La cría
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Candela se fijó en que Adriana de pronto parecía ausente. Conocía bien esa expresión neutra, la mirada perdida del que se sumerge en los recuerdos sin poder evitarlo, sin ser consciente de dónde ni cuándo lo hace, sin darse cuenta de que quizá aquel no fuera el momento. Lo que no se imaginaba era que la mujer hubiese vuelto a mentirles: no fue ella quien decidió alejarse de la agencia para proteger a su hija, sino la agencia quien finalmente no contó con Judith, supuestamente porque buscaban a alguien de menor edad.
—Entonces ¿su relación con la agencia se rompió cuando les dijo que Judith no estaba en condiciones de seguir, o volvieron a la carga? —preguntó Candela.
—Sí, sí. Fue una decisión difícil, pero sí. Fue muy duro tener que cambiar el nivel de vida de mi hija y no poder darle todo lo que necesitaba.
—¿Lo que necesitaba ella o usted? —La pregunta sorprendió a Adriana—. Quiero decir que los niños, al fin y al cabo, no se dan cuenta de esas cosas y se conforman con menos que nosotros, los adultos —corrigió Candela para no meter el dedo en la llaga ahora que parecía que estaba contándoles la verdad. Mateo la miró de reojo y sonrió disimuladamente.
—No volvimos a tener noticias de la agencia hasta años después, cuando nació Lucas. Me hice un perfil con otro nombre y otro al niño para que en la agencia no se enteraran —dijo Adriana, mintiendo de nuevo—. Fíjese el miedo que les tenía, aunque hubiesen pasado tantos años. Creo recordar que le regalaron a Lucas un disfraz de conejo, debí subir una foto y alguien se la haría llegar. Por mucho que te empeñes, Elvira siempre acaba sabiéndolo todo. No tardó ni un día en dar señales de vida. Me envió un mensaje diciendo que mi hijo no podía ser más comestible. Esa fue la primera toma de contacto; después me llamó interesándose por «el conejito». Antes de que me negara, me explicó que el modelo de trabajo que buscaban para colaborar con Lucas era muy diferente al de Judith. Todo sería a distancia, el niño no tendría que viajar ni hacer castings ni meetings. Por suerte, el mundo de las redes sociales había cambiado mucho en esos años y solo estaban interesados en posts, directos y stories que podríamos grabar desde casa con el material que nos mandaran y los requisitos específicos para cada publicación. —Adriana hizo una pequeña pausa antes de continuar—: No pude decirles que no, era un dineral y no había peligro. Enseguida mandaron el disfraz de conejito oficial para Lucas con un conejo Sweet Bunny del tamaño del original. Tuve que guardarlo en el trastero porque, en cuanto lo vio, el niño se puso a llorar sin parar, y tampoco quería que Judith se lo encontrara al llegar del colegio. Es difícil de explicar, pero ese bicho tiene algo oscuro, que resulta terrorífico. Por lo menos, Lucas disfrutaba con las fotos. Salía maravilloso, siempre sonriente… —Candela lanzó una mirada cargada de intención a su compañero, que arqueó las cejas—. Y su imagen empezó a ser un éxito. Además, el ceceo con el que habla es tan gracioso que se les ocurrió lo de los vídeos en los que Lucas contaba lo ricas que estaban las gominolas con sabor a tarta de zanahoria cuando la marca sacó el producto. —Sus ojos mostraron un leve brillo de emoción—. Todo el mundo hablaba de ellos, seguro que los recuerdan, fueron circulando hasta convertirse en virales y ocurrió lo que era inevitable que pasara: que quisieron que fuera la imagen oficial de la marca junto con el famoso conejo. Era la primera vez en la historia de Sweet Bunny que un solo niño coparía toda la acción publicitaria, tanto aquí como en el resto de los países donde también se venden las galletas y gominolas y en los que se utilizaría el mismo material de promoción. Ahí empezó de nuevo la pesadilla.
Si a Adriana algo le había enseñado la vida era a ser consciente de que todo lo bueno se acaba tarde o temprano y que la felicidad no es para siempre. La llamada que recibió de Elvira una mañana, mientras se ejercitaba en la bici eléctrica que se había comprado para el jardín, se lo recordó. La tranquilidad y estabilidad que le proporcionaba la nueva manera de trabajar con la agencia había tocado a su fin: Lucas había sido elegido imagen de Sweet Bunny y había llegado el momento de actuar como tal. A sus acciones diarias en redes se sumaba la de hacer la fotografía de la campaña, que estaría en todos lados y que sería su presentación oficial como «el dulce conejito» que acompañaría a partir de ese momento al popular conejo. En un segundo todos los malos recuerdos salpicaron la mente de Adriana, sobre todo después de escuchar que tendrían que viajar a Bilbao, donde se realizaría la sesión con un fotógrafo buenísimo de Londres. Asistirían Elvira, que, al no estar el señor Urdanegui, había tomado el mando; su equipo, y los representantes de la marca para dar el visto bueno. Adriana sabía que estaban en juego la campaña internacional y el dineral que traería consigo, todo lo que nunca logró con Judith, pero no quería que se repitiera lo mismo que le pasó a ella. Así que, sin pensarlo dos veces, sacó toda la fuerza de su interior y sin titubear respondió que no había ningún problema siempre y cuando ella estuviera presente en todo momento. Elvira le dijo que tenía que consultarlo con el cliente porque, como bien sabía, esa no era la manera en la que trabajaban normalmente.
—Los niños se sienten liberados cuando pueden jugar, aunque sea por un rato, sin la presencia constante de sus padres vigilando. Siempre nos ha dado buen resultado —le dijo.
Tres días después dejó a Judith en el colegio y quedó con Alberto, el vecino, en que le haría el favor de ir a buscarla a la salida y pasar la tarde con ella hasta que volvieran. Estaba nerviosa por saber si sería su vuelta al mundo del espectáculo, pero estaba presente el miedo interno que le provocaba reencontrarse con toda esa gente. Cuando se montó en el coche que los vino a recoger y vio que a pesar de los años seguía siendo Zeus quien conducía, sintió que el corazón se le paralizaba. Al cerrar la puerta pensó que eso era lo que se conocía comúnmente como «meterse en la boca del lobo», pero estaba convencida de que tanto Lucas como ella saldrían ilesos. Zeus fue igual de encantador que siempre. Mientras él le hablaba de manera desenfadada, Adriana lo observaba pensando en lo normal y agradable que era y, por tanto, lo increíbles que resultaban todas sus sospechas pasadas. Miró a Lucas, que estaba sentado en la silla del coche mirando los dibujos que le había puesto en el móvil para que no diera guerra, e hizo un esfuerzo por pensar que todo sería diferente y que esta vez podría protegerlo.
Llegó al estudio y se produjo el reencuentro con el equipo, al que en parte ya conocía. Los años habían hecho mella en Elvira y, pese a seguir disfrutando de gran vitalidad, sus movimientos se habían vuelto algo más torpes y ralentizados. Pero era aún una mujer lúcida y rápida en sus respuestas. Su sonrisa y su manera de ser amable y cálida se ganaron al instante a Lucas, que la abrazó como si la conociera de toda la vida cuando su madre le pidió que la saludara. Adriana presenció el improvisado abrazo y no pudo evitar que se le encogiera el estómago. La mujer cogió de la mano al niño y le dijo que lo iba a llevar a un sitio que le encantaría. Lucas sonrió y caminó junto a ella, aunque esta vez Adriana fue detrás y entró también por la puerta que conducía al set donde se tomarían las fotografías. Al verlo, Adriana palideció. Era una reproducción exacta del decorado en el que siempre hicieron posar a Judith: el mismo rincón de un bosque rodeado de vegetación, que esta vez parecía natural, y el tronco partido de un árbol tumbado sobre un montón de hojas secas y trozos de serpentinas de colores. Elvira se dio la vuelta para contemplar la expresión de Adriana, consciente del efecto que el set tendría en ella, y sonrió mientras seguía avanzando con el niño de la mano. Llegaron hasta el tronco y le hizo un gesto simpático para que se sentara en él; una chica jovencita se acercó a ellos y le ofreció una zanahoria enorme de gominola que el niño aceptó con una sonrisa de oreja a oreja. Adriana estaba tan impactada por el “déjà vu” que acababa de tener que no se había fijado hasta entonces en que el equipo que había ahora era muy reducido y se preguntó si eso sería algo bueno o malo. De hecho, le extrañó que no le hubieran presentado a ningún representante de la marca, que, como clientes, deberían estar en el set.
Elvira empezó a retroceder sin dejar de sonreír al niño. Lucas miró hacia su madre, encantado con todas las novedades, lo cual la tranquilizó, pero, de golpe, la expresión del crío cambió por completo. Sus ojos estaban llenos de pánico, soltó la gominola, que cayó al suelo, y se puso a gritar y a llorar desconsoladamente. Adriana se giró de golpe para descubrir el motivo por el que se había puesto así. Sweet Bunny, más alto que ella, estaba en silencio parado en mitad de la sala con la vista puesta en el niño. Adriana estuvo a punto de ponerse a gritar también, pero su primer instinto fue ir corriendo hacia su hijo y abrazarlo para protegerlo. Los intentos para calmarlo no tuvieron ningún efecto y Lucas siguió llorando y gritando, agarrado a su madre. Adriana notó las heridas que le estaba haciendo el niño con las uñas. Nunca había tenido una rabieta así, era como si el crío tuviera un sexto sentido que le hubiera permitido captar la esencia del conejo, o de quien estuviera escondido bajo él. Adriana ya no sabía qué pensar, quería levantarse y quitarle el disfraz, pero necesitaba frenar su oscura imaginación, que se disparaba por culpa de las películas de miedo que había visto durante su adolescencia. Finalmente fue imposible hacer las fotos: cuando el conejo se acercaba, el niño se ponía aún peor. Lucas terminó vomitando en el decorado. Elvira ordenó que Sweet Bunny saliera del estudio y, después de limpiar al niño y conseguir que por fin se calmara, dejó claro que aplazarían la sesión para otro momento.
—La idea es que sea algo placentero para el pequeño, no queremos que sufra. Ahora esperaremos unos minutos a que regrese Zeus, que está ocupado, y os lleve a casa.
Hicieron el viaje de vuelta prácticamente en silencio, en parte porque Lucas se durmió al poco tiempo de arrancar. Adriana, que estaba sentada junto a él, acariciaba su manita mientras sentía la mirada de Zeus a través del retrovisor y daba las gracias porque Lucas se hubiera dormido, pues así no tendría que hacer malabares para entretenerlo las cuatro horas que duraba el viaje.
Esa misma noche comenzó la pesadilla: después de la siesta tan larga que se había echado en el coche, Lucas tardó horas en dormirse. Adriana por fin pudo meterse en la cama, pero era incapaz de conciliar el sueño. Su cabeza daba vueltas sin parar, reconstruyendo cada uno de los instantes del viaje. Intentaba distraerse pensando en otra cosa, pero le era imposible. Cuando finalmente cayó agotada, un grito le hizo abrir los ojos de golpe. Era Lucas. Se levantó y fue corriendo a su habitación. De camino se encontró con Judith, que asomaba la cabeza por la puerta de su dormitorio, mirando con miedo hacia el pasillo.
—Vuelve a la cama —le dijo Adriana al pasar por su lado.
Al entrar en el cuarto de su hijo, vio que estaba hecho un ovillo, escondido completamente bajo el edredón. Adriana lo descubrió y lo abrazó mientras le hacía caricias para que se calmara.
—“Ta’í”, mamá. He visto —dijo el niño entre llantos.
—¿Quién, cariño? No hay nadie.
—El conejo, “ta’í” —repitió señalando hacia la puerta, que estaba abierta pero sin llegar a tocar la pared.
Adriana sintió el mismo terror que su hijo al imaginarse al conejo de pie en la oscuridad, detrás de la puerta. Aun así se levantó y se acercó a ella lentamente, intentando no pensar en los ojos oscuros y profundos con los que Sweet Bunny siempre miraba, que poco tenían que ver con la imagen que después aparecía en los anuncios de la marca. Adriana se armó de valor y, con el corazón a punto de salírsele por la boca, separó la puerta de golpe hasta casi cerrarla. No había nadie. Por un momento se avergonzó de haber podido creer que no sería así. Cogió a Lucas en brazos y se lo llevó a su cama para que pudiera dormir. A partir de ese día, cada noche se repetía el momento de terror que vivía el niño, y todos ellos los provocaba el misterioso conejo. Unas veces lo había visto de pie, observándolo mientras dormía. Otras decía que el conejo asomaba media cara por la abertura de la puerta desde el pasillo. También que, cuando la puerta del armario no estaba cerrada del todo, sabía que estaba ahí observando. Estaba seguro porque podía escuchar su respiración. Una noche aseguraba que estaba detrás de las cortinas y otra que debajo de la cama. En todas esas ocasiones, Adriana comprobaba que no era cierto, pero lo más increíble era que el niño repetía las mismas historias que Judith le había contado en su día.
No entendía de dónde venía esa misma obsesión: Lucas apenas había visto al conejo en persona, ella misma se encargó de esconderlo cuando el niño rompió a llorar la primera vez que lo vio el día que lo llevaron por sorpresa a casa. A partir de ese momento, hasta Adriana empezó a notar su presencia cada vez que se quedaba a solas. Cuando cerraba los ojos o bajaba la guardia, sentía su mirada lasciva en la nuca. Una noche, mientras leía sentada en la butaca que tenía junto a la ventana de su habitación, tuvo la misma sensación: giró la cabeza de golpe, convencida de que el conejo estaba parado junto a ella, unos pasos por detrás, observándola amenazante. No había nadie, pero aún notaba su presencia y los ecos de su respiración profunda y oscura. Entonces una idea asaltó su mente y una noche, después de llevar a Lucas a su cama y de asegurarse de que estuviera dormido, se dirigió sigilosamente al trastero con toda la casa a oscuras, iluminando su paso con la linterna del móvil. Al llegar a la planta de arriba, abrió la puerta, encendió la luz y volvió a cerrarla corriendo. Miró a su alrededor y fue hacia la esquina donde recordaba haber dejado el conejo gigante. Sin embargo, al acercarse, por más que lo buscó, se dio cuenta, presa del pánico, de que no había rastro de él.