«La última mambisa»
Cimarronas#HistoriasCimarronas

🖋️Daniela Pujol Coll
👉A Mercedes Sirvén Pérez-Puelles le corría por las venas una vocación de cuidar y salvar. Por eso hizo lo que hizo.
Provenía de una familia independentista. En 1869, su tío, Ricardo Sirvén Durán, fue pasado por las armas junto al resto de los expedicionarios de la goleta Grapeshot, por ser parte de una conspiración antiespañola. Sus progenitores, el médico Faustino Sirvén Durán y María de los Ángeles Pérez Puelles, se habían visto obligados a alejarse de su Gibara y Cuba adoradas el año anterior, por las continuas persecuciones que les acarrearon sus actividades subversivas. El matrimonio recorrió entonces varios países latinoamericanos en busca de apoyo y solidaridad con la independencia cubana.
Así, en el Bucaramanga de 1872, llegó al mundo Mercedita. Cuando cumplía en Colombia 6 años de edad, en Cuba, su Cuba, se firmaba el Pacto del Zanjón. Había terminado la Guerra de los Diez Años, pero sin la abolición de la esclavitud y la soberanía nacional. La joven familia -que contaba ya con los pequeños Ricardo, Mercedes y Faustino- decidió regresar a Holguín. El doctor Sirvén trabajó allí como único médico de la municipalidad hasta que murió, en 1893.
Mercedes, al igual que sus hermanos, estudiaría en la Universidad de La Habana: mientras Faustino continuó el legado del doctor Sirvén al consagrarse a la Medicina, ella y Ricardo se dedicarían a la Farmacia. En aquellos momentos cursar estudios superiores no era una trivialidad. Durante los últimos años de la Tregua Fecunda se respiraba un clima de trabajo intenso por el levantamiento criollo en contra de la opresión colonial española. Quizás por eso se trató de una época en la que muy pocas mujeres matricularon y se graduaron en la Universidad de La Habana. Mercedes Sirvén Pérez-Puelles no solo fue una de ellas. Al titularse como Licenciada en Farmacia el 7 de agosto de 1895, con 22 años, se convertía en la tercera mujer que en Cuba egresaba de esa carrera, y la más joven –en 1892 se habían graduado la guanabacoense María de la Asunción Méndez de Luarca Díaz, con 32 años, y la habanera María de Jesús Pimentel Peraza, con 23.
Con sus estudios terminados regresó a su querido Holguín. Antes había sido participante asidua de sociedad autonomista La Tertulia, en cuyas veladas político-literarias se soñaba con la independencia de Cuba; no pocas veces Mercedes había declamado allí versos de Fornaris y había dejado oír su dulce voz para cantarles a las glorias del Ejército Libertador y de sus principales líderes. Ahora volvía al Oriente con la idea de vincularse directamente a la lucha insurreccional.
Esta etapa de lucha la encontraría nuevamente junto a sus hermanos. Faustino se había unido a la guerra como Jefe de Sanidad en la Tercera División del Segundo Cuerpo del ejército mambí y Ricardo apoyaba como activo distribuidor de medicamentos. Mercedita trasladó desde La Habana hacia la manigua un inmenso arsenal de fármacos. Con él creó, al sur de Victoria de Las Tunas, la Botica Revolucionaria, principal centro abastecedor de los hospitales de guerra en la región, tanto fijos como ambulantes. Ella hacía sola la distribución de fármacos, sin más compañía que su mula y su fusil. Para finales de año, había sido nombrada capitana del Cuerpo de Seguridad del Ejército Libertador por Eugenio Sánchez Agramonte, jefe de Sanidad Militar.
Ante la escasez de quinina para tratar el paludismo que atacaba constantemente las filas insurrectas, Mercedes Sirvén Pérez-Puelles combinó los saberes campesinos sobre plantas medicinales con sus conocimientos farmacéuticos, con lo que logró obtener unas píldoras a partir de un remedio de hierbas silvestres que tuvo muy buenos resultados entre los enfermos.
Se cuenta que en los combates, bajo el fuego enemigo, no temía atender y cuidar a los heridos cubanos que no podían ser trasladados del campo debido a la gravedad de sus lesiones, y en las noches preparaba fórmulas medicinales que podían significar la diferencia entre la vida y a muerte de más de un combatiente.
Por eso no resulta una sorpresa que en 1897 fuera ascendida a comandante, el más alto grado que alcanzó una mujer en las tropas mambisas. En la Historia de Cuba, ella es la única que lo obtuvo en el periodo de guerra.
Al terminar la contienda, fue designada al frente de la farmacia del Hospital Civil de Holguín. En 1902 se trasladó a Gibara, donde fundó su propia farmacia. Allí vivió hasta 1944, cuando, tras haber visto partir de su hogar a toda su familia, se mudó a La Habana. En la madrugada de 25 de mayo de 1948, murió la mayor veterana del Ejército Libertador.