en la que parecía justificar que el niño no saliera lo bastante guapo, como si quisiera decir: «Es más guapo en persona». Aunque mucho no debía de importarle que el niño se viera bien o mal, porque, si hubiese tenido la más mínima duda, habría guardado la foto en vez de mostrársela a sus miles de seguidores. Lo único que importaba ahí era que ella pudiera proclamar a los cuatro vientos cuánto lo quería, y ya de paso llamar un poco la atención y que la siguiera más gente. La pena es que en vez de decírselo al niño y jugar con él, lo más seguro era que después de subirla hubiese estado pendiente de los comentarios y los likes que generaba ese texto. ¿De verdad necesitaba hacer eso?, se preguntaba Candela horrorizada. ¿O no era más que otra manera de seguir aparentando una felicidad casi imposible o de continuar la carrera del «Yo más» que suele empezar en los colegios? Lo peor de todo era que ese mensaje lo habría leído y lo leería todo el mundo muchísimo antes que la persona a la que iba dirigido; quizá, con un poco de suerte, cuando pudiera hacerlo ya estaría hasta los huevos de todo aquello y ni lo miraría.

Ojalá ocurriera así y no pasara como con Judith, que no podía estar más obsesionada, la pobre. Era una verdadera enferma. Subiendo la maldita foto había demostrado que era incapaz de vivir al margen de las redes sociales y de la atención que estaba acostumbrada a obtener a través de ellas. Obsesionada como su madre con aparentar, con agradar y con el qué dirán.

Pero, conforme siguió leyendo el mensaje de la madre, Candela se dio cuenta de que en el fondo aquel texto no hablaba sobre Lucas como podría parecer a simple vista. El niño, una vez más, solo era un reclamo. Adriana hablaba de ella misma, de lo bien que le hacía sentir, de la felicidad que le brindaba, de lo realizada que se sentía al ser madre de un niño así. Candela no podía evitar preguntarse si todos esos padres que hacían lo mismo que Adriana abrirían cuentas a sus hijos y compartirían tantas fotos si estos no fueran niños tan «ideales» como decían en sus comentarios, tan monos o no encajaran en los cánones sociales de la perfección. ¿Qué pasaba con el resto de los mortales, los que no nacían con la pegatina de «ganadores»? ¿Es que los demás niños no tenían derecho a una vida corriente sin ser señalados constantemente?

Candela estaba tan cabreada que le hubiera gustado lanzarles el móvil a la cara. Se alegraba de haber parado un segundo en el camino para desahogarse pensando en ello antes de calentarse y soltarlo delante de Mateo. Sabía que sería una pérdida de tiempo. Lo que la ponía también enferma era parte del mundo de su apadrinado, pese a que él demostrara tener muchísima más cabeza. Era injusto compararlo con ellos, pero Mateo pertenecía a una generación que había crecido en paralelo al desarrollo de internet y las redes sociales. Lo habían mamado ya desde pequeños y eso hacía que no tuviera los prejuicios que ella sí tenía. Si en ese momento él hubiera estado ahí y hubiesen hablado del tema, Mateo habría defendido la libertad de cada uno a expresar el amor por sus hijos de la manera que eligiera. Diría que no somos nadie para censurar nada y mucho menos el comportamiento de otra persona. Candela podía entender parte de ese razonamiento, pero estaba segura de que los contras predominaban sobre los pros, y era algo que no solo pensaba ella: había miles de psicólogos y profesionales de todo el mundo que estaban hartos de avisar sobre las consecuencias que ese tipo de comportamiento acarrearía en los niños, que no tenían culpa de nada. De cómo todo esto puede afectar a una sociedad cada vez más dependiente e insegura.

No podía perder más tiempo. Guardó el móvil en el bolsillo y arrancó el coche. Hizo gran parte del recorrido en silencio, sumida en sus pensamientos. No había manera de escapar de ese profundo malestar, provocado en gran parte por la impotencia de saber que cada vez era más difícil proteger a los más indefensos, los niños. Se daba cuenta de cómo ese gran mundo alternativo que inventamos en las redes va tomando más y más terreno hasta devorarnos y hacer que el mundo real en el que vivimos sea cada vez más insignificante, pierda importancia. Y cómo cada vez es mayor el rastro de cadáveres de los que no se suben al carro de esa nueva realidad.

Aunque la mirada de Candela estaba puesta en la carretera, seguía tan concentrada que, por un instante, había dejado de enfocar y prestar atención. Entonces una silueta borrosa entró en su campo de visión. Tardó un segundo en saber de qué se trataba: un conejito había salido dando botes del campo y se había quedado en mitad de la carretera, quieto, mirando hacia ella, probablemente alertado por el sonido de los neumáticos que se acercaban hacia él. Candela conducía rápido, pero aun así tuvo tiempo de fijarse en la expresión de terror del animal, que pareció darse cuenta del fatal desenlace. Antes de avanzar más, hipnotizada por la profundidad de la mirada del animal, Candela vio algo que la hizo estremecerse. Por un instante, el rostro que la miraba no era el del conejo, sino el de Lucas. El niño, disfrazado, estaba sentado como en la imagen del famoso anuncio y sus ojos enormes azul cristalino la miraban llenos de terror. Entonces escuchó el golpe seco contra las ruedas. Candela cerró los ojos y frenó de golpe sin apartarse de la carretera. Su cuerpo estaba rígido, no encontraba el coraje necesario para girarse y ver los restos del animal, pero una fuerte arcada la hizo salir del coche y vomitar todo lo que tenía en el estómago en mitad de la nada. Cuando pudo volver a incorporarse, sacó un clínex usado del bolsillo de su pantalón vaquero y se limpió la boca. A tan solo unos metros de ella yacía el cuerpo del conejo aplastado; Candela no pudo evitar mirarlo. Las tripas del animal habían quedado al descubierto y la sangre se deslizaba por la carretera. Pero lo peor de todo fue que, al verlo bien, se dio cuenta de que tan solo era una cría. En ese momento supo que lo que acababa de ocurrir no podía ser más que un claro presagio de lo que aún estaba por llegar.

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