La cría
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En cuanto vio que se alejaba el coche que llevaba a Adriana y a Judith al cuartel, Candela aflojó el cuerpo para soltar toda la tensión acumulada. Miraba a la oscuridad, intentando mantener la calma y preparándose para lo que venía a continuación. Después de unas cuantas respiraciones hondas, cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos para girarse hacia donde estaba Lucas. Por suerte había la suficiente distancia como para no poder verlo en detalle, pero conforme se acercaba fue incapaz de reprimir las ganas de vomitar. La fragilidad del niño, la culpa y el agotamiento emocional la pusieron literalmente enferma. Todas las heridas se abrieron de nuevo, el dolor era tan grande que se volvió insoportable. Juan se acercó rápido a ella y le posó una mano sobre la espalda mientras Candela vomitaba.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó cuando acabó.
—Sí, sí. Una nunca termina de acostumbrarse a estas cosas.
Él miró el arañazo que se había hecho con las ramas y Candela se dio cuenta de que seguía sangrando.
—No es nada —dijo limpiándose la sangre con la mano.
—Es increíble que alguien pueda hacer algo así a su propio hijo —dijo Juan mientras le ofrecía un clínex.
—Tengo.
Candela sacó de su bolsillo el pañuelo de papel que ya había usado. Se limpió la herida y la boca en silencio.
—He pedido que envíen refuerzos suficientes para peinar la zona. El equipo de criminalística llegará en diez minutos. El forense y el juez de guardia también están de camino.
—¿Y los de la funeraria?
—Están avisados, vienen para acá.
—Bien hecho. Gracias.
Candela se alejó un poco para tomarse el último chupito de la petaca y notó el cosquilleo de las burbujas resonando en su estómago vacío. Un rato después llegó el equipo forense, que empezó a acordonar la zona y a estudiar la escena y el cuerpo del niño. Desde la distancia observaba atenta el ir y venir de esos profesionales, que estaban haciendo el trabajo con el mayor cuidado posible. Odiaba cuando habían conseguido cerrar un caso y después todo se iba a la mierda porque todo dios había pasado por la escena del crimen y la habían dejado llena de huellas, la habían cagado con alguna prueba contaminada o algo se daba por nulo en el juicio por haber hecho las cosas de la manera más chapucera posible. Por todo eso se había creado fama de sargento; algunos la llamaban Ripley. A ella le daba igual. Si servía para que a nadie se le ocurriera joderla en el último momento, bienvenido el apodo. Todo tenía que ser ejecutado con el mayor cuidado posible, «como si estuvieseis operando a corazón abierto», les repetía una y otra vez.
La espera hasta que llegó el juez de guardia para el levantamiento del cadáver se le hizo eterna; podría haber ido a comer algo, pero no tenía apetito. El estómago se le había cerrado totalmente. Cuando por fin dio la orden para que se lo llevaran, vio cómo los de la funeraria sacaban del furgón una camilla con una bolsa negra sobre ella. La llevaron adonde se encontraba Lucas, posaron la bolsa en el suelo y, con muchísimo cuidado, metieron el cuerpo del niño dentro de ella. El sonido de la cremallera al cerrarse taladró la cabeza de Candela como si se la estuvieran abriendo con una sierra. Ese era sin duda el peor momento de todos, el más triste. El cuerpo tirado dentro de una bolsa como si fuera basura era la prueba fehaciente de que ya no había marcha atrás. Gregorio, el jefe forense, se acercó a ella.
—El cuerpo no presenta signos de violencia. No tiene marcas aparentes. Hasta que no tenga los resultados de la autopsia y del análisis de sangre no puedo afirmarlo, pero la espuma de la boca puede ser debida a la ingesta de algún fármaco.
—¿Se podrá saber cuál le dieron?
—Por el momento no, pero lo sabremos enseguida.
Candela trató de agarrarse con fuerza a la idea de que los sacrificios después tienen su recompensa. El precio había sido alto, el pobre Lucas tuvo que pagar el pato, pero al menos no sería en balde. Al final la jugada iba a salirle bien. Esta vez Adriana no resultaría vencedora. Cogió el teléfono y llamó a Mateo.
—Habla con Paula y recopilad todo lo que podamos utilizar para enchironar a esa mujer de por vida —dijo Candela sin la menor introducción.
—¿Qué ha pasado?
—Adriana sabía dónde estaba el niño, han venido directas. Las he seguido sin que me vieran y, en cuanto se han sentido descubiertas, han montado un numerito, como si no se esperaran lo que han encontrado.
—¿Está muerto?
—Sí. Van de camino al cuartel. Es posible que utilizara algún fármaco para dormirlo y se le fuera la mano.
—Ufff… Judith nos dijo que le pareció que estaba muy dormido…; si fuera así, es como lo que dicen que podría haberle pasado a la niña Madeleine, ¡te lo dije o no! Luego insistes en que no vea Netflix, ¡si está todo en los true crimes! —Al comprobar que Candela no le seguía la gracia, continuó—: ¿Crees que Judith lo sabía?
—Yo creo que no, probablemente haya vuelto a utilizarla. El lugar es igual que en el que hacían muchas de las fotos del conejito, si no es el mismo. Yo diría que sí, está claro que la escena simula la composición de los anuncios, han puesto hasta las serpentinas de colores.
—¡¿Serpentinas?! —preguntó sorprendido Mateo.
—Sí, las típicas de papel de colorines para los cumpleaños…
—He visto una bolsa de deporte vacía con restos de serpentinas en la casa…
—¿Estás seguro?
—Sí, esta mañana. Me llamó la atención, pero no le di importancia. Estaba en el armario de Adriana.
—Que la analicen cuanto antes.
—¿Crees que lo tenía todo preparado para que fuera igual que en las fotos de la campaña y que, después del rollo que nos ha contado, pensáramos que era cosa de la agencia?
—Bueno, al fin y al cabo es lo que nos viene diciendo desde la llamada al 062… Un relato perfectamente estudiado que habría colado si no hubiera metido la pata en los detalles más tontos. Habla con Paula, yo voy al cuartel. Me gustaría dejarlo zanjado esta misma noche sin que la UCO meta las narices.
—Pues vas a tener suerte. Aún hay más.
—Cuenta.
—Iba a llamarte ahora. He aprovechado que no había nadie para revisar la casa a fondo. Tiene un arsenal de somníferos. Zolpidem; los tenía escondidos en el cesto de la ropa sucia. Encaja con la posible causa de la muerte.
—Podrían ser los mismos que le dio a Lucas —dijo Candela, feliz por la noticia del hallazgo.
—La tenemos, jefa. La tenemos.
Llevaba horas tumbada en el sofá con las cortinas corridas, sin apenas luz, solo la que desprendía la televisión encendida. No llevaba ni un mes de baja y parecía que aquella imperiosa tristeza y la monotonía convivían con ella desde hacía años. No había comido nada, apenas había desayunado, únicamente un café solo cargado de azúcar. Más tarde picaría cualquier cosa para cenar. Había perdido el apetito, era lo que tenía dejar de cocinar para alguien así, de golpe. Tampoco es que Candela fuera una cocinitas, ni mucho menos, pero le gustaba preparar alguno de sus platos estrella y disfrutarlo en compañía. Sola se le hacía cuesta arriba, no tenía energía ni ilusión por preparar nada. Lo único que quería es que pasara ese momento cuanto antes para no tener que verse de nuevo sola en la cocina frente a las sillas vacías. Ya no es que echara de menos charlar o comentar el día, es que mataría por teletransportarse incluso a los momentos habituales en los que se daban cita todo tipo de recriminaciones, gritos y discusiones. Hasta los portazos. Los pasillos sonaban huecos sin ningún porrazo que interrumpiera su perenne calma. La casa estaba vacía y amenazaba con quedar sepultada para siempre bajo esas cuatro paredes que parecían ir a derrumbarse en cualquier momento. Su marido y su hijo ya no estaban y tendría que cargar con esa pena.
Candela miraba la televisión sin prestar atención, con el volumen bajado del todo, casi como si fuera capaz de atravesar la pantalla con la mirada y ver algo más interesante. Sin embargo, un reportero con un micro en la mano apareció en la imagen mientras perseguía a una chica joven. No tenía ni la menor idea de quién era, seguramente la hija o nieta de alguna folclórica. De pronto sintió una presión fuerte en el pecho; se levantó con cuidado y tomó aire para soltarlo intencionadamente, tratando de relajarse. En la pantalla ya no había rastro de la persecución en busca de carnaza. Ahora aparecía un grupo de colaboradores hablando sobre el tema hasta desmenuzarlo como en el matadero. Candela conocía bien esa sensación; cogió el mando y apagó la televisión antes de precipitarse al vacío. Necesitaba calmarse, tenía que dormir. Miró en su mesilla de noche, donde guardaba el arsenal de medicamentos que le habían recetado, pero por más que revolvió no encontró el que le brindaría el sueño inmediato que necesitaba. Fue hacia el cajón donde su marido guardaba las gorras y cogió una beis, con el logo de una conocida marca de tabaco, que él había tenido la consideración de dejar cuando se marchó. Había sido todo un detalle.
En un primer momento, Candela fue a coger el coche, pero después decidió hacer a pie los diez minutos que se tardaba a la farmacia para obligarse a salir de casa. No comía, pero se estaba poniendo como una morsa, y eso que no bebía tanto como le gustaría. Durante el camino se fijó en que tenía una mancha de mahonesa seca en la rodilla derecha del chándal que llevaba puesto y con el que también dormía. Se mojó los dedos con saliva y trató de eliminarla de malas maneras. Al levantar la vista de su pierna, vio cómo se cruzaba en su camino la mujer que le había arrebatado lo que más quería. No se lo podía creer. La culpable de encender la llama que originó el incendio que hizo que su vida se transformara en la más terrible de las pesadillas. Mientras ella estaba completamente hundida, la responsable de todo se paseaba feliz, ajena a su desgracia. Aquella mujer rebosaba energía. Caminaba tan segura de sí misma que resultaba arrogante. Candela la siguió, observando cómo contoneaba sus caderas y cómo los hombres giraban la cabeza a su paso. Era evidente que lo tenía todo, todo menos sentimientos. Aunque ella misma tampoco los tenía; los había perdido por completo. El golpe había sido tan fuerte que vivía anestesiada. Podrían clavarle agujas por todo el cuerpo que ni reaccionaría. Estaba acabada, ya nada tenía sentido. Candela vio que su presa entraba en la farmacia. Esperó unos segundos, entró y se detuvo ante una de las estanterías cercanas a la caja, donde empezó a mirar distintas pastillas y tabletas para adelgazar.
Entonces lo escuchó. Fue cuando la farmacéutica le preguntó a la mujer qué quería. Adriana respondió casi en un susurro: «Zolpidem». A Candela le sonaba mucho, pero no caía en qué podía ser, así que comenzó a repetir el nombre del medicamento en su cabeza una y otra vez. Mientras la farmacéutica fue a buscarlo al almacén, ella aprovechó para salir fuera. Se pegó a la pared y buscó en el navegador de su teléfono: «… Zolpidem Cinfa: se usa para el tratamiento a corto plazo del insomnio en adultos, en situaciones en las que el insomnio está debilitando o causando ansiedad grave. No tome este medicamento durante largo tiempo. El tratamiento debe ser lo más corto posible, porque el riesgo de dependencia aumenta con la duración del tratamiento». En ese momento la puerta de la farmacia se abrió y Adriana salió sin percatarse de que la mujer de la gorra que dejaba atrás era Candela y estaba más unida a ella de lo que imaginaba. Y sin sospechar, por supuesto, que esa falta de sueño que las dos acarreaban no sería más que el comienzo de la batalla. Candela la vio marcharse, esta vez sin sentirse invadida por esa fuerza y seguridad que Adriana se empeñaba en aparentar, porque ahora conocía de qué pie cojeaba y sabía que sería su mejor arma. Sin poder evitarlo, por primera vez en semanas, una sonrisa se dibujó en su rostro.