Roberto Mendizábal se apoya contra la pared, saca un encendedor dorado, y prende la mitad de un cigarrillo. Aspira el humo, y aunque no tiene espejo, se acomoda el pañuelo de seda natural que cae de su cuello y se esconde por debajo de una camisa blanca impecable que tiene, por lo menos, una hora de plancha tibia con suave capa de almidón.
Expulsa el humo con riguroso golpecito de labios, y los círculos de bordes tan perfectos como diseñados por compás, se alejan de su boca y uno tras otro comienzan a ensangucharse hasta perder sus contornos y desdibujarse por ahí.
—Yo fui un gran calavera –dice ahora mientras estira su brazo derecho y observa que el puño de la camisa sobresalga en su justa medida por debajo del saco azul con botones de plata, cortado por sastre minucioso que ha calculado el gesto y la prestancia de su cliente.
Como corresponde, los pantalones de color gris tirando a oscuro, moldean cadera y nalga sin apretar demasiado para evitar pliegues que dañan al casimir y simulan exceso de carnes. El mocasín de suela delgada canta su color cafecito, y está calzado sobre medias de lana que jamás dejarán ver la pierna cuando esta se haya cruzado.
Un mechón de pelo blanco cae como al descuido sobre su frente y otorga la oportunidad, cuando la ocasión es propicia, de levantar la mano y, con suave toque, lanzarlo hacia atrás para admiración de damas o interlocutores varoniles.
Roberto Mendizábal engancha el cigarrillo con el dedo anular y luego, con la certeza de no errar el tiro, lo dispara contra el rincón de la pared, lugar donde hace unos minutos se ha estacionado una cucaracha de caparazón espesa y brillante. El animalejo recibe el impacto y huye en busca de refugio, aunque ahora, obligada claro está, se ha convertido en luciérnaga terrestre.
—Sí señor, un gran calavera –repite, indiferente al pánico que acaba de producir en el insecto.
De pie, apoya su cabeza contra la pared, y lo hace con extremo cuidado para evitar que sus canos piolines puedan perder la reciedumbre que ha sabido modelar con un fugaz pero preciso rociado de fijador, que no engrase.
Mira hacia arriba, y busca en el techo, iluminado por el débil gris de cuatro filamentos, el instante preciso en que comienza una historia de piernas, aventuras y escolaso.
—Mujeriego, siempre. Pero… respetuoso de mi hogar. Tengo por esposa a una buena mujer, valerosa, sufrida, aguantadora, pero sobre todo hembra entera. Supo darme dos hijos que son estampas. El varón, que ya anda por los veinte, y la nena, que me cumplió los quince el año pasado. Lindos pibes: estudiosos y decentes.
»Tenía yo mi despacho en Libertad, a media cuadra de Corrientes. Imagínese: compra y venta de bienes raíces. Buen negocio, no me quejo. Clientela de abogados, departamentos en Barrio Norte, algunos cotorros, a pedido, para gente de confianza. Todo por la derecha, pero sin perder la oportunidad. Buena guita la que entraba.
Éramos dos: yo, y mi socio. Él con Peugeot, y yo con Torino Super Sport. Imagínese, con cafecito en el foro por las mañanas, almuerzo en el Edelweiss, y algún programa para la noche. Sábado y domingo con la familia.
El encendedor aparece en la mano y la otra mitad del cigarrillo comienza a desgranarse en nuevos círculos de humo que se quedan por ahí. Roberto Mendizábal mira su solapa, sopla una pelusa, y alza la cabeza para encontrar en el techo la imagen de una mañanita veraniega que lo lleva caminando por Corrientes como un dandi, mirando piernas y caderas.
—Buscaba una secretaria. Manitos que teclaran, buena presencia, para que no espante al cliente, y punto. Basta y sobra. Llegué a mi oficina a las diez, y había cuatro esperando para la entrevista. Pasé de largo y le dije al Chiche, mi socio:
»—La de vestido blanco, decile que venga y echá a las otras.
» —¿Y si no es buena? –dijo el Chiche con cara de bondiola.
»—La de vestido blanco, decile que pase y echá a las otras.
»—Siéntese –le invité. Se sentó frente a mí, y cruzó las piernas.
»¿La describo? ¿Quiere que se la describa?
»Una diosa. Era una diosa. ¿Sabe lo que es el pelo negro y brillante? Bueno largo hasta la cintura. La piel muy morena y los ojos grandes con forma de gata. Y escúchame bien: verdes. ¿Logra formarse el cuadro? Piel morena y ojos… verdes. Pelo negro hasta acá, y piernas de artista. El vestido blanco con escote, y se lo digo yo, no tenía nada abajo. Una diosa de fuego era. Tucumana, de padres árabes. Una beduina…
»Yo tenía cuarenta y cinco bien contados, y soy hombre de la calle, pero nunca vi una cosa parecida.
»—¿Sabés escribir a máquina? –le avancé.
»—Más o menos –me dijo–. Quiero aprender.
»—¿Cuántos años tenés?
»—Dieciocho.
»—¿Y cómo te llamás?
»—Maura.
»—Lindo nombre. Bueno, Maura, desde hoy empezás a trabajar. Aquí vas a estar cómoda, y yo te voy a ayudar para que aprendas.
»¿Se acuerda del Rico Tipo? Bueno, un budín. Usted me ve, soy alto. Pero tenía que ponerme bien parado para que no me pasara. Todas las tardes la llevaba en el auto hasta la pensión donde ella alquilaba un cuarto modesto, pero limpito.
»Unos días después me di cuenta que tenía tres vestidos y dos pares de zapatos. Nada más.
»—¿No te ofendés si te compro algo de ropa? Por los clientes necesito que estés bien vestida.
»Me dijo que no y una tarde me la llevé a la calle Florida. Todo le quedaba bien. Cualquier cosa que se pusiera le caía pintada. Le compré cuatro vestidos, que se los elegí yo personalmente. Ajustados, uno con escote y otro con un tajo en la pierna. Le quedaban divinos. Y también tres pares de zapatos, que me costaron una fortuna. Después fuimos a buscar carteras y también aritos de fantasía. Ella estaba feliz, me daba las gracias cada cinco minutos. Me tomó del brazo y caminamos por Florida como una pareja de novios. Yo, como un bacán. Y ella era una reina. No pasaba uno sin que se diera vuelta. No me hubiera alcanzado una bolsa para recoger toda la envidia de los giles.
»Después fuimos a tomar el té y yo pedí las mejores masitas. Cuando salíamos le dije: “Y ahora una sorpresa: la última compra de la tarde”.
»Caminamos hasta un negocio que estaba sobre Paraguay y que yo siempre junaba desde el auto. Todo de ropa interior. No hace falta que le diga las cositas que le compré. Y aunque ella dijo que no usaba, también le regalé un portaligas. La vendedora me comía con los ojos.
»Bueno, para que decirle: al día siguiente nos encamamos. Fuimos a un hotel que está detrás de la Recoleta. Le juro, por mi madre, que me mató. Era una mujer de otro mundo. Creo que ya te dije: una diosa de fuego.
»¿Usted sabe lo que es la pasión? Durante seis meses yo no pensé más que en ella. Cada día laburaba menos. A mí mujer ni la veía. Y a los pibes mucho menos. Algunos clientes se quejaron, y mi socio me dijo que me calmara, porque íbamos a quedar en la calle.
»Seis meses de pasión y sufrimiento. Necesitaba verla a todas horas. Tenía miedo que mirara a otros hombres. A la noche, en mi casa, no podía dormir porque imaginaba cosas. No soportaba que estuviera en otra cama, estaba como loco. Porque era demasiada hembra como para tenerla guardada en una pensión. Ella necesitaba un varón para toda hora. Y aunque le enseñé cada cosa de Buenos Aires, cada uno de los boliches más bacanes de la City, al final tenía que dejarla en su cuarto, y yo volverme a casa como un otario.
Roberto Mendizábal levanta una ceja, y mira al suelo. En su rostro está pintado el dolor. Los ojos se humedecen y tuerce la cabeza para evitar esa vergüenza. Se queda en silencio y pasan varios minutos.
Retira su espalda de la pared, y se aleja de ella. Se desprende el botón del saco, y lo abre con cuidado para enfundar sus manos en los bolsillos. Con la mirada fija, suspira hondo y luego escupe contra el rincón con la misma puntería demostrada con el faso.
—Entonces me decidí un día, la agarré del brazo y le dije: “Muñeca, mañana nos vamos a Mar del Plata”. Ella, inocente, se rió. Lo tengo aquí, patente, grabado en mi cabeza.
»—Pero mañana es martes –se rió–. Mejor sería ir el sábado.
»—No, preciosa. Nos vamos para siempre. Yo lo abandono todo. Dejo todo por vos. Nos vamos porque yo te quiero para mí, viviendo conmigo, durmiendo en mi cama.
»—¿Y tu esposa?
»—No me importa.
»No me importaba nada. Estaba como loco y largué todo. Al otro día nos fuimos. Ni me despedí de la familia ni del Chiche. Dejé guita, para que no le falte nada a los pibes, y nos fuimos en el Toro.
»Del día a la noche, sin pensarlo, no quería pensarlo. Así no más, “Chau Pinela”, ¿qué le parece? Ni las valijas hice. Nada. Con la ropa puesta. Era como un chico. Cantaba, me reía, jugaba, la tocaba por todas partes. Cuatro horas a Mardel, a ciento cuarenta. Llegamos, y alquilé un bulín de primera con vista al casino. Desde el balcón, mirábamos el mar. Poníamos discos y bailábamos. ¿Sabe lo que es eso a los cuarenta y cinco pirulos? No, no tiene ni idea. No se puede contar.
»En invierno, cuando hace tornillo, nos abrigábamos, y a caminar por la Rambla. Nos metíamos en el 2001. ¿Lo conoce? Es un boliche divino que está en la calle Constitución. Siempre van Los Plateros o Los Panchos.
»Bailábamos, y yo sentía las ganas que la muchachada le ponía a la Maura. Se la comían con los ojos, porque bailando era una muñeca que se mostraba toda, y ponía hirviente a los varones.
»Mi mujer creyó que me había pasado algo. Cualquier cosa, porque avisó a la policía. Salió mi nombre en los diarios. Yo, muzarela.
»Pero al final se enteró por algún bocina. Yo lo sabía. A la larga se iba a enterar. Maricones no faltan. Pero fue mejor así, cada uno en su lugar.
Roberto Mendizábal, bien plantado sobre sus dos piernas, se acomoda el pañuelo del cuello, y quita algunos pliegues formados juntos a su prominente nuez. Se mesa la porra, y descubre un piolín fuera de su lugar. Su rostro se crispa. Necesitaría un espejo para recoger su imagen. Con un gesto de importancia, recurre a su memoria para ubicar el pelo declarado en rebeldía.
—Dos años. Fueron dos años de pasión. En la tarde, cuando llegaba de la oficina, tocaba el timbre y ya conocía el recibimiento a mi persona. A veces me esperaba desnuda, con los zapatos de taco alto, una liga en la pierna, y un delantal chiquito. ¿Usted sabe lo que es eso?
»Yo estaba como un león. Nunca se ponía lo mismo. Siempre intentaba cosas nuevas: un camisón transparente, una sábana a la manera de odalisca, o a veces el cuerpo pintado con acuarela de colores. Cosa de loca, dirá usted, pero qué grande. Míreme; por favor, míreme: así como me ve, así estoy en la cama, enterito, no me asusta nada, ¿me comprende? En una noche cualquier cosa, y mucho más en ese entonces. Pero, yo me decía: “Esta mina me acaba”. Porque ni Sansón, ¿me entiende? Era mucha hembra.
»Si le digo que lo hacíamos en la cocina, en el baño, en la sala, usted va a pensar que bolaceo, que soy un fanfa. Pero se lo juro por mi madre muerta, por mis dos hijos. Nos tirábamos en el suelo, debajo de la mesa. No; es imposible contarlo. Como en un sueño.
»Los domingos la vestía yo. Elegía un vestidito, sus zapatos, la cartera… Y la mostraba por el centro. Yo, mirando al frente, como un rey. Y ella, caminando como una gata y calentando el ambiente. Un copetín, al cine, el teatro, o a bailar con Los Plateros. Nunca le hice faltar nada. Lo que quisiera: escolaseo, pilchas, noche, y por supuesto cama.
»Yo había puesto una oficina de venta de propiedades: terrenitos, y algunos deptos. Y… si se presentaba la ocasión, negocios extras. Por la derecha, ¿no? Pero me embardaron. Como a un gil. Como al otario de la barra. Yo, inocente. Pero entré poniendo la cabeza, lista para la guadaña. Precisamente un domingo, mientras me daba lustre con ella en la mejor esquina de Mardel, frente al casino, los vi llegar. En un jeep de la provincia. Armados como si yo fuera un extrema. La empujaron a ella, y delante de todos, me pusieron las esposas. En la calle, ¿me entiende? A la vista de todos.
»Después, en la gayola, lloré de la vergüenza. Me dieron ocho años porque el asunto era grande. Mi foto en todos los diarios. Me enlodaron, me enchufaron otras cosas, me hundieron hasta acá. Se terminó mi vida. Me quería matar.
»Ella, se portó como una santa. Me quiso esperar.
»—Yo me aguanto –me dijo–. Yo no toco a nadie hasta que vos salgas. Me encierro como una monja –me dijo.
»Pero, dígame, ¿le parece justo?
»—No, muñeca –le dije la única vez que la vi separados por un vidrio–. Hacé tu vida. Tomátela. Cuando salga de acá voy a ser una piltrafa.
»Le dejé el Torino, buena guita, y adiós, nunca más. Mala suerte.
»Hace una semana, cuando se cumplió la condena, cayó mi mujer en la visita. Los pibes están grandes.
»—Y yo te perdono.
»—Sos una buena mujer.
Roberto Mendizábal interrumpe el gesto de prender el pucho. Ruido de llaves y cerrojos, y la puerta que se abrió. Afuera son las doce de la noche. Villa Devoto se abre de piernas, pero para dejarnos salir.
Falta el celular, un par de fotos, y una que otra cachetada.