La Templanza
III. Jerez » Capítulo 31
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—¿Tienen por costumbre los señores de Ultramar acostarse temprano, o me acepta una última copa?
Acababa de cerrarse a sus espaldas el portón de los Claydon, y fue Manuel Ysasi el que, una vez al raso, le hizo la invitación.
—Nada me agradaría más.
El médico había resultado ser un excelente conversador, un tipo inteligente y grato. Y a él le vendría bien otro trago para acabar de digerir las intempestivas palabras de Soledad Montalvo que aún le retumbaban en los oídos. Una mujer en busca de un favor. Otra vez.
Atravesaron la calle Algarve y de allí pasaron a la calle Larga para recorrerla hacia la puerta de Sevilla en toda su longitud.
—Confío en que no le importe que vayamos andando; heredé de mi padre un viejo faetón para las urgencias nocturnas o por si alguna vez tengo que acercarme a alguna gañanía, pero comúnmente me muevo a pie.
—Todo lo contrario, amigo mío.
—Le adelanto que mucha agitación nocturna no vamos a encontrar. A pesar de su creciente auge económico, Jerez no deja de ser una pequeña ciudad que conserva todavía mucho de la urbe mora que fue en su día. No somos más de cuarenta mil habitantes, aunque tenemos bodegas para parar un tren: más de quinientas hay censadas. Del vino vive de manera directa o indirecta, como supongo que ya sabe, la gran mayoría de la población.
—Y no les va mal, según aprecio —apuntó señalando alguna de las magníficas casas solariegas que asomaban al caminar.
—Depende del lado en el que le haya colocado la fortuna. O pregunte, si no, a los jornaleros de las viñas y los cortijos. Faenan de sol a sol por cuatro perras, comen unos míseros gazpachos hechos con pan negro, agua y apenas tres gotas de aceite, y duermen sobre un poyete de piedra hasta que regresan al tajo con el nuevo amanecer.
—Tenga en cuenta que ya he sido puesto al tanto de sus querencias socialistas, amigo mío —dijo con un punto irónico que el médico acogió de buen talante.
—Hay mucho de positivo también, para serle sincero; en absoluto quiero que se quede con una mala imagen por mi culpa. Disfrutamos de alumbrado público de gas como bien puede notar, por ejemplo, y el alcalde ha anunciado que el agua corriente está a punto de llegar desde el manantial del Tempul. Tenemos también un ferrocarril que sirve sobre todo para sacar las botas de vino hasta la bahía, un buen puñado de escuelas de primeras letras y un instituto de segunda enseñanza; incluso una Sociedad Económica del País plagada de prohombres y un hospital más que decente. Hasta el Cabildo Viejo, al lado de casa de Sol Montalvo, ha sido convertido recientemente en biblioteca. Hay mucho trabajo en las viñas y, sobre todo, en las bodegas: arrumbadores, capataces, toneleros…
No le pasó por alto a Mauro Larrea que Ysasi nombrara a Sol Claydon por su nombre de soltera, a pesar de que las leyes inglesas desposeían de su apellido a las esposas tan pronto daban el sí quiero ante el altar. Sol Montalvo, había dicho, y con ello constataba el doctor, involuntariamente, su cercanía y su larga amistad.
Seguían departiendo mientras a su paso se iban cruzando las últimas almas del día. Un limpiabotas, una anciana doblada como una alcayata que les ofreció cerillas y papel de fumar, cuatro o cinco pillastres. Los tabancos, los cafés y las tabernas de la zona más céntrica tenían cerradas las puertas; la mayoría de los vecinos se encontraban ya cobijados en sus casas en torno al brasero de picón. Un sereno con chuzo afilado y linterna de aceite les saludó en ese momento con un Ave María Purísima desde debajo de su capote de paño pardo.
—Incluso contamos con vigilancia armada por las noches, ya ve.
—No parece un mal balance, vive Dios.
—El problema, Mauro, no es Jerez; aquí somos dentro de lo que cabe unos privilegiados. El problema es este desastre de país del que, por suerte, ya se han independizado ustedes en casi todas las viejas colonias.
No tenía la menor intención de enzarzarse en diatribas políticas con el buen doctor, sus intereses andaban por otros derroteros. Ya que le había desgranado las generalidades de la ciudad, era el momento de ir avanzando hacia lo particular. De la parte ancha del embudo, a la estrecha. Por eso le interrumpió.
—Acláreme algo, Manuel, si no le es molestia. Supongo que en todos esos avances algo habrá tenido que ver la fructífera actividad de los bodegueros, ¿cierto?
—Obviamente. Jerez fue siempre una ciudad de labradores y vinateros, pero la alta burguesía bodeguera y los grandes capitales que por aquí se mueven en las últimas décadas es lo que está determinando su verdadero pulso actual. Los bodegueros de nuevo cuño se están comiendo con papas, si me permite la broma, a la secular aristocracia terrateniente de la zona: la que ha poseído tierras, palacios y títulos nobiliarios desde el Medievo, y que ahora se repliega ante el brío y el esplendor económico de esta nueva clase, brindándoles alianzas matrimoniales con sus hijos y todo tipo de complicidades. Los Montalvo, de hecho, fueron en cierta forma un ejemplo de cómo acabaron convergiendo esos dos mundos ajenos.
Ahí quería yo llegar, amigo mío, pensó con un punto de disimulada satisfacción. A esa compleja familia a la que el pinche destino ha querido vincularme. Al clan de la mujer que acaba de invitarme a cenar desplegando todas sus gracias y delicias para sacarme después un estilete y emplazarme Dios sabe para qué. Hable, doctor, suelte por su boca libremente.
Pero no pudo ser; al menos no de inmediato. Acababan de dejar atrás la calle Larga; no se encontraban, de hecho, nada lejos de su nuevo domicilio.
—¿Ve? Otra muestra del creciente auge de la ciudad, el Casino Jerezano.
Ante ellos se alzaba una grandiosa construcción barroca recorrida por grandes ventanales y airosos cierros. Al frente, una soberbia portada en dos cuerpos de mármol blanco y rojo, columnas salomónicas a los lados y un magnífico balcón en la parte superior.
Se quedaron fuera unos segundos, admirando la fachada bajo las estrellas.
—Impone, ¿verdad? Sepa de todas maneras que se trata de un inmueble arrendado, mientras les terminan la nueva sede. Esto es el viejo palacio del marqués de Montana; el pobre hombre solo pudo disfrutarlo durante siete años antes de morir.
—¿Nos quedamos, entonces?
—Otro día. Hoy voy a llevarle a un sitio similar y distinto a la vez.
Arrancaron a andar hacia la calle del Duque de la Victoria, a la que todo el mundo seguía llamando Porvera, por aquello de seguir su trazado por la vera de la vieja muralla.
—El Casino Jerezano que acabamos de dejar congrega a los burgueses medianos y pequeños; cuenta con tertulias interesantes y no pocas inquietudes culturales. Pero es otro distinto el que acoge a los grandes patrimonios y a la alta burguesía: a los titanes que comercian con medio mundo, la verdadera aristocracia del vino que se apellida Garvey, Domecq, González, Gordon, Williams, Lassaletta, Loustau o Misa. Incluso cuenta entre sus socios con algún Ysasi, aunque no son los de mi rama. Unas cincuenta familias, más o menos.
—Suenan a extranjeros muchos de ellos…
—Algunos son de origen francés, pero lo que predomina es la raigambre británica. La sherry royalty, hay quien los llama, porque así es como se conoce a los vinos de Jerez fuera de España, como sherry. Y en algún momento hubo también hombres legendarios que, al igual que usted, fueron indianos retornados. Pemartín y Apezechea, por ejemplo, muertos ya por desgracia los dos.
Indiano retornado, pinche etiqueta la que le habían colgado. Aunque quizá, en el fondo, no fuera una mala máscara con la que ocultar su verdad ante el mundo.
—Aquí lo tiene, querido Mauro —anunció por fin el médico parándose ante otro soberbio edificio—. El Casino de Isabel II, el más rico y exclusivo de Jerez. Monárquico y patriótico hasta la médula, tal como indica su nombre, aunque a la par es muy anglófilo en sus gustos y maneras, casi como un club londinense.
—¿Y a este selecto enjambre es al que pertenece un hombre de sus ideas, doctor? —preguntó el minero con un punto de sorna.
Ysasi soltó una carcajada mientras le cedía el paso.
—Yo velo por la salud de todos ellos y por la de sus extensas proles, así que, por la cuenta que les trae, me tratan como a uno más. Como si le vendiera botas de vino hasta al mismísimo papa de Roma, vaya. Y ni que decir tiene que usted mismo, Mauro, si se propusiera levantar de nuevo el negocio de los Montalvo, sería uno más.
—Mucho me temo que mis planes llevan otro rumbo, mi estimado amigo —rumió al entrar.
Ni de lejos flotaba en el aire el endemoniado bullicio nocturno de los cafés mexicanos o habaneros, pero sí se respiraba un ambiente distendido entre los sillones de cuero y las alfombras. Tertulias, prensa española e inglesa repartida por las mesas, alguna partida sosegada, los últimos cafés. Todo hombres, naturalmente; ni rastro alguno de feminidad.
Olía bien. A madera pulida con cera de carnauba, a tabaco caro y a lociones de afeitado extranjeras. Se acomodaron bajo un gran espejo, no tardó en acercarse un camarero.
—¿Brandy? —propuso el médico.
—Perfecto.
—Déjeme sorprenderle.
Pidió algo que él no acabó de entender y el mozo, asintiendo, tardó poco en llenar dos copas de una botella sin etiqueta. Se las llevaron a la nariz, después bebieron. Aroma intenso primero, untuoso al paladar luego. Volvieron a contemplar el tono de caramelo bajo la luz de las bujías al mecerse el licor contra el cristal.
—No es exactamente el armagnac de Edward Claydon.
—Pero no está nada mal. ¿Francés también?
El médico sonrió con cierta picardía.
—Ni de lejos. Jerezano, puro producto local. Hecho en una bodega a menos de trescientas varas de aquí.
—No me tome el pelo, doctor.
—Se lo prometo. Aguardiente envejecido en botas, en los mismos barriles de roble que antes han criado los vinos. Unos cuantos bodegueros emprendedores ya lo están empezando a comercializar. Cuentan que dieron con él por pura casualidad, cuando un pedido encargado en Holanda no pudo ser pagado y acabó añejándose sin darle salida. Aunque estoy convencido de que eso debe de ser una de tantas leyendas, y que hay más cabeza en el asunto que pura chiripa.
—Yo lo encuentro bien digno, sea cual sea su origen.
—Coñac español lo empiezan a llamar algunos; dudo que a los gabachos les agrade tal nombre.
Volvieron a paladear el licor.
—¿Por qué dejó Luis Montalvo que todo se hundiera, Manuel?
Quizá fuera el calor del brandy lo que hizo que su curiosidad fluyera espontáneamente. O la confianza que le generaba aquel médico flaco de barba negra y pensamientos liberales. Ya le había preguntado lo mismo al bonachón del notario el día en que se conocieron, pero como respuesta solo obtuvo una vaguedad. Sol Claydon, en su primer encuentro, le había llevado casi en volandas a través de un paseo nostálgico por el esplendor del clan, pero se cuidó de contarle detalle alguno. Quizá el médico de la familia, más científico y cartesiano, podría ayudarle de una vez por todas a comprender el alma de aquella estirpe.
Ysasi necesitó un nuevo trago antes de responder, después se recostó en su butaca.
—Porque nunca se consideró digno de su herencia.
Antes de que lograra procesar esas palabras, a su espalda surgió un señor entrado en años, con empaque distinguido, bajo una rotunda barba rizada y canosa que le llegaba a la mitad de la pechera.
—Muy buenas noches, señores.
—Buenas noches, don José María —saludó el médico—. Permítame que le presente a…
No pudo acabar la frase.
—Bienvenido sea a esta casa, señor Larrea.
—Don José María Wilkinson —apuntó Ysasi sin sorprenderse de que el recién llegado conociera el apellido del minero— es el presidente del casino, además de uno de los bodegueros más reputados de Jerez.
—Y el devoto número uno de los eficaces cuidados médicos de nuestro apreciado doctor.
Mientras el aludido respondía al halago con un escueto gesto de gratitud, el recién llegado concentró la atención en él.
—Ya hemos oído hablar de usted y de su vínculo con las antiguas propiedades de don Matías Montalvo.
A pesar de su apellido, el tal Wilkinson hablaba sin rastro de acento inglés. Ante sus palabras y al igual que hiciera el médico, un simple gesto de reconocimiento fue la respuesta; prefirió no entrar en detalles sobre sus propósitos. Ni la pólvora con la que Tadeo Carrús estaba dispuesto a volar su casa de San Felipe Neri habría corrido tan rápido como las noticias en aquella ciudad.
—Aunque tengo entendido que su intención no es quedarse, siéntase por favor libre de disfrutar de nuestras instalaciones durante el tiempo que permanezca en Jerez.
Le agradeció formalmente la deferencia y pensó que con ello concluiría la interrupción, pero el presidente no parecía tener demasiada prisa por dejarlos solos.
—Y si en algún momento cambiara de opinión y se decidiera a poner de nuevo en valor la viña y la bodega, cuente con nosotros para lo que necesite, y créame que hablo en nombre de todos los socios. Don Matías fue uno de los fundadores de este casino y, en su memoria y en la de su familia, nada nos gustaría más que ver que alguien devuelve su esplendor a lo que él y sus antepasados levantaron con tanto tesón como cariño.
—Son de una raza especial estos bodegueros, Mauro; ya los irá conociendo —intervino Manuel Ysasi—. Compiten férreamente en los mercados, pero se ayudan, se defienden, se asocian y hasta casan entre sí a sus hijos. No eche en saco roto su propuesta: este ofrecimiento no es un brindis al sol, sino una auténtica mano tendida.
Como si no tuviera yo nada más apremiante que dedicarme a enredar con una ruina de empresa, pensó. Por fortuna, Wilkinson cesó en sus insistencias.
—En cualquier caso, y para que no abandone Jerez sin conocernos, voy a pedir a nuestro socio y amigo Fernández de Villavicencio que le curse una invitación para el baile con el que anualmente nos agasaja en su palacio del Alcázar. Cada año celebramos un acontecimiento significativo vinculado con alguno de nosotros, y en esta ocasión lo haremos en honor del matrimonio Claydon, con motivo de su reciente retorno. Soledad, la esposa…
—Es nieta de don Matías Montalvo, lo sé —remató.
—Intuyo entonces que ya se conocen, excelente. Lo dicho pues, mi estimado señor Larrea, confiamos en verle allí junto al doctor.
Ysasi rellenó las copas en cuanto el bodeguero y su gran barba se retiraron.
—Seguro que haremos una excelente pareja de baile usted y yo, Mauro, ¿qué prefiere, la polca o la polonesa?
Varias cabezas se volvieron al oír su sonora carcajada.
—Déjese de pendejadas, hombre de Dios, y sígame contando, a ver si logro entender a esa familia de una puñetera vez.
—Ya ni recuerdo por dónde andábamos, así que permítame hacerle un retrato a grandes trazos. Siempre parecieron inmortales los Montalvo. Ricos, guapos, divertidos. Tocados por la fortuna todos ellos, incluso el propio Luisito con sus limitaciones: el eterno niño de la casa. Querido, mimado, criado entre algodones en el sentido más literal. Era el benjamín de todos los primos, y por eso, y por su propia condición física, jamás se le pasó por la cabeza que acabaría siendo el legatario de la fortuna del gran don Matías. Pero la vida a veces nos sorprende con sus carambolas y nos tuerce el rumbo cuando menos lo esperamos.
Dímelo a mí, compadre. Ajeno a los pensamientos del minero, el doctor prosiguió:
—El declive, en cualquier caso, se veía venir a poco que se conociera a los hijos de don Matías, Luis y Jacobo, los padres respectivamente de Luisito y Soledad.
—¿Los que llevaban gitanos a las cenas de Nochebuena y jugaban al billar hasta el amanecer?
El médico rio con ganas.
—Se lo ha contado Sol, ¿verdad? Esa era la cara familiar de los dos hermanos: la que los hijos, los sobrinos y los amigos adorábamos. Eran simpáticos a rabiar y apuestos como ellos solos; ingeniosos, elegantes, ocurrentes, desprendidos. Se llevaban apenas un año y se parecían como dos gotas de agua, en lo físico y en el temperamento. La lástima fue que, además de esas virtudes, también poseyeran otras características algo menos afortunadas: eran derrochadores, indolentes, jugadores, mujeriegos, irresponsables y con la cabeza llena de serrín. Jamás logró don Matías meterlos en vereda, y él sí que era un tipo recto y cabal como pocos. El nieto de un montañés hecho a sí mismo en una tienda de Chiclana, donde su padre se crio despachando cartuchos de legumbres y vino barato detrás de un mostrador. Los montañeses, permítame que le aclare, son gentes del norte de la Península que vinieron…
—También llegaron a México.
—Sabrá entonces de qué raza le hablo: hombres tenaces y trabajadores que salieron de la nada y se metieron en el comercio e incluso alguno, como el abuelo de don Matías, invirtió sus réditos en viñas y prosperó a lo grande. Y ya instalados en Jerez, con su buen capital por delante y el negocio más que consolidado, su heredero pidió para su hijo, o sea, para don Matías, la mano de Elisa Osorio, hija del arruinado marqués de Benaocaz, una bella señorita jerezana de tanto abolengo como corta hacienda. Así juntaron alcurnia con posibles, algo muy común por aquí últimamente, como le he dicho.
—La boyante burguesía bodeguera matrimoniada con la empobrecida aristocracia tradicional, ¿no es así?
—Efectivamente, veo que lo ha captado bien, amigo mío. ¿Otra copa?
—Cómo no —respondió haciendo resbalar el cristal sobre el mármol de la mesa. Y diez más si hiciera falta, con tal de que Ysasi siguiera hablando.
—Recapitulando: don Matías siguió los pasos de sus antecesores, se partió el espinazo, aplicó visión e inteligencia y multiplicó por cientos sus inversiones y su capital. Pero acabó cometiendo un descomunal error.
—Descuidó a sus hijos —anticipó él. Y sobre su cabeza aleteó la sombra de Nico.
—Efectivamente. Obsesionado como estaba en seguir prosperando, se le fueron de las manos. Para cuando quiso darse cuenta, se habían convertido en dos balas perdidas y ya era demasiado tarde para enderezarles la trayectoria. Con ilusas esperanzas, doña Elisa logró que se casaran con dos jovencitas de familias distinguidas que a su vez tampoco tenían ni dote ni carácter que aportar al matrimonio. Ni siquiera puso casa ninguno de los dos: hasta el final se quedaron viviendo todos en la mansión de la Tornería que ahora habita usted. Y tres cuartos de lo mismo pasó con la bella María Fernanda, la hija: un matrimonio desastroso con Andrés Zayas, un amigo sevillano de sus hermanos sin un real sonante en el bolsillo pero con mucho tronío.
Despacio, Ysasi, despacio. Gustavo Zayas y sus asuntos requieren su propio tiempo; vayamos por orden y a él lo dejamos para después. Por ventura, el doctor dio un trago a su copa y después retomó la historia por donde él ansiaba.
—En fin, que dando por perdidos a sus hijos, en quien don Matías comenzó a confiar fue en la tercera generación. En el primogénito de su primogénito, en concreto: Matías se llamaba también. A pesar de descender de un glorioso calavera, él parecía hecho de otra pasta. Apuesto y simpático como su progenitor, pero con bastante más cerebro. Le gustaba ir con su abuelo a la bodega desde pequeño, hablaba inglés porque pasó un par de años interno en Inglaterra, conocía por su nombre a todos los trabajadores y comenzaba a entender las claves del negocio.
—Sería también amigo suyo, supongo.
Alzó el médico su copa hacia el techo con un rictus melancólico, como brindándole el trago a alguien que ya no habitaba el mundo de los vivos.
—Mi buen amigo Matías, sí señor. En realidad, todos éramos una piña desde niños: año arriba, año abajo, teníamos prácticamente la misma edad, y yo me pasaba la vida entre ellos. Matías y Luisito, los dos hermanos. Gustavo cuando venía de Sevilla, Inés y Soledad. Crecí sin madre, siendo hijo único, así que cuando no acudía con mi abuelo para atender los achaques de doña Elisa, lo hacía con mi padre para tratar cualquier otro malestar en la familia, y me quedaba a comer, a cenar, hasta a dormir. Si pudiera contar las horas de mi infancia y juventud que pasé entre los Montalvo, resultarían mucho más numerosas que las que viví en mi propia casa. Hasta que todo se empezó a derrumbar.
Esta vez fue Mauro Larrea quien agarró la botella y sirvió de nuevo a ambos. Al sostenerla en la mano comprobó que se habían bebido más de la mitad.
—Exactamente dos días después de la boda de Sol con Edward.
Calló unos segundos Ysasi, como retrocediendo mentalmente en el tiempo.
—Fue durante una montería en el Coto de Doñana: un accidente terrible. Quizá por imprudencia, quizá por el más negro azar, el caso fue que Matías acabó con una bala de plomo en el vientre y nada se pudo hacer por él.
Por los clavos de Cristo, un hijo muerto con las tripas reventadas en plena juventud. Pensó en Nico, pensó en Mariana, y sintió una arcada. Querría haber preguntado algo más, si fue fortuito, si hubo algún culpable, pero el doctor, con la lengua destensada por el brandy y quizá también por la nostalgia, continuó hablando sin freno:
—No estoy diciendo que todo se viniera abajo súbitamente como si les hubiera caído encima una bomba de tiempos de los franceses pero, tras el entierro de Matías nieto, la situación comenzó a precipitarse hacia el desastre. Luis padre se sumergió en la más absoluta hipocondría, Jacobo siguió en solitario con su vida de crápula pero ya con las fuerzas mermadas, el abuelo don Matías envejeció como si le hubiera caído una losa de cien años encima, y las mujeres de la casa se vistieron de luto y se encerraron a rezar santos rosarios y a reconcomerse concienzudamente en sus enfermedades.
—¿Y ustedes, los más jóvenes?
—Por resumir una larga historia, digamos que cada uno tenía ya su senda más o menos marcada. Sol se instaló en Londres con Edward, tal como tenían previsto, y formó su propia familia; siguió viniendo por Jerez de tanto en tanto, pero cada vez con menos asiduidad. Gustavo, por su parte, embarcó a América y muy poco volvimos a saber de él. Inés, la hermana de Sol, tomó el hábito de las agustinas ermitañas. Y yo seguí estudiando en la Facultad de Ciencias Médicas en Cádiz y después me marché a doctorarme en Madrid. Nos desintegramos, en definitiva. Y aquel paraíso en el que nos criamos sintiéndonos a salvo de todo, mientras Jerez seguía creciendo próspero y boyante, se desvaneció.
—Y el único que quedó en él fue Luis.
—En un principio, tras la muerte de Matías, lo mandaron al Colegio de la Marina en Sevilla, pero tardó poco en regresar y a la postre fue el único que presenció la decadencia de la familia y acabó enterrando uno tras otro a sus mayores. Por suerte o por desgracia para el Comino, estos no perdieron el tiempo en ir desapareciendo.
Y cuando al cabo de los años se quedó solo, en fin, creo que ya sabe…
Fueron los últimos en salir aquella noche del casino. Por las calles no andaba ni un alma cuando pasaron por la puerta de Sevilla, Ysasi se empeñó en acompañarle hasta el caserón.
Al llegar a él alzó la vista hacia la fachada sin atisbo de luz, como si quisiera absorberla entera con los ojos.
—Al marcharse Luis a Cuba, creo que era plenamente consciente de que nunca habría un camino de vuelta.
—¿Qué quiere decir, Manuel?
—Luis Montalvo se estaba muriendo y lo sabía. Era consciente de que se acercaba el final.