La cría
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Dos semanas después
La mujer estaba sentada con la espalda muy recta y las piernas muy juntas, tanto que sus rodillas chocaban debido al temblor constante. En su voz se notaban los nervios, que, sumados al enorme dolor, provocaban en su comportamiento el efecto contrario: cuando hablaba podía resultar algo fría, incluso robótica.
—Se estaba portando muy bien, estaba muy contenta chupando la piruleta que le había dado la pediatra. Estaba feliz, le encanta ayudarme y hacer cosas de mayores. Hicimos la compra como si fuera un juego, le iba contando de dónde venía cada cosa… Le gustan las historias, la hemos acostumbrado desde bebé y es que se queda hipnotizada, presta muchísima atención, es maravilloso. Se portó tan bien que de premio le dejé coger un huevo de chocolate para que se lo tomara después de la cena. Pagamos y bajamos con el carro en el ascensor hasta el aparcamiento, la planta menos dos, donde había dejado el coche. Yo no soy nada miedosa, no tengo tiempo para serlo, voy siempre como loca de un lado para otro y no me puedo parar a pensar en si algo me asusta o no. Lo hago sin pensar. Pero cuando se abrieron las puertas tuve una sensación muy rara. No me había pasado nunca, no sé si fue porque el garaje estaba especialmente vacío…, pero había un silencio extraño que me puso hasta mal cuerpo. No lo pensé más y aceleré el paso para dejar la compra en el maletero. Lo hice a toda pastilla, sin evitar girarme un par de veces, porque me daba cosa que pudiera seguirnos alguien y que no me diera cuenta. Dejé el carro en la fila y cogí a Blanca en brazos. Me agarró del cuello con todas sus fuerzas. —Sol tuvo que parar unos segundos para no romper a llorar—. Volvimos al coche, abrí la puerta del asiento donde tengo la silla de la niña y la senté. No sé explicar bien lo que me pasó, pero sentí una especie de vértigo, miedo de estar de espaldas a alguien que pudiera venir por detrás. Siempre me lío al poner las correas, hay que encajarlas para que queden bien sujetas, y, entre que tengo una hernia y me cuesta agacharme y que Blanca siempre se pone nerviosa…, no atino y tardo más de la cuenta. Ese fue el caso; por querer acabar rápido, tardé más de lo normal. Al final estaba pillando la ropa de la niña y por eso no podía engancharlas bien. Cuando estaba a punto de encajar los cierres, escuché un ruido detrás de mí y supe que había alguien. Fue solo un segundo, pero me di cuenta enseguida. Me erguí un poco para darme la vuelta cuanto antes, segura de que había alguien parado justo a mi espalda. Al hacerlo vi su reflejo en el coche: era alguien con una máscara de conejo blanco de peluche, como Sweet Bunny, el del anuncio. Me llamó la atención sobre todo cómo me miraba, sus ojos negros… Era horrible, pensé que iba a matarme. Todo fue muy rápido. Noté un ardor en la cabeza, un golpe seco y ya no recuerdo más. Perdí el conocimiento y me caí al suelo redonda.
La mujer se calló y miró hacia sus rodillas, donde posó sus manos. Parecía buscar las fuerzas que necesitaba para afrontar lo que había ocurrido a continuación. El calor de los focos y la presión del directo tampoco ayudaban. Frente a ella estaba la presentadora del programa, que la miraba con gesto de aprensión.
—Cuéntenos, por favor, qué ocurrió cuando se despertó, Marisol —dijo en el tono amable del que quiere demostrar mucho tacto.
La mujer levantó la mirada y siguió hablando, dirigiéndose al vacío. Parecía que pudiera ver lo sucedido en una pantalla que nadie más veía.
—Cuando abrí los ojos, estaba tirada en el suelo. Los primeros segundos no sabía dónde estaba ni qué había pasado. Lo primero que noté fue el olor a gasolina y a sangre. La boca me sabía a hierro, entonces me di cuenta. Me levanté corriendo y me encontré con que la puerta del coche estaba abierta y mi hija no estaba en su silla. Me puse muy nerviosa, imagínese. La busqué como loca, gritaba su nombre… Hay partes que tengo muy recientes, sé que me metí debajo de algunos coches en la zona más oscura por si se hubiera podido escapar y esconderse para que no se la llevaran, pero luego tengo ráfagas de recuerdos y poco más. No sabría decir el tiempo exacto que estuve buscándola. Llamé a mi marido, a la policía, vino un hombre que justo aparcaba su coche y sé que me ayudó, llamó al 112, porque yo no estaba bien… Lo demás ya lo saben. No hemos vuelto a ver a Blanca, ni sabemos quién se la ha llevado.
—Lo que cuenta es terrible, pero estamos seguros de que pronto tendrán noticias de ella. Esperemos que este programa sirva para que quizá alguien que nos esté viendo en estos momentos, que sepa algo o caiga en la cuenta, llame para ayudar a encontrarla. Nada nos gustaría más. —En ese momento apareció en la pantalla una imagen de la niña, con su pelo y ojos oscuros, y un teléfono al que llamar—. Ahora, centrémonos en el conejo que vio. Dice usted que era una persona que llevaba puesta una máscara —dijo la presentadora.
—Eso me pareció, sí.
—La del famoso anuncio.
—Sí, la misma cara, pero no transmitía lo mismo, su rostro era de pura maldad.
—Insisto en esto porque es inevitable pensar en el pequeño Lucas cuando lo escuchamos. Justo hoy se cumplen dos semanas de su muerte, y, pese a que la hermana confesara que había simulado el secuestro, pero que no pretendía matarlo, no deja de ser una macabra coincidencia que desde entonces ya sean tres los casos de desapariciones de menores en circunstancias muy similares a las que usted nos está contando. Incluso en una de ellas, el caso de Nacho Fernández, el niño que desapareció en un parque mientras jugaba, el padre nos contó que había visto a un hombre con la máscara de conejo minutos antes, pero que pensó que sería un disfraz para alguna fiesta o alguien que se estuviera haciendo fotos o algo así. Entiendo que la policía ya lo estará investigando, pero ¿podríamos estar hablando de un tipo de homenaje de alguno de los millones de seguidores del pequeño Lucas o simplemente de una mera coincidencia? Para respondernos a esta y otras cuestiones, esta noche está con nosotros Jacinto Nieto, criminólogo y experto en infancia y adolescencia en riesgo, pero será después de la publicidad. Por el momento, lo único que podemos decirles es que, cuando vayan a sentar a sus hijos en la sillita del coche, tengan presente que esta podría ser la última vez que los vean.
Una mano cogió el mando a distancia y apagó la televisión. Adriana se quedó pensativa mirando la pantalla en negro. No podía seguir escuchando todas esas barbaridades. ¿Acaso su hijo era el culpable de todo lo que les ocurriera a los otros? No quería pensar en si era una casualidad o no, en si era cierto lo de los conejos o era una estrategia para ganar audiencia. Esos padres tenían que estar tan desesperados que veían lo que necesitaban ver con tal de encontrar una explicación a lo que les había sucedido a sus hijos. Quería pensar eso, no quería que volviera la pesadilla. Bastante tenía con su realidad. Se incorporó y recorrió el camino hasta llegar a las escaleras lentamente. No tenía fuerzas, el vacío era infinito. Subió los peldaños sin ningún ímpetu. Siguió caminando por el pasillo de la planta de arriba, tratando de no mirar hacia las habitaciones de sus hijos. No verlas, aunque supiera que estaban ahí, la ayudaba a no caer de nuevo en la culpa. Llegó a su cuarto, entró y cerró la puerta sin darse cuenta de que detrás de ella había un hombre vestido de negro y con una máscara de Sweet Bunny, esperándola pegado a la pared, muy quieto. La mujer dio un par de pasos hacia la cama sin notar que el conejo se estaba acercando a ella sigilosamente, con los enormes ojos negros clavados en su nuca. Cuando estaba casi a su altura, alzó una de sus manos y empezó a grabar a la mujer con el móvil. En la otra tenía un hacha. Por fin Adriana iba a dar su ansiado salto a la fama.