La cría
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Las lamas de las ventanas de la cocina estaban abiertas en horizontal. Candela miró un segundo hacia la calle y vio que todavía no había ni rastro de periodistas. Mateo estaba atento a su lado. Adriana se había llenado un vaso de agua del grifo y se lo tomó de un trago, después continuó con su relato.
—Quizá les pueda parecer que exagero, que lo que nos ocurrió podría ser un cúmulo de casualidades fuera de quicio, pero creo que cuando les cuente esto lo van a ver tan claro como yo. —Se sentó en la mesa pequeña que tenían en la cocina y les hizo un gesto con la mano para que hicieran lo mismo. Ambos aceptaron—. Años después de que rompiera mi relación con el señor Urdanegui y su equipo para que Judith no volviera a tener que pasar por todo aquello, la agencia se vio inmersa en un escándalo que seguro que les suena. Fue a raíz del asesinato de una adolescente que apareció descuartizada en un centro comercial, creo que fue en La Vaguada. —Mateo y Candela se miraron, ¿no estaría hablando del mismo caso del vídeo que anunciaba en la Deep Web el personaje anónimo que le había mandado el misterioso mensaje a Lucas por Instagram?—. Tanto el hermano de la víctima como la mujer de un publicista que trabajaba para el señor Urdanegui mantenían que habían descubierto una trama muy turbia que afectaba a menores y en la que podían estar implicado el fundador y algunos de los clientes más importantes de la agencia. El final de la historia es terrible, pero no quiero entrar en eso. Lo importante es que Elvira terminó al mando de todo, negó las acusaciones y amenazó con llevarlos a los tribunales si no paraban de lanzar ese tipo de acusaciones. Cuando me enteré, intenté averiguar todo lo que pude para saber si había alguna similitud con lo que habíamos vivido nosotros. Era la única manera de poder responder por fin a la duda de si el asesinato de mi marido y lo que le hicieron a Judith era o no cosa mía. Así que decidí buscar por mi cuenta, en foros y páginas en las que contaban lo que no se decía en la televisión. En ellas hablaban de una larga lista de chicas del mismo perfil que también habían sido asesinadas salvajemente. Además aseguraban que el asesinato de todas ellas había sido grabado y se comercializaba en la Deep Web. Muchas de ellas habían anunciado productos de los clientes de la agencia, así que es muy probable que hubieran tenido contacto directo con la misma gente con la que hemos tenido que lidiar mis hijos y yo todos estos años.
Al escuchar el relato, Mateo sintió un chute de adrenalina. Conocía gran parte de lo que estaba mencionando Adriana, él podía dar fe de que existían esos vídeos, pero jamás se hubiera imaginado que la agencia de la que hablaban fuese la misma para la que habían trabajado Judith y Lucas. Era mucho mejor de lo que esperaba, ahí estaba su oportunidad para marcarse el gran tanto. El que podría cambiar su suerte. Mientras que Candela, mucho más cauta, se preguntaba cuánto de cierto había en todo eso y si se trataba de una nueva estrategia de Adriana para desviar la atención.
—¿No se dan cuenta? Si eso fuera cierto, podrían haber estado grabando a mi hija y quizá era lo que también pretendían hacer con Lucas. ¿Y si se lo hubieran llevado, no para castigarme por haber interrumpido la actividad de mi hijo por la posible denuncia, sino para hacerle algo así? Los monstruos que consumen ese tipo de cosas pagarían un dineral por ver un vídeo de Lucas.
Adriana empezó a llorar ante la barbaridad que acababa de verbalizar. Mateo, ahora que tenía tanta información nueva que contrastar, deseaba salir pitando y continuar con la tarea que había dejado a medias.
—Después de darme cuenta de que la ropa de mi conejito no está —continuó Adriana, secándose las lágrimas—, estoy convencida de que han sido ellos. No sé ustedes, pero yo a estas alturas de la vida no creo en las casualidades. Si me disculpan, necesito ir al baño.
La mujer salió de la cocina y entró en el baño de cortesía que había en el recibidor, justo al lado. Candela habría querido contestarle «Así es», puesto que, ahora más que nunca, también pensaba que nada ocurría porque sí, pero no quiso echar más leña al fuego. Mateo tampoco dijo nada; sin embargo, no podía estar más en contra. Quizá fuera el destino; fuese lo que fuese, tenía claro que, sin duda, estaba de su parte. Cuando escucharon que Adriana echaba el pestillo, unos pasos retumbaron en la planta de arriba. Candela se preguntó si Judith habría estado atenta a la conversación. Mateo se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—Te has dado cuenta de que es la misma agencia, ¿no?
—Sí, pero hay que ser prudentes. No me fío nada de esta mujer, no sé adónde quiere llegar con todo esto. Suena a que quiere escurrir el bulto.
—Por cierto, jefa, entre los churros y está dando gritos se me olvidó decirte que he localizado al tío con el que sale Judith; respalda lo que ha dicho ella y todo encaja. Comprobado. Esta vez la chica dice la verdad. Ya he avisado a Paula para que se olvide del tema y no se ponga a buscar como loca el coche oscuro. Una cosa menos.
Candela asintió con una media sonrisa. En ese momento Adriana salió del servicio y volvió a la puerta de la cocina, donde esperaban los dos.
—¿Recuerda el apellido de Elvira, para intentar hablar con ella? —preguntó Candela, haciendo un gesto a Mateo para que apuntara en su libreta.
—No. No lo recuerdo; de hecho, creo que nunca lo he sabido. De todas formas, ella sigue al mando de la agencia, así que no les será difícil localizarla. Y, si no se la pasan, Zeus es el vicepresidente, aunque Ángel manda igual o más que él; cualquiera de los dos podrá ayudarlos. Le digo esto porque no sé si ella será muy accesible ahora, su predecesor desde luego no lo era.
—No se preocupe, ya verá como consigo hablar con ella —dijo Mateo con convicción.
Cuando Candela iba a dar por finalizada la conversación, una lluvia de notificaciones en el móvil de Adriana hizo que saltaran todas las alarmas. La mujer empezó a leer el primero de los mensajes de WhatsApp y, antes de poder terminarlo, se cayó redonda al suelo.