La cría
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Como la agente veterana que era, con más de veinte años de experiencia a sus espaldas, Candela pocas veces sentía pudor cuando metía las narices en la vida privada de los implicados en el caso que estaba investigando. Pero esta vez el momento voyeur provocó en ella una especie de vergüenza unida a un leve malestar. Y no tanto por haberse inmiscuido en la vida privada de Alberto y Vicente, los vecinos de la familia de Lucas; al fin y al cabo eran gajes del oficio —su obligación para desempeñar bien su trabajo consistía en agotar todas las posibilidades—; sino por las consecuencias que lo que acababa de ver tendría en la mujer del último. Algo en ella le había provocado una empatía especial. No podía quitarse de la cabeza la última mirada que esta le había lanzado justo antes de salir por la puerta de su casa. Lo que ocurría en el vídeo que mostraba ahora el monitor era aquello que estaba segura de que la mujer sabía y aun así toleraba o más bien «aguantaba».
Candela y Pepe asistían a la reproducción de un instante en el que Alberto y Vicente desayunaban mojando sus churros en chocolate el primero y en azúcar el segundo. En un momento, Alberto comenzó a subir el pie para rozar lateralmente el gemelo de su amigo. Este reaccionaba levantando la vista, sonriéndole, y después ambos estiraban los brazos disimuladamente bajo la mesa y se daban la mano. Aquella estampa hacía que todas las piezas del puzle encajaran de golpe. Ninguno de ellos hacía deporte, como sospechaba Pepe, sino que era la excusa para verse. Vicente no quería que su mujer se enterara de la relación que mantenía con su vecino y por eso había reaccionado de manera tan equívoca cuando Candela le había preguntado por él. Que fueran pareja en secreto, y uno de ellos infiel, no los convertía en culpables. De hecho, sus preferencias apoyaban la versión de Alberto de que nunca había abusado de Judith. Quizá ese era el motivo por el que su mujer y él nunca fueron padres. No debían hacerlo mucho, o sí. No era de su incumbencia, en cualquier caso. El tema es que ahí estaba la prueba de que, por suerte, ninguno podía haberse llevado a Lucas aquella mañana.
Candela no necesitaba más, reprimiría las ganas que tenía de volver a casa de Vicente para hablar con aquella mujer de mirada resignada, a la que ahora comprendía, y regresaría a casa de Adriana para esclarecer todos los temas pendientes relacionados con ella. Cuando tenía un pie en la calle, se dio cuenta de que con las prisas se había olvidado de comprar los churros para Mateo. Una fuerte melancolía la invadió de golpe al recordar los días felices en los que los tomaban en casa, en familia. La imagen de su hijo con la boca manchada de chocolate, masticando y gozando el momento, hizo que sus ojos se empañaran. Se acordó de cuando lo limpiaba con el dedo y él se quejaba:
—¡No me limpies la boca con el dedo lleno de saliva como cuando era pequeño, por favor, menuda cerdada! —le decía relamiéndose.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al recordarlo y también al pensar en la cara que pondría Mateo al ver los churros que le llevaba. Pepe se había quedado en el interior del local después de que Candela le agradeciera que hubiera colaborado en la investigación, así que, al girarse ahora, en la barra volvía a estar sola la chica.
—Perdona, se me olvidaba —dijo Candela acercándose—, dame una docena de churros y dos de chocolate para llevar.
La chica sonrió y preparó el pedido.