Juramentada

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TERCERA PARTE » 59. Forjador de vínculos

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59. Forjador de vínculos

Si esto va a perdurar, desearía dejar constancia de mi marido y mis hijos. Wzmal es el mejor hombre al que cualquier mujer soñaría con amar. Kmakra y Molinar son las auténticas gemas corazón de mi vida.

Del cajón 12-15, rubí

El templo de Shalash —dijo Fen con un gesto mientras entraban.

Para Dalinar, se parecía mucho a los otros que la reina les había enseñado. Era un gran espacio con un techo alto y abovedado e inmensos braseros. Allí, los fervorosos quemaban millares de glifoguardas para la gente, que suplicaba piedad y ayuda al Todopoderoso. El humo se acumulaba en la cúpula antes de ir escapando por agujeros en el techo, como agua en un tamiz.

«¿Cuántas plegarias hemos quemado para un dios que ya no está? —se preguntó Dalinar, incómodo—. ¿O puede que haya alguien recibiéndolas en su lugar?»

Dalinar asintió con educación mientras Fen narraba el antiquísimo origen de la estructura y enumeraba algunos de los reyes y reinas coronados allí. Explicó la trascendencia del elaborado diseño que tenía la pared trasera y los llevó por los laterales para ver las tallas. Era una pena ver estatuas con las caras rotas. ¿Cómo podía haberlos alcanzado la tormenta allí dentro?

Cuando hubieron terminado, los llevó de nuevo al exterior, en el distrito real, donde esperaban los palanquines. Navani dio un codazo a Dalinar.

—¿Qué? —preguntó él en voz baja.

—Deja de fruncir el ceño.

—No frunzo el ceño.

—Estás aburrido.

—No estoy… frunciendo el ceño.

Ella enarcó una ceja.

—¿Seis templos? —dijo él—. Esta ciudad está hecha trizas, y nosotros aquí, viendo templos.

Por delante de ellos, Fen y su consorte subieron a un palanquín. Hasta el momento, el único papel de Kmakl en la visita había sido estar de pie junto a Fen y, siempre que ella decía algo que le parecía importante, señalar a sus escribas que lo registraran en la historia oficial del reino.

Kmakl no llevaba espada. En Alezkar, al menos en un hombre de su categoría, habría significado que era portador de esquirlada, pero allí no se daba el caso. Thaylenah tenía solo cinco hojas y tres armaduras, todas ellas en posesión de antiguos linajes que habían jurado defender el trono. ¿Fen no podría haberlo llevado a ver esas esquirlas, en vez de tanto templo?

—Ese ceño… —dijo Navani.

—Es lo que esperan de mí —respondió Dalinar, señalando con la cabeza los oficiales y escribas thayleños. Por delante de ellos, un grupo concreto de soldados habían estado mirando a Dalinar con particular interés. Quizá el verdadero objetivo de la gira por los templos fuese dar la ocasión de estudiarlo a aquellos ojos claros.

El palanquín que Dalinar compartía con Navani estaba perfumado con aroma a flor de rocabrote.

—La progresión de templo a templo —dijo Navani sin alzar la voz mientras sus porteadores alzaban el palanquín— es tradicional en Ciudad Thaylen. Visitando los diez se recorre todo el distrito real, y refuerza sin mucha sutileza la noción de la piedad vorin del trono. Han tenido problemas con la iglesia en el pasado.

—Los comprendo. ¿Crees que, si le explico que yo también soy un hereje, Fen se dejará de tanta pompa?

Navani se inclinó hacia delante en el pequeño palanquín y le puso la mano libre en la rodilla.

—Querido, si estas cosas te molestan tanto, podríamos haber enviado a un diplomático.

—Yo soy un diplomático.

—Dalinar…

—Ahora esto es mi deber, Navani. Tengo que cumplir con mi deber. Cada vez que he renunciado a él en el pasado, ha ocurrido algo terrible. —Dalinar le cogió las manos—. Me quejo porque, contigo, no tengo que disimular. Mantendré el fruncimiento al mínimo, te lo prometo.

Mientras sus porteadores ascendían unos peldaños con destreza, Dalinar miró hacia fuera del palanquín. La parte alta de la ciudad había soportado bastante bien la tormenta, ya que muchas de sus estructuras eran de gruesa piedra. Aun así, había grietas y algunos techos hundidos. El palanquín pasó junto a una estatua caída, que se había partido por los tobillos y se había precipitado de su pedestal, en un saliente hacia el distrito bajo.

«Esta ciudad ha sufrido más que ninguna de la que tenga informes —pensó—. Este nivel de destrucción es único. ¿Es solo que hay muchísima madera y nada que suavice la tormenta o es algo más?» Algunos informes sobre la tormenta eterna no mencionaban viento, solo relámpagos. Otros, confusos, hablaban de ascuas ardientes en vez de lluvia. La tormenta eterna variaba mucho, incluso dentro de un mismo paso.

—Imagino que a Fen la reconforta hacer algo a lo que estaba acostumbrada —le dijo Navani en voz baja mientras los porteadores se detenían en la siguiente parada—. Esta visita le recuerda a cuando la ciudad no había sufrido tantos terrores.

Dalinar asintió. Con eso en mente, la idea de ver otro templo más se hacía más soportable.

Fuera, encontraron a Fen saliendo de su palanquín.

—El templo de Battah, uno de los más antiguos de la ciudad. Pero, por supuesto, la mejor vista aquí es la Imagen de Paralet, la grandiosa estatua que… —Fen dejó la frase en el aire y Dalinar siguió su mirada hasta los pies de la estatua cercana—. Ah. Claro.

—Veamos el templo —pidió Dalinar—. Has dicho que es de los más viejos. ¿Cuáles son más antiguos?

—Solo el templo de Ishi —respondió ella—. Pero no entraremos en él, ni tampoco en este.

—¿Ah, no? —dijo Dalinar, reparando en la ausencia de humo votivo en aquel tejado—. ¿Está dañada la estructura?

—¿La estructura? No, la estructura no.

Una pareja de agotados fervorosos salió del templo y bajó los peldaños, con manchas rojas en las túnicas. Dalinar miró a Fen.

—¿Te importa que suba de todos modos?

—Como desees.

Mientras Dalinar subía los escalones con Navani, el viento le llevó un olor. Era el hedor de la sangre, que le recordó la batalla. Al llegar arriba, la visión del interior del templo le resultó conocida. Centenares de heridos cubrían el suelo de mármol, tendidos en sencillos camastros y rodeados de dolorspren que intentaban asirlos con forma de manos de tendones naranjas.

—Tuvimos que improvisar —explicó Fen, llegando tras él al umbral—, después de que se llenaran nuestros hospitales tradicionales.

—¿Hubo tantos heridos? —dijo Navani, con la mano segura en la boca—. ¿Algunos no pueden enviarse a casa a sanar, con sus familias?

Dalinar leyó las respuestas en el sufrimiento de la gente. Algunos esperaban la muerte: tenían sangrado interno, o infecciones galopantes, o estaban marcados por diminutos putrispren rojos en la piel. Otros no tenían hogar, como revelaban las familias apiñadas alrededor de una madre, padre o hijo herido.

Tormentas. Dalinar casi se avergonzó de lo bien que los suyos habían capeado la tormenta eterna. Cuando dio media vuelta para irse, estuvo a punto de tropezar con Taravangian, que se había aparecido en la puerta como un espíritu. Frágil y envuelto en una túnica suave, el envejecido monarca lloraba a moco tendido mientras contemplaba a las personas del templo.

—Por favor —dijo—. Te lo ruego. Mis cirujanos están en Vedenar, que está a poco tiempo a través de las Puertas Juradas. Déjame traerlos. Permíteme aliviar este sufrimiento.

Fen apretó los labios hasta que formaron una fina línea. Había aceptado aquel encuentro, pero no por ello había pasado a formar parte de la coalición propuesta por Dalinar. Sin embargo, ¿qué podía responder a una súplica como esa?

—Te agradeceríamos tu ayuda —dijo.

Dalinar reprimió una sonrisa. Fen había dado un paso al permitirles activar la Puerta Jurada. Aquel era un segundo. «Taravangian, eres una gema.»

—Préstame a una escriba y una vinculacaña —pidió Taravangian—. Haré que mi Radiante traiga ayuda de inmediato.

Fen dio las órdenes necesarias y su consorte hizo una seña para que se registraran sus palabras. Cuando iniciaron el regreso a los palanquines, Taravangian se quedó en los peldaños, mirando la ciudad.

—¿Majestad? —dijo Dalinar, deteniéndose.

—Veo en esto mi propio hogar, brillante señor. —Apoyó una mano temblorosa en la pared del templo para no derrumbarse—. Cierro mis ojos empañados y veo Kharbranth destruida por la guerra. Y me pregunto: «¿Qué debo hacer para salvarlos?»

—Los protegeremos, Taravangian. Te lo juro.

—Sí… Sí, te creo, Espina Negra. —Inhaló una larga bocanada y pareció marchitarse más—. Creo… que me quedaré aquí esperando a mis cirujanos. Seguid vosotros, por favor.

Taravangian se sentó en los escalones mientras los demás se marchaban. En su palanquín, Dalinar volvió la vista hacia arriba y vio sentado allí al anciano, con las manos cogidas por delante, la cabeza con manchas de la edad agachada, casi en la actitud de alguien arrodillado ante una oración ardiendo.

Fen llegó junto a Dalinar. Los blancos bucles de sus cejas se agitaron al viento.

—Es mucho más que lo que la gente cree de él, incluso tras su accidente. Lo he dicho siempre.

Dalinar asintió.

—Pero —siguió diciendo Fen— se comporta como si esta ciudad fuese un cementerio, y no es el caso. Reconstruiremos con piedra. Mis ingenieras planean levantar murallas enfrente de cada distrito. Volveremos a ponernos en pie. Solo tenemos que adelantarnos a la tormenta. Lo que de verdad nos ha hecho daño es la pérdida repentina de mano de obra. Nuestros parshmenios…

—Mis ejércitos podrían hacer mucho limpiando cascotes, moviendo piedra y reconstruyendo —dijo Dalinar—. Solo tienes que pedirlo y tendrás acceso a miles de manos dispuestas.

Fen no dijo nada, aunque Dalinar entreoyó murmullos procedentes de los soldados jóvenes y los ayudantes que esperaban junto a los palanquines. Dalinar les prestó algo de atención y se fijó en uno en concreto. El joven era alto para ser thayleño, tenía los ojos azules y las cejas peinadas y fijadas hacia atrás a los lados de la cabeza. Su impecable uniforme, por supuesto, tenía el corte al estilo thayleño, con una chaqueta más corta que se abotonaba prieta por la parte superior del pecho.

«Ese tiene que ser el hijo de Fen», pensó Dalinar, estudiando los rasgos del joven. Según la tradición thayleña, sería solo un oficial más, no el heredero al trono. El reinado no pasaba de padres a hijos.

Heredero o no, aquel joven era importante. Susurró alguna burla y los otros asintieron con las cabezas, musitando y mirando mal a Dalinar.

Navani dio un golpecito disimulado a Dalinar y le lanzó una mirada interrogativa.

«Después», vocalizó él, y se volvió hacia la reina Fen.

—Entonces, ¿el templo de Ishi también está lleno de heridos?

—Sí. Quizá podríamos saltárnoslo.

—No me importaría ver los distritos inferiores de la ciudad —propuso Dalinar—. Quizá el gran bazar del que tanto he oído hablar.

Navani se encogió y Fen se tensó.

—Estaba… junto a los muelles, ¿verdad? —aventuró Dalinar, mirando la llanura repleta de cascotes que se extendía ante la ciudad. Había dado por hecho que el bazar estaría en el distrito antiguo, la parte central de la ciudad. Tendría que haber prestado más atención a aquellos mapas, por lo visto.

—Hay un refrigerio esperándonos en el patio de Talenelat —dijo Fen—. Iba a ser nuestra última parada. ¿Vamos allí directos?

Dalinar asintió y volvieron a subir a sus palanquines. Dentro, se inclinó hacia Navani y le habló en voz baja.

—La reina Fen no es la autoridad absoluta.

—Ni siquiera tu hermano tenía un poder completo.

—Pero la monarquía thayleña es peor. Los consejos de mercaderes y los oficiales navales escogen al nuevo rey, al fin y al cabo. Tienen mucha influencia en la ciudad.

—Sí. ¿Dónde quieres ir a parar?

—Significa que Fen no puede acceder a mis peticiones por sí sola —dijo Dalinar—. No puede aceptar una ayuda militar mientras queden elementos en la ciudad que opinen que estoy decidido a conquistarla.

Encontró unos frutos secos en un compartimento del apoyabrazos y empezó a masticarlos.

—No tenemos tiempo para maniobras políticas prolongadas —dijo Navani, con un gesto para que Dalinar le pasara unos frutos secos—. Puede que Teshav tenga familia en la ciudad a la que pueda recurrir.

—Podríamos intentar eso. O bien… se me está ocurriendo una idea.

—¿Implica dar puñetazos a alguien?

Dalinar asintió. Ante lo cual Navani suspiró.

—Esperan un espectáculo —dijo Dalinar—. Quieren ver qué va a hacer el Espina Negra. La reina Fen se comportó igual en las visiones. No se abrió a mí hasta que le enseñé mi lado sincero.

—Tu lado sincero no tiene por qué ser el de un asesino, Dalinar.

—Intentaré no matar a nadie —respondió él—. Solo tengo que darles una lección. Una exhibición.

«Una lección. Una exhibición.»

Las palabras se le atascaron en la mente y se descubrió retrocediendo en sus recuerdos hacia algo neblinoso, poco definido. Algo… relacionado con la Grieta, y… ¿y con Sadeas?

El recuerdo se escabulló fugaz, justo por debajo de la superficie de sus pensamientos. Su subconsciente lo evitaba, y Dalinar hizo una mueca como si acabaran de darle un bofetón.

En aquella dirección… aguardaba el dolor.

—¿Dalinar? —dijo Navani—. Supongo que tal vez tengas razón. Quizá que se te vea tranquilo y educado en realidad perjudique nuestro mensaje.

—¿Más fruncimientos de ceño, entonces?

Navani suspiró.

—Más fruncimientos de ceño.

Dalinar sonrió enseñando los dientes.

—Y sonrisas —añadió ella—. En ti, una de esas puede ser hasta más inquietante.

El patio de Talenelat era una gran plaza dedicada a Tendón de Piedra, Heraldo de los Soldados. Al final de una escalinata estaba el templo en sí, pero no pudieron ver su interior porque la entrada se había derrumbado. Un inmenso y rectangular bloque de roca, que hacía de dintel sobre la puerta, había caído y estaba encajado hacia abajo en el hueco.

Las paredes exteriores estaban cubiertas de hermosos relieves, que mostraban al Heraldo Talenelat resistiendo ante una horda de Portadores del Vacío. Por desgracia, se habían agrietado en cientos de lugares. Una enorme quemadura negra en la parte superior de la pared marcaba el lugar donde el extraño relámpago rojo de la tormenta eterna había golpeado el edificio.

Ningún otro templo había salido tan mal parado. Era como si Odium tuviera un rencor especial a ese.

«Talenelat —pensó Dalinar— fue al que abandonaron. El que se me escapó.»

—Tengo unos asuntos que atender —dijo Fen—. Con el comercio exterior tan afectado, no tengo mucho que ofrecer como vituallas. Fruta, salazones de pescado y frutos secos. Los hemos preparado para que los disfrutéis. Volveré luego para que podamos conferenciar. Mientras tanto, mis ayudantes atenderán a vuestras necesidades.

—Gracias —repuso Dalinar.

Los dos sabían que estaba haciéndolo esperar a propósito. No sería mucho tiempo, quizá media hora. No lo suficiente para resultar insultante, pero sí para establecer que allí la autoridad seguía siendo ella, por muy poderoso que fuese Dalinar.

Aunque quería pasar un tiempo en compañía de la gente de Fen, Dalinar se encontró molesto por lo calculado del gesto. Fen y su consorte se retiraron, dejando a casi todos los demás allí para que degustaran el ágape.

Dalinar, en vez de eso, decidió buscar pelea.

El hijo de Fen le serviría. Además, parecía el más crítico de los que hablaban de él. «No quiero que se me perciba como el agresor —pensó Dalinar, situándose cerca del joven—. Y debería fingir que no he adivinado quién es.»

—Los templos han estado bien —dijo Navani, llegando a su lado—. Pero no los has disfrutado, ¿verdad? Querías ver algo más militarista.

Una apertura excelente.

—Eso es —convino él—. Eh, tú, capitán. No me gusta perder el tiempo. Enséñame la muralla de la ciudad. Eso sí que será interesante de verdad.

—¿Hablas en serio? —dijo el hijo de Fen en alezi con marcado acento thayleño, juntando mucho las palabras.

—Siempre. ¿Qué ocurre? ¿Tenéis tan desmejorados los ejércitos que te da vergüenza que los vea?

—No pienso permitir que un general enemigo inspeccione nuestras defensas.

—No soy tu enemigo, hijo.

—No soy tu hijo, tirano.

Dalinar hizo muy visibles gestos de resignación.

—Llevas todo el día siendo mi sombra, soldado, y diciendo cosas que he preferido no oír. Te estás acercando a una línea que, si la cruzas, provocará una respuesta.

El joven calló un momento, mostrando cierto control sobre sus impulsos. Sopesó en qué se estaba metiendo y decidió que la recompensa merecía el riesgo. Si humillaba al Espina Negra allí, quizá pudiera salvar su ciudad… o al menos, así lo veía él.

—Solo lamento —restalló el hombre— no haber hablado lo bastante fuerte para que oyeras los insultos, déspota.

Dalinar hizo un ruidoso suspiro y empezó a desabotonarse la casaca de su uniforme, quedándose en su cómoda camisa interior.

—Nada de esquirlas —dijo el joven—. Espadas largas.

—Como desees. —El hijo de Fen no poseía esquirlas, aunque podría haberlas pedido prestadas si Dalinar hubiera insistido. Pero él también lo prefería así.

El hombre ocultó su nerviosismo exigiendo a uno de sus ayudantes que usara una piedra para trazar un círculo en el suelo. Rial y los demás guardias de Dalinar se acercaron, dejando atrás expectaspren que se agitaban nerviosos. Dalinar los detuvo con un gesto.

—No le hagas daño —susurró Navani. Vaciló—. Pero no pierdas tampoco.

—No voy a hacerle daño —le aseguró Dalinar, tendiéndole su casaca—. No te prometo nada sobre lo de perder.

Ella no terminaba de comprenderlo, por supuesto. No podía limitarse a dar una paliza a ese hombre. Lo único que lograría así sería demostrar a los demás que Dalinar era un matón.

Llegó con paso firme al círculo y lo cruzó, memorizando cuántos pasos podía dar sin salir de él.

—He dicho que espadas largas —dijo el joven, arma en mano—. ¿Dónde está tu espada?

—Lo haremos por ventaja alternada, a tres minutos —dijo Dalinar—. Y a primera sangre. Puedes empezar tú.

El hijo de Fen se quedó petrificado. Ventaja alternada. Él dispondría de tres minutos armado contra Dalinar desarmado. Si Dalinar llegaba al final sin sangrar ni salir del círculo, tendría tres minutos contra su adversario al revés: él con espada, el joven sin.

Era un desequilibrio atroz, que normalmente solo se veía en sesiones de entrenamiento, donde los hombres se adiestraban para afrontar situaciones en que pudieran verse sin armas contra un enemigo bien equipado. E incluso entonces, no se usaban armas de verdad.

—En ese caso… —vaciló el joven—, cambio el arma a puñal.

—No hace falta. La espada larga está bien.

El hombre miró boquiabierto a Dalinar. Había cantares y relatos sobre hombres heroicos desarmados que se enfrentaban a un gran número de enemigos con armas, pero en la realidad, luchar contra un solo oponente armado ya era dificilísimo.

El hijo de Fen se encogió de hombros.

—Aunque me habría encantado que se me conociera como el hombre que derrotó al Espina Negra en igualdad de condiciones —dijo—, acepto una pelea injusta. Pero necesito que tus hombres hagan juramento de que, si esto se te tuerce mucho, no se me llamará asesino. Eres tú quien ha establecido las condiciones.

—Hecho —dijo Dalinar. Miró a Rial y los otros, que saludaron y pronunciaron las palabras.

Una escriba thayleña se levantó para atestiguar el lance. Hizo la cuenta para empezar y al instante el joven se abalanzó sobre Dalinar, descargando golpes que daban a entender que iba en serio. Bien. Cuando alguien aceptaba un enfrentamiento como aquel, luego no debía titubear.

Dalinar esquivó y bajó a una postura de lucha, aunque no pretendía acercarse lo suficiente para intentar una presa. Mientras la escriba iba descontando el tiempo, Dalinar siguió esquivando ataques, merodeando por el borde del círculo con cuidado de no pisar al otro lado de la línea.

El hijo de Fen, además de agresividad, hizo gala de cierta precaución innata. Probablemente podría haber obligado a Dalinar a salir del círculo, pero en vez de eso siguió tanteando. Acometía una y otra vez, y Dalinar se escabullía de la reluciente espada.

El joven empezó a preocuparse y frustrarse. Quizá si el cielo hubiera estado encapotado, habría visto el tenue brillo de la luz tormentosa que empleaba Dalinar.

A medida que el tiempo se agotaba, el joven se puso más frenético. Sabía lo que sucedería a continuación. Tendría que pasar tres minutos solo en un círculo, desarmado contra el Espina Negra. Los ataques pasaron de ser vacilantes a decididos, y luego a desesperados.

«Muy bien —pensó Dalinar—, va siendo el momento.»

La cuenta atrás descendió a los diez segundos. El joven embistió hacia él en un último asalto con todas sus fuerzas.

Dalinar se irguió, relajado, y separó los brazos del cuerpo para que el público entendiera que no iba a esquivar a propósito. Luego dio un paso hacia el ataque del hombre.

La espada larga lo alcanzó en pleno pecho, justo a la izquierda del corazón. Dalinar gruñó por el impacto y el dolor, pero había conseguido encajar el espadazo de forma que no le alcanzara la columna vertebral.

La sangre le llenó un pulmón y la luz tormentosa acudió rauda a sanarlo. El hombre parecía horrorizado, como si a pesar de todo no hubiera esperado ni querido propinarle un golpe tan definitivo.

El dolor remitió. Dalinar tosió, escupió sangre a un lado, cogió la muñeca del joven con la mano y se incrustó más la espada en el pecho.

Su rival soltó el puño de la espada y retrocedió trastabillando, con los ojos desorbitados.

—Ha sido un buen golpe —dijo Dalinar, con la voz acuosa y raída—. He visto lo preocupado que estabas hacia el final. Muchos otros habrían permitido que su estilo se resintiera.

El hijo de Fen cayó arrodillado, con los ojos alzados hacia Dalinar, que se aproximó hasta quedar de pie a su lado. La sangre manaba en torno a la herida, manchándole la camisa, hasta que la luz tormentosa por fin tuvo tiempo de sanar los cortes externos. Dalinar absorbió la suficiente para brillar incluso a plena luz del día.

El patio había quedado en silencio. Las escribas se habían tapado las bocas, espantadas. Los soldados tenían las manos en las espadas, entre sorpresaspren con forma de triángulos amarillos que se resquebrajaban.

Navani compartió con él una sonrisa de astucia, cruzada de brazos.

Dalinar cogió la espada por el puño y se la sacó del pecho. La luz tormentosa se apresuró a curar la herida.

Hubo que reconocer al joven que se levantara y farfullara:

—Te toca, Espina Negra. Estoy preparado.

—No. Has derramado mi sangre.

—Te has dejado.

Dalinar se quitó la camisa y se la arrojó al joven.

—Dame tu camisa y estamos en paz.

El hombre atrapó la camiseta ensangrentada y miró a Dalinar con confusión en la mirada.

—No quiero quitarte la vida, hijo —dijo Dalinar—. No quiero tu ciudad ni tu reino. Si hubiera querido conquistar Thaylenah, no os habría ofrecido un rostro sonriente y promesas de paz. Eso ya deberías saberlo por mi reputación.

Se volvió hacia los oficiales, los ojos claros y las escribas que miraban. Había logrado su objetivo. Estaban impresionados, lo temían. Los tenía en la palma de la mano.

Por eso lo sorprendió sentir un repentino y profundo disgusto. Por algún motivo, aquellos rostros asustados lo golpearon con más fuerza que la espada.

Furioso, con una vergüenza que aún no comprendía, dio media vuelta y se marchó a zancadas y subió los escalones desde el patio hasta el templo elevado. Detuvo a Navani con un gesto cuando esta hizo ademán de ir a hablar con él.

Solo. Necesitaba estar un momento a solas. Llegó a la entrada del templo, se volvió y se sentó en el rellano, con la espalda apoyada contra el bloque de piedra que había caído en el hueco de la puerta. El Padre Tormenta atronaba al fondo de su mente. Y más allá de él, el sonido era de…

Decepción. ¿Qué acababa de conseguir? Decía que no quería conquistar a ese pueblo, pero ¿qué narrativa tenían sus actos? «Soy más fuerte que vosotros —decían—. No necesito combatir con vosotros. Podría aplastaros sin sudar.»

¿Era así cómo se sentiría la gente cuando los Caballeros Radiantes llegaban a su ciudad?

A Dalinar se le revolvieron del todo las entrañas. Había hecho jugadas como aquella a docenas en su vida, desde cuando reclutó a Teleb en su juventud hasta forzar a Elhokar para que aceptara que Dalinar no intentaba matarlo, o hacía menos tiempo, obligando a Kadash a luchar contra él en la cámara de entrenamiento.

Por debajo, la gente se había congregado en torno al hijo de Fen y charlaban animados. El joven se frotó el pecho, como si fuese él quien hubiera recibido el golpe.

En el fondo de la mente de Dalinar, oyó la misma voz insistente. La misma que llevaba oyendo desde el inicio de sus visiones.

«Únelos.»

—Eso intento —susurró Dalinar.

¿Por qué no podía convencer nunca a nadie pacíficamente? ¿Por qué no lograba que la gente lo escuchara sin antes tener que apalearlos hasta que sangraran, o a la inversa, impresionarlos con sus propias heridas?

Suspiró, se reclinó y apoyó la cabeza contra las piedras del templo destrozado.

«Únenos. Por favor.»

Era… una voz distinta. Centenares de ellas superpuestas, haciendo el mismo ruego, tan tenues que apenas alcanzaba a oírlas. Cerró los ojos, intentando determinar el origen de esas voces.

¿Piedra? Sí, tenía una sensación como de trozos de piedra doloridos. Dalinar se sobresaltó. Estaba escuchando al spren del mismísimo templo. Aquellas paredes habían existido como un todo durante siglos. Pero sus fragmentos, quebrados y destruidos, sentían dolor. Seguían viéndose a sí mismos como un hermoso conjunto de tallas, no como una fachada arruinada, con cascotes caídos tirados por ahí. Anhelaban volver a ser una sola entidad, intacta.

El spren del templo gritaba con muchas voces, como los hombres sollozando por sus cuerpos destrozados en un campo de batalla.

«Tormentas. ¿Es que todo lo que imagino tiene que estar relacionado con la destrucción? ¿Con la muerte, los cuerpos rotos, el humo en el aire y la sangre en las piedras?»

La calidez en su interior le respondió que no.

Se levantó, se volvió, lleno de luz tormentosa, y aferró el dintel caído que bloqueaba la entrada. Esforzándose, movió el bloque hasta que pudo meterse debajo agachado y apretar los hombros contra él.

Respiró hondo y empujó hacia arriba. La piedra frotó contra la piedra mientras Dalinar alzaba el bloque. Lo levantó lo suficiente para colocar las manos justo encima de la cabeza. Con un último empujón y un bramido, tensó las piernas, la espalda y los brazos y levantó el dintel empeñando todas sus fuerzas. La luz tormentosa se agitó en su interior y sus articulaciones saltaron y se curaron mientras, centímetro a centímetro, alzaba la piedra hacia su lugar sobre el umbral.

Podía sentir cómo lo animaba a seguir el templo. Anhelaba más que nada en el mundo volver a estar completo. Dalinar absorbió más luz tormentosa, tanta como podía contener, drenando todas las gemas que había llevado.

Con la cara sudando a mares, colocó el bloque lo bastante cerca como para que volviera a notarse en su sitio. El poder fluyó de sus brazos hacia él y luego se infiltró a las demás piedras.

Las tallas se recompusieron.

El dintel de piedra que Dalinar sostenía se elevó y se encajó. La luz llenó las grietas de las piedras y las recompuso, y alrededor de la cabeza de Dalinar aparecieron glorispren.

Cuando el brillo se retiró, la fachada frontal del majestuoso templo, incluyendo la entrada y los cascados relieves, había quedado restaurada. Dalinar se encaró hacia ella, descamisado y empapado de sudor, sintiéndose veinte años más joven.

No, el hombre que era hacía veinte años jamás habría sido capaz de hacer esto.

«Forjador de Vínculos.»

Una mano le tocó el brazo: las suaves yemas de los dedos de Navani.

—Dalinar, ¿qué has hecho?

—Escuchar.

El poder servía para mucho, mucho más que romper cosas. «Lo hemos estado pasando por alto. Hemos estado ignorando respuestas que teníamos delante de las narices.»

Miró hacia atrás, a la muchedumbre que subía la escalera y se congregaba a su alrededor.

—Tú —dijo Dalinar a una escriba—. ¿Eres la que escribió a Urithiru y ha pedido los cirujanos de Taravangian?

—Eh… sí, brillante señor —dijo ella.

—Escribe otra vez. Que venga mi hijo Renarin.

La reina Fen encontró a Dalinar en el patio del templo de Battah, el de la enorme estatua rota. Su hijo, que llevaba la camisa ensangrentada de Dalinar atada a la cintura, a modo de fajín, dirigía una cuadrilla de diez hombres con cuerdas. Acababan de colocar las caderas de la estatua en su sitio. Dalinar absorbió la luz tormentosa de unas esferas prestadas y selló la piedra.

—¡Creo que he encontrado el brazo izquierdo! —gritó un hombre desde abajo, donde casi toda la estatua había caído a través del techo de una mansión. El equipo de soldados y ojos claros que encabezaba Dalinar vitoreó y corrió escalera abajo.

—No esperaba encontrar al Espina Negra sin camisa —dijo la reina Fen—. Ni… ¿haciendo de escultor?

—Yo solo puedo reparar objetos inanimados —respondió Dalinar, frotándose las manos con un trapo que llevaba atado a la cintura, exhausto. Usar tanta luz tormentosa era una novedad para él, y una experiencia agotadora—. Mi hijo es quien está haciendo el trabajo importante.

Una pequeña familia salió del templo. A juzgar por los pasos cautelosos del padre, apoyado en sus hijos, parecía que el hombre se había roto una pierna o las dos en la tormenta más reciente. El hombre fornido gesticuló para que sus hijos se apartaran, dio unas pisadas él solo y entonces, con los ojos muy abiertos, dio un saltito.

Dalinar conocía la sensación, el efecto persistente de la luz tormentosa.

—Debería haberlo pensado antes. De verdad tendría que haber enviado a por él en el momento en que vi a los heridos. Soy un necio. —Dalinar negó con la cabeza—. Renarin tiene la capacidad de sanar. Es nuevo con sus poderes, como yo con los míos, y a quienes mejor cura es a los heridos recientes. Me pregunto si será parecido a lo que estoy haciendo yo. Cuando el alma se acostumbra a una herida, es mucho más difícil de tratar.

Un solo asombrospren se materializó cerca de Fen mientras la familia se acercaba, haciendo reverencias y hablando en thayleño, el padre sonriendo embobado. Por un instante, a Dalinar le pareció que casi llegaba a entender lo que decían, como si una parte de él estuviera extendiendo un vínculo hacia el hombre. Fue una sensación curiosa, que no sabía interpretar del todo.

Cuando se hubieron marchado, Dalinar se dirigió a la reina.

—No sé cuánto tiempo aguantará Renarin, ni cuántas de esas heridas serán lo bastante recientes para que las sane. Pero era algo que podíamos hacer.

Los hombres avisaron desde abajo, sacando un brazo de piedra por la ventana de la mansión.

—Veo que también has cautivado a Kdralk —comentó Fen.

—Es buen chico —dijo Dalinar.

—Estaba decidido a encontrar la forma de batirse contigo en duelo. Por lo que me dicen, se lo has concedido. Vas a arrasar toda esta ciudad, encantando a la gente de uno en uno, ¿verdad?

—Espero que no. Suena a que me llevaría mucho tiempo.

Un joven llegó corriendo desde el templo, sosteniendo a un niño de pelo lacio que, pese a llevar la ropa raída y manchada, sonreía de oreja a oreja. El joven se inclinó ante la reina y dio las gracias a Dalinar con el poco alezi que sabía. Renarin seguía atribuyéndole a él las sanaciones.

Fen los vio marcharse con una expresión ilegible en los rasgos.

—Necesito tu ayuda, Fen —susurró Dalinar.

—Me cuesta creer que necesites nada, teniendo en cuenta lo que has hecho hoy.

—Los portadores de esquirlada no pueden defender terreno.

Ella lo miró, frunciendo el ceño.

—Disculpa. Es una máxima militar. Significa… Da lo mismo. Fen, tengo Radiantes, sí, pero por muy poderosos que sean, no ganarán esta guerra. Y lo que es más importante, no alcanzo a ver lo que me falta. Por eso te necesito.

—Yo pienso como un alezi, igual que la mayoría de mis consejeros. Tenemos en cuenta la guerra, el conflicto, pero pasamos por alto hechos importantes. Cuando me enteré de los poderes que tenía Renarin, solo pensé en restaurar a las tropas en el campo de batalla para seguir luchando. Te necesito a ti, necesito a los azishianos. Necesito una coalición de líderes que se fijen en lo que yo no, porque nos enfrentamos a un enemigo que no piensa como ningún otro en la historia. —Inclinó la cabeza hacia ella—. Por favor, únete a mí, Fen.

—Ya he abierto esa puerta y estoy hablando con los consejos de mercaderes sobre prestarte ayuda en tu guerra. ¿No es lo que querías?

—Ni de lejos, Fen. Quiero que te unas a mí.

—¿Cuál es la diferencia?

—La misma que entre referirse a ella como tu guerra y nuestra guerra.

—Eres incansable. —La reina respiró hondo y le impidió que objetara—. Supongo que esto es lo necesario ahora mismo. De acuerdo, Espina Negra. Tú, Taravangian y yo. La primera coalición vorin unida que ve el mundo desde la Hierocracia. Es una pena que dos de estos primeros reinos yazcan en ruinas.

—Tres —dijo Dalinar con un gruñido—. Kholinar sufre el asedio del enemigo. He enviado ayuda, pero de momento, Alezkar es un reino ocupado.

—Maravilloso. Bueno, creo que podré persuadir a las facciones de mi ciudad de que permitan a tus tropas venir y colaborar. Si todo marcha bien con eso, escribiré al Supremo de Azir. Quizá ayude.

—Estoy seguro de que sí. Ahora que tú te has unido, la Puerta Jurada azishiana es la más importante que debemos atraer a nuestra causa.

—Pues te va a costar —dijo Fen—. Los azishianos no están tan desesperados como yo y, para serte franca, no son vorin. Aquí la gente, yo incluida, responde a un buen empujón de un monarca decidido. Fuerza y pasión, a la manera vorin. Pero esa táctica solo hará que los azishianos se enconen y te rechacen más.

Dalinar se frotó la barbilla.

—¿Tienes alguna sugerencia?

—No creo que vayas a encontrarla muy atractiva.

—Prueba a ver —dijo Dalinar—. Empiezo a comprender que mi forma normal de hacer las cosas tiene serias limitaciones.

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