La cría
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Adriana seguía frente a los dos agentes, que escuchaban atentos su historia.
—Por suerte, a los pocos días recibí una llamada de Elvira diciéndome que no me preocupara porque tenían la foto para la campaña —continuó diciendo después de explicarles el incidente con Lucas durante la sesión de fotos de Bilbao y el trauma que aquello le había causado—. Me explicó que habían conseguido sacar una imagen de Lucas sonriente, con la zanahoria de gominola en la mano, antes de que se sentara Sweet Bunny y habían hecho un montaje con otra del conejo que hicieron después para que pareciera que estaban los dos juntos. Me dijo que el cliente estaba muy contento y que la campaña seguía en marcha, pero que era muy importante que el niño se acostumbrara a estar con Sweet Bunny. Entre otras cosas me aconsejó que Lucas pasara horas con el de tamaño real que nos habían enviado, incluso que durmiera con él para protegerlo de las malas presencias. La campaña fue un verdadero éxito, nadie esperaba que Lucas fuera a ser tan tierno y divertido. Todo el mundo lo reclamaba, era la novedad. Nos llevaron a programas, nos pagaron por inaugurar tiendas infantiles e ir a eventos. Realmente se convirtió en el niño más famoso de España. —Hizo un gesto dando por hecho que ya lo sabían—. Por supuesto que todo el dinero yo lo guardaba para la universidad —aclaró al sentirse juzgada por los dos agentes—. Pero, bueno, Lucas estaba raro, no dormía, ni siquiera conmigo. Tenía pesadillas y estaba obsesionado con el conejo. Entonces Néstor se puso en contacto conmigo para que el niño dejara de aparecer en público, incluidas sus redes sociales. Personalmente creo que todo era porque quería su parte. No soportaba que el niño fuera más famoso que él y ganara más dinero.
—Él, sin embargo, afirma que sus intereses no son de ese tipo, sino que está preocupado por cómo toda esa fama y la exposición pueden pasar factura a su hijo en el futuro.
—Crean lo que quieran. El tema es que, ante la denuncia y las amenazas de quitármelo, tuve que cancelar un montón de contratos, incluido el de Sweet Bunny con la agencia. Aunque les expliqué la situación, insistieron una y otra vez, y les puedo asegurar que es difícil que se conformen con un no. Ahora, después de conocer por todo lo que hemos pasado en esta casa, entenderá lo que ocurrió con mi vecino Alberto, ¿verdad? Cuando han abusado de tu hija, es preferible pasarse de precavida que quedarse corta —dijo tajante.
Después de las palabras de Adriana se hizo un pequeño silencio.
—Si tenía tanto miedo a lo que pudieran hacer a sus hijos, ¿por qué contestó al mensaje de Mimi en Instagram? ¿No le asustaba? —preguntó Mateo.
—Hace ya un par de meses que cesamos la actividad pública de Lucas. No sé si conocen cómo funciona todo este mundo, pero además de que bajan los ingresos se pierde estatus. Desapareces, pasas de moda, y eso no te lo perdonan. Me preocupaba no remontar la situación y haber perdido la oportunidad. Por eso, cuando mencionó en el mensaje de qué trataba la colaboración, me pareció que mandar saludos personalizados no implicaba ningún peligro aparente y que, al fin y al cabo, era dinero fácil que nos vendría muy bien. Pensaba poner la condición de que no se pudieran subir a las redes sociales, y así Néstor no tendría que enterarse. Parecía una buena opción para superar este pequeño bache. El problema vino cuando me dijo que el vídeo de presentación lo tenía que grabar él. Esa parte no me gustó y por eso dejé la conversación.
—¿Piensa que detrás del perfil podría estar alguno de los hombres de la agencia que ha mencionado? El tal Ángel y…
—Zeus. Podría ser… —respondió Adriana.
Candela dio un par de pasos hacia ella.
—Verá, lo que nos ha contado es terrible, pero no dejan de ser conjeturas. Por ahora no tenemos una prueba contundente que nos permita acusar a la agencia no solo de sus actividades, sino de haberse llevado a Lucas.
—Es que aún no les he contado lo peor —respondió Adriana tragando saliva.