La cría
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Candela empezó a bajar las escaleras seguida de Mateo. Mientras recorrían los peldaños, lanzó una mirada hacia arriba y vio que Judith los observaba desde el marco de la puerta. En cuanto le dieron la espalda, Candela susurró a su ayudante:
—¿Te das cuenta de que ha dicho que su madre le preguntó si Lucas estaba con ella? Según nos contó Adriana, ella estaba pendiente del niño y lo había visto antes de ir al baño. Si realmente sucedió así, habría sido difícil que el crío, además tan pequeño, se hubiera escapado para ir hasta donde estaba su hermana, ¿no? A no ser que Adriana nos esté mintiendo y no estuviera tan pendiente de él; es posible que llevara más tiempo sin verlo y por eso barajase la posibilidad de que se lo había llevado Judith.
—O que directamente le dijera eso a Judith por disimular y sepa qué ha pasado con Lucas.
—No sería ninguna novedad que uno de los padres hubiera acabado con la vida de su hijo, por desgracia.
Al llegar a la planta intermedia vieron que la habitación de Lucas seguía cerrada y aceleraron el paso antes de que Adriana pudiera aparecer, ya fuera por casualidad o porque los hubiera escuchado. Ya hablaría después con ella, ahora solo tenían una prioridad: interrogar al vecino. Cuando llegaron al descansillo, Candela dio un par de pasos hacia la puerta de entrada.
—Voy a localizar al tal Álvaro, el chico con el que se veía Judith… —dijo Mateo.
—Cuando hables con él, llama a Paula y le cuentas lo que tengas. Al contarme Alberto que había ido un coche oscuro a recoger a Judith, le pedí que lo buscara en las cámaras.
—Mejor la llamo ya; que lo deje en stand by y dé prioridad a los demás temas hasta que hable yo con él.
—Verifica todo lo que nos ha contado Judith y sigue con la persona que envió los mensajes privados por Instagram…, a ver si das con el Mimi ese.
—Lo del viejo tiene una pinta, jefa… Responde al patrón que siempre me dices. Hay dos tipos de comportamiento entre los criminales involucrados en esta clase de asuntos: el que desaparece, que no es el caso, y el que colabora de manera activa para que nunca sospeches de él y ni te plantees que pueda ser el responsable. ¿Crees que puede estar compinchado con la madre?
—Voy a hablar de nuevo con él.
—¿No nos lo vamos a llevar directamente?
—Aún no sabemos si lo que dicen es cierto, aquí hay gato encerrado. Voy a preguntarle antes de llevarlo al cuartel, estate pendiente del teléfono. Si te hago una perdida, es para que pidas refuerzos que vengan a por él.
Candela se dio la vuelta y esta vez salió por la puerta principal. Mateo cerró con cuidado y atravesó el salón para volver a su labor.
La calle parecía totalmente despejada, no había rastro de ningún agente ni coche oficial. Todos habían seguido la orden de aparcar separados y no llamar la atención.
Candela llamó al telefonillo del vecino y esperó a que alguien contestara.
—¿Sí? —respondió Alberto.
Candela reconoció al instante su tono de voz.
—Alberto, soy la teniente Rodríguez. Hemos hablado hace un momento en el jardín de su casa. Necesito volver a hablar con usted.
El hombre abrió la cancela sin decir nada más. Candela recorrió el pequeño jardín que había en la entrada, presidido por un pino enorme cuyas raíces estaban levantando todas las baldosas de cerámica del camino que llevaba de la casa a la calle. La puerta se abrió frente a ella y apareció Alberto, erguido y mirándola fijamente. Detrás solo había la más absoluta oscuridad.
—¿Puedo pasar? Tengo que hacerle unas preguntas —le dijo Candela al llegar a su altura.
El hombre volvió a abrir la boca en busca de las palabras adecuadas hasta que pudo pronunciar:
—Acompáñeme.
Una vez dentro, Candela lo siguió hasta la cocina y se sentó frente a él en una de las sillas del pequeño comedor, junto a la encimera. Estaban prácticamente en penumbra, no tenía la luz dada y el pino daba mucha sombra. El anciano, también sentado, la miraba expectante.
—He hablado con Judith. Me ha dicho que usted estaba obsesionado y que abusó varias veces de ella.
—Eso es mentira. Mi mujer y yo nos hacíamos cargo de los niños siempre. Eran los nietos que nunca tuvimos. No tuvimos hijos —aclaró; después hizo una pausa en busca de las palabras. Candela cruzó los dedos para que no volviera a atascarse, porque iba a perder los nervios—. Cuando Ana Belén murió, yo me volqué con esos niños, me hacía bien estar entretenido. Vi lo que ocurría en esa casa, la manera que tenía la madre de tratarlos, faltaban a clase porque los llevaba a castings y cosas así. Estaban desatendidos, to-to-todo giraba alrededor de internet y esas tonterías que tanto la obsesionan. En cuantos más sitios saliesen, mejor. Venía mucho curioso a ver a los niños, no me gustaba, aunque fueran en su mayoría chavales. No era agradable tener siempre a desconocidos merodeando. Así que hablé con Adriana, sí, hablé con ella —repitió—. Le dije que quizá los niños debían de tener una vida más normal, como el resto de los críos de la urbanización, y eso le sentó fatal. Se podría decir que me eliminó del mapa. Incluso hizo algún comentario en la urbanización dejando caer que yo había perdido la cabeza. Tuve un ictus y me ha dado problemas, como ha podido notar, pero, por fortuna, aún conservo el juicio. Fue muy feo —continuó—. Ahí empecé a no fiarme de ella.
—Señor, acusarlo de abusar de una menor es un asunto muy grave.
Alberto volvió a abrir y cerrar la boca varias veces. Después giró el cuello levemente y continuó hablando:
—Es mentira, ni siquiera me denunció. Lo único que hizo fue contárselo al presidente de la comunidad y a los vecinos para que me defenestraran. Si de verdad pensaba que había violado a su hija, ¿por qué no me denunció? ¿Usted no lo habría hecho? Ella sabía lo que hacía. Era un aviso para que supiera hasta dónde podía llegar. «Si sigues metiendo las narices, acabarás entre rejas», me dijo un día que me la crucé en la puerta.
—¿Y la niña? ¿Por qué iba a mentir Judith? ¿Quién me dice que no hizo con ella lo mismo que conmigo hace un rato, que no la agarró de la muñeca y la arrastró hasta aquí?
—No sea ridícula. La niña es el fiel reflejo de la madre. Emmm-pe-cé a ver que venían a buscarla coches distintos a escondidas, por la parte de atrás, como esta mañana. Se estaba prostituyendo, ¿sabe cómo lo supe? —Candela negó con la cabeza—. Porque me pidió dinero. Me dijo que era para sus estudios, que quería marcharse lejos, huir de su madre. Me puso en una tesitura muy incómoda, porque yo entendía que quisiera irse, pero no tenía el dinero que me pedía. En-en-en-tonces ella se insinuó, quería hacerlo conmigo a cambio de que le pagara. Volví a explicarle que no tenía esa cantidad, pero ojalá la hubiese tenido. No quería que se siguiera vendiendo a hombres, que vaya usted a saber qué le harían a la pobre niña. Intenté convencerla de que buscara otras maneras, que hablara con sus abuelos para irse con ellos, pero me dijo que no tenían contacto desde hacía años. —El hombre hizo una pausa en busca de aire, parecía afectado—. Creo que mi insistencia hizo que se sintiera contra las cuerdas, pensó que se lo contaría a su madre. De hecho, me leyó el pensamiento, porque quería hacerlo, me parecía lo correcto. Pero ella se adelantó. Una mañana estaba leyendo tranquilamente en el salón cuando sonó el telefonillo de manera insistente. Era Adriana. Cuando la abrí, caminó hacia mí fuera de sí, empezó… em-em-pezó a golpearme el pecho violentamente y gritó que no me acercara nunca más a su hija. Yo no entendía nada, intenté pararla pidiéndole que me explicara por qué decía aquello. Se alejó de mí unos pasos y me dijo que no me hiciera el tonto, que sabía perfectamente lo que había hecho con Judith. Yo no sabía de qué hablaba. Por un momento pensé que se había enterado de lo que hacía su hija con otros hombres y que, por lo que fuera, se había confundido y pensaba que era conmigo. Así que volví a señalarle que no sabía a qué se refería, que yo a Judith la quería como a una nieta. Entonces me amenazó con denunciarme a la policía por haber violado a su hija. Yo me defendí, le dije que eso no había ocurrido nunca. Solo había intentado ayudarla. Le conté lo que le acabo de explicar a usted. Se puso como una furia y le diré por qué: le estaba diciendo lo que no quería escuchar pero que sabía que era cierto.
—Quizá no quería verlo.
—Yo creo que Adriana lo sabía. Menuda lista es…, nn-no-no quería que se supiera que su hija se prostituía para comprarse marcas caras. —Candela lo miró atónita—. Eso lo descubrí después, nadie que quiera marcharse de casa se gasta ese dineral en ropa.
—Lleva la ropa con etiquetas, luego es muy probable que después la devuelva —replicó escéptica Candela.
—Ya, pero ¿toda? ¿Y cómo la paga? Mire, yo he visto la evolución de esa niña: cómo se pasaba el día pegada al móvil, pendiente de lo que le dijera su madre. Esta le hacía vestirse o peinarse como si fuera una mujer ¡y no era más que una niña! Empezó a obsesionarse con la ropa de marca de la que le hablaba su madre. Veía todo el día programas de famosas, realities como esos de las hermanas americanas multimillonarias. No dejaba de consultar esos rollos en el móvil, en los que todo el mundo fanfarronea con descaro… Y fue consiguiendo ropa cara, muchos modelitos, sin parar. Los compraba y los devolvía, pero mucha ropa se la quedaba. Mentía todo el tiempo, como los yonquis. El consumismo y las tonterías esas de los móviles son la heroína de esta época. Yo perdí un hermano por la maldita droga, sé de lo que hablo. Esta niña es capaz de vender a su madre por un bolso de firma. Lo de los abusos se lo ha contado ahora, ¿verdad? —Candela no respondió—. Lo ha hecho cuando le he informado de que un hombre la ha venido a recoger esta mañana en un coche…
—Por eso me lo contó usted antes.
—Para que supiera la clase de gente que son, no puede fiarse de ellas. Ese es el motivo por el que le han mentido, para protegerse, porque sabe que su acusación contra mí se cae por su propio peso. No hay denuncia, no hay informes médicos que lo certifiquen, no hay nada, solo una historia inventada. Puede comprobarlo; si alguien le demuestra con pruebas que yo violé a esa cría, yo mismo iré al cuartel, o si lo prefiere pueden venir a por mí, no me voy a mover de aquí. Se lo aseguro. —El hombre miró a Candela, que parecía convencida—. ¿Han encontrado ya a Lucas? —preguntó.
Su expresión cambió por completo, sorprendida por la inesperada pregunta.
—He escuchado a dos de sus compañeros hablando sobre ello. No les eche la bronca, son muchos años de profesión. Soy bueno en eso.
—¿Qué estaba haciendo esta mañana entres las nueve y las once?
—Esta mañana salí a andar por el campo con Vicente, el vecino del 1 A. Por suerte muchos no creyeron una palabra de lo que se inventaron esas dos —dijo señalando la casa de Adriana con la cabeza—. Vamos casi todas las mañanas y a la vuelta tomamos un chocolate con churros en una churrería del pueblo. Hemos estado ahí charlando con Pepe, el encargado, y nos hemos ido temprano porque Vicente tenía lío en casa, tenía que hacer no sé qué. Los fines de semana va mucha gente a recoger pedidos, no tendrá problema en dar con alguien que nos haya visto. Hasta pasadas las once y pico o doce de la mañana no he vuelto a casa. Puede hablar con ellos si lo desea. La churrería es Churros Pepe, busque el teléfono en internet, y Vicente vive en el primer chalet de la calle. Le doy el número por si no está, aunque seguro que su mujer sí.
Alberto buscó en la agenda de su teléfono, se levantó un momento y sacó una libretita de un cajón de la cocina. Apuntó el número, arrancó la hoja y se la entregó a Candela, que la dobló y se la guardó en el bolsillo.
—Espere aquí hasta que comprobemos todo y, por favor, no diga ni una palabra a nadie —dijo Candela a modo de despedida.
El hombre levantó la mirada y le dijo:
—En el fondo, Judith me da pena. Su madre no está bien, es mala. Aunque tampoco quiero juzgarla: la cría de unos niños sin su padre no debe de ser fácil, pobrecillos.