La casa torcida
CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS
Después habría de preguntarme cómo había podido estar tan ciego. La verdad había sido evidente desde el principio. Josefina y sólo Josefina llenaba todos los requisitos. Su vanidad, sus aires de superioridad, su deseo de hablar, su repetición constante de que ella era muy inteligente y la policía muy estúpida…
Nunca la había tomado en consideración porque era una niña. Pero ha habido niños asesinos, y este asesinato precisamente estaba muy dentro de las posibilidades de una niña. Su propio abuelo había indicado el método exacto… prácticamente se lo había dado todo hecho. Lo único que tenía que hacer era evitar dejar huellas dactilares, y eso tenía que saberlo, por ligero que fuera su conocimiento de literatura policíaca. Y todo lo demás había sido una mezcolanza de cosas cogidas al tuntún de las novelas policíacas. El cuadernito de notas, el andar buscando pistas, su insistencia en que no diría nada mientras no estuviera segura…
Y, por último, el atacarse a sí misma. Hazaña casi increíble, teniendo en cuenta que pudo haberse matado fácilmente. Pero, infantilmente, no había considerado semejante posibilidad. Ella era la heroína. La heroína no muere. Sin embargo, en este episodio había habido una pista: las marcas de tierra en el asiento de la silla del lavadero. Josefina era la única persona que hubiera tenido que subirse a una silla para colocar el bloque de mármol en el borde superior de la puerta. Era evidente que había fallado más de una vez, de ahí las marcas profundas del suelo, y pacientemente se había subido de nuevo y lo había vuelto a colocar, cogiéndolo con su bufanda para no dejar huellas dactilares. Y entonces el bloque de mármol había caído y ella había estado a un paso de la muerte.
¡El plan era perfecto para causar la impresión deseada! ¡Estaba en peligro, «sabía algo», había sido atacada!
Comprendí cómo, deliberadamente, había llamado mi atención sobre su presencia en el cuarto de las cisternas. Y antes de dirigirse al lavadero había consumado el artístico desorden de su habitación.
Pero cuando volvió del hospital, cuando se encontró con que Brenda y Laurencio habían sido arrestados, debió sentirse descontenta. El asunto había terminado, y ella, Josefina, quedaba fuera de la escena.
Conque cogió la digitalina del cuarto de Edith y la puso en su propio chocolate, dejando la taza sin tocar en la mesa del vestíbulo.
¿Sabía que Nannie lo tomaría? Posiblemente. Por lo que había dicho aquella mañana, estaba resentida con Nannie por haberla regañado. ¿Habría sospechado la anciana la verdad, con su experiencia de toda una vida dedicada a los niños? Creo que Nannie sabía, que había sabido siempre, que Josefina no era normal. Su mente se había desarrollado rápidamente, mientras que su sentido moral no había alcanzado el desarrollo normal. Puede ser también que los diversos cargos de la herencia, lo que Sofía había llamado «crueldad» de la familia, se hubieran presentado en ella conjuntamente.
Había tenido la crueldad autoritaria de la familia de su abuela, y el egoísmo cruel de Magda siempre viendo las cosas desde su punto de vista. También, siendo sensitiva como Felipe, había sufrido por el estigma de ser el patito feo. Por último, por sus venas había corrido el retorcido sentido moral del viejo Leónides. Había sido digna nieta de Leónides, se había parecido a él en inteligencia y en astucia, pero mientras el amor de él se había desbordado sobre su familia, el de ella se había vuelto hacia sí misma.
Pensé que el viejo Leónides debía de haber comprendido lo que nadie de la familia había visto: que Josefina podía ser un peligro para los demás y para sí misma. La había alejado de la vida de colegio porque tenía miedo de lo que pudiera hacer. La había protegido y guardado en su casa, y entonces comprendí por qué había instado a Sofía a que cuidase de Josefina.
La súbita decisión de Magda de enviar a Josefina al extranjero, ¿no había sido también miedo por la niña? Quizá no un miedo consciente, pero sí un vago instinto maternal.
¿Y Edith de Haviland? ¿Habría sospechado primero, luego temido y por fin conocido la verdad?
Miré la carta que tenía en la mano.
Querido Carlos:
Esto es confidencial para usted y para Sofía, si así lo desea. Alguien tiene que saber la verdad. Encontré el cuadernito adjunto en la caseta del perro que está detrás de la puerta del fondo. Lo guardaba allí. Confirma lo que yo sospechaba. Puede que lo que voy a hacer sea bueno o malo. No lo sé. Pero en cualquier caso, mi vida se acerca a su fin y no quiero que la niña sufra como creo sufriría si tuviera que dar cuenta al mundo de lo que ha hecho.
Entre los hermanos suele haber uno que «sale torcido».
Si obro mal, que Dios me perdone, pero lo hago por amor.
Dios os bendiga a los dos.
Edith de Haviland.
Dudé sólo un momento y luego entregué la carta a Sofía. Juntos abrimos de nuevo el cuadernito negro de Josefina.
«Hoy he matado al abuelo».
Pasamos las páginas. Era una composición sorprendente. Supongo que le interesaría mucho a un psiquiatra. Era un exponente tan claro de la furia de un egoísta frustrado… En el cuaderno estaba expuesto el motivo del crimen, lamentablemente infantil y desproporcionado.
«El abuelo no me deja dar clases de ballet, de modo que he decidido matarlo. Entonces iremos a vivir a Londres, y a mamá no le importará que aprenda ballet».
Sólo copio algunas de las notas, todas muy significativas.
«No quiero ir a Suiza, no iré. Si mamá me hace ir, la mataré también a ella, sólo que no puedo conseguir el veneno».
«Eustaquio me ha disgustado mucho hoy. Dice que sólo soy una niña, que no valgo para nada y que mis investigaciones son una tontería. No me creería tonta si supiera que fui yo la que cometió el asesinato».
«Quiero a Carlos, pero es idiota. Todavía no he decidido a quién le achacaré el crimen. Puede que a Brenda y Laurencio. Brenda es mala conmigo, dice que estoy un poco tocada, pero me gusta Laurencio; me habló de Carlota Corday, que mató a una persona en el baño. No fue muy lista».
La última nota era extraordinariamente significativa.
«Odio a Nannie… La odio… La odio… Dice que soy sólo una niña pequeña. Dice que ando presumiendo. Está consiguiendo que mamá me mande al extranjero… Voy a matarla también. Creo que la medicina de tía Edith podrá matarla. Si hay otro asesinato, entonces la policía volverá y todo será emocionante otra vez».
«Nannie se ha muerto. Me alegro. Todavía no he decidido dónde esconderé la botella con las píldoras. A lo mejor en el cuarto de tía Clemencia, o si no, en el de Eustaquio. Cuando sea vieja y me muera dejaré este cuadernito dirigido al Jefe de policía y verán que he sido una criminal muy grande».
Cerré el libro. Sofía lloraba con desconsuelo.
—¡Oh, Carlos, Carlos, es horrible! ¡Era un pequeño monstruo… y sin embargo… y sin embargo, es tan terriblemente patético!
Éstos habían sido también mis sentimientos.
Había querido a Josefina… Todavía hoy siento afecto por ella… Uno no deja de querer a una persona porque esté tuberculosa o tenga otra enfermedad grave. Josefina era, como Sofía había dicho, un pequeño monstruo, pero era un pequeño monstruo lleno de patetismo. Había nacido con una tara mental, y era la «niña torcida» de la casita torcida.
—Si… hubiera vivido, ¿qué hubiera ocurrido?
—Supongo que la hubieran enviado a un reformatorio o a una escuela especial. Más tarde la hubiesen soltado… aunque puede también que la declararan deficiente mental. No sé.
Sofía se estremeció.
—Es mejor así. Pero tía Edith… no me gusta que ella cargue con la culpa.
—Ella lo quiso así. No creo que se haga público. Supongo que cuando Brenda y Laurencio vayan a ser juzgados, no habrá cargos contra ellos y serán absueltos.
»Y tú, Sofía —dije en distinto tono y cogiendo sus manos entre las mías—, te casarás conmigo. Acabo de enterarme que me destinan a Persia. Nos iremos los dos allá y olvidarás la Casita Torcida. Tu madre puede proteger autores teatrales y tu padre comprar más libros y Eustaquio irá pronto a la Universidad. No te preocupes más por ellos. Piensa en mí.
Sofía me miró directamente a los ojos.
—¿No te da miedo casarte conmigo, Carlos?
—¿Por qué había de darme miedo? En la pobrecita Josefina se reunió todo lo peor de la familia. A ti, Sofía, creo firmemente que te ha sido dado todo lo bueno y generoso que hay en la familia Leónides. Tu abuelo te tenía en un gran concepto y parece haber sido un hombre que rara vez se equivocaba. Levanta la cabeza, mi vida, el futuro es nuestro.
—Sí, Carlos. Te quiero y me casaré contigo y te haré feliz. —Miró al cuadernito—. ¡Pobre Josefina…!
—¡Pobre Josefina! —repetí yo.
—¿Cuál es la verdad, Carlos? —preguntó mi padre.
Yo nunca le miento al viejo.
—No fue Edith de Haviland, papá —dije—, fue Josefina.
Mi padre hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
—Sí —exclamó—. Hace algún tiempo que lo creía así. ¡Pobre niña…!