La cría
53
Página 55 de 67
53
Mateo dejó el tesoro que había dentro del cesto de la ropa sucia tal y como estaba cuando lo encontró. Después bajó en busca de la maleta de Judith con la ropa y los complementos de la sesión de fotos. Al no encontrarla en el vestíbulo ni en el salón, fue a la habitación de la chica. Estaba dentro del armario; volvió a abrirla con cuidado. Cuando terminó la operación, dejó todo como estaba, se quitó los guantes que había utilizado y se propuso continuar con su principal preocupación: encontrar el móvil con el que la agencia se ponía en contacto con Adriana. Estaba convencido de que era la línea directa que necesitaba para poder hablar con ellos y con Mimi. Así mataría dos pájaros de un tiro. Fue a la habitación de Lucas, miró a su alrededor y se vio de nuevo rodeado de decenas de réplicas de todos los tamaños del conejito Sweet Bunny. La habitación no podía ser más bonita, cada detalle estaba perfectamente estudiado, pero aun así se le pusieron los pelos de punta al notar que todos esos muñecos tenían los ojos rasgados clavados en él. Su mirada penetrante le hizo entender el miedo que Adriana había descrito que padecía Lucas, incluso ella y Judith cuando los veían. Parecía el museo de los horrores. Un pensamiento llegó como una flecha. Un extraño presentimiento.
Se levantó y salió de la habitación hacia el pasillo. Subió las escaleras en dirección a la buhardilla que Adriana utilizaba como trastero. Abrió la puerta y echó un primer vistazo, sin éxito. Después siguió buscando detrás de la fila de burros llenos hasta arriba de perchas con ropa colgada y otra tanta puesta por encima de mala manera. Hasta que en una de las esquinas, detrás de un lienzo horroroso de la silueta de Manhattan, con colores rosas y morados, y de una guitarra dentro de su funda al otro lado, vio que asomaban unas enormes orejas de conejo de peluche. Mateo tragó saliva y se acercó poco a poco; por un momento se vio dentro de la clásica película de terror en la que el personaje se encuentra en una situación de peligro inminente, pero, pese a que resulta de lo más obvio, en lugar de huir, se queda y se aproxima a su agresor con la esperanza de que esté muerto. Trató de no pensar más en ello o le iba a dar un infarto antes de alcanzar el jodido conejo. Cuando llegó junto a él, apartó el cuadro y la guitarra y descubrió sus ojos enormes, negros y rasgados, que lo miraban de manera penetrante, como si el muñeco supiera que iba a llegar ese momento y lo estuviera esperando.
El primer impulso que tuvo fue dar un paso hacia atrás, pero desistió y se quedó frente a la réplica del famoso Sweet Bunny. Las piernas del conejo eran flexibles y podía quedarse sentado, como era el caso. Mateo lo observó con detenimiento, como hipnotizado. Estiró la mano hacia el bolsillo que tenía a la altura de la tripa, justo de donde en el anuncio sacaba las gominolas y galletas de zanahoria. Cuando estaba a punto de introducir los dedos en él, se imaginó que el conejo se despertaba de golpe, le clavaba los enormes dientes y le amputaba la mano. Aunque la visión lo hizo recular, tras coger fuerzas, repitió lentamente la operación. Cuando tuvo dentro toda la mano, palpó hasta dar con lo que esperaba encontrar: el móvil que en su día le dio la agencia a Adriana. Su intuición no le había fallado. Mateo lo sacó y, al mirar a la cara del conejo, le pareció que en su rostro se había dibujado una leve sonrisa. Aquella impresión lo hizo estremecerse. Tenía tal susto en el cuerpo que se quedó paralizado durante unos segundos. Volvió a fijarse rápidamente, pero no notó nada. El conejo seguía mirándolo, pero con la expresión neutra que tenía siempre. La oscuridad que transmitía su mirada hacía un momento había desaparecido; no obstante, Mateo notó que desprendía una fuerza extraña que lo atraía como un imán. Algo tan fuerte que parecía penetrar dentro de él. Por un momento sintió que la situación se le iba de las manos. Estaba demasiado influido por toda la información que había recopilado durante el día. Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón y salió corriendo por miedo a perder el control.