Juramentada
SEGUNDA PARTE » 57. Pasión
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57. Pasión

Si deseas conversar más conmigo, requeriré una sinceridad absoluta. Vuelve a mis tierras, dirígete a mis sirvientes y veré en qué puedo ayudarte con tu misión
Odium.
Dalinar se apresuró a levantarse, retrocedió y echó mano a un arma que no llevaba.
Odium. De pie delante de él.
El Padre Tormenta se había alejado, casi desvanecido, pero Dalinar aún alcanzaba a sentir una tenue emoción procedente de él. ¿Un gruñido, como si hiciera fuerza contra algo pesado?
No. Era un gimoteo.
Odium apoyó el cetro dorado en la palma de su mano y se volvió para contemplar a los hombres que peleaban por hojas esquirladas.
—Recuerdo este día —dijo Odium—. Cuánta pasión. Y cuánta pérdida. Terrible para muchos, pero glorioso para otros. Te equivocas sobre el motivo de que cayeran los Radiantes, Dalinar. Había luchas intestinas en sus filas, cierto, pero no más que en otras épocas. Eran hombres y mujeres honestos, con puntos de vista diferentes en ocasiones, pero unidos en su deseo de hacer lo que fuera mejor.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Dalinar, con una mano en el pecho y la respiración acelerada. Tormentas, no estaba preparado.
¿Podía estar preparado alguna vez para ese momento?
Odium paseó hasta una roca pequeña y se sentó. Suspiró de alivio, como un hombre al liberarse de una pesada carga, y señaló con la barbilla el espacio que le quedaba al lado.
Dalinar no hizo ningún ademán de sentarse.
—Te han puesto en una situación difícil, hijo mío —dijo Odium—. Eres el primero que vincula al Padre Tormenta en su estado actual. ¿Lo sabías? Tienes una conexión profunda con los restos de un dios.
—Al que tú mataste.
—Sí. Y mataré también a la otra, en algún momento. Se ha escondido en alguna parte, y yo estoy demasiado… retenido.
—Eres un monstruo.
—Oh, Dalinar. ¿Y eres tú quien me lo dice? Dime que nunca te has visto enfrentado a alguien a quien respetabas. Dime que nunca has matado a un hombre porque debías hacerlo, aunque en un mundo mejor no debiera merecerlo.
Dalinar contuvo una réplica. Sí, lo había hecho. Demasiadas veces.
—Te conozco, Dalinar —dijo Odium. Sonrió de nuevo, con expresión paternal—. Ven y siéntate. No voy a devorarte, ni a quemarte al más leve contacto.
Dalinar vaciló. «Tienes que escuchar lo que te diga. Incluso las mentiras de esa criatura pueden revelarte más que todo un mundo de verdades comunes.»
Se acercó al ser y, envarado, se sentó.
—¿Qué sabes de nosotros tres? —preguntó Odium.
—La verdad es que ni era consciente de que fuerais tres.
—Más, en realidad —dijo Odium con tono distraído—. Pero solo tres te incumbimos. Yo mismo. Honor. Cultivación. Habláis de ella a veces, ¿verdad?
—Supongo —respondió Dalinar—. Hay quienes la identifican con Roshar, la consideran la spren del mismo mundo.
—Eso le gustaría —dijo Odium—. Ojalá pudiera permitir que se quedara con este lugar y ya está.
—Pues hazlo. Déjanos en paz. Vete.
Odium se volvió hacia él con tanta brusquedad que Dalinar se sobresaltó.
—¿Eso es un ofrecimiento a liberarme de mis ataduras —preguntó Odium en tono calmado—, procedente del portador de los restos del nombre y el poder de Honor?
Dalinar titubeó. «Idiota. No eres un recluta novato. Recomponte.»
—No —respondió con firmeza.
—Ah, de acuerdo, pues —dijo Odium. Sonrió con un brillo en los ojos—. Venga, no te pongas tan nervioso. Estas cosas tienen que hacerse siguiendo el procedimiento. Sí que me marcharé si me liberas, pero solo si lo haces por Intención.
—¿Y qué consecuencias tendría que te liberara?
—Bueno, primero me encargaría de que muriera Cultivación. También habría… otras consecuencias, como tú las llamas.
Ardieron ojos mientras los hombres blandían hojas esquirladas, matando a otros que momentos antes habían sido sus camaradas. Era una frenética y enloquecida contienda por el poder.
—¿Y no puedes… irte sin más? —preguntó Dalinar—. ¿Sin matar a nadie?
—Bueno, déjame responderte con una pregunta. ¿Por qué arrebataste el control de Alezkar al pobre Elhokar?
—Yo… —«No contestes. No le des munición.»
—Sabías que era para bien —dijo Odium—. Sabías que Elhokar era débil y que el reino sufriría, privado de un liderazgo firme. Tomaste el control por el bien mayor, y tu acto ha hecho un gran servicio a Roshar.
Cerca, un hombre trastabillaba hacia ellos, alejándose de la pelea. Sus ojos ardieron cuando una hoja esquirlada le atravesó la espalda y un metro de filo le salió del pecho. Cayó hacia delante, con los ojos liberando sendas estelas de humo.
—No se puede servir a dos dioses a la vez, Dalinar —dijo Odium—. Así que no puedo dejarla a ella atrás. Es más, no puedo dejar atrás tampoco las Astillas de Honor, como una vez creí que podría. Ya alcanzo a ver en qué falla. Cuando me liberes, transformaré este reino de forma considerable.
—¿Crees que tú lo harás mejor? —Dalinar se lamió los labios, que tenía secos—. ¿Serás mejor para esta tierra de lo que podrían serlo otros? ¿Tú, una manifestación del odio y el dolor?
—Me llaman Odium —dijo el anciano—. Es un nombre bastante bueno. Tiene su mordida. Pero es una palabra demasiado limitada para describirme, y ya deberías saber que no es todo lo que represento.
—¿Y qué es?
El hombre miró a Dalinar.
—La pasión, Dalinar Kholin. Soy la emoción encarnada. Soy el alma de los spren y los hombres. Soy la lujuria, la alegría, el odio, la ira y el éxtasis. Soy la gloria y soy la corrupción. Soy todo lo que hace hombre al hombre.
»A Honor solo le importaban los vínculos. No el significado de los vínculos y los juramentos, sino solo que se respetaran. Cultivación solo está interesada en verlo todo transformado. En el crecimiento. Le trae sin cuidado que sea bueno o malo. El dolor del hombre no significa nada para ella. Solo yo lo entiendo. Solo a mí me importa, Dalinar.
«Eso no me lo creo —pensó Dalinar—. No puedo creerlo.»
El anciano suspiró y se puso de pie con esfuerzo.
—Si pudieras ver el resultado de la influencia de Honor, no me acusarías tan deprisa de ser un dios de la ira. Si arrancas la emoción de los hombres, lo que queda son criaturas como Nale y sus Rompedores del Cielo. Eso es lo que os habría otorgado Honor.
Dalinar hizo un gesto con la cabeza hacia la espantosa refriega librada en el campo que se extendía ante ellos.
—Has dicho que me equivocaba en el motivo de que los Radiantes abandonaran sus juramentos. ¿Cuál fue en realidad?
Odium sonrió.
—La pasión, hijo. La gloriosa, maravillosa pasión. La emoción. Es lo que define a la humanidad, aunque resulte irónico que seáis tan malos recipientes de ella. Os satura y os quiebra, a no ser que encontréis a alguien para compartir la carga. —Miró hacia los hombres moribundos—. Pero ¿puedes imaginarte un mundo sin pasión? No. O al menos, no uno en el que yo querría vivir. Pregúntale eso a Cultivación la próxima vez que la veas. Pregúntale qué desearía ella para Roshar. Creo que descubrirás que yo soy mejor alternativa.
—¿La próxima vez? —preguntó Dalinar—. No la he visto nunca.
—Claro que la has visto —dijo Odium, volviéndose y empezando a alejarse—. Lo que pasa es que te robó ese recuerdo. No es su toque lo que yo habría elegido para ayudarte. Se llevó una parte de ti y te abandonó como a un ciego que no recuerda que una vez pudo ver.
Dalinar se levantó.
—Te ofrezco un desafío de campeones. Con normas a concretar. ¿Lo aceptarías?
Odium dejó de andar y se volvió despacio.
—¿Hablas en nombre del mundo, Dalinar Kholin? ¿Me lo ofreces en nombre de todo Roshar?
Tormentas. ¿Osaba hacerlo?
—Eh…
—En cualquier caso, no lo acepto. —Odium se irguió y compuso una sonrisa inquietante y astuta—. No tengo necesidad de asumir tal riesgo, pues sé, Dalinar Kholin, que tomarás la decisión correcta. Me liberarás.
—No —replicó Dalinar—. No deberías haberte revelado, Odium. Una vez te temí, pero es más fácil temer lo que no comprendes. Ahora que te he visto, puedo combatirte.
—Conque me has visto, ¿eh? Curioso.
Odium volvió a sonreír.
Todo se volvió blanco. Dalinar se encontró de pie en una mota de nada que era el mundo entero, con la mirada alzada hacia una llama eterna que lo abarcaba todo. Se extendía en todas las direcciones, empezando roja, pasando al naranja y por fin haciéndose de un blanco refulgente.
Entonces, de algún modo, las llamas parecieron arder hacia una profunda negrura, violeta y furiosa.
Era algo tan terrible que consumía la propia luz. Era caliente. Una irradiación indescriptible, un calor intensísimo y un fuego negro, ribeteado de violeta.
Poder.
Ardiente.
Abrumador.
Era el chillido de mil guerreros en el campo de batalla.
Era el instante del contacto más sensual y el éxtasis.
Era el lamento de la pérdida, el gozo de la victoria.
Y sí que era odio. Un odio profundo y palpitante, una presión que anhelaba fundirlo todo. Era el calor de un millar de soles, la dicha de todo beso, las vidas de todos los hombres combinadas en una, definida por todo cuanto sentían.
Incluso abarcar solo la más minúscula fracción de ello aterrorizaba a Dalinar. Se sintió diminuto y frágil. Sabía que si bebía de aquel fuego negro, líquido, crudo, concentrado, se transformaría en nada al instante. El planeta entero de Roshar se volatilizaría, tan intrascendente como el humo rizado de una vela recién extinguida.
El fuego se disipó y Dalinar se halló de nuevo tendido en el suelo, fuera de la Fortaleza de la Fiebre de Piedra, mirando hacia arriba. En el cielo, el sol parecía apagado y frío. Todo parecía helado por comparación.
Odium se arrodilló junto a él y lo ayudó a incorporarse.
—Venga, venga —dijo—. Igual me he pasado un pelín, ¿verdad? Había olvidado lo intenso que puede ser. Toma, bebe un poco. —Tendió a Dalinar un odre de agua.
Dalinar lo miró, patidifuso, y luego alzó la vista hacia el anciano. En los ojos de Odium distinguió aquel fuego negro y violeta. Muy muy al fondo. El ser con el que estaba hablando Dalinar no era el dios, sino solo un rostro, una máscara.
Porque si Dalinar tuviera que afrontar la auténtica fuerza que había tras esos ojos sonrientes, se volvería loco.
Odium le dio una palmadita en el hombro.
—Tómate un minuto, Dalinar. Te dejaré aquí. Tú relájate. Es… —Se interrumpió, frunció el ceño y se volvió de sopetón. Buscó algo entre las rocas.
—¿Qué pasa? —preguntó Dalinar.
—Nada. Solo la mente de un anciano jugándole una mala pasada. —Dio un golpecito a Dalinar en el brazo—. Volveremos a hablar, te lo prometo.
Desapareció en un parpadeo.
Dalinar se dejó caer al suelo, exhausto por completo. Tormentas. Había sido…
Tormentas.
—Ese tipo —dijo la voz de una chica— da mucha grima.
Dalinar se revolvió y para incorporarse otra vez, con esfuerzo. Una cabeza asomó de detrás de unas rocas cercanas. Piel morena, ojos claros, cabello largo y oscuro, flaca, rasgos aniñados.
—A ver, todos los viejos dais grima —siguió diciendo Lift—. En serio. Ahí, arrugados y en plan: «Oye, ¿quieres golosinas?», o: «Venga, atiende a esta historia aburrida.» Los tengo calados. Que se hagan los simpáticos todo lo que quieran, pero nadie llega a viejo sin arruinar un buen montón de vidas.
Subió a las rocas. Esa vez llevaba ropa azishiana de buena calidad, y no los sencillos pantalones y la camisa de su anterior encuentro. Una túnica de diseño colorido, un grueso abrigo y un gorro.
—Pero hasta para ser un viejo, ese daba más grima de lo normal —dijo la chica con suavidad—. ¿Qué era esa cosa, Culo Prieto? No olía a persona de verdad.
—Lo llaman Odium —dijo Dalinar, agotado—. Es contra lo que luchamos.
—Vaya. Comparado con eso, tú no eres nada.
—Esto… ¿gracias?
Lift asintió, como si hubiera sido un cumplido.
—Hablaré con Gawx. ¿Tenéis buena comida en esa ciudad-torre tuya?
—Podemos preparártela.
—Me da igual lo que preparéis. ¿Qué coméis? ¿Está bueno?
—Eh… ¿Sí?
—No serán raciones militares ni bobadas por el estilo, ¿verdad?
—No en general.
—Estupendo. —La chica miró el lugar donde había desaparecido Odium y tuvo un perceptible escalofrío—. Os visitaremos. —Calló un momento y le clavó un dedo en el brazo—. Pero no cuentes nada a Gawx de ese tal Odium, ¿vale? Ya tiene demasiados viejos de los que preocuparse.
Dalinar asintió.
La extravagante chica desapareció y, unos momentos más tarde, la visión por fin empezó a desvanecerse.
FIN
Segunda parte