Juramentada

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SEGUNDA PARTE » 52. En honor a su padre

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52. En honor a su padre

DIECIOCHO AÑOS Y MEDIO ANTES

Dalinar regresó con paso trabajoso al campamento, tan cansado que sospechaba que solo la energía de su armadura esquirlada lo mantenía en pie. La humedad de cada resuello dentro del yelmo empañaba el cristal, que, como siempre, se volvía un poco transparente desde el interior cuando se activaba el visor.

Había aplastado a los herdazianos, conteniendo su avance y forzándolos a una guerra civil, había asegurado las tierras alezi del norte y había tomado la isla de Akak. Luego se había desplazado hacia el sur, para enfrentarse a los veden en la frontera. Herdaz había costado mucho más tiempo del que había previsto Dalinar. Llevaba un total de cuatro años ya de campaña.

Cuatro años gloriosos.

Dalinar se dirigió a la tienda de sus armeros, recogiendo a ayudantes y mensajeros por el camino. Cuando hizo caso omiso a sus preguntas, lo siguieron como cremlinos a la presa de un conchagrande, esperando su momento de afanar un mordisquito.

Dentro de la tienda, separó los brazos y dejó que los armeros empezaran a desmontar la armadura. Yelmo y luego brazos, dejando a la vista el acolchado gambesón que llevaba debajo. Al quitarse el yelmo había dejado expuesta la piel sudorosa, mojada, que hacía demasiado frío el aire. El peto tenía grietas en el lado izquierdo y los armeros se pusieron a parlotear sobre las reparaciones. Como si tuvieran que hacer algo más que dar luz tormentosa a la armadura esquirlada y dejar que volviera a crecer sola.

Al final solo quedaron las botas, de las que salió manteniendo una postura marcial por pura fuerza de voluntad. Ya sin el apoyo de su armadura esquirlada, los agotaspren empezaron a brotar a su alrededor como chorros de polvo. Fue hasta unos cojines y se sentó, se reclinó contra ellos, suspiró y cerró los ojos.

—¿Brillante señor? —dijo un armero—. Esto… ahí es donde tenemos…

—Ahora esta es mi tienda de audiencias —lo interrumpió Dalinar sin abrir los ojos—. Coged lo que sea esencial del todo y dejadme.

Los tañidos de la armadura cesaron mientras los trabajadores procesaban lo que había dicho. Se marcharon con susurrado trajín, y nadie más lo molestó durante unos deliciosos cinco minutos, hasta que sonaron unas pisadas cerca. La lona de la tienda se movió y Dalinar oyó el cuero apretujándose cuando alguien se arrodilló a su lado.

—Ha llegado el informe final de la batalla, brillante señor. —Era la voz de Kadash. Por supuesto que era uno de sus tormentosos oficiales. Dalinar los había entrenado demasiado bien.

—Habla —dijo Dalinar, abriendo los ojos.

Kadash era ya un hombre maduro, dos o tres años mayor que Dalinar. Tenía una cicatriz retorcida que le cruzaba la cara y la cabeza, del corte que le había hecho una lanza.

—Los hemos derrotado por completo, brillante señor —dijo Kadash—. Nuestros arqueros y la infantería ligera los han seguido para seguir acosándolos. Estimamos que habremos matado casi a dos mil quinientos. Habrían sido más si los hubiéramos atrapado hacia el sur.

—Nunca dejes atrapado a un enemigo, Kadash —dijo Dalinar—. Te interesa que puedan retirarse, o lucharán con más saña. La victoria nos sirve mejor que el exterminio. ¿A cuántos hemos perdido nosotros?

—Apenas doscientos.

Dalinar asintió. Bajas mínimas, y asestando un golpe devastador.

—Señor —dijo Kadash—, yo diría que estos asaltadores están acabados.

—Nos quedan muchos más a los que enfrentarnos. Esto aún durará años.

—A menos que los veden envíen a un ejército entero y nos planten batalla.

—No lo harán —dijo Dalinar, rascándose la frente—. Su rey es demasiado astuto. No quiere una guerra abierta; solo le interesaba comprobar si algún territorio en liza había dejado de estarlo de pronto.

—Sí, brillante señor.

—Gracias por el informe. Ahora sal de aquí y aposta unos tormentosos guardias en la puerta para que pueda descansar. No dejes entrar a nadie, ni siquiera a la mismísima Vigilante Nocturna.

—Sí, señor. —Kadash cruzó la tienda hacia la salida—. Hum… Señor, has estado increíble ahí fuera. Como una tempestad.

Dalinar solo cerró los ojos y se reclinó, decidido a quedarse dormido con la ropa puesta.

Pero el sueño, por desgracia, se le resistió. El informe había incitado a su mente a pensar en las implicaciones.

Su ejército solo contaba con un moldeador de almas, para emergencias, lo que lo obligaba a emplear caravanas de abastecimiento. Aquella frontera era extensa, montañosa, y los veden tenían mejores generales que los herdazianos. Derrotar a un enemigo móvil iba a ser difícil en esas circunstancias, como había demostrado esa primera batalla. Sería necesario planificar, maniobrar y emprender una escaramuza tras otra para contener a los distintos grupos de veden y forzarlos a entablar batalla como era debido.

Echaba de menos aquellos primeros tiempos, en los que sus luchas habían sido más alborotadas, menos coordinadas. Pero en fin, ya no era un jovenzuelo, y en Herdaz había aprendido que ya no tenía a Gavilar para ocuparse de las partes difíciles del trabajo. Dalinar tenía campamentos que abastecer, hombres que alimentar y problemas logísticos que resolver. Era casi tan horrible como cuando estaba en la ciudad, escuchando a las escribas hablar de eliminación de residuos.

Salvo por una diferencia: allí fuera, tenía una recompensa. Al final de tantos planes, tanta estrategia y tanto debatir con generales, llegaba la Emoción.

De hecho, se sorprendió de poder sentirla todavía, a pesar del agotamiento. Estaba muy al fondo, como el calor de una piedra dejada al fuego hacía poco. Se alegraba de que la lucha se hubiera prolongado todos aquellos años. Se alegraba de que los herdazianos hubieran intentado conquistar terreno, y de que los veden quisieran ponerlo a prueba. Se alegraba de que otros altos príncipes no hubieran enviado ayuda y se limitaran a esperar para ver de qué era capaz él solo.

Sobre todo, se alegraba de que, pese a la importante batalla de aquel día, el conflicto no estuviese zanjado. Tormentas, adoraba esa sensación. Ese día, centenares de hombres habían intentado derribarlo, y él los había dejado cenicientos y destruidos.

Fuera de su tienda, los guardias fueron rechazando a una persona tras otra que requería su atención. Intentó no complacerse cada vez. Respondería a sus preguntas en algún momento, solo que… más tarde.

Los pensamientos por fin aflojaron la presa sobre su cerebro, y Dalinar se permitió dormitar. Hasta que una voz inesperada lo arrancó de su duermevela e hizo que se incorporara de sopetón.

Era la de Evi.

Se puso en pie de un salto. La Emoción volvió a aflorar en él, sacada de su propio sueño. Dalinar abrió la lona frontal de un manotazo y miró sorprendido a la mujer rubia que había fuera, vestida con una havah vorin pero con resistentes botas de caminar asomando por debajo.

—Ah, marido —dijo Evi. Lo miró de arriba abajo y torció el gesto, haciendo un mohín—. ¿Es que nadie ha visto adecuado ordenar que le preparen un baño? ¿Dónde están sus mozos, para desvestirlo como debe ser?

—¿Por qué has venido? —preguntó Dalinar, brusco. No había pretendido rugir, pero estaba tan cansado, tan sorprendido…

Evi retrocedió ante el estallido, abriendo mucho los ojos.

Dalinar sintió una breve punzada de vergüenza. Pero ¿de qué tenía que avergonzarse? Aquel era su campamento de guerra, allí era el Espina Negra. ¡Estaba en el lugar donde su vida doméstica no debería poder afectarlo! Al llegar allí, Evi había invadido todo eso.

—Es que… —dijo Evi—. Bueno… hay otras mujeres en el campamento. Otras esposas. Es normal que las mujeres vayan a la guerra.

—Las mujeres alezi —restalló Dalinar—, entrenadas para ello desde pequeñas y acostumbradas a las necesidades bélicas. Ya hemos hablado de esto, Evi. Quedamos en… —Se detuvo y miró a los guardias, que se removían incómodos—. Vamos dentro, Evi. Discutámoslo en privado.

—Muy bien. ¿Y los niños?

—¿Has traído a nuestros hijos al frente?

Tormentas, ¿ni siquiera había tenido la sensatez de dejarlos en el pueblo que el ejército estaba usando como centro de mando a largo plazo?

—Eh…

—Dentro —ordenó Dalinar, señalando la tienda.

Evi languideció y se apresuró a obedecer, encogiéndose al pasar junto a él. ¿Por qué había venido? ¿No acababa de ir él a Kholinar de visita? Había sido… hacía poco, estaba seguro.

O quizá no tan poco. Tenía varias cartas de Evi que le había leído la esposa de Teleb, y otras pocas sin leer todavía. Soltó la lona para dejarla cerrada y se volvió hacia Evi, decidido a no permitir que su paciencia hecha trizas lo dominara.

—Navani me aseguró que debía venir —dijo Evi—. Que era una vergüenza que nos visitaras tan poco a menudo. Adolin lleva ya más de un año sin verte, Dalinar. Y el pequeño Renarin ni siquiera conoce a su padre.

—¿Renarin? —dijo Dalinar, intentando descifrar el nombre. No lo había escogido él—. Rekher… No, Re…

—Re —dijo Evi—, en mi idioma. Nar, en honor a su padre. In, «nacido para».

Padre Tormenta, menuda carnicería había hecho con el lenguaje. Dalinar se esforzó por encontrarle el significado. Nar significaba «parecido a».

—¿Qué significa Re en tu idioma? —preguntó Dalinar, rascándose la cara.

—No tiene significado —dijo Evi—. Es un nombre, nada más. Significa el nombre de nuestro hijo, o él mismo.

Dalinar soltó un suave gemido. Por tanto, el nombre del niño significaba: «Parecido a uno que nació para sí mismo.» Estupendo.

—No me respondiste —señaló Evi—, cuando te pedí un nombre por vinculacaña.

¿Cómo habían consentido Navani y Ialai aquella parodia de nombre? Tormentas, conociéndolas a las dos, seguro que hasta habían animado a Evi. Siempre estaban intentando que se impusiera más. Dalinar fue a coger algo de beber, pero entonces recordó que en realidad aquella no era su tienda. Allí lo único que había de beber era aceite para armadura.

—No tendrías que haber venido —dijo Dalinar—. Es peligroso estar aquí fuera.

—Quiero ser más como una esposa alezi. Quiero que quieras que esté contigo.

Dalinar hizo una mueca.

—Pero aun así, no tendrías que haber traído a los niños. —Dalinar se dejó caer en los cojines—. Son herederos del principado, suponiendo que el plan de Gavilar para las Tierras de la Corona y su propio trono salga bien. Tienen que quedarse a salvo en Kholinar.

—Pensé que querrías verlos —dijo Evi, acercándose a él. A pesar de las duras palabras que le había lanzado Dalinar, desabotonó la parte de arriba de su gambesón para meter las manos debajo y empezó a masajearle los hombros.

Fue una sensación maravillosa. Dalinar permitió que su ira se esfumara. Estaría muy bien tener a su esposa con él, para hacerle de escriba como era debido. Solo desearía no sentirse tan culpable siempre que la veía. No era el hombre que ella quería que fuera.

—He oído que hoy has tenido una gran victoria —dijo Evi en voz baja—. Haces un buen servicio al rey.

—No te habría gustado nada, Evi. He matado a centenares de personas. Si te quedas, tendrás que escuchar informes de guerra. Recuentos de muertos, muchos por mi mano.

Ella se quedó callada un rato.

—¿No podrías… permitir que se rindieran?

—Los veden no han venido a rendirse. Han venido para ponernos a prueba en el campo de batalla.

—¿Y los hombres individuales? ¿Les importa algo esa forma de pensar mientras mueren?

—¿Cómo? ¿Te gustaría que parara a pedir a cada hombre que se rinda mientras me preparo para derribarlo?

—¿Podría…?

—No, Evi, no podría ser.

—Oh.

Dalinar se levantó, ansioso de repente.

—Venga, vamos a ver a los niños.

Salir de su tienda y cruzar el campamento le costó un esfuerzo tremendo, con unos pies que notaba como metidos en bloques de crem. No se atrevió a encorvarse —siempre intentaba dar una imagen de fuerza a los hombres y mujeres del ejército—, pero no podía evitar que su vestimenta acolchada estuviera arrugada y manchada de sudor.

Allí la tierra era fértil en comparación con Kholinar. La densa hierba se veía interrumpida por recias arboledas, y las paredes occidentales de los precipicios estaban cubiertas de enredaderas. Había lugares más al interior de Jah Keved donde no se podía dar un paso sin que las enredaderas se encogieran bajo los pies.

Los chicos estaban junto a los carruajes de Evi. El pequeño Adolin aterrorizaba a un chull, subido a su caparazón y blandiendo una espada de madera, luciéndose ante un grupo de guardias que, obedientes, alababan sus maniobras. Se las había ingeniado para hacerse una «armadura» de cordeles y trozos de corteza de rocabrote.

«Tormentas, cómo ha crecido», pensó Dalinar. La última vez que había visto a Adolin, el niño aún era casi un bebé, farfullando sus primeras palabras. Poco más de un año después, el niño ya hablaba con claridad (y dramatismo), describiendo sus enemigos caídos. Al parecer, eran malvados chulls voladores.

Paró al ver a Dalinar y miró a Evi. Ella asintió y el niño empezó a bajar del chull. Dalinar estaba seguro de que se caería en tres lugares distintos, pero Adolin llegó al suelo sin contratiempos y fue hacia ellos.

Y le hizo un saludo militar.

Evi sonrió de oreja a oreja.

—Me ha preguntado cómo tenía que hablarte —susurró—. Le he dicho que eres un general, el líder de todos los soldados. Eso se le ha ocurrido a él solo.

Dalinar se agachó. El pequeño Adolin se apartó de inmediato, buscando las faldas de su madre.

—¿Me tienes miedo? —preguntó Dalinar—. No es mala idea. Soy un hombre peligroso.

—¿Papi? —dijo el chico, agarrado a la falda con un puño cerrado pero sin esconderse.

—Sí. ¿Te acuerdas de mí?

Vacilante, el chico de cabello mezclado asintió.

—Me acuerdo de ti. Hablamos de ti todas las noches cuando quemamos oraciones. Para que estés a salvo y pelees contra los malos.

—Preferiría estar a salvo también de los buenos —dijo Dalinar—, aunque os lo acepto encantado.

Se levantó, sintiendo… ¿qué? ¿Vergüenza por no haber visto al chico tan a menudo como habría debido? ¿Orgullo por cómo estaba creciendo? La Emoción, que seguía removida al fondo de su alma. ¿Cómo podía no haberse disipado después de la batalla?

—¿Dónde está tu hermano, Adolin? —preguntó Dalinar.

El chico señaló hacia un ama de cría que llevaba a un niño pequeño. Dalinar había esperado un bebé, pero el niño ya casi podía andar, como demostró la mujer al bajarlo al suelo y mirar con cariño al chico mientras daba unos pasos torpes y luego se sentaba e intentaba agarrar las briznas de hierba que se retraían.

El niño no hizo ningún sonido. Solo miraba con ojos solemnes mientras intentaba asir una brizna tras otra. Dalinar esperó que llegara la misma emoción de la primera vez, cuando conoció a Adolin… pero tormentas, qué cansado estaba.

—¿Me dejas ver tu espada? —pidió Adolin.

Dalinar solo quería dormir, pero invocó la hoja de todos modos y la clavó en el suelo con el filo hacia sí mismo, apartado de Adolin. Los ojos del chico se ensancharon.

—Mami dice que aún no puedo tener mi armadura —dijo Adolin.

—La necesita Teleb. La tendrás cuando te hagas mayor.

—Bien. La necesitaré para ganar una hoja esquirlada.

Cerca de ellos, Evi hizo chasquear la lengua y negó con la cabeza.

Dalinar sonrió, arrodillándose junto a su hoja y apoyando la mano en el hombro del chico.

—Yo te ganaré una en batalla, hijo.

—No —dijo Adolin con la barbilla levantada—. Quiero ganarla yo. Como hiciste tú.

—Un objetivo digno —repuso Dalinar—. Pero un soldado tiene que estar dispuesto a aceptar ayuda. No debes tener la cabeza tan dura, pues el orgullo no gana batallas.

El chico ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.

—¿Tú no tienes la cabeza dura? —Se dio unos capones a sí mismo.

Dalinar sonrió, se levantó y descartó a Juramentada. Las últimas ascuas de la Emoción por fin se apagaron.

—Ha sido un día muy largo —dijo a Evi—. Necesito descansar. Después hablaremos del papel que desempeñarás aquí.

Evi lo llevó a una cama que había en uno de sus carros de tormenta. Allí, por fin, Dalinar pudo dormir.

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