Juramentada
QUINTA PARTE » 121. Ideales
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Se volvió y entró paseando en una tienda de heridos, cuya pared del fondo estaba atada a la parte bonita de la muralla, la que estaba hecha de bronce. Lopen esperaba que los thayleños supieran apreciarla. ¿Quién tenía una muralla metálica? Lopen pondría una en su palacio cuando se lo construyera.
Pero los thayleños eran gente rara. ¿Cómo si no podía calificarse a una gente que disfrutaba viviendo tan al sur, con el frío que hacía? Su idioma nativo era casi el castañeteo de dientes.
Aquella tienda de heridos estaba llena de los considerados demasiado sanos para la curación de Renarin o Lift, pero que aun así necesitaban un cirujano. No estaban muriéndose, o no ya mismo. Quizá después. Pero todo el mundo moriría quizá después, así que seguro que no pasaba nada por colar antes de ellos a alguien que tenía las tripas fuera de sitio.
Los gemidos y quejidos indicaban que no ir a morir de inmediato tampoco los satisfacía mucho. Los fervorosos hacían lo que podían, pero casi todos los cirujanos estaban trabajando más arriba en la ciudad. Las fuerzas de Taravangian habían decidido unirse a la batalla, ahora que todo lo fácil, como morirse, que en realidad no requería gran habilidad, estaba hecho.
Lopen recogió su morral y pasó junto a Dru, que estaba doblando vendajes recién hervidos. Hasta después de tantos siglos, hacían lo que les habían dicho los Heraldos. Hervir las cosas mataba a los putrispren.
Lopen dio una palmada a Dru en el hombro. El delgado alezi alzó la mirada y lo saludó con la cabeza, enseñándole unos ojos enrojecidos. Amar a un soldado no era fácil, y si Kaladin había vuelto solo de Alezkar…
Lopen siguió adelante y acabó sentándose junto a un hombre herido en un catre. Era thayleño, con las cejas muy largas y una venda alrededor de la cabeza. Miraba recto hacia delante, sin parpadear.
—¿Quieres ver un truco? —preguntó Lopen al soldado.
El hombre se encogió de hombros.
Lopen levantó el pie y apoyó la bota en el camastro del hombre. Se le habían desatado los cordones y Lopen, con una mano a la espalda, los cogió, se los enrolló en la mano, los retorció y tiró de uno usando el otro pie para sostener el otro. Terminó con un nudo excelente y un lazo bien bonito. Era hasta simétrico. A lo mejor podía convencer a algún fervoroso para que escribiera un poema sobre él.
El soldado no reaccionó. Lopen se reclinó y acercó su morral, que tintineó un poco.
—No te pongas así, que no es el fin del mundo.
El soldado ladeó la cabeza.
—Bueno, vale. Puede que, si nos ponemos estrictos, lo sea. Pero para ser el fin del mundo, tampoco está tan mal, ¿verdad? Yo creía que, cuando todo terminara, nos hundiríamos en un hediondo baño de pus y destrucción, respirando agonía mientras el aire a nuestro alrededor, sí, se fundía, y dábamos un último grito ardiente, recreándonos en el recuerdo de la última vez que nos amó una mujer. —Lopen dio unos golpecitos en el catre del hombre—. No sé tú, muli, pero mis pulmones no están ardiendo. El aire no parece muy fundido. Para lo mal que podría haber salido esto, tienes mucho que agradecer. Recuérdalo.
—Eh… —El hombre parpadeó.
—Me refiero a que recuerdes esas palabras exactas. Es la frase que tienes que decir a la mujer con la que te estás viendo. No veas si ayuda.
Buscó en su morral y sacó una botella de cerveza de lavis que había rescatado. Rua dejó de revolotear por la parte de arriba de la tienda el tiempo suficiente para flotar hacia abajo e inspeccionarla.
—¿Quieres ver un truco? —preguntó Lopen.
—Eh… ¿Otro? —dijo el hombre.
—De normal, le quitaría el tapón con una uña. Tengo unas uñas herdazianas buenísimas, muy duras. Tú las tienes más débiles, como casi todo el mundo. Así que allá va el truco.
Lopen se arremangó la pernera del pantalón con una mano. Se apoyó la botella en la pierna, con la boca hacia arriba, y le dio un rápido giro que hizo saltar el tapón. Alzó la botella hacia el hombre.
El soldado intentó cogerla con el muñón vendado de su brazo derecho, que terminaba encima del codo. Lo miró, torció el gesto y extendió el brazo izquierdo hacia la botella.
—Si te hace falta algún chiste —dijo Lopen—, tengo unos cuantos que ya no puedo usar.
El soldado bebió en silencio y sus ojos se desviaron hacia el principio de la tienda, por donde había entrado Kaladin brillando un poco, para hablar con unos cirujanos. Conociendo a Kaladin, seguro que les estaba diciendo cómo hacer su trabajo.
—Eres uno de ellos —dijo el soldado—. Un Radiante.
—Claro —respondió Lopen—. Pero en realidad no soy uno de ellos. Estoy intentando decidir el siguiente paso.
—¿Siguiente paso?
—Ya tengo el vuelo —dijo Lopen—, y el spren. Pero no sé si se me da bien salvar a la gente todavía.
El hombre miró su bebida.
—Yo… diría que quizá sí que lo hagas bien.
—Eso es una cerveza, no una persona. Mejor no las confundas. Es muy embarazoso, pero no lo contaré, descuida.
—¿Cómo te…? —dijo el hombre—. ¿Qué hay que hacer para apuntarse? Dicen… que te cura…
—Claro, lo cura todo menos lo que tienes en el rocabrote del final del cuello. Y a mí ya me va bien, ojo. Soy la única persona cuerda de este grupo. Eso podría ser un problema.
—¿Por qué?
—Dicen que tienes que estar derrumbado —respondió Lopen, mirando hacia su spren, que hizo unos bucles emocionados y salió disparado otra vez para esconderse. Lopen tendría que ir a buscar al pequeñín. Cómo le gustaba ese juego—. ¿Sabes esa mujer tan alta, la hermana del rey? ¿La chortana con una mirada que podría partir una hoja esquirlada? Pues dice que el poder tiene que entrar en tu alma de alguna manera. Así que he probado a llorar un montón y a gimotear por lo terrible que es mi vida, pero creo que el Padre Tormenta sabe que miento. Es difícil hacerte el tristón cuando eres el Lopen.
—Creo que estoy hundido —dijo el hombre con voz suave.
—¡Bien, bien! Aún no tenemos ningún thayleño, y últimamente parece que intentamos coleccionar uno de cada cosa. ¡Si hasta tenemos un parshmenio!
—¿Lo pido y ya está? —preguntó el hombre, y dio un sorbo.
—Claro. Tú pídelo. Síguenos a todas partes. A Lyn le funcionó. Pero tienes que decir las Palabras.
—¿Palabras?
—«Vida antes que muerte, fuerza antes que debilidad, viaje antes que tortitas.» Esas son las fáciles. Las difíciles son: «Protegeré a aquellos que no puedan protegerse», y…
Una repentina frialdad invadió a Lopen y las gemas de la tienda perdieron brillo y se apagaron. Un símbolo de escarcha cristalizó en las piedras que rodeaban a Lopen y desapareció bajo los catres. El antiguo símbolo de los Corredores del Viento.
—¿Qué? —Lopen se levantó—. ¿Cómo? ¿Ahora?
Oyó un estruendo distante, como de trueno.
—¿Ahora? —exclamó Lopen, agitando un puño hacia el cielo—. ¡Me lo estaba reservando para un momento dramático, peñito! ¿Por qué no me has hecho caso antes? ¡Estábamos todos a punto de morir y tal!
Le llegó una clara pero muy lejana impresión.
NO ESTABAS PREPARADO DEL TODO.
—¡A la tormenta contigo! —Lopen hizo un doble gesto obsceno hacia el cielo, algo que llevaba mucho tiempo esperando a utilizar como se debía por primera vez. Rua se unió a él haciendo el mismo gesto, y entonces hizo que le salieran otros dos brazos para darle más entidad.
—Muy bueno —dijo Lopen—. ¡Eh, gancho! Ahora soy Caballero Radiante del todo, así que ya puedes empezar a hacerme cumplidos. —Kaladin no parecía haberse dado cuenta—. Un momento —dijo Lopen al soldado manco, y fue con paso furioso al lugar donde Kaladin hablaba con una corredora.
—¿Estás segura? —preguntó Kaladin a la escriba—. ¿Esto lo sabe Dalinar?
—Me envía él, señor —dijo la mujer—. Aquí tienes un mapa con la posición de la vinculacaña indicada.
—Gancho —dijo Lopen—. Oye, ¿has…?
—Enhorabuena, Lopen, así me gusta. Te quedas como segundo al mando de Teft hasta que yo vuelva.
Kaladin salió a toda prisa de la tienda, se lanzó hacia el cielo y salió despedido, mientras las solapas frontales de la tienda se agitaban por el viento que había levantado.
Lopen puso los brazos en jarras. Rua aterrizó en su cabeza y dio un gritito de enfurruñado gozo mientras hacía un doble gesto grosero en dirección a Kaladin.
—Tampoco lo vayas a desgastar, naco —dijo Lopen.
—Vamos —dijo Ceniza, cogiendo la mano de Taln y tirando de él los últimos escalones.
Él la miró sin expresión.
—Taln —susurró ella—, por favor.
Sus últimos atisbos de lucidez se habían evaporado. En otros tiempos, nada habría podido alejarlo del campo de batalla cuando morían otros hombres. Ese día se había escondido a sollozar durante la lucha. Y ahora la seguía como un descerebrado.
Talenel’Elin se había derrumbado, como los demás.
«Ishar —pensó Ceniza—. Ishar sabrá qué hacer.» Contuvo las lágrimas, pero verlo deteriorarse había sido como ver apagarse el sol. Todos esos años había deseado que quizá… quizá…
¿Qué? ¿Que Taln habría sido capaz de redimirlos?
Alguien maldijo usando su nombre cerca, y a Ceniza le dieron ganas de soltarle una bofetada. «No juréis por nosotros. No pintéis retratos nuestros. No adoréis nuestras estatuas.» Lo pisotearía todo. Echaría a perder hasta la última representación. Iba a…
Ceniza respiró y volvió a coger a Taln de la mano para devolverlo a la cola de refugiados que huían de la ciudad. Solo estaban permitiendo marcharse a los extranjeros, para no saturar la Puerta Jurada. Ceniza volvería a Azir, donde sus tonos de piel no destacarían.
«¡Qué regalo les hicisteis! —había dicho Taln—. Tiempo para recuperarse, por una vez, entre Desolaciones. Tiempo para progresar.»
¡Oh, Taln! ¿Por qué no podía haberse limitado a odiarla? ¿No podía haberle permitido…?
Ceniza se quedó petrificada mientras algo se desgarraba en su interior.
«Oh, Dios. ¡Oh, Adonalsium!»
¿Qué era eso? ¿Qué era eso?
Taln gimoteó y cayó al suelo, como una marioneta con las cuerdas cortadas. Ceniza tropezó y se derrumbó de rodillas. Se abrazó el torso, temblando. No era dolor. Era algo mucho peor. Una pérdida, un hueco dentro de ella, una parte de su alma extirpada.
—¿Señorita? —dijo un soldado que se acercaba al trote—. Señorita, ¿estás bien? ¡Eh, que alguien traiga a un sanador! Señorita, ¿qué ocurre?
—Lo… lo han matado de algún modo…
—¿A quién?
Ceniza levantó la mirada hacia el hombre, con la visión borrosa por las lágrimas. Aquella no era como sus otras muertes. Aquello era espantoso. No podía sentirlo en absoluto.
Habían hecho algo al alma de Jezrien.
—Mi padre —dijo— ha muerto.
Provocaron un revuelo entre los refugiados, y alguien se separó de un grupo de escribas que había más arriba. Era una mujer vestida de violeta oscuro. La sobrina del Espina Negra. Miró a Ceniza, luego a Taln y luego a un papel que llevaba. Contenía unos retratos sorprendentemente exactos de ellos dos. No como se los presentaba en la iconografía, sino auténticos bocetos. ¿Quién? ¿Por qué?
«Es su estilo de dibujo —dijo una parte de Ceniza al fijarse—. ¿Por qué está Midius repartiendo ilustraciones de nosotros?»
La sensación de desgarramiento por fin cesó. Fue tan brusco que, por primera vez en miles de años, Ceniza se quedó inconsciente.