La Cicatriz

La Cicatriz


Primera parte: Canales » 1

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Sólo han transcurrido quince kilómetros desde la ciudad cuando el río pierde su impulso y se amolda con discurrir moroso al salobre estuario que alimenta la Bahía de Hierro.

Los barcos que salen de Nueva Crobuzón en dirección este llegan a unas tierras más bajas. Al sur hay cabañas y pequeños embarcaderos desde los que los campesinos pescan para complementar su monótona dieta. Los niños saludan a los viajeros con cautela. De vez en cuando se ve un afloramiento de roca o un pequeño bosque de arboscuros, lugares en los que no puede cultivarse la tierra, pero en su mayor parte esta es una zona de labranza.

Desde las cubiertas, los marineros avistan los campos sobre el linde de setos y árboles y zarzas. Es el rastrojado extremo de la Espiral del Grano, la alargada colección de granjas que alimenta a la ciudad. Dependiendo de la estación del año, pueden verse hombres y mujeres entre las cosechas, o arando la tierra negra o quemando los rastrojos. Entre los canales se avista con asombro el paso despreocupado de barcazas que navegan por canales escondidos por bancos de tierra y vegetación. Van y vienen sin descanso entre la metrópolis y las haciendas. Llevan al campo productos químicos y combustible, piedra y cemento y productos de lujo. Regresan a la ciudad cargadas de sacos de grano y carne atravesando acres de campos de cultivo salpicados de cabañas, grandes casas y molinos.

El tráfico nunca para. Nueva Crobuzón es insaciable.

La orilla norte del Gran Alquitrán es más amplia.

Es una amplia extensión de maleza y pantanos. Se prolonga durante más de ciento veinte kilómetros, hasta que las colinas y las montañas bajas que se arrastran hacia ella la cubren por completo. Jalonado por el río, las montañas y el mar, este rocoso paraje es un lugar desierto. Si mora en él algo más que los pájaros, permanece oculto.

Bellis Gelvino embarcó rumbo al este en la última estación del año, una época de lluvias constantes. Los campos que vio eran extensiones de frío barro. Los árboles medio desnudos estaban empapados. Sus siluetas parecían recién pintadas con tinta china sobre las nubes.

Más tarde, cuando volvía a pensar en aquella época miserable, Bellis se asombraba de la cantidad de detalles que poblaban su memoria. Podía recordar la formación de una bandada de gansos que había pasado graznando sobre el barco; el olor de la savia y la tierra; la sombra plomiza del firmamento. Recordaba haber buscado la línea de setos con la vista y no haber visto ni uno. Sólo hebras del humo de la madera sobre el aire empapado y las casas de techo bajo cerradas a cal y canto para proteger a sus habitantes de las inclemencias del tiempo.

El movimiento manso de lo verde al viento.

Erguida en la cubierta y envuelta en su chal, había observado y había escuchado, tratando de encontrar rastro de niños jugando o pescadores o cualquier persona que se ocupase de las humildes huertas que veía. Pero sólo se oían los pájaros salvajes. Las únicas formas humanas que avistó eran las de los espantapájaros, cuyos rasgos rudimentarios permanecían impasibles.

No había sido un viaje largo, pero su recuerdo le inundaba el cuerpo como una infección. Se había sentido atada por el tiempo mismo a la ciudad que dejaba atrás y los minutos se habían alargado, tensos, mientras se marchaba, más y más lentos cuanto más se alejaba en su pequeña travesía.

Y entonces se habían partido con un chasquido y se había visto catapultada al aquí y ahora, sola y lejos de casa.

Mucho más tarde, encontrándose a kilómetros de distancia de todo cuanto conocía, Bellis despertaría, asombrada por no haber soñado con la ciudad que había sido su hogar durante más de cuarenta años. Había sido aquel pequeño trecho de río, aquel corredor de campo azotado por el tiempo, lo que la había acompañado durante menos de un día.

Unos pocos cientos de metros más allá de la rocosa costa de la Bahía de Hierro, tres barcos decrépitos habían anclado en aguas tranquilas. Sus anclas estaban cubiertas por completo de sedimentos. Las amarras que los unían habían desaparecido bajo una costra de percebes de años de antigüedad.

Eran navíos poco marineros, pintados con negra brea, con grandes estructuras de madera a proa y a popa. Sus mástiles eran tocones. Las chimeneas estaban frías e incrustadas de guano viejo.

Los tres estaban muy juntos. Estaban rodeados por un círculo de boyas unidas entre sí con cadenas erizadas de púas, por encima y por debajo de la superficie del agua. Los tres viejos veleros estaban recluidos en su propio trecho de mar, inasequibles al movimiento de las corrientes.

Atraían la atención. Alguien los estaba observando.

En otro barco, a cierta distancia, Bellis se asomó por la portilla y los contempló, como había hecho varias veces a lo largo de las últimas horas. Cruzó los brazos por debajo del pecho y se inclinó sobre el cristal.

Su litera apenas se movía. El movimiento del mar era tan suave y lento que resultaba imperceptible.

El cielo estaba denso, pintado del gris del pedernal. La ribera y las colinas rocosas que jalonaban la Bahía de Hierro parecían gastadas y muy frías, salpicadas de césped silvestre y pálidos helechos salinos.

Aquellas flotantes moles de madera eran la cosa más siniestra que había a la vista.

Lentamente, Bellis se reclinó sobre su litera y recogió su carta. Estaba escrita como un diario; líneas o párrafos separados por fechas. Mientras releía lo último que había escrito abrió una caja de latón que contenía cigarrillos liados y cerillas.

Encendió uno, le dio una profunda calada, sacó una estilográfica y añadió varias palabras en una letra concisa antes de exhalar el humo.

Día de La Calavera, 26 de Rinden de 1779. A bordo del Terpsícore.

Ha pasado casi una semana desde que salimos del puerto de Bocalquitrán y me alegro de haberme marchado de allí. Es una ciudad fea y violenta.

Pasé las noches en mis aposentos, como me habían aconsejado, pero salía de día. Vi todo lo que podía verse allí. Es un manchón alargado, una franja de industria que se extiende unos dos kilómetros al norte y al sur del estuario, dividida en dos por el río. Cada día, al amanecer, una enorme cantidad de trabajadores, llegados desde Nueva Crobuzón en botes y carromatos, se une a sus escasos miles de residentes. Durante las noches, los bares y los prostíbulos están llenos de marineros extranjeros de paso.

Según me han contado, los barcos más importantes navegan unos pocos kilómetros más, hasta la propia Nueva Crobuzón, para descargar en los muelles de Arboleda. Los muelles de Bocalquitrán llevan más de dos siglos funcionando a media capacidad. Allí sólo descargan vapores vagabundos y los armadores de poca monta. Sus cargamentos terminarán igualmente en la ciudad pero no tienen ni el tiempo ni el dinero necesario para cubrir los kilómetros restantes y pagar el peaje impuesto por los agentes del canal.

Siempre hay barcos. La Bahía de Hierro está siempre llena de barcos que arriban de largas travesías o buscan refugio del mar. Mercantes de Gnurr Kett y Khadoh y Shankell, de camino o de regreso a Nueva Crobuzón, amarrados lo bastante cerca de Bocalquitrán como para que sus tripulaciones puedan ir a divertirse. Algunas veces, en la lejanía, en medio de la bahía, he avistado sierpes de mar, soltadas de los jaeces de los barcos-carroza, jugando y cazando.

La economía de Bocalquitrán no se limita a la prostitución y la piratería. La ciudad está llena de solares industriales y apartaderos. Vive, como lleva haciéndolo desde hace siglos, de la construcción de barcos. La ribera está jalonada de decenas de astilleros, gradas de construcción que semejan insólitos bosques de vigas verticales. En algunas de ellas puede verse la silueta fantasmal de un barco a medio construir. El trabajo es incesante, ruidoso y maloliente.

Por las calles se entrecruzan pequeñas vías ferroviarias privadas que transportan madera o combustible o cualquier otra cosa de un lado de Bocalquitrán al otro. Cada compañía ha construido su propia línea para enlazar sus diferentes propiedades e intereses. La ciudad es una maraña absurda de líneas férreas que solapan sus itinerarios entre sí.

No sé si sabías esto. No sé si has visitado esta ciudad.

La gente de aquí mantiene una relación ambivalente con Nueva Crobuzón. Bocalquitrán no podría sobrevivir un solo día sin el patronazgo de la capital. Ellos lo saben y no les gusta. Su hosca independencia es un mero alarde.

Tenía que quedarme casi tres semanas. El capitán del Terpsícore quedó muy sorprendido cuando le dije que me reuniría con él en la propia Bocalquitrán en vez de acompañarlo desde Nueva Crobuzón, pero insistí, pues no me quedaba más remedio. Mi posición en este barco estaba condicionada a un supuesto conocimiento del idioma jaiba de Salkrikaltor que me había atribuido falsamente. Faltaba menos de un mes para que partiéramos y ése era el tiempo con el que contaba para convertir aquella mentira en una verdad.

Hice algunos preparativos. En Bocalquitrán frecuenté la compañía de Marikkatch, una jaiba macho de avanzada edad que había accedido a actuar como mi tutor. Cada día me encaminaba a los canales salinos del barrio de las jaibas. Me sentaba en la balconada baja que rodeaba su habitación mientras él aposentaba su expuesto vientre inferior sobre algún mueble sumergido, se rascaba el velludo pecho humano y me arengaba desde el agua.

No fue fácil. Él no sabe leer. No es maestro. Sólo está en la ciudad porque algún accidente o depredador lo ha mutilado, de modo que ya ni siquiera puede cazar los lentos peces de la Bahía de Hierro. Supongo que la historia mejoraría si dijera que sentía afecto por él, que es un encantador y viejo caballero, aunque un poco gruñón, pero la verdad es que es un mierda y un pelmazo. Aunque no podía quejarme. No tenía más remedio que concentrarme, llevar a cabo unos pocos encantamientos de enfoque, sumergirme en el trance del lenguaje (¡Y, oh! ¡Eso sí que fue difícil! ¡Llevaba tanto tiempo sin hacerlo que mi mente se ha vuelto fofa y asquerosa!) y absorber cada palabra que él me ofrecía.

Fue apresurado y nada sistemático —fue un lío, un auténtico lío—, pero cuando por fin el Terpsícore atracó en el pueblo, ya poseía un conocimiento más o menos aceptable de esa lengua chasqueante.

Dejé al amargado y viejo cabrón en sus aguas estancadas, recogí mis cosas y me metí en mi camarote… el mismo camarote desde el que te escribo.

Partimos del puerto de Bocalquitrán la mañana de Polvo y nos dirigimos lentamente hacia las desiertas costas meridionales de la Bahía de Hierro, a unos treinta kilómetros de la ciudad. Avisté varios barcos, situados en cuidadosa formación en puntos estratégicos alrededor del extremo de la bahía, en calas tranquilas al pie de las colinas y junto a bosques de pinos. Nadie hablaba de ellos. Sé que son los barcos del gobierno de Nueva Crobuzón. Corsarios y otras cosas.

Hoy es Día de la Calavera.

El Día de la Cadena logré persuadir al capitán de que me dejara desembarcar y pasé toda la mañana en la costa. Bahía de Hierro es un lugar monótono pero cualquier cosa es mejor que seguir en el maldito barco. Estoy empezando a dudar que sea una mejora respecto a Bocalquitrán. El monótono e incesante balanceo de las olas empieza a volverme loca.

Dos taciturnos marineros me llevaron hasta tierra firme y observaron sin misericordia cómo saltaba por la borda de la pequeña barca y recorría los últimos metros de agua helada. Mis botas están todavía rígidas y manchadas de sal.

Me senté sobre unas piedras y arrojé guijarros al agua. Leí un poco de una novela larga y mala que he encontrado a bordo. Observé el barco. Está amarrado cerca de las prisiones, de modo que nuestro capitán puede entretenerse charlando con los carceleros. Yo me dediqué a observar los barcos prisión. No se veía movimiento alguno en sus cubiertas ni tras las portillas. Nunca hay ningún movimiento.

Te lo juro, no sé si puedo hacer esto. Os echo de menos, a ti y a Nueva Crobuzón.

Recuerdo mi viaje.

Cuesta creer que sólo hay quince kilómetros entre la ciudad y este mar dejado de la mano de Dios.

Llamaron a la puerta del diminuto camarote. Bellis frunció los labios y agitó la hoja de papel para que se secara. La dobló sin ningún apresuramiento y volvió a guardarla en el cofre que contenía sus pertenencias. Levantó las rodillas un poco más y jugueteó con la pluma mientras veía cómo se abría la puerta.

Había una monja en el umbral, sujetando con los brazos los dos lados del marco.

—Señorita Gelvino —dijo con aire indeciso—, ¿puedo pasar?

—También es su camarote, Hermana —dijo Bellis en voz baja. La pluma daba vueltas por encima y alrededor de su pulgar. Era un truquillo neurótico que había perfeccionado en la universidad.

La hermana Meriope entró arrastrando los pies y se sentó en la única silla que había en el camarote. Se alisó el hábito rojo oscuro y jugueteó con su griñón.

—Hace ya varios días que somos compañeras de camarote, señorita Gelvino —empezó a decir la hermana Meriope—, y me siento como si… no la conociera en absoluto. Y no quisiera que esta situación continuara. Dado que vamos a viajar y a convivir durante muchas semanas… algo de compañerismo, alguna proximidad no haría más que facilitarnos un poco las cosas… —le falló la voz y entrelazó las manos.

Bellis la observó sin moverse. A despecho de sí misma, sintió un atisbo de lástima despectiva. Podía imaginar cómo la veía la hermana Meriope. Angulosa, áspera, flaca hasta los huesos. Labios y cabellos teñidos del frío púrpura de los moratones. Alta e implacable.

Se siente usted como si no me conociera, hermana, pensó, porque no le he dicho ni veinte palabras en una semana y no la miro a menos que me hable y cuando lo hago es con ojos de desdén. Suspiró. La vocación de Meriope la había mutilado. Bellis podía imaginar que escribía en su diario, «La señorita Gelvino es muy callada pero sé que acabaré por quererla como a una hermana». No voy a, pensó Bellis, relacionarme con usted. No pienso convertirme en su caja de resonancia. No me utilizará para redimirse de la tragedia barata que la haya traído hasta aquí.

Bellis miró a la hermana Meriope y no dijo nada.

Después de presentarse a sí misma, Meriope le había asegurado que viajaba a las colonias para fundar una parroquia a mayor gloria de Darioch y Jabber. Lo había dicho con un pequeño puchero y una mirada furtiva que resultaba casi idiota de tan poco convincente. Bellis no sabía por qué la estaban enviando a Nova Esperium pero debía de tener que ver con alguna desgracia o pecado, la transgresión de algún estúpido voto monacal.

Volvió la mirada hacia el vientre de Meriope en busca de alguna señal de hinchazón bajo la discreción del hábito. Ésa sería la explicación más probable. Se suponía que las Hermanas de Darioch tenían que renunciar a los placeres carnales.

No pienso ser su confesora, pensó Bellis. Ya tengo un exilio propio del que preocuparme.

—Hermana —dijo—, me temo que me coge usted en pleno trabajo. Lamento decir que no tengo tiempo para cortesías. Quizá en otro momento —se enfureció consigo misma por aquella concesión minúscula, pero tampoco tenía la menor importancia. La hermana Meriope estaba deshecha.

—El capitán quiere hablar con usted —dijo la monja con una voz apagada, casi rayana en la desesperanza—. En su camarote. A las seis —abandonó la habitación en silencio, como un perro apaleado.

Bellis suspiró y maldijo para sus adentros. Encendió otro cigarrillo y se lo fumó entero, al mismo tiempo que se rascaba con fuerza la piel del puente de la nariz, antes de reanudar su carta.

—Me voy a volver loca de remate —garabateó rápidamente— si esta maldita monja sigue dorándome la píldora y no me deja en paz. Que los dioses me protejan. Que los dioses pudran este condenado barco.

Ya había oscurecido cuando Bellis acudió al camarote del capitán.

Su camarote era también su oficina. Era pequeño y estaba agradablemente decorado con madera de arboscuro y bronce. Había algunas pinturas y grabados en las paredes y Bellis las miró y supo al instante que no pertenecían al capitán sino que habían venido con el barco.

El capitán Myzovic le indicó que tomara asiento.

—Señorita Gelvino —dijo mientras lo hacía—, confío en que sus aposentos sean satisfactorios. ¿Y la comida? ¿La tripulación? Bien, bien —bajó la mirada un instante hacia los papeles que había sobre su mesa—. Quería intercambiar unas palabras con usted, señorita Gelvino —dijo, y se reclinó.

Ella esperó, sin apartar la mirada. Era un hombre apuesto, de rostro duro, de unos cincuenta años. Su uniforme estaba limpio y planchado, cosa que no podía decirse de los de todos los capitanes. Bellis no sabía si le convendría sostener su mirada o apartar los ojos con recato.

—Señorita Gelvino, no hemos hablado demasiado sobre sus obligaciones —dijo pausadamente—. Por supuesto, la trataré como a una dama. Debo decirle que no estoy acostumbrado a contratar a personas de su sexo y si las autoridades de Esperium no se hubieran sentido tan impresionadas por su ficha y sus referencias, puedo asegurarle que… —dejó que la frase se disipara—. No tengo el menor deseo de hacer que se sienta incómoda. Se aloja usted en los dormitorios de pasajeros. Come en el comedor de pasajeros. Sin embargo, como usted bien sabe, no es un pasajero de pago. Es usted una empleada. Ha sido contratada por agentes de la colonia de Nova Esperium y mientras dure este viaje, yo soy su representante. Y aunque eso supone poca diferencia en el caso de la hermana Meriope y el Dr. Tarfly y los otros, en el suyo… significa que soy su patrón. Por supuesto, usted no forma parte de la tripulación —continuó—. Nunca le daría órdenes como hago con ellos. Si lo prefiere así, sólo solicitaré sus servicios. Pero debo insistir en que tales solicitudes sean obedecidas.

Se estudiaron mutuamente.

—Ahora bien —continuó, mientras relajaba ligeramente el tono—. No preveo ninguna demanda onerosa. La mayor parte de la tripulación proviene de Nueva Crobuzón o la Espiral del Grano y los que no, hablan a la perfección el ragamol. Hasta que no lleguemos a Salkrikaltor no la necesitare y eso no será hasta dentro de una semana larga o más, de modo que tiene tiempo de sobra para relajarse y conocer a los demás pasajeros. Partiremos mañana por la mañana, temprano. Cuando usted se despierte ya estaremos en marcha, seguro.

—¿Mañana? —dijo Bellis. Era la primera palabra que pronunciaba desde que había entrado.

El capitán la miró a los ojos.

—Sí. ¿Hay algún problema?

—Al principio —dijo ella sin inflexión alguna en la voz— me dijo usted que partiríamos en Polvo, capitán.

—Así es, señorita Gelvino, pero he cambiado de idea. He terminado el papeleo un poco antes de lo que esperaba y los oficiales están preparados para transferir a los presidiarios esta noche. Saldremos mañana.

—Confiaba en poder volver a la ciudad, para enviar una carta —dijo Bellis. Mantuvo un mismo volumen de voz—. Una carta importante para un amigo de Nueva Crobuzón.

—Imposible —dijo el capitán—. No podrá hacerlo. No pienso pasar un solo día más aquí.

Bellis se quedó paralizada. No se sentía intimidada por aquel hombre, pero no tenía el menor poder sobre él. Trató de imaginar qué era lo que podría ganarle sus simpatías, conseguir que le concediera lo que quería.

—Señorita Gelvino —dijo de repente y, para sorpresa de Bellis, su voz era un poco más amable—, me temo que ya es cosa hecha. Si lo desea, puedo entregarle la carta al teniente carcelero Catarrs pero, para serle sincero, no puedo asegurarle que sea de fiar. Podrá usted enviar su carta desde Salkrikaltor. Aunque no encontremos ningún barco de Nueva Crobuzón allí, hay una consigna, de la que todos nuestros capitanes tienen llave y que se utiliza para recoger información y guardar mercancías y correo. Deje su carta allí. La recogerá el próximo barco que vaya a casa. La demora no será mucha. Puede aprender de esto, señorita Gelvino —añadió—. En el mar, uno no puede perder el tiempo. Recuérdelo: no espere.

Bellis siguió allí un rato, pero no había nada que pudiera hacer, así que frunció los labios y se marchó.

Permaneció un largo rato bajo el frío cielo de la Bahía de Hierro. No se veían las estrellas; la luna y sus dos hijas, sus dos pequeños satélites, estaban medio escondidas. Bellis caminó, tensa por el frío, subió por la escalerilla a la proa elevada y se encaminó al bauprés.

Se sujetó a la barandilla de hierro y se puso de puntillas. Apenas veía lo que había más allá; el mar a oscuras.

Tras ella, los sonidos de la tripulación se fueron apagando. A cierta distancia podía ver dos puntos de luz roja y parpadeante: una antorcha en el puente de un barco-prisión y su gemela sobre el negro oleaje.

En la cofa del vigía o en alguna otra parte del velamen, en algún punto indistinto situado treinta metros o más por encima de su cabeza, se alzó un son de música coral. No era como las estúpidas salomas que había escuchado en Bocalquitrán. Ésta era lenta y compleja.

Tendrás que esperar a que lleguen tus cartas, dibujaron sus labios a las aguas mientras ella guardaba silencio. Tendrás que esperar para saber de mí. Tendrás que esperar un poco más, hasta el país de las jaibas.

Siguió contemplando la noche hasta que desaparecieron las últimas líneas de división entre la costa, el mar y el cielo. Entonces, acunada por la oscuridad, caminó despacio hacia popa, hacia la estrecha escotilla y los pasillos de paredes inclinadas que conducían a su camarote, un retazo de espacio que era como un defecto en el diseño del navío.

(Más tarde el barco se agitó, incómodo, en la hora más fría y ella se estremeció en su litera y se tapó con la manta hasta el cuello y advirtió, en alguna parte de su mente, por debajo de sus sueños, de que el cargamento viviente estaba subiendo a bordo).

Estoy cansado, aquí en la oscuridad, y estoy lleno de pus.

Mi piel está tirante por su culpa, se estira y forma abscesos y no puedo tocarla sin que se enfurezca. Tengo una infección. Si me toco me duele y me toco por todas partes para asegurarme de que me duele, de que aún no he perdido toda la sensibilidad.

Pero sigo dándole gracias a lo que quiera que haga que por estas venas mías corra aún la sangre. No dejo de tocarme las costras y se desbordan y yo me desbordo con ellas. Y eso es un pequeño consuelo y me olvido del dolor.

Vienen a buscarnos cuando el aire está inmóvil y es negro y no se escucha ni el graznido de una gaviota. Abren las puertas y encienden luces y aparecemos. Casi me avergüenzo de ver cómo nos hemos rendido, cómo nos hemos rendido a la suciedad.

No puedo ver nada más allá de sus luces.

Nos apartan unos de otros cuando yacemos juntos y rodeo con mis brazos la materia espástica que me hormiguea en el vientre mientras empiezan a reunirnos y sacarnos de allí.

Nos llevan por pasadizos mugrientos y salas de máquinas y no tengo el menor deseo de saber qué es lo que pasa. Pero aún así estoy más ansioso y soy más rápido que algunos de los viejos que se doblan sobre sí mismos, tosiendo y vomitando, temiendo moverse.

Y en ese momento algo se nos traga y me eleva la oscuridad y me engulle el frío hacia sus entrañas y dios, ¡joder!, estoy ciego, estamos fuera.

Fuera.

Estoy ciego. Ciego de asombro.

Ha pasado mucho tiempo.

Nos acurrucamos juntos, cada hombre apretado contra el siguiente como trogloditas, como ganado miope. Ellos, los viejos, están asustados por todo, por la falta de muros y de bordes y por el movimiento del frío, por el agua y el aire.

Yo podría gritar dioses ayudadme. Podría.

Todo negro sobre negro pero aún y con todo puedo ver colinas y agua y puedo ver nubes. Puedo ver la prisión por todas partes, balanceándose como un flotador de pesca. Que Jabber se nos lleve a todos, puedo ver nubes.

Maldito sea estoy canturreando como si le cantara una nana a un niño. Así que ese ruido enfermizo es cosa mía.

Y entonces nos empujan como si fuéramos vacas, vacas cargadas de cadenas meándose tirándose pedos, farfullando de asombro, a través de una cubierta que se comba bajo el peso de los cuerpos y los grilletes, hasta un tembloroso puente de cuerdas. Y nos azuzan para que lo crucemos a toda prisa, a todos nosotros y cada hombre se detiene un instante en mitad del paso bajo que une ambos navíos, asaltado por un pensamiento visible y tan brillante como una explosión química.

Piensan en saltar.

A las aguas de la bahía.

Pero las paredes de cuerda a ambos lados del puente son altas y estamos cercados por alambre de espinos y nuestros pobres cuerpos están doloridos y débiles y cada uno de los hombres titubea y sigue adelante y cruza el agua hasta llegar a un nuevo barco.

También yo me detengo como los demás cuando me llega el turno. Como ellos, estoy demasiado asustado.

Y entonces hay una nueva cubierta bajo nuestros pies, hierro suave, fregado y limpio que unos motores hacen trepidar y más pasillos y el crujido de llaves y después de todo ello otra habitación alargada y a oscuras donde nos dejamos caer exhaustos y perplejos y nos levantamos lentamente para ver quiénes son nuestros nuevos vecinos. A mi alrededor vuelven a empezar entre las discusiones y riñas y peleas y seducciones y violaciones que conforman nuestra política. Se forman nuevas alianzas. Nuevas jerarquías.

Yo me siento aparte durante un rato, en las sombras.

Sigo atrapado en el mismo momento que al comienzo de la noche. Es como ámbar. Soy como un gusano en ámbar. Me atrapa y me condena pero me hace parecer hermoso.

Ahora tengo un nuevo hogar. Viviré en ese momento mientras pueda, hasta que los recuerdos se descompongan y entonces saldré, saldré a este nuevo lugar al que nos han llevado.

En alguna parte resuenan tuberías como grandes martillos.

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