La cría
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No recordaba su nombre, pero, en cuanto vio la localización en el mapa, Candela supo que Churros Pepe era la churrería que se había imaginado; no recordaba el nombre, pero no era la primera vez que la visitaba. Después de mucho tiempo sin ir, alguna vez había parado en doble fila para llevarle churros y chocolate a Mateo. Valía la pena solo por ver la carita que se le ponía al verlos. La misma que cuando le contó que sus abuelos siempre lo llevaban allí a desayunar y que, desde que murieron, comerlos se había convertido en una tradición, una manera de tenerlos presentes. Candela entendía ese sentimiento y siempre que tenía ocasión le llevaba por lo menos media docena. Nada más poner un pie en el establecimiento sintió un golpe en el corazón, respiró hondo y avanzó con la atención puesta en una cámara de seguridad que grababa desde lo alto de una de las esquinas del local. Enseguida una chica le dio las buenas tardes con una sonrisa.
—¿Podría hablar con Pepe, por favor? —preguntó amablemente Candela mostrando su placa.
—Ahora mismo lo aviso. Está dentro —contestó la chica antes de dirigirse hacia el interior para buscarlo.
Candela recorrió el local con la mirada, intentando no fijarse en los churros y porras que la rodeaban. Tenía hambre, pero no quería comer para evitar el sopor de después. Sin embargo, era una amante empedernida del chocolate y del dulce en general, y soñaba con beberse un buen tazón. Necesitaba el subidón de azúcar. Una voz a su espalda la hizo girarse de golpe.
—Buenas tardes, me han dicho que quería hablar conmigo.
Candela reconoció al hombre al instante, pero él no pareció acordarse de que ella ya había estado en su local. Era normal, habían pasado varios años y estaba visiblemente desmejorada.
—Sí, soy la teniente Rodríguez, estamos investigando un asunto y dos de las personas que podrían estar implicadas dicen haber estado aquí esta mañana, desayunando.
—Por aquí pasa mucha gente, más en fin de semana…
—Uno de ellos se llama Alberto Luján, setenta y pico años, pelo blanco y ojos saltones. Habla un poco entrecortado y el otro…
—Sí, sí, sé quienes son. Dos tipos un poco raros. —Candela lo miró intrigada—. Son amables, siempre saludan. Vienen mucho. No quiero sonar desagradecido, entiéndame…
—Pero…
—No sé, vienen siempre que hay poca gente. Y me cuentan que han estado haciendo ejercicio por el campo, van vestidos con ropa de deporte, pero yo los veo impecables, ni una gota de sudor y algo tiesos, como muy pendientes de todo. Efectivamente los he visto esta mañana. He estado con los pedidos y haciendo inventario, pero una de las veces que he salido los he visto. Los saludé, hablamos sobre lo gris que estaba el día, que parecía que iba a llover en cualquier momento. Empezó a entrar mucha gente de golpe y, de pronto, se levantaron y se marcharon. Fue un poco raro, la verdad.
—¿Le pareció un comportamiento extraño en ellos? ¿Sabe si quizá recibieron alguna llamada?
—A tanto no llego, pero ya le digo que fue entrar la gente y levantarse corriendo, dejándose todo a medias.
—¿Podría ver las grabaciones de la cámara de seguridad, por favor?
—Por supuesto, acompáñeme.
Candela siguió a Pepe hacia el interior del local. Aquel comportamiento tan extraño podía significar dos cosas totalmente opuestas: o que se fueran rápidamente porque no querían que los vieran por alguna razón o todo lo contrario, que hicieron un poco el paripé con el dueño y, cuando se aseguraron de que los había visto gente suficiente que pudiera confirmar su coartada, se marcharon. En la cocina había una sola mujer echando un montón de churros a freír. Pero había tanto humo que apenas pudo ver su rostro al pasar. El dueño fue hasta una mesa auxiliar que tenía un pequeño monitor y se puso de cuclillas frente a él.
—No recuerdo exactamente la hora que era, más o menos serían las once.
—Sí, dicen que a y media estaban de vuelta, así que sería sobre esa hora, sí.
El monitor mostraba el plano fijo cenital de la cámara. Pepe rebobinó a la máxima velocidad que le permitía el reproductor. De vez en cuando paraba y se fijaba en la hora que aparecía en la pantalla para no pasarse. Conforme se acercaba a la franja horaria en la que recordaba haberlos visto, fue descendiendo la velocidad, hasta que los dos hombres aparecieron levantándose de la mesa y después sentados uno frente al otro mojando los churros en azúcar y en chocolate. Pero no fue eso lo que los dejó atónitos, sino algo con lo que nunca hubieran contado y que daba una nueva vuelta de tuerca a la investigación.