La cría
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Mientras caminaba a paso rápido hacia su coche, Candela comprobó que tenía varias llamadas perdidas. Había dejado el teléfono en silencio porque, cuando interrogaba a alguien, no le gustaba que la interrumpieran y perder el contacto, aunque fuera por unos segundos, con el interrogado. Era muy importante captar la psicología de quien tenía enfrente. Por eso tenía que estar muy atenta a cada detalle, captar su atención de una manera amable y obtener la información que necesitaba sin que el otro se sintiera sospechoso o amenazado. Le gustaba ganarse su confianza poco a poco para luego atacar de manera directa si se andaban por las ramas o eludían alguna pregunta, como había sucedido esa misma mañana mientras interrogaba a Adriana. Por mucho que hubiera intentado evitarlo, más de una vez había estado a punto de cruzar los límites con la madre de Lucas.
Aunque normalmente la vibración del teléfono era suficiente, esta vez no se había percatado de que la estuvieran llamando. A Candela le dio un vuelco el corazón al ver que las llamadas perdidas procedían del número de Mateo. La idea de que hubieran podido dar con el niño en cualquiera de los posibles escenarios la inquietó. Entró en el coche y devolvió la llamada a su compañero mientras se dirigía a su destino.
—¿Ha aparecido?
—No, joder. Me dijiste que me harías una perdida, pero has tardado mucho y me parecía rarísimo que estuvieras tanto tiempo con el loco ese. Por un momento he pensado que te había hecho algo, ¿qué te ha dicho?
—Luego te lo cuento bien; aunque suene raro, voy a una churrería —dijo intencionadamente, ya que sabía lo mucho que le gustaban a Mateo los churros.
—Me estás vacilando, me muero por unos churros con chocolate, pero no me creo que vayas solo para darme un capricho. Suelta.
—Te cuento a la vuelta.
—Un avance al menos, joder.
—Resumiendo, tiene una coartada. Según él, estaba con un vecino de la misma calle con el que siempre sale a caminar por el campo y después se tomaron un chocolate con churros.
—¿En Churros Pepe?
—Sí.
—La mejor.
—Insiste en que los vio mucha gente, incluido el dueño. Me dio el teléfono del vecino, pero no lo llamé; al salir de la casa he ido a verlo directamente y me ha parecido de lo más extraño. Cuando le he preguntado por su supuesto amigo, ha actuado casi como si no lo conociera; si no le hubiera dicho que estaba allí porque me enviaba Alberto, creo que incluso me habría negado que se habían visto, estoy segura. Al final ha admitido que estuvieron en la churrería, pero es que Alberto me había dicho que volvieron sobre las once y media por la mujer de su amigo, y después el otro, que regresaron antes porque Alberto tenía algo que hacer. Está claro que uno de los dos miente.
—O los dos.
—Así es. Por eso voy a hablar con el dueño, aquí algo no encaja. Estos dos podrían ser cómplices, algo ocultan y no me gusta un pelo. Luego te cuento. ¿Novedades? ¿Ya te has camelado a Mimi?
—Aún estoy en ello. No quiero ir por la vía rápida y cagarla, alguien que se mueve por esos mundos se las sabe todas. Ojalá fuese más fácil, pero esto lleva su tiempo. Eso sí, la foto que ha subido Judith tiene sesenta mil likes y cientos de mensajes. Yo diría que es su récord en Instagram. Lo malo es que ya se repiten muchos comentarios del estilo: «¿Está todo bien?», «Hace mucho que no sabemos de él», «Más fotos de Lucas», «Echamos de menos sus directos»…
—Estaba claro, la gente no es tonta. La anormal es ella, no podía aguantarse sin subir una maldita foto. Manda cojones. —Candela miró la hora en el reloj del navegador.
—Como no nos demos prisa, me da que se acabaron las fotitos y los directos para siempre.