La Templanza
I. Ciudad de México » Capítulo 2
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No encontró sitio en el estómago para cenar después de que Andrade se marchara lanzando maldiciones entre los arcos de la espléndida galería. A cambio, optó por darse un baño, para reflexionar sin la voz de su apoderado lanzándole cuchilladas a la conciencia.
Sumergido en la bañera, Mariana fue la primera imagen que acudió a su mente. Ella sería la única en saber de su boca lo acontecido, como siempre. A pesar de llevar ya vidas separadas, el trato entre ambos era constante. Se seguían viendo prácticamente a diario, raro era que no dieran juntos un paseo por Bucareli o que ella no pasara en algún momento por su antiguo domicilio. Y para el servicio, y más en su nuevo estado, cada vez que cruzaba el zaguán era una fiesta, y le decían lo hermosa que lucía, y le insistían en que se quedara otro ratito, y le sacaban merengues y pan de huevo y dulces de azúcar candí.
Otra cosa iba a ser Nicolás, el peor de sus tormentos. Por suerte para todos, la hecatombe iba a agarrarlo en Europa. En Francia, en las minas de carbón del Pas-de-Calais, a donde le había mandado bajo el ala de un viejo amigo a fin de apartarlo de México temporalmente. Extraña mezcla de sangres, ángel y demonio, ingenioso e irreflexivo, impetuoso, impredecible en todos sus actos. Su propia buena estrella y la sombra protectora de su padre le habían acompañado siempre, hasta que comenzó a sacar los pies del tiesto más de la cuenta. A los diecinueve fue una pasión arrebatada por la esposa de un diputado de la República. Meses después, una monumental francachela en la que acabaron hundiendo el piso de un salón. Para cuando su hijo cumplió los veinte, Mauro Larrea había perdido la cuenta de los desmanes de los que había tenido que arrancarlo. Por fortuna, no obstante, ya tenía convenido un matrimonio prometedor con la hija de los Gorostiza. Y para que acabara de formarse a fin de entrar en los negocios paternos y evitar de paso que siguiera cometiendo tropelías antes del casamiento, consiguió convencerle para pasar un año al otro lado del mar. A partir de entonces, sin embargo, todo sería distinto, y por ello habría que sopesar con suma cautela cada movimiento. En el escalafón de las máximas preocupaciones de Mauro Larrea ante su inminente hundimiento, el puesto de honor lo ocupaba sin duda alguna Nicolás.
Cerró los ojos e intentó vaciar el cerebro de trabas al menos momentáneamente. Abstraerse del gringo muerto, de la maquinaria que ya nunca llegaría a su destino, del monumental fracaso de la más ambiciosa de sus empresas, del futuro de su hijo y del abismo que se abría ante sus propios pies. Lo que ahora necesitaba perentoriamente era moverse, avanzar. Y puestas sus opciones del derecho y del revés, sabía que solo había una salida segura. Piénsalo bien, cabrón, se dijo. No tienes más opciones por mucho que te pese, le replicó su segunda voz. Nada puedes hacer dentro de la capital sin que se sepa. Salir de ella es la única solución. Así que decídete de una maldita vez.
Como tantos hombres hechos a base de lucha sin tregua, Mauro Larrea había desarrollado una pasmosa facilidad para huir siempre hacia delante. Los pozos de plata de Guanajuato en sus primeros años en América le forjaron el carácter: once horas diarias bregando en las entrañas de la tierra, peleando contra las rocas a la luz de las antorchas, vestido tan solo con un mísero calzón de cuero y una banda de tela mugrienta atravesándole la frente a fin de proteger los ojos de la mezcla infecta de mugre, sudor y polvo. Once horas diarias seis días a la semana moliendo piedra a fuerza bruta entre las tinieblas del infierno acabaron por marcarle un temple del que nunca se desprendió.
Quizá por eso el reconcomio no tenía cabida en su persona, ni siquiera dentro de aquella espléndida bañera de esmalte belga que, a su llegada a México, habría sido un sueño al que jamás se permitió aspirar. Por entonces, en aquellos primeros tiempos, se aseaba debajo de una higuera en medio tonel lleno de agua de lluvia y, a falta de jabón, se arrancaba la mugre con un mero estropajo. Para secarse tenía su propia camisa y los rayos del sol; por afeite, el aire cortante. Y, como gran lujo, un burdo peine de madera y la pomada de toronjil que compraba por cuartillos los días de cobro y con la que lograba mantener medianamente en orden la espesura de un pelo indómito que por entonces tenía el color de las castañas. Años atroces, aquellos. Hasta que la mina le mordió la carne y él decidió que había llegado el momento de cambiar de lugar.
Y ahora, perra suerte, la única manera de evitar el derrumbe más absoluto era volviendo al pasado. A pesar de los sensatos consejos de su apoderado, si quería que nada trascendiera en los círculos en los que solía moverse; si quería huir hacia delante antes de que todo se supiera y ya no hubiera forma de levantarse, solo le quedaba un recurso. El más ingrato. El que, a pesar de los años y los avatares, le obligaba a retornar a sendas oscuras pobladas de sombras.
Abrió los ojos. El agua se estaba quedando fría y su alma también. Salió de la tina, agarró la toalla. Las gotas de agua se le escurrieron por la piel desnuda hasta el mármol del suelo. Como si su organismo quisiera rendir un tributo a los titánicos esfuerzos del ayer, el paso del tiempo no le había castigado en demasía. A sus cuarenta y siete años, aparte de un buen puñado de huellas de heridas, de la notoria cicatriz de la mano izquierda y del par de dedos machacados, conservaba fibrosos los brazos y piernas, el abdomen contenido y los mismos recios hombros que nunca pasaban desapercibidos ante sastres, adversarios y mujeres.
Terminó de secarse, se rasuró deprisa, se untó a ciegas la mandíbula con aceite de Macasar y eligió después la ropa necesaria para su propósito. Oscura, resistente. Se vistió de espaldas al espejo, se ajustó a las caderas la protección que siempre le acompañaba en trances como el que ahora anticipaba. Su cuchillo. Su pistola. Por último, sacó de un buró una carpeta atada con cintas rojas. Y de esta, varios pliegos de papel que dobló sin miramientos y se guardó en el pecho.
Solo cuando estuvo listo, volvió la vista a la gran luna del ropero.
—Tu última partida, compadre —anunció a su propia estampa.
Después sopló el quinqué, lanzó un grito a Santos Huesos y salió al corredor.
—Mañana de amanecida te andas a casa de don Elías Andrade y le dices que me fui adonde él nunca querría que fuera.
—¿Adónde don Tadeo? —preguntó el chichimeca desconcertado.
Pero el patrón había echado a andar con paso presto camino de las cuadras, y el muchacho hubo de aligerar las piernas para mantener el ritmo. La pregunta quedó sin respuesta mientras seguían fluyendo las instrucciones.
—Si acudiera la niña Mariana, ni media palabra. Y a cualquiera que asome a la puerta preguntando por mí, le cuentas la primera pendejada que se te ocurra.
El criado estaba a punto de abrir la boca cuando el patrón se le adelantó.
—Y no, esta vez no vas a venir conmigo, muchacho. Acabe como acabe este despropósito, voy a entrar solo y solo voy a salir de él.
Pasaban las nueve y las calles seguían latiendo con ritmo incontenible. A lomos de su caballo criollo, con el rostro casi oculto bajo el sombrero de ala holgada y embozado en una capa queretana, se esforzó por esquivar los cruces y flancos más bulliciosos. Aquel hervidero de gentes era algo que solía entretenerle en otras ocasiones, quizá porque normalmente marcaba el preludio de su llegada a una reunión interesante, a una cena provechosa para sus negocios. A alguna cita con una mujer. Esa noche, sin embargo, lo único que ansiaba era dejarlo todo a la espalda.
Gringo cabrón, masculló entre dientes espoleando al corcel. Pero el gringo no tenía la culpa, y él lo sabía. El gringo, antiguo militar del cuerpo de ingenieros del Ejército de los Estados Unidos y puritano hasta la médula, había cumplido con sus responsabilidades y había tenido incluso la decencia póstuma de enviar hasta México a su mujer y a su hermana para comunicarle lo que él ya nunca podría llegarle a decir, enterrado como estaba en una fosa común con un ojo reventado y el cráneo hecho astillas. Puerca guerra, malditos negreros, masculló otra vez. Cómo había podido ocurrir tal cúmulo de despropósitos. Cómo le había jugado la fortuna aquella mala pasada. Las preguntas le trituraban el cerebro mientras atravesaba al trote la negrura de la calzada de los Misterios.
Thomas Sachs se llamaba el yanqui y, a pesar de su rencor momentáneo, Mauro Larrea era consciente de que jamás fue un indeseable y sí un metodista cumplidor y cabal. Había aparecido en su vida trece meses antes, le mandaba un viejo amigo desde San Luis Potosí. Llegó cuando él estaba a punto de acabar el desayuno, cuando la casa todavía andaba medio desarmada y desde los fondos de las cocinas salían las voces de las criaditas mientras picaban cebollas y molían el maíz. Santos Huesos le acompañó al despacho y le indicó que esperara. El gringo lo hizo de pie, con la vista en el piso, balanceándose.
—Me han dicho que podría estar interesado en conseguir maquinaria para una explotación.
Ese fue el saludo al verle entrar. Antes de responder, Mauro Larrea lo contempló. Fornido, con piel tendente a la rojez y un español bastante aceptable.
—Depende de qué pueda ofrecerme.
—Novedosas máquinas de vapor. Fabricadas en nuestras factorías de Harrisburg, Pennsylvania, por la casa industrial Lyons, Brookman & Sachs. Bajo pedido, según las necesidades particulares del comprador.
—¿Capaces de desaguar a setecientas varas?
—Y hasta a ochocientas cincuenta.
—Entonces quiero escucharle.
Y le escuchó. Y mientras le escuchaba, volvió a notar en su interior el hervor de algo que llevaba años dormido. Devolver su esplendor a la vieja mina Las Tres Lunas, encumbrarla otra vez.
El potencial de la maquinaria que Sachs le puso ante los ojos le resultó abrumador. Ni los viejos mineros españoles de tiempos del virreinato, ni los ingleses que se instalaron en Pachuca y Real del Monte, ni los escoceses que se establecieron en Oaxaca. Nadie fue nunca tan lejos en todo México, por eso supo desde un principio que aquello era algo diferente. Gigantesco. Inmensamente prometedor.
—Deme un día para pensarlo.
Lo recibió a la mañana siguiente tendiéndole su mano de minero recio. De la estirpe que el extranjero conocía bien: la de aquellos hombres audaces e intuitivos, sabedores de que aquel oficio suyo era una constante rueda de victorias y caídas. Con una manera segura y directa de tomar decisiones desafiantes, temerarias incluso; tentando constantemente al azar y a la providencia. Hombres dotados de un sentido de la vida tremendamente pragmático y una afilada inteligencia natural con los que el gringo estaba acostumbrado a bandearse.
—Vamos a negociar, amigo mío.
Cerraron el acuerdo, solicitó los permisos pertinentes ante la Junta de Minería, trazó un arriesgado plan de financiación que Andrade no paró de reprobar. Y, a partir de ahí, con los plazos pactados de antemano, comenzó a desembolsar periódicamente gruesas cantidades de dinero hasta desecar todos sus capitales y todas sus inversiones. En reciprocidad, cada tres semanas fue cumplidamente informado desde Pennsylvania acerca del avance del proyecto: las complejas máquinas que se iban montando, las toneladas de equipamiento que se apilaban en los almacenes. Las calderas, las grúas, los equipos auxiliares. Hasta que las cartas del norte dejaron de llegar.
Un año y un mes habían transcurrido entre aquellos días plagados de ilusiones y la noche del presente en la que, a través de caminos desnudos, su negra silueta cabalgaba bajo un cielo sin estrellas en busca de una solución que le permitiera al menos volver a tomar aire.
Empezaban a despuntar las primeras claridades cuando se detuvo junto a un recio portón de madera. Llegaba entumecido, con la boca seca y los ojos rojos; apenas había dado respiro a la montura y a sí mismo. Aun así, desmontó presto. El caballo, exhausto y sediento, dobló las patas delanteras babeando chorros de espuma y se dejó caer.
Lo recibía el final de la madrugada junto a una cañada a las faldas del cerro de San Cristóbal, a tiro de piedra del Mineral de Pachuca. Nadie le esperaba en aquella hacienda apartada, quién podía imaginar una llegada tan fuera de hora. Los perros, sin embargo, sí lo supieron. Por el oído, sería. O por el olor.
Un coro de ladridos frenéticos rajó la paz del alba.
Apenas unos instantes después, oyó el ruido de pasos, chasquidos y gritos acallando a los canes. Cuando estos rebajaron su fiereza, desde el interior gritó una voz joven y brusca:
—¿Quién anda?
—En busca vengo de don Tadeo.
Dos cerrojos chirriaron rugosos al descorrerse. Pesados, llenos de herrumbre. Un tercero empezó a sonar después, pero quedó parado a medio camino, como si quien lo movía hubiese cambiado de parecer en el último segundo. Tras unos momentos de quietud, oyó el sonido de pasos crujiendo contra la tierra, alejándose.
Transcurrieron tres o cuatro minutos hasta que volvió a escuchar vida humana al otro lado. En vez de un individuo, ahora eran dos.
—¿Quién anda?
La pregunta era la misma, pero la voz distinta. A pesar de que llevaba más de tres lustros sin oírla, Mauro Larrea la habría reconocido en cualquier sitio.
—Alguien a quien nunca imaginaste que volverías a ver.
El tercer cerrojo se acabó de descorrer con un chirrido oxidado y el portón empezó a abrirse. Los perros, como hostigados por Belcebú, volvieron a encresparse con aullidos feroces. Hasta que en medio de la barahúnda se oyó un tiro al aire. El caballo, medio adormecido tras la galopada a través de las tinieblas, alzó la cabeza y se levantó de súbito. Las sombras de los perros, cuatro o cinco, sucios, huesudos y despelucados, se alejaron de la entrada arrastrando entre los rabos una estela de gemidos lastimeros.
Los hombres le esperaban parados con las piernas entreabiertas. El más joven, un mero guardián de noche, sostenía a media altura el trabuco que acababa de disparar. El otro lo taladró con los ojos cubiertos por legañas. A la espalda de ambos, al fondo de una amplia explanada, el contorno de la casa comenzaba a recortarse contra el cielo del amanecer.
Entre el mayor de los hombres y el minero se cruzó una mirada tensa. Allá seguía Dimas Carrús, enjuto y triste como siempre, falto de un afeitado desde hacía al menos una semana, recién sacado por el guardia del jergón de paja en el que dormía. A su costado derecho, caído y pegado al cuerpo, el brazo sin vida que una paliza paterna le malogró en la infancia.
Sin despegar la mirada, al cabo amasó en la boca un regüeldo y lo escupió con consistencia de gargajo espeso. Tras este llegó el saludo.
—Híjole, Larrea. Nunca pensé que fueras tan loco como para volver.
Sopló una ráfaga de aire frío.
—Despierta a tu padre, Dimas. Dile que tengo que platicar con él.
El hombre movió lentamente la cabeza de un lado a otro, pero no era rechazo lo que mostraba, sino incredulidad. Por verle otra vez. Después de tanto como llovió.
Echó a andar hacia la casa sin una palabra, con el brazo yerto colgándole del hombro como una anguila muerta. Él le siguió hasta el patio, aplastando las piedras con las botas; después quedó a la espera mientras el heredero de todo aquello se escurría por una de las puertas laterales. Solo había estado en aquella casa una vez después de que todo saltara por los aires, cuando los días de Real de Catorce quedaron atrás. La propiedad parecía haber cambiado poco, aunque la desoladora falta de cuidado era evidente a pesar de la escasa luz. La misma construcción grande, ruda, de muros gruesos y escaso refinamiento. Aperos sin uso amontonados, estragos y restos, excrementos de animales.
Dimas tardó poco en aparecer tras una puerta distinta.
—Entra y espera. Lo oirás llegar.