La cría
46
Página 48 de 67
46
Candela no pudo aguantar la mirada. Un simple vistazo a la fotografía fue suficiente para que tuviera que ir al baño corriendo a lavarse la cara y a controlar las ganas que tenía de vomitar. Por mucho que supiera que siempre había grandes probabilidades de hallar al niño sin vida, no estaba preparada para enfrentarse a aquella fotografía, que mostraba la más absoluta profanación de la inocencia. Pero es que en el caso de Lucas era aún peor, ni en esas circunstancias el pobre se libraba de la exposición, ¿es que no lo iban a dejar ni morir en paz? El dolor que sentía era tal que tuvo que inclinarse hasta esconder el rostro bajo los antebrazos. Apenas podía contener el llanto. Quería gritar hasta caer al suelo y golpearlo con todas sus fuerzas. La muerte de un niño debería ser algo antinatural. No había nada más doloroso. El llanto de Judith tratando de despertar a su madre la hizo volver a la realidad. Se incorporó y, después de echarse de nuevo agua en la cara, se miró al espejo. No dejaba de repetirse que Lucas podía seguir vivo y que quizá solo se trataba de una broma macabra o una llamada de atención para Adriana. Salió del baño con energía, convencida de que aún no era tarde para encontrarlo con vida. Mateo dio unos pasos hacia ella para hablar bajito, de espaldas a Judith.
—Hay quien pregunta si se trata de un descarte con los ojos cerrados de una de las sesiones o si de verdad le ha ocurrido algo, pero muchos lo dan por supuesto. La gente no es idiota —le dijo Mateo enseñándole la conversación en la pantalla.
Candela se armó de valor y volvió a mirar la fotografía. No era un descarte, estaba pálido, ahí no había ningún filtro ni retoque. La imagen desprendía algo macabro que la empujaba hacia la peor de las premoniciones. Los labios estaban agrietados y sueltos. Detrás de él había mucha vegetación, parecían setos o una enredadera que hubiera cubierto todo el fondo. Se jugaba el cuello a que no tenía que estar muy lejos.
—¡Aquí está! —dijo Mateo en voz baja a Candela, con la mirada pegada a la pantalla de su teléfono—. La foto original fue subida por una cuenta de Twitter con el nombre de @LucasSadBunny. Está claro que lo ha puesto con saña. Es un perfil vacío, no hay más contenido que ese. No sigue a nadie y… ¡Hostia!
—¿Qué?
—Tiene más de doscientos mil seguidores en los quince minutos que lleva subida la fotografía.
—Se acabó. Estamos jodidos, ya podemos prepararnos —dijo Candela consciente de que, al haberse hecho público, siendo un caso tan mediático, en las próximas horas la UCO seguramente tomara las riendas de la investigación. Algo que no se podía permitir. Se acercó a la adolescente y le preguntó—: Judith, sé que es muy duro, pero necesito que mires bien esta fotografía y me digas si la vegetación que hay al fondo la identificas con algún lugar cercano donde pudiera haber sido tomada, ¿te suena?
Judith hizo una mueca y negó con la cabeza.
—Qué va…, no sé, ¿creen que está muerto? —preguntó con los ojos llorosos.
—Esperemos que no —respondió Candela con sinceridad.
El teléfono de Adriana, que estaba tirado junto a ella, seguía recibiendo mensajes y notificaciones, pero no volvieron a prestarle atención hasta que sonó el tono de una llamada. Era Néstor. El padre del niño debía haberse enterado y estaría también desesperado. En ese mismo momento el móvil de Candela sonó también: era Paula de nuevo. Candela respondió con la cabeza a punto de explotar.
—Paula, avisa a todas las unidades para que centren la búsqueda por las zonas verdes de las inmediaciones, especialmente en el paraje cercano al embalse. Y que alguien llame al padre para tranquilizarlo —dijo de corrido nada más aceptar la llamada. Cuando estaba a punto de colgar, Paula gritó al otro lado.
—¡Espera! Los del laboratorio están con las muestras del coche familiar; aún no tenemos resultados, pero tengo algo más… importante. Revisando las grabaciones de la cámara de seguridad de la garita, aparece un coche que salió de la urbanización durante el margen de tiempo en el que desapareció Lucas. Estoy pendiente de ver si consigo rastrear el recorrido que hizo, pero ¿a que no te imaginas quién viajaba en él?
—Sorpréndeme.
—Adriana Fernández, la madre. Tenías razón, jefa.
Candela desvió la mirada hacia la mujer que seguía inconsciente en el suelo. El silencio que se produjo fue tan tajante que se podía cortar el aire. Tanto que Mateo y Judith la miraron expectantes.