La cría
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—¡Venga, ponte ciego, que te necesito fuerte y bien despierto, nos queda mucho por hacer! —exclamó Candela cuando Mateo estaba a apenas unos pasos de ella.
Aparcó el coche dos calles más abajo. Cuando estaba a punto de entrar en la urbanización, le había enviado un audio para que saliera porque tenía una sorpresita para él. Le indicaba que tendría que bajar un par de calles, pero que merecería la pena, que allí podrían estar tranquilos sin llamar tanto la atención.
La expresión de Mateo se transformó al instante en la de un niño que acababa de recibir una sorpresa de cumpleaños.
—¡Oooh!, jefa, eres la mejor, retiro lo que acabo de decir, lo de que eras una malvada y…
—Anda, calla —dijo mientras le daba la bolsa con los churros.
Mateo miró el paquete con una emoción que Candela también reconocía. Le dio las gracias; su mirada era sincera y, de manera espontánea, la abrazó.
—¡Que lo vas a tirar y me vas a poner perdida! —Le regañó en broma Candela, apartándolo suavemente.
Lo cierto era que le habría gustado que ese abrazo hubiese durado muchísimo más y haber podido descansar en él por un instante. Necesitaba tanto ese amor… lo buscaba tan desesperadamente en él… Pero, por desgracia, había aprendido a controlar sus emociones para no sentirse herida de nuevo. Era suficiente con que Mateo se lo hubiese dado, eso sí que era un chute de vida y no el maldito chocolate, que, por mucho que le gustara, lo único que hacía era engordarle aún más el culo.
—Desembucha —dijo mientras mojaba un churro en su vaso de chocolate, preso de la gula.
—Agárrate: Alberto y su vecino están liados. —Mateo por poco se atraganta—. Básicamente decían que salían a hacer deporte por el campo cuando lo que iban a hacer…
—Vamos, que no andaban ni corrían, se corrían —dijo Mateo sin darle apenas importancia.
—Eso sí que es un buen resumen —respondió Candela entornando los ojos—. Total, que se perdían un rato por el bosque y después remataban la cita…
—¡Mojando el churro! Joder, no me mires así, es que me lo pones a huevo. —Mateo sonrió, le encantaba provocarla.
—Desayunando en la churrería, sí. Al dueño le parecía extraño que fueran vestidos de deporte, pero que siempre llegaran impolutos y además diciendo que venían de hacer ejercicio.
—Eso era verdad, ¿no? —dijo Mateo volviendo a la carga, sin parar de comer.
—Le he pedido ver la cámara de seguridad del interior del local —continuó Candela ignorándolo— y los hemos pillado dándose la mano por debajo de la mesa.
—¿Y la hora a la que se fueron y demás coincide?
—Sí, pero pensamos que el motivo fue porque el local se llenó de golpe y huyeron antes de encontrarse con algún conocido que los viera y se lo contara después a la mujer de Vicente, aunque fuera sin ninguna intención. Ella se lo huele, si no lo sabe ya. Juraría además que montaría un buen pollo.
—O quizá no. Igual lo sabe y le compensa vivir con ello. No todas las mujeres son víctimas, jefa, tú deberías saberlo.
—Lo que sé es que hay una generación de mujeres que, por mucho que les hubiese gustado separarse, ni se lo planteaban. Ya sea por educación, por el qué dirán, porque se habrían quedado solas sin medios o porque no estaban preparadas para vivir semejante bochorno públicamente. Yo no creo que merezca la pena aguantar, ya lo sabes. En eso estamos de acuerdo. Pero habría que ponerse en la piel de esa mujer, que ya te digo yo que lo sabe y que gracia no le hace.
Candela se fue cargando conforme hablaba. Sacó la petaca de su cazadora y dio un trago pequeño.
—Y ahora vamos a hablar con las nuevas generaciones —dijo caminando en dirección a la casa de Adriana.
Mateo la siguió mientras masticaba el último trozo de uno de los pocos churros que le quedaban, el resto los llevaba en la bolsa.
—No me has contado qué ha dicho Alberto sobre las acusaciones por abuso.
—Que no son ciertas. No hay ninguna denuncia, solo la palabra de Judith contra la suya, me lo ha confirmado Paula. Así que no creo que los amantes mientan y tengan una red de pederastia secreta, sino más bien que la mamá y la niña son un par de brujas. No lo denunciaron porque era mentira. Solo hicieron correr el rumor entre los vecinos, pero por lo visto las deben de tener bastante caladas.
—Ya, pero ¿por qué iban a inventarse algo así?
—Porque Alberto descubrió que Judith se prostituía para pagarse las marcas tan caras que lleva y a la madre no le hizo ninguna gracia. Desacreditarlo era la única manera de que pareciera una locura si se lo contaba a alguien.
Mateo se paró de golpe.
—Flipa, ¡anda ya! ¿Y tú te lo crees? ¿Te lo ha demostrado? Porque aquí todo el mundo está lanzao y lo mismo te dicen…
—Mateo, si eso hubiera ocurrido —lo interrumpió—, si la hubiera violado, lo habrían denunciado y no habrían seguido viviendo al lado como si nada. Es lo que dice él y yo pienso lo mismo.
—¿Y crees que lo de Lucas podría estar relacionado con algún cliente despechado de su hermana, algún ajuste de cuentas?
—No lo sé, pero lo que pienso es que, si su madre se empeñó en esconder esta información, no fue para impedir que su hija siguiera prostituyéndose, sino que igual ella también lo hacía. Tampoco me sorprendería que fuera ella quien ofrecía a su hija a los clientes. Cosas peores he visto.