La cría

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El coche de Candela avanzaba por la carretera, con las luces apagadas, a una distancia suficiente del de Adriana como para que no notaran su presencia, pero que tampoco las perdiera de vista. Su objetivo conducía un Mini rosa que se dirigía al embalse, hasta que, al llegar a la altura del siguiente camino de tierra, aminoró la velocidad y se metió por él. Tuvo que frenar para asegurarse de que no la descubrían. Esperó un poco, hasta que su objetivo desapareció de su campo de visión y se acercó a la entrada del camino. Antes de seguir conduciendo, abrió Google Maps en el móvil. Parecía que el sendero por el que se habían desviado era relativamente corto y sin salida. Así que se bajó del coche y sacó su walkie.

—Juan, las he encontrado, necesito refuerzos. Ahora te mando la localización —⁠dijo mientras le enviaba un mensaje con esta.

—Recibido, enseguida vamos.

Candela recorrió el camino a buen paso, intentando no hacer ruido. Ya se había hecho prácticamente de noche y tuvo que ayudarse de la linterna del móvil para no tropezar. Aun así no vio una rama de un árbol que la golpeó de improviso. El efecto fue similar al de un pequeño latigazo en su pómulo derecho. La herida hizo que le ardiera la cara, incluso antes de que fuera consciente de qué había ocurrido. Se tocó y comprobó que tenía un poco de sangre. Se limpió con un clínex del paquete que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón y siguió andando. Poco a poco notó cómo el camino se ensanchaba hasta desembocar en un claro de forma circular en mitad del bosque.

Lo primero que vio al fondo fueron los restos de una construcción en ruinas. Apenas dos paredes de piedra: una pequeña, con una altura de unos cuarenta centímetros, y la otra más alta, cubierta completamente por musgo y una especie de enredadera salvaje. Era el fondo que se veía detrás de Lucas en la fotografía que habían subido a Twitter. Candela se dio cuenta enseguida y bajó la mirada. Entonces lo vio: el niño estaba sentado en un tronco pegado a la pared; llevaba puesto el disfraz de peluche blanco y la diadema con las orejas de conejo, que estaban a punto de caerse porque tenía la cabeza totalmente colgando, igual que los brazos, que estaban suspendidos en el aire. Sobre él, y a los lados, había trozos de serpentinas de todos los colores, las mismas que solían salir a modo de atrezo en los anuncios de Sweet Bunny. De pronto Adriana surgió de la oscuridad y se lanzó sobre él para abrazarlo. Al agarrarlo, le subió la cara y Candela vio que Lucas estaba muerto. Su color de piel era blanco azulado, de su labio inferior salía saliva espumosa y no reaccionaba a los esfuerzos de su madre por despertarlo. La mujer, desesperada, se agachó para escuchar el latido del corazón de su hijo.

—¡Nooo! —exclamó al comprobar que había dejado de latir y siguió agarrando al niño, apretándolo contra ella.

—Suéltelo —gritó Candela mientras daba un paso al frente con su arma apuntando hacia Adriana. No se fiaba un pelo, por realista que pareciera su reacción, porque si la mujer había descubierto que la seguía podía estar interpretando un papelón de nuevo para que, una vez más, no sospechara de ella. Adriana levantó la vista, extrañada⁠—. Comprendo su dolor, pero no puede contaminar el escenario del crimen —⁠continuó Candela⁠—. Es importante que no toque nada, por favor.

Adriana la miró tan fijamente que se podía cortar el aire y empezó a negar con la cabeza mientras dejaba al niño en el suelo. Al posarlo del todo, las orejas de conejo terminaron por caerse y se quedaron en el suelo junto a Lucas.

—Mi conejito, mi conejito —⁠sollozaba Adriana.

Candela se acercó hasta ella para impedir que volviera a dejar sus huellas por todos lados, pues después sería imposible saber si alguna era anterior o si procedían de los abrazos que le estaba dando en ese instante. Al ver a Adriana de rodillas en el suelo, rota de dolor, por primera vez Candela se sintió identificada con ella. Si no estaba actuando, tenía que estar arrepentida por lo que había hecho. La mujer perfecta también podía ser vulnerable, y eso la reconfortó. El asesinato de un niño le partía el alma, pero este en concreto podría servir para que muchos padres se pensaran dos veces lo de sobreexponer de manera tan exagerada a sus hijos en las redes, pues podía tener un precio tan alto como la vida del menor. Sería un punto y aparte en la necesaria defensa de los derechos de la infancia. En ese momento Candela notó una luz blanca a su lado; se giró rápidamente y vio que era Judith grabando todo con su móvil. Estaba tan oscuro que no la había visto, y los acontecimientos eran tan terribles que tampoco había caído en localizarla… hasta ese momento. La chica enfocaba hacia su hermano y su madre, le temblaba el pulso.

—Esto es horrible, chicos —⁠decía mientras lloraba.

—Deja de grabar —ordenó Candela, y se puso de frente para impedir que siguiera haciéndolo.

El ruido del motor de un coche acercándose a toda velocidad interrumpió el momento. Enseguida, por el camino casi negro, vieron los destellos de unas linternas apuntándolas. Eran Juan y dos agentes más que no tardarían en descubrir el triste desenlace. Candela mantuvo la mirada de Adriana y después le dijo con aplomo:

—Adriana Fernández, queda usted detenida.

La expresión de la madre cambió por completo, estaba sorprendida, miraba a los agentes sin comprender nada. Candela siguió firme, sin apenas pestañear. Hizo un esfuerzo por mantenerse entera, cuando la realidad era que ambas mujeres estaban sobrepasadas. Judith presenció la escena sin decir nada, estaba perpleja. Juan fue hacia la madre y le puso las esposas.

—Acompáñeme, por favor —le dijo.

Al pasar al lado de Candela, Adriana la miró con los ojos en llamas.

Podría decirse que aquella tarde era la primera vez, en lo que llevaba de curso, que Candela había podido ir a recoger a su hijo al colegio, pero, sobre todo, también la única en la que había conseguido aparcar sin tener que dar vueltas y vueltas hasta que se marchara la tanda de padres que había llegado primero. Constantino, su hijo, llevaba unos meses muy difíciles; debería estar feliz, pero seguía muy raro, comía poco y no explicaba apenas nada de lo que hacía. Tampoco contaba anécdotas ni batallitas, ni tenía planes, excursiones o salidas los fines de semana con amigos. Evitaba el tema cada vez que le preguntaba. Algo no iba bien o al menos esa era la intuición de Candela. Y, aunque estuviera fatal decirlo, esta casi nunca le fallaba. Las madres poseen la capacidad de saber qué les ocurre a sus crías con solo verlas, es un hecho; otra cosa es que algunas no quieran saberlo. Así que había conseguido escaquearse pronto del trabajo para recogerlo por sorpresa y llevarlo a merendar churros, como cuando era pequeño. Había pensado que, con la excusa de que hacía siglos que no lo hacían, sería un buen plan para conseguir averiguar si volvía a tener problemas en el colegio para intentar solucionarlos. Mientras esperaba, buscaba en una aplicación de venta de productos de segunda mano una bicicleta estática para ponerla en el salón y hacer ejercicio al tiempo que veía alguna serie. Empezó a escuchar alboroto y, al levantar la vista, vio que salían ya los primeros niños. En pocos minutos todo estaba lleno de chicos y chicas de distintos cursos charlando, despidiéndose o yendo hacia los coches. Los padres de los más pequeños se cruzaban con ellos cuando se dirigían hacia el interior de las aulas donde esperaban los críos junto a sus profesores. Candela, atenta, se esforzaba en encontrar a Constantino, hasta que por fin lo vio salir por la puerta principal con la cabeza gacha. Los chavales se giraban a su paso y le hacían comentarios que él recibía sin levantar la mirada del suelo. Incluso uno de los mayores lo golpeó con el hombro intencionadamente cuando se cruzó con él. Candela contempló con rabia cómo después este se giraba, sonriendo victorioso hacia alguien. Era una chica rubia muy mona, muy delgada y con la falda extremadamente remangada. Iba a la clase de su hijo desde hacía un par de años, cuando mezclaron los grupos de toda la vida. No recordaba el nombre, pero la había visto en las fotos de la clase que les hacían en Navidad. La chica sacó su móvil, rosa y lleno de accesorios con purpurina, y apuntó en dirección a su hijo, que aguantó quieto como un perrito dócil. Ella fue acercándose cada vez más a él, con expresión burlona, hasta que pegó la pantalla del teléfono a su cara. Después paró y volvió con su grupo de chicos y chicas, que habían presenciado el momento, para ver el vídeo que acababa de grabar. Todos se rieron exageradamente señalando a Constantino, que parecía acostumbrado a la situación. El corazón de Candela empezó a latir cada vez más fuerte, toda la sangre del cuerpo se le había subido a la cabeza. Quería salir del coche y agarrar a esa estúpida del cuello y después sacar su pistola y apuntar al resto hasta que se mearan en los pantalones, los muy gallitos. Abrió la puerta y gritó a su hijo.

—¡Constan!

El chico, que se alejaba de sus acosadores mirando al suelo y arrastrando los pies, levantó la cabeza de golpe. El resto del grupo, incluida la chica, también miró hacia Candela. Entonces alguien tocó el claxon con insistencia. Al girarse Candela vio que conducía un Mini descapotable de color rosa chillón. La chica del vídeo se despidió con un gesto del resto de los compañeros y se dirigió, contoneándose como si estuviera desfilando en una pasarela profesional, hacia el coche que pitaba, pero, en lugar de ir directa hacia él, se las arregló para pasar por delante de Candela con la cabeza bien alta, marcando territorio, ignorándola, como si estuviera por encima del bien y del mal. Se subió al coche y dio un beso en la mejilla a la mujer que lo conducía, que debía de ser su madre. Una mujer rubia y atractiva, excesivamente morena para la época del año en la que se encontraban, y con unos dientes de un blanco tan artificial que llamaban la atención incluso a la distancia desde donde Candela miraba. Ese instante quedó grabado a fuego en su memoria porque fue la primera vez que vio a la mujer responsable de que su vida cambiara para siempre.

—¿Cómo se llama esa chica? —⁠preguntó Candela a su hijo cuando llegó al coche.

—Judith, Judith Fernández —⁠contestó Constantino avergonzado.

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