La cría

La cría


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El hombre empujó a Candela con fuerza contra los setos que delimitaban la parcela. De cerca parecía más robusto de lo que hubiese imaginado para la edad que debía de tener. Él permaneció unos segundos tapándole la boca con la mano y mirándola fijamente sin decir palabra, observando a conciencia cada detalle de su rostro. Candela permaneció con los ojos muy abiertos, expectante, pero poco a poco empezó a notar cómo su atacante aflojaba la presión hasta apartar la mano de su rostro.

—Suélteme ahora mismo —le dijo Candela en voz baja, esforzándose por mantener la calma.

Alberto estaba notablemente superado por la situación, pero aun así obedeció y se separó un paso para mirarla con atención. Candela se estremeció al notar cómo los ojos del vecino la estudiaban de pies a cabeza. En menos de un segundo, una ráfaga con todos los casos de violaciones que había cubierto en el pasado pasó por su mente. Por entrenada que estuviera, ella era igual de vulnerable que todas esas mujeres a las que cada día torturaban y quitaban la vida de la manera más ruin posible.

—Esa niña es igual que la madre —⁠dijo de manera entrecortada, con un ligero tartamudeo⁠—. Es igual que su madre… —⁠repitió.

Parecía atascado, como si no encontrara las palabras adecuadas para continuar. Movía la boca sin parar, como si se estuviera ahogando y necesitara aire para respirar. Candela deseaba saber qué había detrás de aquella afirmación. El hombre siguió intentando comunicarse, pero había entrado en bucle. Algo se lo impedía, hasta que finalmente pudo decir:

—Está deseando que le den amor. En el fondo es una cría que solo quiere gustar…

Después de estas palabras, cuando parecía que seguiría hablando, Alberto dejó de hacerlo y miró a Candela desconcertado, como si fuera la primera vez que lo hacía…

—Tiene que ser muy duro crecer sin la atención de una madre.

—¿Qué quiere decir con eso? ¿Hay algo que quiera contarme? —⁠preguntó Candela con tacto. Él no respondió, solo bajó la mirada⁠—. Su vecina insiste en que ha tenido que darle varios toques de atención, que tuvo problemas con usted por algo relacionado con Judith —⁠continuó cautelosa.

El hombre volvió a mirarla visiblemente enfadado.

—Eso es mentira, los problemas los tiene ella. Menuda lagarta, está llena de veneno y los niños lo han heredado. Están todos enfermos —⁠escupió por la boca, preso de un ataque de rabia.

—Entonces ¿no es cierto que usted esté pendiente de ellos todo el tiempo? —⁠preguntó Candela, haciéndole ver que hacía un rato lo habían pillado vigilando por la ventana.

—Estoy pendiente porque no deseo que les pase nada a esos niños. Su madre los ha estropeado. No ha parado hasta conseguir que sean iguales que ella. Están podridos.

El hombre arrugó la cara con un gesto extraño, como si fuese a llorar. Hablaba entre sollozos, pero por sus ojos no caía ninguna lágrima. De pronto se quedó en silencio, como si hubiera despertado de un largo sueño, y, sin dejar de mirarla a los ojos, le hizo una señal para que se acercara. Candela no supo cómo reaccionar hasta que Alberto hizo un gesto con la mano con el que quería indicar que iba a contarle un secreto. La situación le resultaba realmente marciana, incluso sintió miedo, pues en menos de un segundo él podía romperle el cuello sin que nadie de su equipo se percatara. Aun así, no pudo evitar acercar su oreja a la boca del hombre, como si fuese un imán.

—Esta mañana la niña salió con una maleta…

Candela decidió hacerse la sorprendida para no quitarle valor a lo que estaba compartiendo con ella y siguiera contándole.

—¿Y era la primera vez?

Alberto volvió a hacer una pequeña pausa y, sin separarse, dijo:

—No. Pero esta vez no iba sola. Un hombre ha venido a buscarla en un coche oscuro.

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