La cría

La cría


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Mateo subió la cuesta del jardín a zancadas, cogió el portátil que había dejado en una de las sillas del porche y se sentó de perfil a la cristalera. Desde ahí vio al equipo del SUMMA junto a Adriana, que permanecía tumbada en el suelo con su hija al lado. La cabeza le iba a mil por hora, se encontraba en lo que él denominaba «un éxtasis creativo»; el día estaba siendo del todo inesperado. Cada paso que daban le sorprendía aún más que el anterior. Estaba disfrutando de lo lindo, no había nada que le gustara más que sentirse en la cuerda floja.

Todavía estaba en shock por lo que había contado Adriana sobre la agencia, toda esa historia que parecía sacada de la más compleja y perversa producción del género y que además confirmaba lo que ya había descubierto por su cuenta. Había visto parte del vídeo en el que Laura García iba a ser atacada por el caníbal que acabaría con su vida, luego no tenía duda de que de verdad existiera ese mercado de depravación que denunciaba el hermano de Laura. Si Elvira y el resto del equipo de la agencia eran tan terribles como señalaba Adriana y estaban detrás de los vídeos de torturas y asesinatos de menores que él había encontrado, tenía que conseguir hablar con ellos, no podía dejarlo pasar. Sus objetivos eran los tres nombres que había mencionado la mujer: Elvira, Zeus y Ángel. Un cosquilleo se apoderó de su estómago; pensaba pasarse horas y horas viendo los vídeos, para intentar averiguar cómo conseguían mantener en secreto esa actividad y la manera en la que se comunicaban entre ellos a través de móviles como el que le dieron a Adriana en su día.

El poder y la perversión implícitos en todo ello despertaban en él el más adictivo de los morbos. «Los monstruos que consumen ese tipo de cosas pagarían un dineral por ver un vídeo de Lucas», había dicho Adriana. Ahí estaba la clave: lo suculento que resultaba para ese perfil de gente la idea de presenciar la muerte del niño más famoso del país. Y luego estaba Mimi, el posible autor del vídeo snuff, la persona que se había dirigido a Adriana a través del Instagram de Lucas y que podría ser a quien vio Judith espiando desde la casa de enfrente.

Fuera como fuera, tenía que dar con esa persona, aunque primero buscaría la IP desde donde se había subido la fotografía del famoso conejito con los ojos cerrados si no quería que Candela lo echara del cuerpo. Twitter guarda registros de las direcciones IP de cada usuario. En estos registros se puede encontrar información sobre cuándo se accedió a la plataforma, la dirección IP asociada al usuario y la fecha y la hora en la que usó su cuenta por última vez. Para conseguir que te proporcionen el dato, hay que realizar un requerimiento de divulgación urgente al equipo de la plataforma. Era un procedimiento tedioso pero eficaz. El problema era que había que identificar a la persona que se encontraba en peligro de muerte o lesión física grave, y también la naturaleza de la emergencia, el nombre de usuario de la cuenta y la URL de Twitter, el tuit que debía ser revisado, la información específica solicitada y por qué era necesaria para evitar la emergencia, la firma del funcionario de policía solicitante y todos los demás detalles disponibles o relacionados contextualmente con las circunstancias particulares descritas. Vamos, que en un caso como el de Lucas no podía arriesgarse a poner en peligro la confidencialidad de la operación ni tampoco perder ni un minuto con protocolos y formalismos que llevaran más tiempo del que disponían. Así que tuvo que hacer de las suyas para acelerar el proceso.

Después de las operaciones pertinentes para conseguirlo a su manera, con las uñas a la altura del nacimiento de lo que se las había comido, Mateo obtuvo el lugar desde donde se había subido la fotografía. Cuando vio la dirección, supo que su intuición no le había fallado. No se había equivocado, aunque era aún peor de lo que pensaba. Sintió un enorme escalofrío recorrer su cuerpo al pensar en la clase de mente que urdía algo como aquello. Era horrible. Enfermizo. Fascinante. Con mano temblorosa cogió el móvil para contárselo a Candela, pero la voz de un compañero gritando su nombre hizo que lo dejara justo cuando estaba a punto de llamar.

—¡Mateo! —gritó de nuevo el compañero de camino a su encuentro.

Era Quique, uno de los criminalistas con los que solían currar mano a mano.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo alarmado.

—La madre y la hija no están. Se han marchado.

Mateo frunció el ceño sin poder creer lo que estaba escuchando. Adelantó a su compañero y entró en la casa hacia el recibidor, donde las había dejado.

—Por lo visto se ha despertado y estaba bien. Los del SUMMA me han contado que Adriana le había dicho a su hija que sabía dónde estaba Lucas. Salieron a avisarme y, en el poco tiempo que hemos tardado en volver a entrar, ellas se han escapado.

—Pero ¿cómo? Tienen que estar aquí —⁠dijo Mateo mirando hacia las habitaciones.

—Han podido bajar al garaje y, mientras yo las buscaba por aquí y en las habitaciones, se han ido en el coche. Debía de tener dos mandos, porque uno lo tengo yo, nos lo dio para que tomáramos las muestras.

—¡Mierda! Mierda, mierda, mierda —⁠maldijo Mateo dando vueltas en el descansillo, pensando en qué podía hacer.

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