La cría
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Candela seguía de pie tratando de asimilar la información que acababa de darle Paula. Mientras, Mateo esperaba con ansiedad a que le contara qué era lo que había dicho para que se quedara así.
—¿Qué ocurre? —exclamó Judith.
El timbre del telefonillo interrumpió el momento. Candela se acercó de inmediato: era el equipo del SUMMA. Abrió la puerta y al salir a la entrada, desde donde se veía la calle, comprobó que no hubiera ningún curioso. Los médicos subieron las escaleras a toda prisa.
—Está aquí —dijo Candela, que abrió la puerta del todo y descubrió el cuerpo de Adriana aún tirado en el suelo.
Junto a ella estaba su hija de rodillas. Candela entró tras ellos y, mientras comenzaban a auscultarla, hizo un gesto a Mateo para que se acercara. Ambos salieron fuera y, con la puerta entreabierta, disimuladamente, le contó lo que acababa de decirle Paula. Mateo abrió los ojos como platos. El motor de un coche acercándose les hizo ponerse en guardia: era una furgoneta con el logo de uno de los programas sensacionalistas de moda.
—Ya están aquí… —dijo Mateo emulando la famosa frase de Poltergeist.
—Maldita sea —rumió Candela; lo agarró del brazo y se metieron de nuevo en la casa.
Al cerrar la puerta se quedó unos segundos mirando el cuerpo de la mujer, que seguía inerte en el suelo, y trató de decidir si tenía que salir echando leches a buscar al niño o si debería quedarse con la madre hasta que se despertara y exprimirla para que cantara todo lo que sabía de una maldita vez. Aunque, si había sido ella, más le valía no despertarse jamás, porque pensaba encargarse de hacerle pagar por todo. Fue precisamente este pensamiento el que le hizo darse cuenta de que necesitaba salir y participar en la búsqueda, sentirse útil, antes de correr el riesgo de cargar toda su impotencia contra esa mujer.
—Está bien, es solo una bajada de azúcar. La tensión y el no haber comido en horas pueden haberle ocasionado el bajón. Le suministraremos suero y la mantendremos bajo vigilancia durante un rato hasta que mejore. Por el cuadro que presenta no debería tardar mucho —escuchó decir a una de las profesionales del equipo sanitario cuando volvió a entrar al cabo de unos minutos.
—Mateo, acompáñame un momento —dijo Candela dirigiéndose al pasillo que conducía al salón—. Voy a salir a buscar con las unidades antes de que nos quiten de en medio mis colegas de la UCO. Quiero que te quedes con ellas y no las pierdas de vista, ¿de acuerdo? —Mateo asintió—. Ven conmigo a la puerta del jardín y la cierras cuando me vaya.
Salieron los dos de la casa y, mientras avanzaban, continuaron hablando en voz baja.
—Lo más importante: apáñatelas, pero tienes que dar con el usuario de esa cuenta, es muy probable que quien haya subido la fotografía sea el responsable de la desaparición de Lucas. Dependemos de ti —le dijo Candela cariñosamente.
—Eso está hecho.
La teniente abrió la puerta, miró hacia los lados y, al no ver a nadie, justo antes de salir, le pidió:
—Llámame cuando se despierte. Estamos en contacto.
Candela escuchó el sonido del candado cerrándose tras ella. Avanzó un poco y al salir a la esquina caminó calle abajo hasta donde había aparcado el coche. Unos pasos a su espalda la hicieron girarse de golpe. Una reportera, micrófono en mano, corría hacia ella seguida de un cámara. Candela se giró de nuevo y aceleró el paso, pero era tarde, la habían visto y no llevaba demasiada ventaja.
—¿Adriana? ¡Espera, Adriana, por favor! —exclamaba la chica.
Candela se soltó la coleta y siguió avanzando con la cabeza agachada para que el pelo le cubriera la cara. La periodista era tan boba que la confundía con Adriana cuando esta tenía el pelo mucho más claro y un culo la mitad que el suyo. Ni para eso valían. Cuando estaba a punto de llegar al coche, escuchó más jaleo calle arriba. Un reportero y una reportera, él acompañado de otro cámara y ella grabando con su teléfono móvil, también corrían como zombis hacia ella.
—Adriana, solo queremos saber cómo te encuentras. ¿Sabes si Lucas…?
—No soy Adriana —soltó Candela cuando la reportera llegó a su lado.
La chica se quedó desencajada y ella aprovechó para entrar en el coche, pero, antes de arrancar, el cámara se puso frente al vehículo para impedirle el paso.
—¡Adriana! ¿Dónde está Lucas? ¿Está bien? —empezó a gritar el reportero, que se pegó también a la ventanilla.
Candela giró la cabeza hacia él llena de furia y este se quedó en silencio al darse cuenta de que no se trataba de la madre del niño. Ella pitó varias veces y apretó el acelerador hasta que el cámara se apartó a un lado. Arrancó pensando que, dentro de lo malo, había conseguido salir airosa. Entonces ocurrió lo que no esperaba y tanto temía; al pasar junto a la reportera que se había quedado más rezagada, escuchó:
—Candela, ¿cómo te encuentras? ¿Estás llevando tú el caso de Lucas?
En ese momento supo que, si alguien descubría su relación con la familia del niño, estaría perdida.