La cría
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Las pisadas de las botas de Candela resonaban por el pasillo del cuartel. Caminaba firme y decidida, dispuesta a llevar a cabo la jugada maestra con la que tanto había soñado. Un poco antes, después de colgar a Mateo, se alejó del equipo que seguía estudiando la escena del crimen para bajar hasta una de las calas que daban al embalse. Desde ahí contempló con nostalgia el puente que unía la zona con el acceso a Madrid. La noche estaba cerrada, pero podía ver con claridad las pequeñas lucecitas de los coches que lo recorrían. El aire le golpeaba la cara. Candela cerró los ojos y lloró en silencio un largo rato. Cuando soltó todas las lágrimas que necesitaba, volvió a su coche y se dirigió al cuartel, donde la esperaban Adriana y Judith. Al llegar, fue directa a uno de los baños de la planta baja, el que estaba más alejado de la entrada y, por tanto, menos transitado. Allí se lavó la cara para despejarse; cuando terminó, se miró al espejo y se prometió que esa misma noche acabaría con el dolor que la mataba por dentro. Antes de subir a la planta donde se encontraban las distintas salas con ordenadores para tomar declaración, se permitió hacer una miniparada para comer una barrita de cereales de una de las máquinas dispensadoras que había junto a una de las salas de espera. Necesitaba comer algo para tener energía. Subió en el ascensor y, cuando se abrieron las puertas, al fondo, a la entrada de una de las salas, vio a Mateo apoyado en la pared. Al verla comenzó a andar hacia ella para encontrarse a medio camino.
—Se ha filtrado la detención; como sabes la niña hizo un directo en el que se ve perfectamente la estampa de dónde y cómo estaba Lucas cuando lo encontraron. Se ha hecho viral, las imágenes están por todos lados. La gente está poniendo a parir a Adriana; si la soltáramos ahora mismo, la quemarían como en Salem.
—¿Y qué esperaba? Tiene lo que se merece. Está siendo víctima de su propio juego; cuando haces de tu vida un show, este no se puede acabar cuando tú lo decidas. Ya es demasiado tarde, no se van a conformar, ahora quieren saberlo todo. Son insaciables.
Mateo se quedó en silencio mirando a Candela, parecía cortado, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas para decirle algo.
—¿Por qué me miras así?
—Candela, me gustaría hablar contigo…
—¡Qué seriedad de pronto! —Candela lo observaba con ternura, no era más que un crío al que adoraba con todo su ser—. Tranquilo que, cuando termine, hablaremos. Vamos a tener en cuenta todos tus logros. Tendrás tu premio, no te preocupes por eso. Pero ahora lo importante… —le dijo orgullosa.
Si algo había aprendido Candela era que a los niños no solo había que decirles cuándo hacían las cosas mal, sino que también necesitaban saber cuándo lo habían hecho bien.
—Aún estamos a la espera de los resultados del laboratorio, de las muestras del coche y de la mochila con confeti, pero tenemos pruebas suficientes. Vamos, blanco y en botella. La cuestión es por qué lo hizo —añadió Mateo de manera profesional.
—Ahora lo descubriremos, vamos a zanjar este asunto. Ve encendiendo la hoguera.