La Templanza
II. La Habana » Capítulo 13
Página 17 de 63
13
Se reconocieron en la distancia, pero ninguno dio muestras de que así fuera. Instantes después, en el momento de las presentaciones, se miraron a los ojos apenas un segundo y los dos parecieron decirse lo mismo sin mediar palabra. Así que es usted.
No obstante, al tenderle la mano enguantada, ella fingió con descaro un helador desinterés.
—Carola Gorostiza de Zayas, un placer —murmuró con voz neutra, como quien recita un poema polvoriento o responde a la liturgia de una misa de domingo.
Guardaba un levísimo parecido con su hermano, quizá en la manera en que la boca se les conformaba a ambos como un cuadrado al hablar, o en la forma afilada del hueso de la nariz. Hermosa sin duda, vistosa hasta la exageración, pensó Mauro Larrea mientras le besaba el raso del guante. Una cascada de topacios le aderezaba el busto; del recogido en el que llevaba peinada la espesa cabellera negra salían un par de exóticas plumas de avestruz a juego con el tono del vestido.
—Gustavo Zayas, a sus pies.
Eso fue lo siguiente que oyó, aunque el tal Zayas no estuviera a sus pies precisamente, sino frente a él, junto a su esposa. Con ojos claros, acuosos, y un cabello que fue trigueño peinado hacia atrás. Alto, buenmozo, más joven de lo que preveía. Sin fundamento alguno, le había imaginado de la edad de su propio consuegro, siete u ocho años mayor que él mismo. El hombre que ahora tenía enfrente rebasaba por poco los cuarenta, aunque su rostro anguloso denotara las huellas de avatares que muchos no vivían ni en cien vidas.
Apenas hubo tiempo para más: tras el saludo protocolario de la pareja Zayas Gorostiza, ambos le dieron sin más la espalda y se abrieron paso entre los presentes para adentrarse en el salón de baile. Las intenciones de ella, no obstante, quedaron bien claras: que su esposo no supiera en modo alguno quién era aquel desconocido.
A la orden si usted así lo quiere, señora mía. Sus razones tendrá, se dijo Mauro Larrea; solo espero que no tarde demasiado en hacerme saber qué carajo espera de mí. Entretanto, siguió estrechando las manos de otros invitados según se los presentaba la dueña de la casa, esforzándose por archivar en la memoria los rostros y los nombres de aquella tupida red de criollos y de peninsulares de peso, españoles de dos mundos estrechamente relacionados. Arango, Egea, O’Farrill, Bazán, Santa Cruz, Peñalver, Fernandina, Mirasol. Encantado, sí, de México, un placer; no, mexicano del todo no, español. El gusto es mío, encantado, muchas gracias, un placer para mí también.
La opulencia flotaba en el ambiente de la suntuosa villa de El Cerro, la zona de traza distinguida en la que numerosos miembros de la oligarquía habanera habían levantado sus grandes residencias tras abandonar los viejos palacetes de intramuros que albergaran a sus familias durante generaciones. El derroche y la suntuosidad se palpaban en las telas y las joyas que lucían las señoras; en las botonaduras de oro, los galones y las bandas honoríficas que cruzaban el pecho de los señores; en los muebles de maderas tropicales, los pesados cortinajes y las lámparas de brillo abrumador. La desbordada riqueza del último bastión del decrépito Imperio español, pensó el minero; solo Dios sabría cuánto tiempo le quedaba a la Corona para perderlo.
El salón se fue llenando de parejas mecidas al compás de una orquesta de músicos negros; alrededor, en los márgenes, los invitados departían arracimados en grupos flotantes. Un ejército de esclavos vestidos con galanura de brigadier transitaba entre unos y otros sirviendo champaña a chorros y haciendo equilibrios con bandejas de plata cargadas de delicadezas.
Se limitó a contemplar la escena: las cinturas flexibles de las hermosas criollas al compás de la música dulzona, la languidez seductora de las largas faldas mecidas por el vaivén. Todo aquello, no obstante, le importaba bien poco. En realidad, se estaba dedicando a esperar a que Carola Gorostiza, a pesar de su aparente desinterés inicial, le hiciera alguna indicación.
No se equivocaba; apenas media hora después, notó un hombro femenino rozarle la espalda con cierto descaro.
—No le veo muy interesado por lanzarse a bailar, señor Larrea; quizá le venga bien el aire del jardín. Salga discretamente, le espero.
Tan pronto le dejó el mensaje pegado al oído, la mexicana siguió ondulante su camino, agitando al ritmo de la orquesta un llamativo abanico de marabú.
Barrió el salón con la mirada antes de obedecerla. En medio de un nutrido grupo, distinguió al marido. Parecía escuchar ajeno, algo ausente; como si su pensamiento estuviera en un sitio infinitamente más lejano. Mejor. Se escurrió entonces hacia una de las salidas y atravesó las grandes puertas de vitrales de colores que separaban el caserón de la noche. En la oscuridad, entre cocoteros y júcaros, recostadas sobre las balaustradas o sentadas en los bancos de mármol, unas cuantas parejas dispersas hablaban en susurros: se seducían, se rechazaban, recomponían desarreglos del corazón o se juraban falsos amores eternos.
Unos pasos más allá, intuyó la silueta inconfundible de Carola Gorostiza: la falda ricamente abullonada, la cintura comprimida, el escote prominente.
—Supongo que sabe que le traigo un encargo —fue su saludo. A bocajarro, para qué demorarse.
Como si no lo hubiera oído, ella echó a andar hacia el fondo del jardín, sin comprobar si él la seguía o no. Cuando tuvo la seguridad de que estaba lo suficientemente distante de la mansión, se volvió.
—Y yo tengo algo que pedirle a usted.
Lo imaginaba: algo incómodo presentía desde que recibió su esquela en el hospedaje de la calle de los Mercaderes. Allí se había instalado el día anterior, recién desembarcado en La Habana tras varias jornadas de travesía infernal. Podría haber elegido un hotel, los había abundantes en aquel puerto que a diario acogía y despedía a tropeles de almas. Pero cuando le hablaron de una casa de hospedaje cómoda y bien situada, optó por ella. Más económica para una estancia de duración incierta, incluso más conveniente para tomarle el pulso a la ciudad.
A primera hora de su primera mañana en la isla, intentando hacerse todavía a la humedad pegajosa del ambiente y ansiando librarse de lastres, había mandado a Santos Huesos a la calle del Teniente Rey, en busca del domicilio de Carola Gorostiza con un breve mensaje. Le pedía ser recibido con prontitud y anticipaba que la aceptación sería inmediata. Para su desconcierto, en cambio, lo que su criado le trajo de vuelta fue un rechazo en toda regla escrito con primorosa caligrafía. Mi estimado amigo, lamento con profundo penar no poder recibir esta mañana su visita… Encadenada a la sarta de vacuas excusas llegaba también, sorprendentemente, una invitación. A un baile, esa misma noche. En el domicilio particular de la viuda de Barrón, íntima amiga de la firmante, según aclaraba la misiva. Un quitrín propiedad de la anfitriona lo recogería en su alojamiento a las diez.
Releyó la nota varias veces frente a una segunda taza de café neto, sentado entre las palmas exuberantes del patio donde servían a los huéspedes el desayuno. Intentó interpretarla, confuso. Y lo que dedujo entre líneas fue que lo que la hermana de su futuro consuegro Ernesto Gorostiza pretendía, de entrada y a toda costa, era alejarlo de su propia residencia familiar. Y después, recuperar la oportunidad de verle, para lo cual ofrecía un territorio menos privado y más neutro.
Rondaba la medianoche cuando por fin se encontraron cara a cara en la penumbra del jardín.
—Una demora tan solo, eso es lo que quiero rogarle —prosiguió ella—. Que mantenga de momento en su poder todo lo que me envía mi hermano.
A pesar de la falta de luz, el gesto de contrariedad del minero debió de resultar evidente.
—Dos, tres semanas a lo sumo. Hasta que mi esposo acabe de completar unas cuantas gestiones pendientes. Está…, está sopesando si realiza o no un viaje. Y prefiero que no sepa nada hasta que se acabe de decidir.
Acabáramos, pensó. Pinches problemas matrimoniales, por si algo me faltaba.
—En nombre de la amistad que une a nuestras familias —insistió tras unos instantes—, le ruego que no se niegue, señor Larrea. Según tengo entendido por la carta de Ernesto que me llegó apenas ayer, mi hermano y usted van a trenzar lazos familiares.
—Confío en que así sea —replicó escueto. Y el recuerdo de Nicolás y su fuga se le volvió a clavar como un punzón.
Ella medio sonrió con un rictus amargo bajo el rostro empolvado con cascarilla.
—Recuerdo a la prometida de su hijo de recién nacida, envuelta en encajes dentro de su cuna. Teresita fue el único ser del que me despedí al marcharme de México. A nadie en la familia le agradó la idea de que decidiera desposarme con un peninsular y trasladarme a Cuba.
Mientras desgranaba sin rubor las mismas intimidades que ya le contara a él su hermano Ernesto, Carola Gorostiza volvió un par de veces la cabeza hacia la mansión. En la distancia, a través de las grandes cristaleras, se percibían las figuras de los invitados entre las luces doradas de las arañas y los candelabros. Traídos por la brisa, hasta ellos llegaban también ecos de voces, ráfagas de carcajadas y los compases melodiosos de las contradanzas.
—Para evitar mayores problemas —añadió entonces ella retornando al presente— es fundamental que mi esposo tampoco sepa que usted tiene contacto alguno con los míos en México. Le ruego por ello que no haga intento alguno de volver a acercarse a mí.
A saco, sin las delicadas florituras de la nota que había manuscrito aquella mañana. Así, sin miramientos, acababa de exponerle un requisito y una realidad.
—Y en compensación por las molestias que mi petición pudiera acarrearle, le propongo retribuirle generosamente digamos que con una décima parte del montante que me trae.
Estuvo a punto de estallar en una carcajada. A ese paso, si aceptaba todo lo que le iban proponiendo, acabaría otra vez rico sin mover un solo dedo. Primero su consuegra, ahora otra desconcertante mujer.
Se fijó mejor en ella entre las sombras. Agraciada, atractiva sin duda con su descarado escote y su porte suntuoso. No tenía el aspecto de ser la víctima de un marido tirano, pero en el territorio de las tensiones conyugales él tenía nula experiencia. Al fin y al cabo, la única mujer a la que de verdad había querido en su vida se le había muerto entre los brazos, envuelta en sudor y sangre tras haber parido a su último hijo antes de cumplir los veintidós.
—De acuerdo.
Incluso él mismo quedó sorprendido ante la temeraria rapidez con la que accedió. Tremendo insensato, pero ¿cómo se te ocurre?, se reprochó apenas cerró la boca. Pero ya era tarde para retroceder.
—Accedo a mantener la discreción y a hacerme cargo de sus pertenencias el tiempo necesario. Pero no a cambio de una compensación económica.
Ella endureció el gesto.
—Diga, pues.
—Yo también necesito ayuda. Vengo en busca de oportunidades de negocio, de algo rápido que no requiera una inversión desmedida. Usted conoce bien esta sociedad, se mueve entre gente de posibles. Quizá sepa dónde puede haber algún asunto de provecho.
Una carcajada fue la respuesta, agria como chorro de vinagre. Los ojos negros le brillaron entre las tinieblas.
—Si tan fácil resultara hacer crecer la plata, mi marido probablemente ya se habría marchado, y yo no tendría que andar ahora con estas malditas cautelas a sus espaldas.
Ni sabía adónde tenía previsto irse su marido, ni le interesaba. Pero cada vez se sentía más incómodo en aquella inesperada conversación y ansiaba terminarla cuanto antes. La brisa les trajo el rumor de una conversación no demasiado lejana, ella bajó la voz. Sin duda, no eran los únicos que se protegían de oídos y miradas en la oscuridad del jardín.
—Déjeme indagar —zanjó en un susurro—. Pero no me busque; yo haré por verle. Y recuerde: ni yo le conozco a usted, ni usted me conoce a mí.
Entre crujidos de moiré tornasolado, Carola Gorostiza emprendió el camino de vuelta hacia las luces, la orquesta y la multitud. Él, con las manos en los bolsillos y sin moverse de la espesura negra de la vegetación, la contempló hasta verla atravesar las cristaleras para ser engullida por la fiesta.
Con la soledad le llegó la conciencia en toda su magnitud. En vez de librarse de un peso, acababa de echarse otro costal de plomo a las espaldas. Y ya no había manera de volver atrás. Ojalá aquel asunto de la entrega de la herencia hubiera concluido de un plumazo y él, aligerado de su obligación, pudiera celebrarlo sacando a bailar a una hermosa habanera de carne prieta o enredado entre los brazos de una mulata con caramelo en la piel, aunque antes tuviera que ajustar con ella el precio de las caricias. Ojalá pudiera sentir el suelo estable bajo sus pies.
Y, sin embargo, imprudente, irreflexivamente, acababa de aliarse con una esposa desleal que había quemado hacía tiempo todos los puentes con su propia familia y que pretendía mantener engañado a su marido a costa de un dinero que él guardaba en el fondo de su propio armario. Por todos los santos del cielo, hermano, pero ¿es que perdiste el poco juicio que te quedaba?, pareció gritarle Andrade dentro de la cabeza con su demoledora sensatez.
Volvió a entrar a la residencia cuando se marchaban los últimos invitados y los músicos guardaban los instrumentos entre bostezos. Por el mármol del suelo, donde antes hubo pasos de baile infinitos, se mezclaban ahora tabacos pisoteados a medio fumar, restos de dulces espachurrados y plumas desprendidas de los abanicos. Bajo los altos techos del salón, entre los estucos y los espejos, los esclavos de la casa, envueltos en carcajadas, se echaban a la boca los restos de las botellas de champaña.
De la pareja Zayas Gorostiza no quedaba ni el rastro.