La cría
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Nada más entrar en la parcela de la casa de Lucas, Adriana los esperaba en lo alto, a la salida de la cristalera del salón, y les habló a voces.
—¿Ha sido él? ¿Lo han detenido por fin? —Candela le hizo gestos con la mano para que bajara la voz, pero la mujer no le hacía ni caso. Estaba realmente nerviosa—. Mi hija me ha contado que han ido a ver al pervertido ese —añadió mirando hacia la ventana de su vecino con la intención de que la escuchara.
Si había algo que Candela no soportaba eran los gritos y la gente que berreaba sin ningún respeto. Cuando llegaron hasta ella se quedó a un palmo y le habló con calma, en un tono muy bajo.
—Dado que su hijo sigue desaparecido y no podemos perder ni un segundo, permítame que le sea franca. Tenemos dos hombres que coinciden en que usted y su hija los han difamado por presuntas agresiones sexuales que nunca han sucedido. Creo que sabe a quiénes me refiero: Alberto Luján, su vecino, y Néstor Garmendia, el padre de Lucas. Quizá haya más difamaciones; si es así, corríjame, por favor. —La mujer no dijo nada—. No sé si sabe que la podrían llevar a juicio por una acusación de ese tipo. En cualquier caso, eso no me importa. Lo único que me interesa es encontrar a su hijo sano y salvo, y para eso no puedo estar perdiendo tiempo siguiendo los caminos que usted me traza fuera de aquí y que resulta que, finalmente, todos me llevan de vuelta al mismo lugar: esta casa. Así que, si tiene interés en recuperar a Lucas, ya va siendo hora de que nos diga la verdad. Porque ¿sabe lo que ocurre ahora? Que no me creo nada de lo que nos ha contado. —Después de una pausa, continuó—: Usted decide.
—Les estoy diciendo la verdad. Judith me contó que Alberto se había aprovechado de ella en dos ocasiones y la creí —dijo bajando la voz—. Se oyen constantemente tantas cosas que por qué no iba a hacerlo. Vivimos en un patriarcado en el que los hombres se creen que les pertenecemos, que somos su juguete. No me lo invento yo, sucede todo el tiempo desde hace siglos.
Candela prefirió que siguieran con la conversación en el salón. Una vez estuvieron los tres dentro, le preguntó a Adriana:
—Si era así, ¿por qué no lo denunció?
—Preferí olvidarlo.
—¿Me está diciendo que ha seguido viviendo junto al violador de su hija todos estos años sin haber hecho nada para evitar que volviera hacerlo?
—Mire, soy madre soltera de dos hijos, bastante tengo. Haga el favor de no juzgarme. Usted no lo entiende, pero las cosas no son tan sencillas.
—Sí, lo entiendo bastante bien, de hecho —replicó Candela tajante.
Adriana se dio cuenta de que quizá su comentario no había sido afortunado y continuó en un tono más amable:
—Además, no tenía pruebas…
—Eso y que sabía que había muchas posibilidades de que no fuera cierto, ¿no es así?
—También porque le tenía cariño —respondió después de una breve pausa.
—No se lo tuvo cuando difundió el rumor de que era un pederasta por toda la urbanización…
—Estaba diciendo cosas muy feas de Judith, no podía consentirlo.
—Y siempre sería más fácil que creyeran que él era un pederasta y no que su hija se prostituía.
—Pero ¡¿qué dice?! ¡Eso no es cierto! No le consiento que diga eso de mi hija. Yo la creo. Si fui al presidente de la comunidad para que pusiera en alerta a los demás vecinos fue porque estaba preocupada. Hay que tener mucho cuidado con los niños y no quería que ningún otro sufriera como Judith. El mundo está lleno de monstruos depravados. Ustedes no saben por lo que hemos pasado. En esta casa hemos vivido un auténtico infierno.
Sentada en el borde de la cama de su hija, Adriana trataba de borrar de su mente lo ocurrido durante la comida. Aquella imagen que volvería durante años en forma de latigazo: Judith mirándola sin entender por qué se deslizaba tanta sangre por sus muslos, empapándolo todo. Para conseguirlo ponía toda su atención en cada detalle del rostro de su hija. Y es que, cuando dormía, Judith parecía un ángel: sus pestañas larguísimas, su nariz puntiaguda y sus mofletes rosados eran la mera imagen de la inocencia. No quedaba rastro en ella del susto que propició la repentina salida de su marido y que Adriana se había propuesto mantener en secreto. La expresión de la niña era de auténtica paz. Adriana se consolaba pensando que era una cría y que no entendería lo que había pasado. Ni siquiera ella misma era capaz de hacerlo si no fuera por él y ese pronto que la sacaba de quicio. La trataba como si fuera el enemigo, incapaz de hablar con ella y decidir las cosas de mutuo acuerdo. No, él quiso solucionarlo a su manera, como siempre, ¡el gran macho! Estaba ya hasta los ovarios de aguantar y tener que suplicar que le diera el visto bueno para todo. La de trabajos que había perdido la niña por ese motivo: no podía faltar a la guarde, ni al pediatra, ni a ningún evento con amigos y familiares. Eso hacía que las probabilidades de que la eligieran para algún trabajo importante se redujeran considerablemente.
Era totalmente comprensible; ella tampoco elegiría a alguien que casi nunca estuviese disponible y pusiera mil problemas cada vez que se le proponía una fecha de trabajo. Cuando Elvira se puso en contacto con Adriana a través de la agencia de representación en la que tenía apuntada a Judith, consiguió que poco a poco su marido les «diera permiso» para presentarse a las pruebas de Sweet Bunny. Iba a llevar su tiempo; «La publicidad es así», le dijo la mujer con la sonrisa de oreja a oreja que la caracterizaba. Castings, pruebas de cámara, reuniones con el cliente… Todos tenían que quedar convencidos; si uno solo dudaba, el puesto sería para otra. Eso era lo que más temía; que todo el esfuerzo y la ilusión puestos se fueran al garete después de que su marido hablara con ellos. No quería ni pensar qué les habría dicho. Habían pasado más de seis horas y no tenía noticias de él, tan solo un mensaje de texto que había enviado hacía más de una hora en el que le decía que estaba en la puerta de la Torre Iberdrola, donde se encontraban las oficinas de la agencia, y que luego le contaría. Solo esperaba que no hubiera llegado a las manos, capaz era, ni que hubiese faltado al respeto al señor Urdanegui. Sería su fin, adiós a las mejores campañas, dado que las principales cuentas del país estaban en sus manos.
Adriana se levantó y empezó a dar vueltas a la habitación. Toda esa sangre no podía ser fruto de…, no, tendría otra explicación. Debería llevarla al pediatra, pero ¿y si las sospechas de su marido eran ciertas? Si lo descubrían, sería aún peor. Maldita sea. Miró otra vez el reloj, seguían pasando los minutos y no tenía noticias de él. De pronto pensó en qué ocurriría si ya no volviese, si estuviese muerto. Se imaginó sola, yendo y viniendo sin problema cada vez que requirieran a la niña. Sin duda, eso sería un punto a su favor. De hecho, quizá ese fuera el motivo por el que no terminaban de darle el visto bueno. Por fin lo conseguiría. Con el primer sueldo se pondría una talla cien de pecho. Antes de acostarse volvió a llamarlo al móvil sin éxito, estaba apagado. Cerró los ojos y tuvo que batallar con los flashes de la sangre de su hija mientras la limpiaba. Apenas pudo pegar ojo, una pesadilla la despertó a la una y después se fue despertando prácticamente cada hora. Hasta que a las cinco se dio por vencida y empezó a ver chorradas en el iPad para mantener la cabeza ocupada. Por más que intentara no pensar, su corazón le decía que no era normal que aún no hubiera dado señales de vida. El móvil seguía apagado, lo que le hizo ponerse más nerviosa. Eso sí que era una mala señal.
Pero no fue hasta la mañana siguiente, a eso de las diez, cuando ya había vestido y dado de desayunar a Judith, cuando alguien llamó al telefonillo. Adriana dio un brinco al pensar que su marido había vuelto ya y llamaba porque se había dejado las llaves. La persona que había al otro lado de la puerta no era su marido, sino un repartidor. Adriana le abrió y al asomarse vio que llevaba un enorme ramo de flores acompañado de un sobre. Una vez dentro, sacó y leyó la nota que había escrita a mano en su interior. En ella ponía: «Lo sentimos mucho, querida, qué tragedia. Te acompañamos en el sentimiento. No quiero ni pensar por lo que estará pasando Judith, pobre criatura. Tenemos ganas de verla, sobre todo ahora que necesitará muchos mimos. Con cariño, Elvira».