La cría

La cría


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Judith hizo una pausa larga, consciente de que los dos agentes esperaban impacientes con la mirada posada sobre ella. Candela tuvo que morderse el labio inferior para no saltar y meterle prisa para que continuara.

—Había quedado con un chico —⁠dijo por fin.

Candela arqueó las cejas.

—Y es el que vino a buscarte en coche esta mañana.

—Sí —dijo tímidamente, con la mirada baja.

—¿Podrías especificarnos el motivo por el que no nos lo has contado y por qué tu madre no puede saberlo?

—No se lo digan, por favor. Si se entera, me mata. —⁠Candela la miraba impasible para que siguiera hablando⁠—. Es un chico de la zona…

—¿Alguien de tu colegio?

—No, es mayor.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Candela temiendo lo peor.

—Veintiuno, por eso no quiero que lo sepa mi madre. No quiero que me eche una charla de las suyas sobre los hombres. Está muy pesada últimamente con el rollito del patriarcado y, si se entera de que es mayor de edad, dirá que es porque me ha liado o porque me tiene sometida, como si yo fuera boba y no supiera hacer las cosas por mí misma.

—Las madres somos un coñazo. Muchas veces nos equivocamos y nos preocupamos por cosas que no debemos. Pero yo, que no soy tu madre —⁠«Por suerte», pensó Candela⁠— y he visto mucho, créeme, te digo que deberías hacerla caso y andarte con ojo: los hombres no siempre piensan como nosotras. —⁠Mateo se mantuvo firme, sin darse por aludido⁠—. Por mucho que te cueste creerlo, algunos tienen intenciones que no podrías ni imaginar. —⁠Candela no pudo ser más sincera; después de una pequeña pausa, continuó⁠—: Vas a tener que darnos toda la información que necesitemos para hablar con ese chico y confirmar que no es uno de los malos. —⁠«Y que exista, claro», completó mentalmente⁠—. ¿Dónde lo conociste?

—¿No será algún fan o alguien que se haya puesto en contacto contigo a través de una de tus redes sociales? —⁠preguntó Mateo.

—Sí y no —respondió Judith. Los agentes seguían expectantes⁠—. Fue a través de una red social, pero no una de las que están pensando… Fue por Tinder.

Candela miró a su compañero para que le ampliara la información.

—Es una aplicación de contactos —⁠aclaró Mateo.

—Yo le escribí a él, y no al revés. No se lo digan a nadie, ni a los polis que hay por aquí; cualquiera podría sacarlo o contarlo. Si todo esto se supiese, hundiría mi reputación y no podríamos vernos más.

—Sabes que tenemos que hablar con él para verificarlo todo —⁠dijo Candela.

La chica asintió.

—Esta vez es cierto, lo prometo.

Candela hizo un gesto a Mateo para que se acercara a Judith y este, una vez más, sacó su libreta y comenzó a tomar los datos del chico. Mientras tanto, Candela comprobó si tenía algún mensaje o llamada perdida de Paula u otro compañero. No sería la primera vez que tenía el teléfono en silencio sin darse cuenta. Nadie se había puesto en contacto con ella. Dio un par de pasos hasta llegar al pequeño rellano que había entre las dos puertas; desde ahí miró escaleras abajo. La vivienda tenía cuatro pisos, muy estrechos y de mucha altura, y desde arriba tenía un aspecto de lo más claustrofóbico, casi como el de un laberinto. No quería ponerse en la piel de esos pobres niños criados entre aquellas paredes.

—Bien —dijo mientras volvía junto a los otros⁠—. Ahora que sabemos que este chico… —⁠Candela miró a Judith para que dijera su nombre.

—Álvaro.

—Ahora que ya sabemos que Álvaro vino a buscarte en su coche, repasemos todo lo que hicisteis después. ¿Te recogió a la hora que nos contaste?

—Sí, yo salí a las nueve o unos minutos antes.

Candela asintió, el dato coincidía con el relato del vecino.

—¿Qué hicisteis?

—Fuimos al supermercado y me compré el zumo…

—¿Entró él contigo?

—No, no, qué va. Intentamos ser muy discretos, él me esperó en el coche. Le pedí que me hiciera la foto nada más salir. Estaba sentado, por eso el plano es contrapicado y solo se me ve a mí y el cielo. Después salimos hacia el sitio que les dije esta mañana para hacer las fotos. De camino me tomé el zumo tranquilamente mientras nos contábamos qué tal la semana, porque no nos hemos visto nada. Cuando aparcamos nos entretuvimos un poco, ya me entiende…

—¿Tuvisteis relaciones sexuales?

—Sí, él es muy…, bueno, la cosa es que sí hicimos… —⁠Judith se puso colorada, parecía que le daba vergüenza hablar de ese tipo de cosas delante de Mateo⁠—. Estuvimos un rato largo y al acabar nos quedamos acurrucados en el coche. Nos dimos cuenta de que pronto empezaría a aparecer gente y salimos a hacer las fotos.

—¿O sea que sí hiciste fotografías? —⁠Judith asintió⁠—. ¿Y por qué nos has mandado otras? ¿Hay algo que no podamos ver?

—No, no. Lo que pasa es que no quería pasar material mío sin retocar. Nunca sabes dónde puede acabar. Claro que hicimos, pero pocas, porque nos entretuvimos. Yo no me decidía por qué estilismo empezar y él me hizo coñas diciéndome que estaba mejor desnuda. Intentó otra vez… Cuando por fin nos pusimos a hacerlas, enseguida me llamó mi madre. No encontraba a Lucas y quería saber si estaba conmigo.

Candela se giró hacia Mateo, algo no le cuadraba.

—¿Por si estaba contigo o por si sabías dónde estaba?

—La primera.

—¿Álvaro te trajo de vuelta?

—No, qué va. Volví andando, ya había más gente en la calle y era más arriesgado regresar sin que nos viera alguien. En ese momento no sabía que fuera a ser tan grave. Me acercó al cruce y ya seguí yo.

—Para no ser tan grave, parecías muy afectada cuando llegaste aquí —⁠señaló Candela.

—De camino mi madre me escribió.

—¿Puedo ver el mensaje?

—Claro, mire.

Judith enseñó el wasap que le había enviado su madre: «Se lo han llevado».

—Ahí es cuando supe que iba en serio.

—Antes nos dijiste solo que te había llamado, ¿podrías dejarme ver también el historial de llamadas?

—Creo que Paula estaba también con eso —⁠interrumpió Mateo.

—Me alegro —contestó tajante Candela, e hizo un gesto para que Judith se lo enseñara.

Judith buscó la llamada y se la mostró. La teniente comprobó que la hora coincidía con la que tanto ella como su madre habían mencionado.

—¿Y este número oculto? —preguntó al ver que se repetía constantemente a lo largo de la lista.

—Álvaro. Siempre me llama desde un oculto.

Candela frunció el ceño mientras devolvía el teléfono a Judith, que fue directa a la galería de imágenes.

—Estas son las de hoy, mire. —⁠Las puso al alcance de Candela para que las viera.

En ellas aparecía la chica con distintas poses en la misma zona de las anteriores fotos, cerca del embalse. Candela miró la fecha y la hora: esta vez sí coincidían con el relato que les había contado. Siguió pasando y no encontró más que un par de cambios de ropa.

—Desde luego que muchas no hicisteis…

—Por eso les mandé las otras, para que no les chocara que en todo ese rato hubiera hecho tan pocas y descubrieran que había estado con Álvaro. Puedo mandárselas si quiere —⁠dijo a Mateo.

—Al mismo mail de antes —⁠respondió él.

—Van a encontrarlo, ¿verdad? —⁠preguntó Judith con lágrimas en los ojos.

Candela asintió.

—Prométame que no se lo va a contar a mi madre.

—No lo haré, puedes estar tranquila —⁠respondió firme, incluso fría⁠—. Aún estás a tiempo de retractarte o modificar algo de lo que nos acabas de decir. Si nos has vuelto a mentir, es el momento de decirlo. Tienes dos minutos para pensarlo.

—No he mentido, lo juro.

Candela se giró hacia Mateo, tenían que continuar y avanzar en la investigación. Justo cuando iban a entrar de nuevo en la casa, Judith se dirigió hacia ellos y les hizo frenar en seco.

—Todo esto ha sido cosa suya, ¿verdad? Se lo ha dicho el viejo ese.

—¿Quién? —preguntó Candela.

—El vecino, Alberto —respondió la chica señalando con la cabeza hacia la casa de al lado⁠—. Si buscan tíos de los malos, no tienen que irse muy lejos.

—¿A qué te refieres?

—Ese pervertido me tocaba cuando era pequeña. Estaba obsesionado conmigo. Todavía me cuesta dormir por la noche del miedo que le tengo. Si están buscando un pederasta, sin duda es él.

Odiaba con todas sus fuerzas los tirones que le daba su madre cuando le estiraba el pelo con el cepillo y el secador para dejárselo lo más liso posible.

—¡Aaah, mamá, duele! —exclamó Judith cuando ya no pudo aguantar más.

—Cariño, lo hago por ti. Para que te vean distinta, ya saben cómo te quedan los bucles de siempre. Igual esto les ayuda a decidirse. ¡Mira, si te llega por la cintura, parece que lo tienes mucho más largo!

Una vez lista, Judith esperaba en el descansillo de su casa, frente a la puerta de entrada, junto a su madre, que le iba dando de beber de un termo con pajita. La niña estaba de pie, quieta, con las piernas juntas y las manos entrelazadas.

—Es que no quiero más, no me gusta.

—Un sorbito más, que te va a venir bien. Son vitaminas para ser una chica grande y fuerte. Venga, que si no no hay premio hoy.

La niña obedeció y dio el último sorbo. Cuando llamaron al telefonillo, Adriana contestó con entusiasmo.

—¡Ya vamos!

Judith salió detrás de su madre sin rechistar. En cuanto puso un pie en la calle y vio el coche que las venía a recoger, le empezaron a temblar las piernas porque sabía todo lo que vendría a continuación, y solo de pensar en el enorme conejo que se le echaba siempre encima se ponía mala, literalmente. Ambas entraron a la parte trasera, se sentaron y se sorprendieron al ver que no había nadie al volante. El coche estaba con el motor puesto, pero no había rastro de Zeus, el chico de producción que solía ir a buscarlas. Adriana miró por las ventanas laterales para comprobar si es que había salido un momento y no se habían dado cuenta, pero no había nadie. Judith estaba sentada, mirando al frente, desconcertada pero contenta a la vez: si no había venido el conductor, ¿significaba que se cancelaba todo y podría ir al cole con sus amigas? Entonces echó la cabeza un poco hacia delante y de golpe apareció frente a ellas un hombre con la máscara de peluche blanco de Sweet Bunny, con sus profundos ojos negros y rasgados y sus enormes dientes. Judith y su madre empezaron a gritar. Adriana casi se muere de un infarto. El grito de la niña pronto se transformó en llanto. Estaba muy nerviosa y respiraba entrecortadamente, como si tuviera un ataque de ansiedad. El hombre se quitó la máscara: era Zeus, con su pelo revuelto, sus pecas y su cara amable.

—¡Ey, no llores! Que era una broma… Estaba escondido para daros un susto. No pensé que te fueras a poner así. Soy yo, Zeus, me han dejado el disfraz porque Elvira dice que es bueno que te acostumbres a verlo. Pensé que sería gracioso, pero ya veo que no ha sido buena idea, perdona. Lo siento mucho.

El chico se excusaba de la mejor manera posible, pero Judith no lo escuchaba, seguía llorando sin parar. Al final Adriana la abrazó y la sacó del coche. Cuando se pusieron de pie, la niña no se soltaba de su cintura y se dio cuenta de que se había hecho pis encima.

—Vamos a entrar a cambiarnos y a que se nos pase el susto, ¿vale, cariño? —⁠Judith no respondió, seguía con la cabeza oculta entre los muslos de su madre⁠—. Y mamá va a preparar un poquito más de la bebida rica para estar fuertes, que nos va a hacer falta y te vendrá bien.

Adriana cogió de la mano a su hija, que, una vez más, la obedeció sin rechistar. Judith entró en la casa de nuevo evitando mirar atrás para no encontrarse con los ojos oscuros del maldito conejo, que no dejaba de observarlas. Una vez dentro, su madre consiguió calmarla: «Tiene que ver todo el mundo lo guapa que te ha puesto mamá; no irás a fallar a tu madre, ¿no?», le dijo. Sin embargo, Adriana también seguía con el susto en el cuerpo. Le daba mucho miedo comprobar lo fácil que era que alguien estuviese escondido en el coche, tumbado en los asientos, y que pudiera atacar sin tiempo a oponer resistencia. Por eso, incluso años después, cada vez que se subía a uno, pensaba que el conejo podía salir en cualquier momento. Cuando conducía el suyo, se imaginaba cómo aparecía de pronto por su espalda y, antes de que pudiera encontrarse con su reflejo en el espejo retrovisor, le cortaba el cuello de un extremo al otro.

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