La cría
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A la salida, Candela podría haber enviado a alguno de los agentes que tenía por la zona a interrogar al vecino con el que Alberto decía haber pasado la mañana; sin embargo, estaba a escasos veinte metros de donde vivía este y prefirió ser ella quien mirase a los ojos del sospechoso antes de descartarlo o no como presunto secuestrador del niño. De camino sacó el móvil y dejó un audio a Paula, pidiéndole que comprobara si Adriana había puesto alguna vez una denuncia formal a Alberto Luján por abusar de su hija Judith. Esta le respondió al instante: «Okey, me pongo con ello». Candela llegó a la casa y llamó al telefonillo. Una voz femenina contestó al otro lado.
—Buenas tardes, pregunto por Vicente, por favor —dijo Candela en tono amable.
Como de costumbre, la mujer pensó que se trataba de una comercial que pretendía embaucar a su marido vendiéndole algún producto sobrevalorado. Así que Candela tuvo que ponerse tajante y anunciarse como teniente de la Guardia Civil y decir que necesitaba hacerle unas preguntas importantes. La mujer abrió enseguida y, con el rostro desencajado, la invitó a pasar.
—¡Vicenteee! —exclamó mirando hacia las escaleras—. Este hombre, yo no sé qué hará tantas horas con el ordenador ahí encerrado. ¡Vicente!
—Ya, ya bajo, ¿qué pasa? —preguntó asomándose a la escalera.
—Hay una mujer que quiere hablar contigo, es policía.
—Soy la teniente Rodríguez. Me gustaría hacerle unas preguntas, si es tan amable.
El hombre, que había comenzado a bajar los escalones, palideció al escuchar las palabras de su esposa. Asintió con la cabeza y, al llegar junto a las dos mujeres, le hizo un gesto a Candela mientras se dirigía hacia el salón para que lo acompañara.
—Si no le importa, mejor a solas —dijo Candela a la esposa de Vicente, que los estaba siguiendo.
Cuando se quedaron solos, el hombre se pegó a la cristalera y, sin dejar de mirar hacia el jardín, dijo:
—Usted dirá.
—Esta mañana ha habido un altercado en el vecindario, algo de lo que no estoy autorizada a hablar. —Vicente giró la cabeza hacia ella, extrañado—. He hablado con su vecino Alberto, me ha dicho que estaba con usted.
—¿Quién?
—Su vecino, Alberto Luján, del 9 A. Viudo, de su edad más o menos…
—¡Ah! Alberto, sí, sí. Lo conozco, no había caído.
Candela lo miró intrigada por la indiferencia que mostraba hacia el hombre que acababa de afirmar que eran amigos y que pasaban mucho tiempo juntos.
—Me ha dicho que esta mañana salieron a caminar por el campo y después fueron a desayunar a una churrería a la que suelen ir.
—Por favor, ¿puede bajar un poco la voz? —pidió susurrante—, dicho así parece que es algo habitual. Alguna vez vamos a andar y comemos algo a la vuelta, pero, vamos, que solo de vez en cuando. No nos vemos tanto.
—¿Fueron o no fueron a Churros Pepe esta mañana?
—Sí.
—¿Podría decirme la hora aproximada?
—Yo diría que sobre las once o así. Volvimos enseguida porque Alberto tenía algo que hacer, no recuerdo qué.
Una alerta se encendió en la cabeza de Candela: ambos afirmaban que habían vuelto porque el otro tenía algo que hacer, ¿cuál de ellos estaba mintiendo?
—Genial. Verían a Pepe, el dueño…
—Sí, sí. Lo saludamos, es muy amable.
—De acuerdo, muchas gracias por su tiempo —se despidió precipitadamente Candela. Tenía que atajar cuanto antes el asunto.
—¿No va a decirme de qué se trata?
—Me temo que, a estas alturas de la investigación, no se me permite hacerlo.
Vicente cedió el paso a la agente. Esta vez fue él quien iba detrás de ella por el pasillo estrecho que llevaba a la entrada de la casa. A Candela la invadió una sensación siniestra. Como si sus sentidos se hubieran desarrollado exageradamente, sintió la cercanía de sus cuerpos, la respiración del hombre en su nuca y el tacto de las yemas de sus dedos en el cuello, apretando hasta asfixiarla. Se giró de golpe y se encontró con el rostro de Vicente aún más pálido que cuando lo vio por primera vez. Era evidente que no se esperaba que se volviera hacia él tan de golpe, posiblemente con una expresión en la cara acorde con sus oscuros pensamientos. Antes de que la situación resultara más extraña de lo que ya era, Candela caminó hacia la puerta de entrada. Justo cuando iba a cerrarla, vio que la mujer salía de la cocina y se colocaba detrás de su marido. Su mirada era un enigma: parecía querer averiguar a qué se debía la visita y, a la vez, que no se había sorprendido. Los acontecimientos aún podían girar ciento ochenta grados, pero a Candela no le pareció nada descabellada la idea de tener que volver a esa casa, solo que para hablar a solas con la esposa de Vicente. Salió de allí con una sensación extraña en el estómago. Los dos vecinos parecían tener versiones diferentes de la misma historia, ¿cuál era el verdadero motivo por el que habían vuelto antes de su paseo? Solo esperaba que no fuera porque estuvieran deshaciéndose del pobre Lucas.