La cría
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Adriana yacía sobre la alfombra del recibidor; a su lado Candela la agarraba de las piernas manteniéndolas en alto, por encima del pecho, mientras Mateo volvía del salón con un cojín en la mano que colocó bajo su cabeza. Después cogió el móvil del suelo para ver el motivo por el que se había desmayado de aquella manera, pero la pantalla estaba bloqueada. Al levantar la mirada se encontró con la de Candela, sus ojos parecían huecos, llenos de preocupación. Ambos intuían que algo terrible le había ocurrido a Lucas. En ese momento, el teléfono de Candela empezó a sonar: era Paula.
—¿Lo habéis visto? —preguntó antes de que Candela pudiera decir nada.
—¡No! ¿Lucas? ¿Qué ha pasado? —respondió alarmada Candela, mirando hacia Mateo, que se puso en guardia.
Un grito ensordecedor, que pareció no terminar nunca, se escuchó en lo alto de la escalera. Miraron hacia arriba y vieron cómo Judith bajaba llorando y gritando.
—¡Mamá!
Cuando vio a su madre en el suelo, la adolescente se quedó paralizada, totalmente descompuesta. Miró a los dos agentes muy asustada, sin entender qué podía haberle pasado.
—¡Mamá! —volvió a exclamar mientras terminaba de bajar las escaleras y se ponía de rodillas junto a ella.
Judith arrugó la expresión de la cara y comenzó a llorar emitiendo gemidos más propios de un animal. No había lágrimas, pero era evidente que sentía un profundo dolor.
—Tranquila, solo se ha mareado. El SUMMA está de camino, se pondrá bien —dijo Candela mientras Mateo se apartaba concentrado en su teléfono.
No tuvo más que meter el nombre de Lucas en el navegador y comenzaron a salir enlaces de cadenas de conversaciones de Twitter y los primeros titulares. Judith abrió los ojos y levantó la mirada hacia Candela.
—¿Cree que está muerto?
La pregunta la pilló tan de sorpresa que Candela no supo qué contestar.
—Jefa —dijo Mateo, estirando el brazo para que mirase el móvil.
Candela supo por la expresión de su compañero que lo que vería en esa pantalla la ayudaría a responder a la pregunta de Judith. Se levantó y fue hacia él.
Mateo vio que Judith los miraba preocupada, así que trató de darle la espalda. En la pantalla había una foto de Lucas con los ojos cerrados y la boca semiabierta. Su expresión era de una relajación total, tanto que inevitablemente invitaba a ponerse en lo peor. Tenía puesta en la cabeza la diadema con las orejas del disfraz de conejito que llevaba en todos los anuncios de Sweet Bunny, salvo que en la imagen aparecía descolocada, casi caída, y las orejas estaban dobladas hacia abajo. La duda que planteaba la estampa era de lo más escalofriante: ¿había muerto el niño más famoso de España?