Juramentada

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TERCERA PARTE » 64. Vinculador de dioses

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64. Vinculador de dioses

Los desacuerdos entre los Rompedores del Cielo y los Corredores del Viento han alcanzado niveles trágicos. Ruego a cualquiera de ellos que oiga esto que admita que no son tan diferentes como cree

Del cajón 27-19, topacio

Dalinar metió la mano en el agujero del suelo donde había escondido la hoja de Honor del asesino. Seguía allí: palpó la empuñadura bajo el saliente de piedra.

Esperaba sentir algo más al tocarla. ¿Poder? ¿Un cosquilleo? Se trataba de un arma de los Heraldos, tan antigua que las hojas esquirladas comunes eran recientes en comparación. Y, sin embargo, mientras la sacaba, lo único que sintió fue su propia rabia. Esa era el arma del asesino que había matado a su hermano. El arma empleada para aterrorizar Roshar, para asesinar a los señores de Jah Keved y Azir.

Era miope por su parte visualizar aquella arma de la antigüedad solo como la espada del Asesino de Blanco. Salió a la estancia más grande que había al lado y contempló la espada a la luz de las esferas que había dejado allí en una losa de piedra. Sinuosa y elegante, era el arma de un rey. De Jezerezeh’Elin.

—Algunos daban por sentado que eras un Heraldo —comentó Dalinar al Padre Tormenta, que rugía al fondo de su mente—. Jezerezeh, Heraldo de Reyes, Padre de Tormentas.

Los hombres dicen muchas necedades, replicó el Padre Tormenta. Algunos nombraban a Kelek como Padre Tormenta, y otros a Jezrien. No soy ninguno de ellos.

—Pero Jezerezeh sí que era un Corredor del Viento.

Jezerezeh ya estaba antes de los Corredores del Viento. Era Jezrien, un hombre cuyos poderes no recibían nombre. Eran él, sin más. Los Corredores del Viento se nombraron solo después de que Ishar fundara las órdenes.

—Ishi’Elin —dijo Dalinar—, Heraldo de la Suerte.

O de los misterios, repuso el Padre Tormenta, o de los sacerdotes. O de otra docena de cosas, según lo apodaran los hombres. Ahora está igual de loco que el resto. Quizá más.

Dalinar bajó la hoja de Honor y miró al este, hacia el Origen. Incluso a través de las paredes de piedra, sabía que ahí era donde encontraría al Padre Tormenta.

—¿Sabes dónde están?

Te lo he dicho. No lo veo todo. Solo atisbos en las tormentas.

—¿Sabes dónde están?

Solo uno de ellos, dijo el spren con voz retumbante. He… visto a Ishar. Me maldice de noche, incluso mientras se llama dios a sí mismo. Busca la muerte. La suya propia. Quizá la de todos los hombres.

Todo encajó.

—¡Padre Tormenta!

¿Sí?

—Ah. Hum, era un exabrupto. No importa. Tezim, el dios-sacerdote de Tukar. ¿Es él? ¿Ishi, Heraldo de la Suerte, es el hombre que está batallando contra Emul?

Sí.

—¿Con qué propósito?

Está loco. No busques sentido a sus actos.

—¿Y cuándo pensabas informarme de esto?

Cuando preguntaras. ¿Cuándo si no iba a hablar de ello?

—¡Cuando se te ocurriera! —exclamó Dalinar—. ¡Sabes cosas importantes, Padre Tormenta!

El spren se limitó a atronar por respuesta.

Dalinar respiró hondo, intentando tranquilizarse. Los spren no pensaban como los hombres. Enfadarse no cambiaría lo que le había dicho el Padre Tormenta. ¿Había algo que pudiera?

—¿Sabes más sobre mis poderes? —preguntó Dalinar—. ¿Sabías que podía sanar la piedra?

Lo supe una vez lo hiciste, dijo el Padre Tormenta. Sí, cuando lo hiciste, lo sabía desde siempre.

—¿Sabes qué más puedo hacer?

Por supuesto. Cuando lo descubras, lo sabré.

—Pero…

Tus poderes llegarán cuando estés preparado para ellos, no antes, dijo el Padre Tormenta. No pueden apresurarse ni forzarse.

Pero no mires los poderes de otros, ni siquiera de quienes comparten tus potencias. Su cometido no es el tuyo y sus poderes son pequeños y mezquinos. Lo que hiciste al recomponer esas estatuas fue una nimiedad, un truco de feria.

Tuyo es el poder que una vez blandió Ishar. Antes de ser el Heraldo de la Suerte, lo llamaban Vinculador de Dioses. Fue el fundador del Juramento. Ningún Radiante es capaz de más que tú. Tuyo es el poder de la Conexión, de unir hombres y mundos, mentes y almas. Tus potencias son las más grandiosas de todas, aunque se demostrarán impotentes si pretendes emplearlas solo para la batalla.

Las palabras bañaron a Dalinar y parecieron empujarlo hacia atrás con su fuerza. Cuando el Padre Tormenta dejó de hablar, Dalinar se sintió falto de aliento, con un principio de jaqueca. Por acto reflejo, absorbió luz tormentosa para curárselo y la pequeña cámara se oscureció. Hacerlo detuvo el dolor, pero no hizo nada a sus sudores fríos.

—¿Hay otros como yo ahí fuera? —preguntó por fin.

Ahora mismo no, y solo puede haber tres en todo momento. Uno por cada uno de nosotros.

—¿Tres? —dijo Dalinar—. Tres spren que hacen Forjadores de Vínculos. Estás tú… ¿y Cultivación es la segunda?

El Padre Tormenta rio, de verdad rio.

Te costaría bastante convertirla a ella en tu spren. Me gustaría verte intentarlo.

—¿Quiénes, pues?

Mis hermanos no deben concernirte.

Parecían concernirlo mucho, pero Dalinar había aprendido cuándo evitar insistir en un tema. Solo conseguiría que el spren se retirara. Dalinar empuñó la hoja de Honor con firmeza, y recogió sus esferas, una de las cuales se había vuelto opaca.

—¿Alguna vez te he preguntado como las renuevas?

Dalinar alzó la esfera y observó el rubí de su centro. Los había visto sueltos y siempre lo impresionaba lo pequeños que eran en realidad. El cristal los hacía parecer mucho más grandes.

El poder de Honor, durante una tormenta, se concentra en un solo lugar, respondió el Padre Tormenta. Penetra en los tres reinos y unifica el Físico, el Cognitivo y el Espiritual por un instante. Las gemas, expuestas a la maravilla del Reino Espiritual, se iluminan con el poder infinito presente allí.

—¿Podrías renovar esta esfera ahora mismo?

No lo sé. Sonaba intrigado. Sostenla.

Dalinar lo hizo y notó que ocurría algo, un tirón en las entrañas, como si el Padre Tormenta presionara contra su vínculo. La esfera permaneció opaca.

No es posible, dijo el Padre Tormenta. Estoy cerca de ti, pero el poder no lo está: sigue cabalgando en la tormenta.

Era mucho más que lo que solía sonsacar al Padre Tormenta. Esperó poder recordarlo al pie de la letra para luego repetírselo a Navani, aunque por supuesto, si el Padre Tormenta estaba escuchando, corregía los errores de Dalinar. Al Padre Tormenta no le gustaba que lo citaran mal.

Dalinar salió al pasillo para reunirse con el Puente Cuatro. Levantó la hoja de Honor, un artefacto poderoso y capaz de cambiar el mundo. Pero, al igual que las hojas esquirladas que descendían de ella, era un arma inútil si se dejaba oculta.

—Esta —dijo a los hombres del Puente Cuatro— es la hoja de Honor que recuperó vuestro capitán.

Los veintitantos hombres se apiñaron más y el metal reflejó sus caras de curiosidad.

—Quienquiera que la empuña obtendrá al instante los poderes de un Corredor del Viento —añadió Dalinar—. La ausencia de vuestro capitán os ha interrumpido el entrenamiento. Quizá esto pueda mitigar la carencia, aunque solo pueda usarla una persona a la vez.

Contemplaron admirados la espada, de modo que Dalinar se la tendió al primer teniente de Kaladin, un hombre del puente más mayor y barbudo llamado Teft.

Teft hizo ademán de cogerla, pero retiró la mano.

—Leyten —ladró—, tú eres nuestro tormentoso armero. Coge tú ese trasto.

—¿Yo? —dijo un hombre del puente achaparrado—. Eso no es una armadura.

—Se acerca bastante.

—Eh…

—Llaneros tarados por el aire —dijo Roca el comecuernos. Se adelantó y empuñó el arma—. Tenéis la sopa fría. Es frase hecha que significa: «Sois todos tontos.»

El comecuernos la movió, curioso, y sus ojos se decoloraron a un azul cristalino.

—¿Roca? —dijo Teft—. ¿Tú, sosteniendo un arma?

—No voy a blandir esta cosa —replicó Roca, poniendo los ojos en blanco—. La mantendré a salvo. Nada más.

—Es una hoja esquirlada —advirtió Dalinar—. Tenéis entrenamiento con ellas, ¿me equivoco?

—Lo tenemos, señor —respondió Teft—. No significa que alguno de estos no vaya a amputarse los pies. Pero… supongo que podremos usarla para curar a quien lo haga. Sigzil, prepara una rotación para que podamos practicar.

«Curar.» Dalinar se sintió estúpido. Había vuelto a pasarlo por alto. Cualquiera que empuñase esa hoja poseería los poderes de un Radiante. ¿Significaba que podía usar la luz tormentosa para curarse a sí mismo? En caso afirmativo, podía ser un uso adicional muy valioso del arma.

—Que nadie se entere de que la tenéis —les dijo Dalinar—. Supongo que podréis aprender a descartarla e invocarla como una hoja esquirlada común. Mirad a ver qué descubrís e informadme.

—Le daremos buen uso, señor —prometió Teft.

—Bien. —El reloj fabrial de su antebrazo tintineó, y Dalinar contuvo un suspiro. ¿Navani había aprendido a hacerlo sonar?—. Si me disculpáis, tengo que prepararme para una cita con un emperador a mil quinientos kilómetros de aquí.

Poco después, Dalinar estaba en su terraza. Con las manos a la espalda, miraba hacia fuera, hacia las plataformas de transporte por Puerta Jurada.

—Tuve muchos negocios con los azishianos cuando era joven —dijo Fen desde detrás de él—. Puede que esto no funcione, pero es mucho mejor plan que el tradicional pavoneo alezi.

—No me hace gracia que vaya él solo —repuso Navani.

—Según me informaron —dijo Fen con sequedad—, le atravesaron el pecho, levantó una piedra que venía a pesar lo que diez hombres y luego se puso a recomponer mi ciudad roca tras roca. Yo creo que estará bien.

—No habrá luz tormentosa que valga si lo encierran sin más —objetó Navani—. Podríamos estar enviándolo a convertirse en rehén.

Discutían para que él lo oyera. Tenía que comprender los riesgos. Y así era. Se acercó para dar a Navani un suave beso. Le sonrió, se volvió y tendió la mano hacia Fen, que le dio un paquete de papel, parecido a un sobre muy grande.

—¿Es esto, pues? —preguntó—. ¿Tengo los tres ahí dentro?

—Están señalados con los glifos pertinentes —dijo Navani—. Y la vinculacaña también va dentro. Me han prometido que hablarán alezi durante la reunión, y no tendrás un intérprete propio, ya que insistes en ir tú solo.

—Insisto —convino Dalinar, empezando a andar hacia la puerta—. Quiero probar la sugerencia de Fen.

Navani se levantó deprisa y le cogió el brazo con su mano libre.

—Te lo aseguro —dijo él—, estaré a salvo.

—No lo estarás. Pero esto no es distinto de los centenares de otras veces que has salido cabalgando a la batalla. Toma. —Le entregó una cajita envuelta en tela.

—¿Fabrial?

—Almuerzo —dijo ella—. Vete a saber cuándo te dará de comer esa gente.

Lo había envuelto en una glifoguarda. Dalinar enarcó una ceja al verla y Navani alzó los hombros. «Daño tampoco hará, ¿verdad?», parecía significar. Navani le dio un abrazo, que prolongó un momento de más respecto a lo que haría otra alezi, y se apartó.

—Estaremos pendientes de la vinculacaña. Si transcurre una hora sin comunicación, iremos a recogerte.

Dalinar asintió. No podía escribirles, por supuesto, pero sí activar y desactivar la pluma para enviar señales, un viejo truco de general para cuando estaba sin escriba.

Al cabo de poco, salió dando zancadas a la meseta occidental de Urithiru. Mientras la cruzaba en dirección a la Puerta Jurada, pasó frente a hombres que marchaban en formación, sargentos que vociferaban órdenes y corredores que llevaban mensajes. Dos de sus portadores de esquirlada, Rust y Serugiadis, que solo tenían la armadura, estaban practicando con gigantescos arcos esquirlados, lanzando gruesas flechas a centenares de metros de distancia hacia un gran objetivo de paja que Kaladin había situado en la ladera de un monte cercano.

Una cantidad significativa de soldados comunes estaban sentados con esferas en la mano, mirándolas concentrados. Había corrido la voz de que el Puente Cuatro buscaba nuevos miembros. Últimamente se había fijado en muchos hombres en los pasillos que llevaban esferas en la mano «porque daba suerte». Dalinar pasó junto a un grupo allí fuera que estaba hablando de tragarse las esferas.

El Padre Tormenta atronó, molesto.

Lo están enfocando al revés. Necios. No pueden absorber luz y convertirse en Radiantes. Primero deben aproximarse a la Radianza y entonces buscar la luz para cumplir la promesa.

Dalinar gritó a los hombres que volvieran al entrenamiento y no se tragaran ninguna esfera. Obedecieron a toda prisa, sorprendidos de encontrar al Espina Negra alzándose sobre ellos. Dalinar negó con la cabeza y siguió adelante. Su camino, por desgracia, lo llevó a través de una batalla fingida. Dos bloques de lanceros presionaban entre sí en la llanura, gruñendo esforzados, practicando para mantener la formación bajo tensión. Aunque llevaban lanzas romas de práctica, aquello era sobre todo trabajo de escudo.

Dalinar captó las advertencias de que lo estaban llevando demasiado lejos. Los soldados gritaban con acritud real y a sus pies bullían furiaspren. Una de las líneas flaqueó y, en vez de retirarse, sus adversarios siguieron embistiendo una vez tras otra con los escudos.

Verde y blanco en un bando, negro y bermellón en el otro. Sadeas y Aladar. Dalinar renegó entre dientes y se acercó a los hombres, gritándoles que se apartaran. Al momento, los capitanes y comandantes repitieron su orden. Las filas traseras de los dos bloques de práctica se retiraron, pero la competición del centro degeneró en una pelea abierta.

Dalinar gritó y la luz tormentosa titiló en las piedras que tenía delante. Los que no estaban metidos en la pelea se apartaron de un salto. Los demás se quedaron atascados en la luz tormentosa, que los adhirió al suelo. Con ello, todos menos los más furiosos dejaron de luchar.

Separó a los últimos que quedaban, los hizo bajar al suelo y los pegó a la piedra junto a sus furiaspren. Los hombres se revolvieron un momento, antes de ver a Dalinar y quedarse petrificados, con las adecuadas expresiones avergonzadas.

«Recuerdo estar tan enfrascado en la batalla —pensó Dalinar—. ¿Es la Emoción?» No recordaba sentirla desde… hacía mucho tiempo. Haría preguntar a los hombres para determinar si alguno de ellos podía sentirla.

Dalinar permitió que la luz tormentosa se evaporara como un vapor luminiscente. Los oficiales de Aladar retiraron a su unidad de forma ordenada y gritaron a sus hombres que se pusieran a hacer calistenia. Los soldados de Sadeas, en cambio, escupieron al suelo, se levantaron y retrocedieron formando grupitos taciturnos, que maldecían y murmuraban.

«Están empeorando», pensó Dalinar. Bajo el mando de Torol Sadeas, habían sido desaliñados y sádicos, pero aun así soldados. Sí, tendían a armar bronca, pero obedecían deprisa en batalla. Habían sido efectivos, ya que no ejemplares.

El nuevo estandarte de Sadeas ondeaba sobre aquellos hombres. Meridas Sadeas —Amaram— había cambiado el diseño del glifopar, como dictaba la tradición. La torre baja de Sadeas se había alargado y el martillo se había transformado en hacha.

Pese a su reputación de comandar ejércitos impecables, era evidente que Amaram tenía problemas para controlar a aquellos hombres. Nunca había tenido en sus manos una fuerza tan numerosa, y quizá el asesinato de su alto príncipe había alterado a los hombres hasta un punto en el que Amaram ya no podía hacer nada.

Aladar no había sido capaz de encontrar nada sustancial sobre el asesinato de Torol. Se suponía que la investigación seguía en marcha, pero no tenía pistas. La spren estaba descartada como responsable, pero no tenían ni idea de quién lo era.

«Tendré que hacer algo con estos soldados —pensó Dalinar—. Necesitan algo que los agote, que evite que se metan en peleas.»

Quizá tuviera la solución perfecta. Se lo planteó mientras por fin emprendía el ascenso de la rampa hacia la plataforma de la Puerta Jurada en sí y cruzaba la extensión desierta hacia el edificio de control. Jasnah lo esperaba dentro, leyendo un libro y tomando notas.

—¿Por qué te has retrasado? —le preguntó.

—Casi ha habido disturbios en la plaza de armas —dijo él—. Dos formaciones que entrenaban se han enzarzado y han empezado a atizarse entre ellas.

—¿Sadeas?

Dalinar asintió.

—Tendremos que hacer algo al respecto.

—Ya lo he pensado. Es posible que un poco de trabajo duro, bajo estricta supervisión en una ciudad en ruinas, sea lo que más les conviene.

Jasnah sonrió.

—Qué conveniente es que ahora mismo estemos proveyendo de esa ayuda exacta a la reina Fen. Pretendes dejar exhaustas a las tropas de Sadeas, suponiendo que podamos tenerlas controladas allí.

—Empezaré con grupos pequeños, para asegurarme de que no estemos enviando más problemas a Fen —dijo Dalinar—. ¿Hay alguna noticia de la infiltración del equipo del rey en Kholinar?

Como ya habían esperado, el Padre Tormenta no era capaz de llegar a nadie del grupo para introducirlo en una visión, ni Dalinar osaba arriesgarse a ello, pero habían enviado varias vinculacañas con Elhokar y Shallan.

—Ninguna. Estaremos atentas y te lo diremos en el momento en que llegue cualquier tipo de respuesta.

Dalinar asintió y ahogó la preocupación que sentía por Elhokar y su hijo. Tenía que confiar en que, en algún momento, o bien completarían su tarea o hallarían la manera de informar sobre qué se lo impedía.

Jasnah invocó su hoja esquirlada. Era raro lo natural que resultaba ver a Jasnah con espada.

—¿Estás preparado?

—Lo estoy.

La chica reshi, Lift, tenía permiso de la corte azishiana para desbloquear la Puerta Jurada por su lado. El emperador, por fin, estaba dispuesto a reunirse con Dalinar en persona.

Jasnah activó el dispositivo e hizo girar la pared interior y brillar el suelo. La luz refulgió en el exterior y, al instante, un calor agobiante entró por las puertas. Por lo visto, en Azir estaba bien avanzada una estación estival.

Allí hasta olía distinto. A especias exóticas, y otros aromas más sutiles como maderas inusuales en Alezkar.

—Buena suerte —dijo mientras Dalinar salía de la estancia.

Hubo un fogonazo a su espalda cuando Jasnah regresó a Urithiru, dejándolo para que se reuniera con la corte imperial azishiana en solitario.

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