La cría
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El secreto que acababa de contarle aquel viejo había dejado a Mateo en estado de shock. Regresó al jardín de la casa de Lucas como en trance. Daba cada paso de una manera mecánica, sin prestar atención, como si le pesaran las piernas. Trataba de asimilar aquel secreto que por ahora no estaba dispuesto a desvelar. Al menos, no sin comprobar que fuese cierto. Al llegar a la casa, entró al salón porque ya hacía frío y llamó a Paula. Esta tardó menos de dos tonos en responder.
—Estaba a punto de llamaros. Ya me he enterado.
—Se nos ha ido todo un poco de madre.
—Aquí siguen con el análisis de la llamada, pero, vamos, están de acuerdo en que es más que rara. Los gemidos, la actitud de ella diciendo todo el rato lo que tenía que haber ocurrido antes de que nadie pudiera saberlo… Da la impresión de que hubiera pasado mucho más tiempo del que dice que pasó antes de que llamara. En cuanto me den algo más oficial os lo mando. ¿Te ha contado Candela que tenemos a la madre saliendo de la urbanización en la franja de hora en la que desapareció el niño?
—Precisamente te llamaba para ver si me puedes pasar las imágenes de la cámara de seguridad de la garita de esta mañana, solo necesito ver las horas anteriores a la desaparición de Lucas.
—¿Para qué? ¿Te puedo ayudar yo?
—No, bastante tienes ya. Es solo que quiero contrastar un par de cosas. Hay mucho batiburrillo con lo que ha contado Alberto, el vecino, las horas a las que salieron y demás… Sé que tienen coartada, pero me quedo más tranquilo si dejo cerradas un par de cosas que me mosquean. ¡Pero no te quiero entretener, tía, que estamos a tope! Son rayadas mías, lo miro en un segundo mientras sigo con lo mío.
—Okey, la verdad es que no damos abasto, así que te lo agradezco. ¿Quieres que te pase también la grabación de la cámara que recoge la rotonda más cercana a la urbanización?
—Si la tienes a mano…, pero, vamos, que con la otra es suficiente.
—Ahora te mando por mail los links para acceder.
—Gracias, crack.
—Para eso estamos —dijo Paula a modo de despedida.
Mateo abrió la cristalera, se cruzó de brazos y se quedó mirando hacia la casa donde Judith dijo haber visto al fisgón. Hasta el momento estaba convencido de que tenía que ser quien se escondía bajo el seudónimo de Mimi en las redes, pero ya no lo tenía tan claro. Tendría que esperar a ver las grabaciones que le iba a enviar Paula para saber si lo que Alberto le había dicho era cierto y sacar sus propias conclusiones. Entonces tuvo una idea. Entró en el salón y cerró la cristalera. Después de un rápido barrido, se dirigió hacia las escaleras y las subió rumbo a las habitaciones. Adriana había dicho que aún tenía el móvil con el que se ponía en contacto con la agencia. Si era capaz de encontrarlo, tendría un acceso directo a ellos, quizá hasta se llevara una sorpresa y fuera el arma con la que se disparó la fotografía del conejito con los ojos cerrados que había incendiado Twitter. Volvió a registrar en los cajones donde ya había husmeado aquella mañana, debajo de la cama, en la mesilla y en la cómoda llena de ropa y complementos. Nada.
Al girarse, su vista fue a parar al cesto de la ropa sucia que había junto a la puerta, en la esquina de la habitación. Fue hacia él y al abrir la tapa se quedó boquiabierto.
—¡Jo-der! —exclamó, alucinado por lo que había escondido entre la ropa.