La cría

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Lo bueno que tenía estar al mando de un área rural como la que dirigía Candela no era solo la tranquilidad por el menor número de casos complicados, sino que, a la hora de localizar a alguien o tener que perseguirlo, como en ese momento, el hecho de que no hubiera más que un par de accesos principales facilitaba la creación de un embudo en tiempo récord. Si se llegaba a tiempo, claro. Por eso Candela, sentada en su coche, cruzaba los dedos para que así fuera. Había subido lo más rápido posible a la carretera principal que unía la rotonda de acceso a las urbanizaciones de la zona más baja con todo el perímetro del campo y alrededores del embalse. A la mitad del recorrido encontró un camino de tierra que se metía directamente en el bosque. Entró con el coche, dio la vuelta y lo detuvo mirando hacia la carretera. Delante había bastantes árboles que lo ocultaban, solo tenía que apagar las luces y esperar. Tenía puesta la radio; había sintonizado una emisora en la que emitían un programa de actualidad en el que hablaban de la gran incertidumbre que había provocado la fotografía del niño. Hablaba del fenómeno que suponía un caso tan anormal como el de Lucas en nuestro país; de cómo alguien tan pequeño podía reunir tantísimos seguidores y del ejemplo tan significativo que era para una sociedad en la que los niños interactuaban siendo cada vez más pequeños y durante más horas al día con las redes sociales. Candela escuchaba atenta las palabras del presentador:

«… Desde hace unos años se ha acuñado un término que se conoce como “nacimiento digital”, ya que muchos niños nacen antes en las redes sociales que en la realidad: se calcula que un veintitrés por ciento de las parejas ya suben fotos de las ecografías de sus hijos. La edad media en la que los niños aparecen por primera vez en una red social es de seis meses, y muchos de ellos tienen su propio perfil en redes sociales, creado por los padres. Y eso que, en una encuesta realizada para un informe de AVG, la empresa checa especializada en software de seguridad y privacidad, en distintos países de la Unión Europea, en la que se preguntó a los padres si pensaban que la publicación de ciertas fotos podría tener consecuencias futuras para sus hijos, fueron los españoles los que se mostraron más concienciados, valorando su grado de preocupación en un tres coma nueve sobre cinco…».

«Pues quizá deberían preocuparse más; mira lo que ha pasado con el pobre Lucas», intervino uno de los comentaristas.

«De momento no sabemos si le ha pasado algo o no —⁠matizó el presentador⁠—, y, además, tampoco puede generalizarse el asunto. Hablamos del niño más famoso de España, no tendría que ser lo normal».

«Pero es que todos los padres que crean perfiles a sus hijos pequeños buscan convertirlos en el nuevo “conejito”, y me vas a perdonar, pero es evidente que algo grave ha tenido que ocurrir, ¿no has visto la foto? Y por qué si no saldría de la casa familiar la teniente Candela Rodríguez. Recordemos que es conocida por…».

Los oídos de Candela pitaron al escuchar su nombre. Sentía una gran impotencia, no solo por el peligro que suponía que se conociera su implicación en el caso, sino porque odiaba tener que volver a sufrir en sus propias carnes la cruel presión mediática con el juicio popular que conllevaba. Era consciente de que su vida no importaba nada en boca de toda esa gente, que se permitían hablar y sentenciar sin conocer todos los detalles y sin importarles cómo podría repercutir en la vida de aquellos a los que manejaban como títeres.

Apagó la radio y abrió el navegador de su teléfono para ver si la noticia se había expandido. Así era: a los quince minutos de su encontronazo con los reporteros, los vídeos y los distintos fragmentos extraídos de ellos estaban en la mayoría de los medios digitales. Ahora todos lo sabían, incluido su equipo. Era cuestión de horas que la UCO pasara a encargarse del caso. En un momento, todo lo que se había esforzado en proteger se había ido a la mierda. Se sentía frágil y expuesta. Antes de abrir Twitter y leer los comentarios, Candela se preguntó si de verdad merecía la pena hacerlo, aun sabiendo de antemano que iba a sufrir, pero sobre todo le preocupaba lo más importante: si Adriana también se habría enterado. No pudo aguantarse y entró en la aplicación.

Para su sorpresa, entre los mensajes de preocupación, en los que también aparecían su nombre y diversas teorías absurdas sobre el motivo por el que la habían visto saliendo de la casa de Lucas, se encontró con muchos memes y burlas sobre Judith y el niño. En ellos se cachondeaban diciendo que seguro que estaba de retiro haciéndose selfis o secuestrado en un hotel de cinco estrellas pactado por su madre, por no mencionar los dibujos y las fotografías de conejos muertos. El grado de crueldad y mal gusto de la gente alcanzaba cotas inimaginables. Ni con los niños tenían misericordia. Sobre todo, eran especialmente despiadados con las palabras de Judith en el vídeo que había colgado para hablar de la desaparición de su hermano. Aunque no fuera santa de su devoción, Candela sintió un nudo en el estómago al imaginar la cara de Adriana cuando viera todo aquello. Pero ¿qué esperaba? Por mucho que hubiera gente preocupada por Lucas, una gran parte se lo tomaba a guasa y no le daba importancia. Esto era lo que ocurría cuando no se hablaba más que de gilipolleces superficiales todo el tiempo; no se podía pretender luego que la gente se tomara en serio las historias de Adriana y Judith, porque ya habían perdido toda credibilidad. En ese instante, como si le hubieran leído la mente, vio el coche de Adriana. Conducía ella y Judith estaba sentada a su lado.

Voilá —dijo mientras esperaba unos segundos para ponerse en marcha y seguirlas sin llamar su atención.

Ahora que la habían desenmascarado, había llegado el momento de enfrentarse a Adriana cara a cara.

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