La cría

La cría


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Candela caminaba hasta donde había aparcado cargada con la bolsa de churros en la mano izquierda y en la derecha un soporte de cartón para transportar los dos chocolates. Escuchó una notificación de su móvil y corrió al coche para dejarlo todo encima del capó y poder mirarla. Era Paula; en el mensaje le confirmaba que no había ninguna denuncia contra Alberto Luján. No tenía antecedentes ni había participado en ningún altercado relacionado con menores. Al menos en eso no mentía. Antes de ponerse en marcha quiso tomarse su chocolate. El subidón de azúcar le daría las fuerzas que estaba empezando a necesitar. El humo salía por la ranura de la tapa, sabía que si bebía se abrasaría la lengua, pero aun así no pudo evitar dar un pequeño sorbo, como siempre hacía. Y, como siempre, tuvo que salivar para intentar quitarse la quemazón de la boca y esperar para poder seguir bebiendo. Se apoyó en el coche y sopló para que el chocolate se enfriara lo antes posible. Frente a ella partía uno de los caminos de tierra que daban acceso a la zona de campo llena de árboles, arbustos y otros senderos por donde los vecinos solían ir a caminar y hacer deporte, sobre todo a última hora de la tarde y en fin de semana. En los alrededores de los accesos siempre estaba más concurrido, pero, en cuanto te adentrabas un poco más, la densidad de la vegetación hacía que resultara sencillo pasar desapercibido para estar un rato en pareja, como en el caso de los vecinos amantes, pero también para llevar a la fuerza a un niño y hacer lo que se quisiera con él sin que nadie molestara.

Entonces pensó en Lucas y en que, más allá del sujeto del caso que tenía que resolver y del personaje mediático que era, seguía siendo solo un niño. No podía cometer el error de despersonalizarlo o pensar en él simplemente como «un famoso». Antes de convertirse en el popular conejito, había sido un bebé, como lo fueron su hijo y todos los demás; había aprendido a gatear, a balbucear, a reír… Aunque estuviese contaminado por su entorno, no dejaba de ser un crío con la misma necesidad de amor y atención. Con esa materia prima inocente y maravillosa con la que nacen todos los niños, solo que a él lo habían ido moldeando a traición. Por la cabeza de Candela pasaron imágenes del niño sonriente, feliz, bañándose o jugando a la pelota. Estas se fueron sucediendo a gran velocidad y volviéndose oscuras: el niño triste, llorando, su piel azulada, sus ojos en blanco, sus brazos inertes, un reguero de sangre… Hasta que lo pudo ver con detenimiento frente a ella, vestido de conejo, con sus enormes orejas y su disfraz de peluche blanco, mirándola fijamente. Pero no eran sus ojos, sino unos de muñeco, negros y profundos, que transmitían un enorme sadismo. Era el mal, la perversión más absoluta. Candela reaccionó de inmediato, era como si esos pensamientos se estuvieran adueñando de ella de una manera hipnótica. Esa mirada le había dado pánico. Le temblaba todo el cuerpo. Volvió a centrarse en el caso, tratando de salir del pequeño trance. Siempre era bueno hacer una pausa para poner todas las cartas sobre la mesa y valorar las opciones y caminos a seguir. A simple vista podría parecer que, por el momento, no tenía ninguna pista importante para dar con Lucas, pero existía una amplia gama de posibilidades. Sus años de experiencia le decían que toda historia siempre podía complicarse mucho más de lo que uno deseaba, incluso de la manera más retorcida. Aquella que ni por asomo podría haberse imaginado.

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