La cría
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Nada más colgar a Candela, Mateo volvió a salir al porche, donde había dejado su ordenador, después de dar un par de vueltas de reconocimiento por la casa en busca de alguna pista que le ayudara a saber adónde se dirigían Adriana y Judith. A Quique lo habían llamado para que bloqueara el acceso a El Escorial y Mateo estaba completamente solo. Al salir fuera, la temperatura había descendido notablemente y apenas había luz natural. Agarraba el portátil para regresar al interior cuando un chasquido llamó su atención. Un sonido que reconoció al instante.
—Salga fuera un momento —susurró Alberto al otro lado de la valla que separaba las dos parcelas.
Mateo se acercó un poco hacia la verja y descubrió, a través de algunas calvas de las enredaderas, parte del rostro del vecino.
—Tennnn-go que contarle algo que le va a interesar.
Mateo bajó a la puerta trasera, sacó la llave del candado que guardaba en el bolsillo de su pantalón y aprovechó para recordarse que, cuando volviera, debía dejarla en algún sitio visible de la casa y no llevársela consigo.
—Entre —le dijo el vecino invitándolo al jardín de su casa. El guardia civil le hizo caso; pasó al jardín, el hombre cerró la puerta y ahí mismo, en la más absoluta penumbra, rodeados de árboles y setos, le soltó—: Esta vez es con usted con quien debo hablar.
Y como si toda la vegetación que los rodeaba pudiese escucharlo, se arrimó a Mateo y le susurró algo al oído que casi consiguió que soltara el portátil de golpe.