La cría
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El rostro de Adriana se ensombreció de repente, parecía haber caído en lo más profundo de su propio abismo.
—Estoy convencida de que abusaban de Judith… —dijo armándose de valor.
Candela lanzó una mirada cargada de escepticismo a Mateo: era la tercera vez en lo que llevaban de día en que Adriana acusaba a alguien de abusar sexualmente de su hija sin pruebas de que fuera cierto, y se preguntaba cuántas más quedarían.
—No me refiero a mi vecino ni a mi ex. Les estoy diciendo la verdad, déjenme explicarles. Cuando Judith tenía poco más de un año, la apunté en una agencia para hacer anuncios. Los primeros meses nos llamaron para hacer castings y más castings, de ahí salió alguna foto perdida en un catálogo y poca cosa más. Después hizo un par de reportajes de fotos anunciando ropa y juguetes para prensa y catálogos. Cuando creció y se convirtió en una niña que llamaba la atención, por su larga melena rubia y su cara de muñeca, nos llamaron porque la agencia más importante de España estaba interesada en contar con ella para una campaña estrella. No nos contaron mucho más, había mucho secretismo al respecto. De hecho, uno de los requisitos fue que, aunque la representante se seguiría llevando el veinte por ciento por cada trabajo que saliera, no actuaría como intermediaria, sino que la agencia se pondría en contacto con nosotros de manera directa. Nos mandaron un móvil y todo; por lo visto a ese nivel de presupuesto y demás era lo más normal, o por lo menos eso nos dijeron.
»Al principio hablamos con un tal Ángel, que trabajaba en la agencia, y nos dio las instrucciones sobre el móvil y cómo proceder. Después siempre contactó con nosotras Elvira, la secretaria del señor Urdanegui, el dueño. Una mujer mayor pero con más vitalidad que todos nosotros juntos, muy amable, siempre sonriente. Aunque con el tiempo me di cuenta de que en realidad no era más que una encantadora de serpientes que lo sabía siempre todo y que había que tener mucho cuidado con ella. Tuvimos que mandar fotos de la niña y grabarla en vídeo un par de veces. Después me pidieron que la llevara a pruebas de cámara en Madrid, en un plató que habían montado dentro de una nave industrial en un polígono de San Sebastián de los Reyes. Esa fue la primera vez en la que me pidieron que saliera fuera durante la grabación, porque era una manera de que Judith no estuviera tan pendiente de mí y se relajara. Reconozco que hubo un momento, al principio, en que se me pasó por la cabeza que pudieran grabarla desnuda o algo así. En la tele salían casos en Estados Unidos de niñas de concursos de belleza a las que hacían fotos y vídeos, ya saben… Pero pensé que estaba siendo exagerada. Ese equipo de gente tan encantadora sería incapaz de hacer ese tipo de cosas. Y, para mi sorpresa, lo que estaba ocurriendo era mucho peor que eso. Me di cuenta cuando nos pidieron viajar a Bilbao para que la viera el cliente, vamos, él y todo el equipo, antes de dar el okey final. Todo fue bien, como siempre: se llevaban a la niña y yo esperaba hasta que me avisaban. Elvira me dijo que estaban encantados. Pero a la vuelta, mientras comíamos en casa, Judith empezó a sangrar por… —Adriana bajó la cabeza, señalando su entrepierna—. Mi marido montó en cólera y salió disparado a Bilbao. No hubo manera de frenarlo, me dijo que no pararía hasta cantarles las cuarenta y que le dieran una buena explicación.
»Nunca volvió, me escribió antes de entrar en la agencia para avisarme de que había llegado y que después me contaría. Pero nunca lo hizo, no supe nada de él en toda la noche. Al principio el teléfono daba señal, pero horas más tarde estaba apagado. ¿Saben cómo me enteré de que había muerto? A la mañana siguiente recibí un ramo de flores con una nota en la que Elvira me daba sus condolencias. Y lo hacía en nombre de todos. No mencionaba a mi marido ni qué había pasado con él, pero no hacía falta. Antes de que pudiera denunciar su desaparición recibí una llamada de la Guardia Civil para decirme que habían encontrado su coche al fondo de un terraplén. Por lo visto los frenos habían fallado, pero eso no tenía mucho sentido. Mi marido era un apasionado de los coches y cuidaba el suyo como oro en paño. Conducía deprisa, eso es cierto, pero no creo que fuera un accidente. ¿Cómo podía saber Elvira lo que había ocurrido antes de que lo hubieran encontrado? Jamás mencionaron que hubiera estado en la agencia en ningún momento, pero no solo sé que tuvo que hablar con ellos por el mensaje que me envió antes de subir, sino porque el accidente ocurrió mientras regresaba a Madrid. Seguro que les dijo que se olvidaran de contar con la niña…, los amenazaría con hacerlo público y lo mataron. Estoy segura. La carta que envió Elvira era una advertencia, una manera de hacerme saber a qué me atenía si optaba por intentarlo también yo.
—¿Los denunció? —preguntó Candela con cierto escepticismo.
Adriana negó con la cabeza con gesto afectado.
—No, yo tardé más en verlo y cuando lo hice me dio pánico enfrentarme a ellos. No quería creerlo, me parecía increíble que Elvira y el señor Urdanegui, gente de tanta categoría, tan amables y educados, pudieran hacer algo así. Pero después de recibir la nota de Elvira las piezas comenzaron a encajar y mis temores se hicieron realidad. El miedo se adueñó de mí. Quería huir, desaparecer sin decirles nada para que no nos encontraran nunca, pero había algo que me lo impedía, y no solo el miedo a que nos localizaran, realmente los necesitaba: mi marido había muerto, no tenía seguro de vida y sí una hipoteca y mil facturas que pagar. No podíamos prescindir del dineral que pagarían a Judith si era elegida. Tenía que encontrar la manera de sobrevivir antes de cortar por lo sano, quedarnos sin recursos y encima con la incertidumbre de si en cualquier momento tomarían represalias. Así que decidí seguir actuando como si nada pasara, aprovechando la excusa de que no me encontraba bien para alargar el momento de volver a llevar a Judith con ellos.
»Llamé a Elvira y le expliqué que mi hija estaba muy despistada después de la muerte de su padre y que en el colegio nos recomendaron alejarla de cualquier agente externo que pudiera afectarla en esos momentos. Que era importante que la niña tuviese la infancia más normal posible a pesar de las circunstancias tan horribles que le había tocado vivir. Pero no lo entendieron, Elvira insistía en que no podía perder una oportunidad tan buena. Realmente es una marca que lleva aquí toda la vida, pero poca gente sabe que también tiene relevancia en algunos países del extranjero, y eso hubiera lanzado al éxito a Judith, como después pasó con Lucas, pero yo me negué. Educadamente, pero me negué.
»En la agencia estaban además Ángel, el que me dio el teléfono, y Zeus, que se ocupaba de los desplazamientos y temas de producción. Los dos siempre fueron encantadores, hasta que empezaron a insistir e insistir. Tal vez los presionaron. Ángel llamaba sin parar, y eso que él era el encargado de los clientes vip y las grandes esferas, pero lo peor fue lo de Zeus. Ahí fue cuando decidí que no podía seguir así. Una tarde se presentó sin avisar con un ramo de flores y unas chucherías para Judith. Es curioso cómo, según la perspectiva, puede cambiar la manera de ver a una persona. Ese chico siempre me había parecido muy dulce, frágil, con su cara llena de pequitas…, y al verlo, de pronto, totalmente quieto en el marco de la puerta, me pareció el demonio. Después de lo de mi marido, no pude evitar pensar que también había tenido algo que ver. Su mirada amable se volvió oscura y siniestra. Sin embargo, esa amenaza real, esa manera de decirme «Mira lo sencillo que es llegar hasta ti», provocó en mí el efecto contrario. Si iban a acabar conmigo, que lo hicieran rápido, pero nadie más haría daño a mi hija. Por encima de mi cadáver y el de mi difunto marido. Vencí el miedo y me impuse. Les dije que la niña padecía una crisis nerviosa y que el médico le había prohibido trabajar.
—¿La padecía? —preguntó Candela de manera directa.
—Bien no estaba. Pero ya hace mucho de eso —respondió Adriana, quitando hierro al asunto— y al menos puedo decir que conseguí que terminara la pesadilla de Judith.
No quería levantarse de la cama, resguardada bajo la colcha parecía que pudiera escaquearse de lo que sabía que la esperaba. Ya no salía de su madriguera, y no solo por eso. Judith ya no era capaz de estar en la cama sin esconderse. Cada vez que se quedaba sola, por más que pensara en «cosas bonitas», como le había insistido su madre, siempre aparecía él. Detrás de la cómoda, agachado junto a la mesita con las dos sillas de madera, oculto tras las cortinas o la puerta, junto a la ropa colgada de las perchas, dentro del armario o debajo de la cama. El conejo gigante la miraba fijamente con sus ojos negros clavados en ella. Podía sentir su aliento y el tacto suave sobre su piel. Cuando esto ocurría, su cuerpo se bloqueaba por completo y Judith se metía debajo de la colcha, donde, refugiándose en el calor que emanaba todo su cuerpo, tarareaba canciones para que la pesadilla pasara rápido. Sin embargo, pese al miedo inicial, con los días aprendió a disfrutar de su escondite, al menos hasta que llegaba su madre. Sabía perfectamente lo que vendría después, escucharía a mamá llamándola y cómo poco a poco se iba acercando hasta notar su presencia junto a ella. «Venga, que tenemos que ponernos muy guapas», le diría cariñosamente. Después le explicaría lo importante que era que sonriera todo el tiempo y obedeciera a todo lo que le dijeran Elvira y el resto de los hombres de su alrededor. Eso ocurrió en cuatro ocasiones más después de la muerte de su padre. Y en todas ellas la vuelta fue cada vez más dura. Adriana presenció cómo su hija se iba empequeñeciendo poco a poco. Ya no sangraba, no había marcas ni nada que hiciera sospechar que estuvieran abusando de ella. Sin embargo, la niña cada vez hablaba menos y, en lugar de hacerse mayor, daba marcha atrás: no tenía apetito ni comía sola, se despertaba mil veces por la noche entre llantos —algo que no hacía desde que era muy bebé—, muchos días se hacía pis en la cama, incluso despierta, mientras jugaba; quería que la llevara en brazos y solo confiaba en su madre. Tampoco quería quedarse con sus abuelos. Adriana estaba convencida de que era porque le hacían acordarse de Elvira y el señor Urdanegui o de alguno de los clientes vip más mayores.
Solo quedaba un día, la llamada «final», en la que por fin decidirían si Judith se convertiría en la imagen oficial de Sweet Bunny, algo que Elvira daba por hecho. Pero, antes de ese quinto día de pruebas, Adriana recibió una llamada de la mujer. Con voz melosa le explicó que sintiéndolo en el alma la niña se había quedado fuera en el último momento. La marca había decidido bajar la edad y Judith parecía «una señorita ya», más aún al haber perdido su cara redondita después de adelgazar, como le pidieron en un primer momento. «Qué pena que crezcan», le dijo Elvira como despedida. A Adriana la noticia la pilló tan por sorpresa que apenas pudo decir nada. Pero en cuanto colgó lanzó con fuerza el móvil al suelo. Se quebró la pantalla. Al verlo empezó a gritar presa de la rabia, emitiendo onomatopeyas cargadas de dolor e impotencia. Nada de lo que había hecho hasta el momento había servido. Su marido apareció en sus pensamientos, de alguna manera ella lo había sacrificado. No había podido impedir su destino, pero sí honrarlo al menos y seguir su lucha para que su hija dejara de sufrir. Sin embargo, aunque jamás lo reconocería, no lo había hecho. Había mirado hacia otro lado tratando de no pensar en ello, como si todo no hubiera sido más que una serie de sucesos terribles fruto del azar. Pero ahora quería devolver la llamada a Elvira, o plantarse allí, como hizo él, y amenazarlos con contarlo. Después de perderlo todo, ya nada la asustaba. Quería que le dieran el dinero que merecían por el gran esfuerzo y el tiempo perdido. Por todo el dolor. Entonces recordó las palabras de Zeus durante uno de los viajes: «Hay que ver cómo están ahora con las restricciones para trabajar con niños, como alguien denuncie y te hayas pasado un minuto, la has cagado. Sobre todo los padres, por consentirlo. Hay que tener cuidado, porque te buscas un lío de custodias y te prohíben que vuelvan a trabajar hasta cumplir la mayoría de edad». Parecía que lo había dejado caer, pero ambos sabían que lo hizo conscientemente porque Adriana había consentido que no se respetara ninguna de las medidas con Judith. Era terrible, aquello imposibilitaba que pudiera salir airosa, no tendrían ni que deshacerse de ella. Adriana sabía que, si denunciaba a la agencia por abusar de su hija y matar a su marido al tratar de impedirlo, siempre podrían alegar que ella era cómplice. Tenían pruebas suficientes para demostrar que había hecho la vista gorda en todo lo relacionado con las medidas impuestas para trabajar con menores y, además, continuó llevando a la niña después de que supuestamente mataran a su marido. ¿Quién haría eso si estuviera convencida de las acusaciones que defendía? Nadie la creería, quedaría como una mujer despechada que hacía todo aquello porque habían rechazado a su hija en el último momento, y acabaría siendo la única perjudicada. Con esa fama, ni Judith ni ella volverían a trabajar más en el medio, y eso era lo único que les quedaba.
Durante un tiempo largo vivió más desahogada gracias a que vendió el piso en el que vivían, ubicado en el centro de Madrid, para comprar un chalet pareado mucho más barato en una pequeña urbanización ubicada cerca de El Escorial, pegada al embalse de Valmayor. El entorno era de lo más privilegiado: rodeado de campo poblado por enormes encinas y no estaba tan apartado gracias a la carretera M-505, que cruzaba el embalse. La representante de la niña le fue consiguiendo algún anuncio, pero poco más. Judith había crecido y Adriana se lamentaba de que Elvira no la llamara ni para un vídeo interno. Era una verdadera pena; llegados a ese punto no se opondría a llevar a su hija y estaba convencida de que Judith tampoco. Había conseguido que Judith fuera de lo más dócil. Si una cosa había hecho bien, había sido conseguir que se diera cuenta de lo importante que era «ser la elegida» para alcanzar el dinero y la fama que la harían feliz. Pero nadie la llamaba y cada vez le costaba más ocultar la creciente decepción que tenía con ella. Así que, viendo que no conseguía los resultados esperados, sobre todo a nivel económico, decidió centrarse en ella misma y aprovechar el auge de los blogs, perfiles y redes sociales con enfoque femenino. Adriana empezó hablando de su estilismo, de la ropa que llevaba y dónde se podía comprar. Conforme pasaron los años se fue adaptando a las nuevas tendencias: habló sobre distintos planes que se podían hacer por Madrid, se apuntó a la moda de las recetas de cocina, que grababa y después subía en vídeos cuidadosamente editados, recomendaba una rutina alimentaria y ejercicios para mantenerse en forma (en ellos nunca mencionó que ella apenas comía, por supuesto)… Pero, por mucho que dedicara tiempo y energía, no conseguía los suficientes seguidores como para amortizar el esfuerzo. Tenía que lograr que las marcas se quisieran poner en contacto con ella para llegar a acuerdos comerciales, y no al contrario, como ocurría casi siempre. Para ellas perdía todo el interés si era evidente que se bajaba los pantalones con facilidad.
Una de las costumbres que tenía era la de, después de dejar a Judith en el colegio, ir a desayunar con un grupito de madres de sus compañeros de clase que estaban en sintonía con sus dinámicas y gustos. Se limitaba a tomar té verde con ellas. Un día, mientras sacaba la bolsita de té del agua caliente para que no se amargara demasiado, escuchó a una de sus amigas contar lo mucho que la fastidiaba saber de una antigua compañera del colegio. No solo no se había casado ni tenía hijos, sino que viajaba sin parar por hoteles de todo el mundo, posando con su novio cachas y subiéndolo todo a las redes sociales. «Como está buena y tiene seguidores, pues la invitan», dijo su amiga, a modo de reproche, al contarlo. Las demás madres dieron argumentos con todos los tópicos habidos y por haber sobre los beneficios que la maternidad y el matrimonio ofrecían y de los que su amiguita no podría disfrutar en sus aparentes maravillosos viajes. «Luego, todo es mentira», añadían.
Sin embargo, Adriana ya había desconectado de la conversación. Su cabeza iba a mil por hora. Al llegar a casa buscó el perfil del que habían hablado y de ahí fue enlazando con otros tantos del mismo estilo. Una nueva puerta se abrió ante ella; una de las ventajas de haber sido madre tan joven y mantenerse en forma era que no tenía nada que envidiar a todas esas que se mostraban continuamente en biquini para captar likes. Su siguiente misión fue encontrar una pareja artística a la altura; para ello se apuntó en uno de los clubs con gimnasio de moda en la zona noroeste de Madrid. Mallas entalladas y partes de arriba sin sujetador que no dejaban prácticamente nada a la imaginación; nunca se alegró tanto de haber invertido finalmente en una nueva talla de pecho. Un mes después encontró a un hombre mejor de lo que jamás se hubiera imaginado: Néstor Garmendia. El tipo tenía cuatro años menos que ella y era modelo de profesión. Un verdadero bombón. Gracias a sus contactos empezaron a poner en marcha eso de hacer planes juntos y compartirlo en sus redes. Las publicaciones fueron haciéndose cada vez más frecuentes y subiendo de nivel. Pasaron de las cenas en restaurantes y los spas de la ciudad a fines de semana en paradores y hoteles de lujo de distintas partes de España. Poco a poco iban viajando cada vez más lejos, cuanto más exótico, mejor. Todo quedaba perfectamente retratado en sus redes, parecían la pareja más feliz del mundo. Además, Adriana empezó a ganar dinero y, sobre todo, a disfrutar de una segunda juventud.
El problema llegó cuando todo eso afectó a Judith. En un principio la niña se pasaba el día en casa de sus abuelos paternos; de primeras le costaba quedarse, pero luego iba feliz. Sin embargo, Adriana terminó cortando la relación, porque estos empezaron no solo a llevarle la contraria, sino a mostrar su preocupación por la manera que tenía de criar a su nieta. Por otra parte, como anteriormente había expuesto tanto su día a día como madre, cuando el número de seguidores fue subiendo, enseguida llegaron los comentarios donde se cuestionaba qué tipo de madre era, pues se veía que llevaba una vida ociosa y separada de su hija. No bastaron las fotos que publicó con Néstor y Judith a la salida del cole y haciendo cosas los tres juntos. Cada vez que subía una fotografía de viaje, ligera de ropa, las críticas se le venían encima y los patrocinadores huían. Era increíble, estaba siendo víctima de los mismos ataques que sus amigas hacían a la compañera que la inspiró para convertirse en quien era.
Entonces estalló un nuevo boom en las redes que la salvaría de caer en el abismo: «la mamá virtual» o las también llamadas «mamis digitales». Ser madre era un negocio. Cada etapa del proceso era una fuente de ingresos: el embarazo, con todos los tratamientos que se hacían, las cremas que usaban, la ropita y todo tipo de cosas y pijaditas para el bebé. La habitación que montarían para él. Después del parto la cosa no empeoraba; al contrario, seguían relatando cada paso de la crianza y todo lo que se necesitaba, desde los estilismos del bebé y los carros, sillitas, balancines y demás inventos hasta lo relacionado con la recuperación, el entrenamiento y las maneras de conservar el atractivo, de seguir siendo mujer pese a ser madre. Por otro lado, estaba la opción de hacer un perfil al bebé y duplicar la actividad. En su nueva búsqueda volvió a la página de la famosa marca Sweet Bunny, en la que aparecía el célebre conejo, con las galletas y gominolas en forma de zanahoria, y alguna foto suelta de distintos niños, mucho más pequeños que Judith, junto a él. Efectivamente no habían optado por nadie en exclusividad. Adriana se quedó pensativa, el mundo de la maternidad era un no parar de posibilidades. Su día a día se convertiría en una fuente de contenido que a su vez traería dinero constante de los anunciantes interesados. Solo necesitaba quedarse embarazada y tener el bebé. En una de las veladas en las que salía a cenar con su pareja, sacó el tema disimuladamente, pero, para su sorpresa, se encontró con que la mentalidad de Néstor poco tenía que ver con la suya, y su manera de encajar el uso de las redes sociales en la vida de los menores era radicalmente opuesta al plan que se había propuesto llevar a cabo. Además, como Adriana repetía una y otra vez lo liberada que estaba ahora que Judith ya no dependía tanto de ella, él estaba convencido de que sus planes no incluían volver a ser madre y no se dio por aludido. Ante tal panorama solo tenía una opción: dejar de tomar la píldora sin decírselo hasta cumplir su objetivo. Dos meses después la prueba de embarazo dio positivo y, antes de que se le notara, rompió su relación con el modelo. La diferencia de edad fue el principal argumento a su favor. A partir de ese momento se creó su nuevo perfil: “@mamifeliz”. Ahí compartió el proceso del embarazo sin que Néstor se enterara y pudiera atar cabos. Una vez que diera a luz siempre podría jugar con los meses para que no hubiera duda de que él no era el padre. Hasta entonces solo tuvo que sortear los pocos intentos que su ex hizo para que volvieran a verse y retomar la relación.
Durante el tiempo que duró el embarazo consiguió más seguidores que en todos los años en los que compartió su vida en su perfil anterior. Sin embargo, no llegaba ni por asomo a alcanzar sus objetivos. Ni siquiera cuando nació su hijo, al que llamó Lucas. Por suerte, era un muñecote precioso, con el pelo rojizo y los ojos muy azules. A los nueve meses, cuando no quedaba rastro de la carita de «viejito» con la que nacen la mayoría de los bebés, y tenía ya sus primeros rizos, consideró que había llegado el momento de actuar. Compró un disfraz de conejito lo más parecido al del anuncio, con unas enormes orejitas de peluche, y fotografió al bebé con él puesto. Lo tumbó en el césped artificial que acababa de poner en una zona del jardín y repitió la foto infinidad de veces hasta que consiguió un gesto que hiciera justicia a su criatura. Después la retocó y, antes de subirla a Instagram, etiquetó el perfil de la agencia con una sola intención. Sacó el teléfono que le dieron en su día y volvió a encenderlo. Esa misma noche llegó un mensaje, la prueba fehaciente de que su plan había surtido efecto: «Enhorabuena, querida, Lucas es de lo más comestible. Elvira».