Juramentada
TERCERA PARTE » 84. El que puedas salvar
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84. El que puedas salvar

El enemigo avanza de nuevo contra la Fortaleza de la Fiebre de Piedra. Ojalá supiéramos qué los tiene tan interesados en ese territorio. ¿Podrían estar empecinados en conquistar Rall Elorim?
Del cajón 19-2, tercer topacio
Kaladin subió a la carrera la amplia escalinata, seguido por unos cincuenta soldados.
La luz tormentosa pulsaba en su interior, dando brío a cada paso que daba. Los Fusionados habían tardado en llegar a atacarlo en el camino del sol, y habían desaparecido poco después de que Shallan pusiera en práctica su treta. Solo podía suponer que el asalto a la ciudad estaba reclamando la atención completa del enemigo, lo que significaba que quizá pudiera emplear sus poderes sin atraer una represalia inmediata.
Elhokar iba en cabeza, empuñando su brillante hoja esquirlada a dos manos. Doblaron un rellano y ascendieron por el siguiente tramo. A Elhokar no parecía importarle que cada paso los estuviera apartando más del grueso de su ejército.
—Adelántate —pidió en voz baja a Syl—. Comprueba que no haya emboscadas en todos los pisos.
—¡Sí, señor, comandante señor, Radiante señor! —dijo ella, y salió disparada. Al momento regresó desde arriba—. Muchos hombres en la segunda planta, pero están apartándose de la escalera. No parece una emboscada.
Kaladin asintió y tocó a Elhokar en el brazo para que aflojara el paso.
—Nos espera una recepción —dijo Kaladin. Señaló hacia una escuadra de sus soldados—. Parece que el rey ha perdido a su guardia en algún sitio. Ahora sois vosotros. Si entramos en combate, evitad que rodeen a su majestad. —Señaló a otro grupo—. Vosotros seréis… ¿Barba?
—¿Sí, Kal? —dijo el fornido guardia. Vaciló e hizo el saludo militar—. Esto… ¿señor?
Detrás de él estaban Noro, Ved, Alaward y Vaceslv, la escuadra entera de Kaladin en la Guardia de la Muralla.
Noro se encogió de hombros.
—Sin el capitán, no tenemos un líder de pelotón como debe ser. Hemos pensado que seguiríamos contigo.
Barba asintió y se frotó la glifoguarda que le envolvía el brazo derecho. Rezaba: «Fortuna.»
—Me alegro de teneros —dijo Kaladin—. Intentad impedir que me flanqueen, pero dejadme espacio si podéis.
—No atosigarte —dijo el teniente Noro— y no dejar que te atosigue nadie más. Eso está hecho, señor.
Kaladin miró al rey y asintió. Los dos subieron los últimos peldaños y salieron a un ancho corredor de piedra, con alfombra por el centro pero sin más adornos. Kaladin había esperado que el palacio estuviese más recargado, pero por lo visto incluso allí, en la sede de su poder, los Kholin preferían que sus edificios diesen la sensación de ser refugios. Resultaba curioso, después de oírlos quejarse de que sus fortalezas en las Llanuras Quebradas eran incómodas.
Syl tenía razón. Corredor abajo había formado un pelotón de soldados enemigos, armados con alabardas y ballestas, pero al parecer satisfechos de esperar. Kaladin preparó luz tormentosa; podía pintar las paredes con un poder que desviaría las flechas a un lado en pleno vuelo, pero distaba mucho de ser un arte perfecto. Era el poder que menos comprendía.
—¿Es que no me veis? —vociferó Elhokar—. ¿No conocéis a vuestro monarca? ¿Tan consumidos estáis por el toque del spren que matarías a vuestro propio rey?
Tormentas, los soldados apenas parecían respirar siquiera. Al principio ni siquiera se movieron, pero luego unos pocos miraron hacia atrás por el corredor. ¿Había sonado una voz lejana?
Al instante, los soldados de palacio rompieron filas y se retiraron. Elhokar cuadró la mandíbula y se lanzó en su persecución seguido de sus hombres. Cada pisada ponía más ansioso a Kaladin. No tenía las tropas suficientes para mantener abierta su retirada. Lo único que pudo hacer fue apostar un par de hombres en cada intersección, con órdenes de gritar si veían llegar a alguien por los pasillos laterales.
Pasaron por un pasillo jalonado por estatuas de los Heraldos. O al menos, por nueve de ellos. Faltaba uno. Kaladin envió a Syl por delante a explorar, pero al hacerlo se sintió incluso más expuesto. Todos menos él parecían saber el camino, lo cual era lógico, pero de todos modos le daba la sensación de estar dejándose llevar por una especie de marea.
Por fin llegaron a los aposentos reales, señalados por una ancha puerta doble, abierta y tentadora. Kaladin detuvo a sus hombres a diez metros de la entrada, cerca de un pasillo que se abría a la izquierda.
Incluso desde allí, cayó en la cuenta de que la cámara del otro lado por fin mostraba un poco de la lujosa ornamentación que había esperado. Gruesas alfombras, demasiados muebles, todo cubierto de bordados o baños de oro.
—Hay soldados en ese pasillo más pequeño de la izquierda —dijo Syl mientras regresaba volando—. En la habitación de delante no hay ni uno, pero… Kaladin, dentro está ella. La reina.
—La oigo —dijo Elhokar—. Esa es su voz, la que canta.
«Conozco esa melodía», pensó Kaladin. La canción le sonaba de algo. Quiso recomendar precaución, pero el rey ya estaba avanzando a toda prisa, seguido por una preocupada escuadra.
Kaladin suspiró y organizó a los hombres restantes. La mitad se quedaron para guardar su retirada y la otra mitad formó hacia el pasillo de la izquierda para contener a la Guardia de Palacio. Tormentas. Si aquello salía mal, sería una carnicería. Y con el rey atrapado en medio.
Aun así, para eso habían subido hasta allí. Siguió la canción de la reina hacia el interior de sus aposentos.
Shallan se acercó al corazón oscuro. Aunque no había estudiado la anatomía humana tanto como habría querido —su padre pensaba que era una disciplina poco femenina—, la luz del sol le reveló a las claras que no tenía la forma correcta.
«Esto no es un corazón humano —dictaminó—. A lo mejor es de parshmenio.» O en fin, también podía ser un enorme spren violeta oscuro con forma de corazón, creciendo sobre el edificio de control de la Puerta Jurada.
—Shallan —dijo Adolin—. Se nos acaba el tiempo.
Su voz hizo que Shallan tomara conciencia de la ciudad a su alrededor. De soldados combatiendo a solo una calle de distancia. De lejanos tambores quedando en silencio, uno tras otro, a medida que caían los baluartes de la muralla. De humo en el aire y un suave y agudo rugido que parecía el eco de los miles y miles de personas que gritaban en la confusión de una ciudad en proceso de conquista.
Probó primero con Patrón, clavándolo en el corazón como hoja esquirlada. La masa se limitó a partirse en torno a la hoja. Dio un tajo y cortó al spren, pero la herida se cerró al instante. Pues nada. Habría que probar con lo que había hecho en Urithiru.
Temblando, Shallan cerró los ojos y apretó la mano contra el corazón. Lo sintió real, de cálida carne. Al igual que en Urithiru, tocar a aquella cosa le permitió percibirla. Sentirla. Conocerla.
El Deshecho intentó expulsarla.
La reina estaba sentada frente a un tocador, contra la pared.
Era bastante como Kaladin se la había esperado. Más joven que Elhokar, con largo y oscuro cabello alezi, que se estaba cepillando. Su canción se había reducido a un murmullo.
—¿Aesudan? —dijo Elhokar.
Ella apartó la mirada del espejo y compuso una ancha sonrisa. Tenía la cara estrecha, con labios finos que llevaba pintados de rojo oscuro. Se levantó y se deslizó hacia el rey.
—¡Marido! Entonces sí que eras tú al que oía. ¿Has regresado por fin, victorioso sobre tus enemigos, habiendo vengado a tu padre?
—Sí —dijo Elhokar, frunciendo el ceño. Hizo ademán de andar hacia ella, pero Kaladin lo agarró del hombro para retenerlo.
La reina enfocó su atención en Kaladin.
—¿Guardaespaldas nuevo, querido? Muy desaliñado. Tendrías que habérmelo consultado; tienes una imagen que preservar.
—¿Dónde está Gav, Aesudan? ¿Dónde está mi hijo?
—Jugando con sus amiguitos.
Elhokar miró a Kaladin y señaló a un lado con el mentón. «Mira a ver qué encuentras», parecía decir.
—No bajes la guardia —susurró Kaladin, y empezó a registrar la habitación. Vio los restos de opíparas comidas, apenas sin tocar. Frutas con solo un mordisco dado a cada una. Tartas y pastas. Pinchos de carne caramelizada. Debería haberse podrido, en vista de los putrispren que vio, pero no lo había hecho.
—Querida —dijo Elhokar, manteniendo la distancia con la reina—, hemos oído que en la ciudad ha habido… problemas últimamente.
—Una de mis fervorosas intentó volver a fundar la Hierocracia. De veras deberíamos prestar más atención a quién se une al fervor. No todo hombre o mujer es apto para el servicio.
—La hiciste ejecutar.
—Por supuesto. Pretendía derrocarnos.
Kaladin rodeó un par de instrumentos musicales hechos de la mejor manera, amontonados en el suelo como si nada.
Aquí, dijo Syl en su mente. Al otro lado. Detrás del biombo.
Kaladin dejó la terraza a su izquierda. Si recordaba bien, aunque le habían contado tantas veces la historia que conocía diez versiones distintas, Gavilar y el asesino habían caído por ella durante su combate.
—Aesudan —dijo Elhokar con voz dolorida. Dio un paso adelante y extendió el brazo—. No estás bien. Por favor, ven conmigo.
—¿Que no estoy bien?
—Hay una influencia malvada sobre el palacio.
—¿Malvada? Marido mío, qué tontito eres a veces.
Kaladin llegó junto a Syl y miró detrás del biombo, que alguien había retirado contra la pared para crear un pequeño habitáculo. Dentro había un niño de dos o tres años, acurrucado y tembloroso, aferrado a un soldado de peluche. Varios spren de tenue brillo rojo estaban acosándolo como cremlinos a un cadáver. El niño intentaba girar la cabeza, pero los spren le tiraban del pelo hasta que miraba hacia arriba, donde había otros flotando delante de su cara y adoptando formas espantosas, como caballos con las caras derretidas.
Kaladin reaccionó con rauda, inmediata ira. Gruñó, creó una pequeña daga de la neblina y atrapó la hoja-Syl en el aire. Dio una estocada con ella y atrapó a un spren, clavándolo contra el panel de madera de la pared. No había oído que una hoja esquirlada pudiera cortar a un spren, pero a él le funcionó. El ser chilló con un hilo de voz y de su forma salió un centenar de manitas que dieron zarpazos a la hoja, a la pared, hasta que pareció desgarrarse en mil pedazos y desaparecer.
Los otros tres spren rojizos huyeron presas del pánico. En la mano, Kaladin sintió que Syl temblaba y daba un suave gemido. La soltó y Syl tomó la forma de una mujer pequeña.
—Ha sido… ha sido terrible —susurró, mientras se acercaba flotando y se posaba en el hombro de Kaladin—. ¿Acabamos de… matar a un spren?
—Esa cosa lo merecía —dijo Kaladin.
Syl se acurrucó en su hombro y se envolvió con los brazos.
El niño se sorbió la nariz. Iba vestido con un uniforme de su talla. Kaladin miró atrás, hacia el rey y la reina. Había perdido la pista a su conversación, pero seguían hablando en tonos siseantes, furiosos.
—Oh, Elhokar —estaba diciendo la reina—. Que inconsciente has sido siempre. Tu padre tenía grandes planes, pero tú… lo único que has querido en la vida es quedarte sentado en su sombra. Fue para bien que te marcharas a jugar a la guerra.
—¿Para que tú pudieras quedarte y… hacer esto? —replicó Elhokar, abarcando el palacio con un gesto.
—¡Para continuar la obra de tu padre! Descubrí el secreto, Elhokar. Spren, antiguos spren. ¡Se pueden vincular!
—Vincular… —Elhokar movió los labios, como si fuera incapaz de comprender la palabra que había pronunciado.
—¿Has visto a mis Radiantes? —preguntó Aesudan. Sonrió—. ¿La Guardia de la Reina? He logrado lo que tu padre no pudo hacer. Sí, él encontró a uno de los antiguos spren, pero no llegó a averiguar cómo vincularlo. Yo sí que he resuelto el acertijo.
A la tenue luz de los aposentos reales, los ojos de Aesudan titilaron. Entonces empezaron a brillar en rojo profundo.
—¡Tormentas! —exclamó Elhokar, retrocediendo.
«Es hora de irse.» Kaladin se agachó para recoger del suelo al niño, que se puso a chillar y se apartó de él a gatas. Eso, por fin, atrajo la atención del rey. Elhokar llegó corriendo y tiró a un lado el biombo. Dio un respingo y se arrodilló al lado de su hijo.
El niño, Gavinor, se alejó de su padre, llorando.
Kaladin miró hacia la reina.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto?
—¿Planeando el regreso de mi marido?
—No hablo contigo. Hablo con la cosa que hay más allá de ti.
Aesudan se echó a reír.
—Yelig-nar es mi siervo. ¿O te refieres al Corazón del Festejo? Ashertmarn no tiene voluntad, es una mera fuerza de la consunción, sin mente, dominable.
Elhokar susurró algo a su hijo. Kaladin no alcanzó a distinguir las palabras, pero el niño dejó de sollozar. Miró arriba, parpadeó para quitarse las lágrimas y por fin dejó que su padre lo levantara del suelo. Elhokar acunó al niño, que a su vez se aferró a su soldado de peluche. Llevaba armadura azul.
—Sal —dijo Kaladin.
—Pero… —El rey miró a su esposa.
—Elhokar —dijo Kaladin, cogiendo al rey por el hombro—. Sé un héroe para el que puedes salvar.
El rey lo miró a los ojos y asintió, abrazándose al niño. Echó a andar hacia la puerta y Kaladin lo siguió, sin apartar los ojos de la reina.
Aesudan dio un fuerte suspiro y fue tras ellos.
—Temía que pasara esto.
Se reunieron con sus soldados y emprendieron la retirada pasillo abajo. Aesudan se quedó parada en el umbral de los aposentos reales.
—Te he sobrepasado, Elhokar. He llevado la gema a mi interior y he dominado el poder de Yelig-nar.
Algo empezó a retorcerse a su alrededor, un humo negro que parecía sacudido por un viento invisible.
—Paso ligero —dijo Kaladin a sus hombres mientras absorbía luz tormentosa. Podía sentirlo llegar; había intuido cómo terminaría aquello en el momento en que había subido el primer peldaño.
Fue casi un alivio cuando, por fin, Aesudan gritó a sus soldados la orden de atacar.
Entrégamelo todo, susurraron las voces en la mente de Shallan. Entrégame tu pasión, tu hambre, tu anhelo, tu pérdida. Ofrécelos. Eres lo que sientes.
Shallan nadó en ello, perdida como en las profundidades del océano. Las voces la asediaban desde todas las direcciones. Cuando una le susurró que era el dolor, Shallan se convirtió en una niña sollozante, cantando mientras apretaba una cadena alrededor de un grueso cuello. Cuando otra le susurró que era el hambre, se convirtió en una pilluela callejera, vestida con harapos.
Pasión. Miedo. Entusiasmo. Aburrimiento. Odio. Lujuria.
Se transformó en una persona distinta con cada latido. Las voces parecían entusiasmadas con ello. La acosaron, poniéndose más frenéticas. Shallan fue un millar de personas en un momento.
Pero ¿cuál era ella?
Todas. Una voz nueva. ¿La de Sagaz?
—¡Sagaz! —chilló, rodeada de anguilas mordedoras en un lugar oscuro—. ¡Sagaz! Por favor.
Eres todas ellas, Shallan. ¿Por qué debes ser solo una emoción? ¿Un conjunto de sensaciones? ¿Un papel? ¿Una vida?
—Me dominan, Sagaz. Velo, Radiante y todas las demás. Me están consumiendo.
Pues déjate gobernar como un rey se deja gobernar por sus súbditos. Haz a Shallan tan fuerte que las otras deban inclinarse ante ella.
—¡No sé si puedo!
La oscuridad vibró y creció.
Y entonces… ¿se retiró?
Shallan no sentía que hubiera logrado cambiar nada, pero aun así la oscuridad remitió. Se descubrió arrodillada en la fría piedra, fuera del edificio de control. El inmenso corazón se hizo fango y cayó como derritiéndose, casi reptando en su huida, enviando exploradores de oscuro fluido por delante.
—¡Lo has conseguido! —exclamó Adolin.
«¿Lo he conseguido?»
—Asegurad el edificio —ordenó Celeste a sus tropas. Drehy y Cikatriz brillaban cerca, con rostros sombríos y sangre reciente en la ropa. Habían estado luchando.
Shallan se levantó temblorosa. La pequeña estructura circular ante la que estaba parecía insignificante en comparación con los otros edificios del monasterio, pero era la clave de todo.
—Esto será complicado, Celeste —dijo Adolin—. Tendremos que abrirnos camino de vuelta a la ciudad y expulsar al enemigo. Tormentas, espero que mi padre tenga listos nuestros ejércitos.
Shallan parpadeó, aturdida. No se quitaba la sensación de haber fracasado. De no haber hecho nada en absoluto.
—La primera transferencia será solo del edificio de control —continuó Adolin—. Después de esa, intercambiaremos la plataforma entera, con edificios y todo. Tendremos que devolver nuestro ejército al palacio antes de eso. —Adolin se volvió y escrutó la ruta de regreso—. ¿Por qué tarda tanto el rey?
Shallan entró en el edificio de control. Se parecía mucho al que había descubierto en las Llanuras Quebradas, aunque estaba mejor mantenido y los mosaicos del suelo eran de criaturas curiosas. Una enorme bestia con zarpas y pelo como de visón. Algo que parecía un pez gigante. En las paredes había lámparas con gemas brillando, y entre ellas espejos de cuerpo entero.
Fue hacia la cerradura del dispositivo de control e invocó a Patrón como hoja esquirlada. Lo contempló y luego se miró a sí misma en un espejo de la pared.
Había otra persona en el espejo. Una mujer de pelo negro que le caía hasta la cintura. Llevaba ropa arcaica, un amplio vestido que casi era una túnica, sujeto con un sencillo cinturón. Shallan se tocó la cara. ¿Por qué se habría puesto esa ilusión?
El reflejo no imitó sus movimientos, sino que avanzó hacia ella y alzó las manos contra el cristal. La habitación del otro lado fue oscureciéndose y la figura se distorsionó, convirtiéndose en una sombra negra como el carbón, con agujeros blancos en vez de ojos.
Radiante, dijo el ser, vocalizando las palabras, me llamo Sja-anat. Y no soy tu enemiga.
Los hombres de Kaladin escaparon corriendo escalera abajo, aunque las últimas filas se apelotonaron en el rellano. Tras ellos, la Guardia de la Reina cargó y apuntó con las ballestas. Sosteniendo en alto la hoja-Syl, Kaladin se interpuso entre los dos bandos y acumuló luz tormentosa en el suelo, atrayendo las saetas hacia abajo. Tenía poca práctica con ese poder y, por desgracia, algunas flechas aún se clavaron en escudos e incluso en cabezas.
Kaladin gruñó, dio una profunda bocanada de luz tormentosa y se encendió con un fogonazo, el brillo de su piel reflejado en las paredes y el techo del corredor. Los soldados de la reina se apartaron de la luz como si tuviera sustancia física.
A lo lejos, oyó a los spren chillones reaccionar a lo que había hecho. Se lanzó con la intensidad precisa para alzarse unas decenas de centímetros del suelo y quedarse allí flotando. Los soldados de la reina parpadearon por el brillo, como si fuese demasiado intenso para sus ojos. Por fin, el líder de la retaguardia ordenó bajar al último grupo y los hombres de Kaladin que quedaban corrieron escalera abajo. Solo permanecía en el rellano la escuadra de Noro.
Algunos soldados de la reina iniciaron un avance cauteloso hacia él, de modo que se dejó caer al suelo y corrió hacia la escalera. Barba y el resto de la escuadra bajaron con él, seguidos por los soldados de la reina, poseídos por un silencio antinatural.
Por desgracia, Kaladin oyó algo que resonaba desde abajo. El ruido de los hombres enfrentándose y un cántico familiar.
Canciones parshendi.
—¡Retaguardia! —gritó Kaladin—. ¡Formad en los peldaños, orientados hacia arriba!
Sus soldados obedecieron, dando media vuelta y ofreciendo sus lanzas y sus escudos al enemigo que descendía tras ellos. Kaladin se lanzó hacia arriba y rodó para caer al techo con los pies por delante. Se agachó y corrió sobre las cabezas de sus hombres por el alto techo de la escalinata hasta llegar a la planta baja.
Las primeras filas de sus soldados estaban enfrentándose a tropas parshmenias en la galería oriental. Pero el enemigo los tenía atrapados contra la escalera, de modo que la mayoría de sus tropas no podían bajar para unirse a la lucha.
Kaladin liberó su lanzamiento, cayó y rodó para aterrizar con una tempestad de luz ante las filas parshmenias. Varios hombres suyos gimieron y gritaron al morir ensangrentados por lanzas enemigas. Kaladin sintió que ardía su furia y bajó la lanza-Syl. Había llegado el momento de iniciar el trabajo de la muerte.
Entonces vio la cara del parshmenio que tenía delante.
Era Sah. Antiguo esclavo. Jugador de cartas. Padre.
Amigo de Kaladin.
Shallan contempló a la figura del espejo. De verdad había hablado.
—¿Qué eres?
Me llaman la Tomadora de Secretos, dijo el ser. O me llamaron así una vez.
—Eres de los Deshechos. Nuestros enemigos.
Fuimos hechos, y luego deshechos, aceptó ella. ¡Pero no, no soy tu enemiga! La figura volvió a adoptar forma humana, aunque sus ojos siguieron brillando blancos. Apretó las manos contra el cristal. Pregunta a mi hijo. Por favor.
—Le perteneces a él. A Odium.
La Deshecha miró a los dos lados, como si estuviera asustada.
No. Me pertenezco a mí. Ahora, solo a mí.
Shallan meditó un momento y miró el ojo de la cerradura.
Si utilizaba a Patrón en ella, podía activar la Puerta Jurada.
No lo hagas, suplicó Sja-anat. Escúchame, Radiante. Oye mi ruego. Ashertmarn ha huido a propósito. Es una trampa. A mí me obligaron a tocar al spren de este dispositivo, por lo que no funcionará tal y como deseas.
La voluntad de lucha de Kaladin se evaporó.
La energía lo había avivado, lo había dispuesto a entrar en batalla y proteger a sus hombres, pero…
Sah lo reconoció y ahogó un grito. Agarró a su compañera, Khen, otra de los que conocía Kaladin, y señaló. La parshmenia maldijo y el grupo se apartó a toda prisa de la escalera, dejando atrás los cadáveres de soldados humanos.
Los hombres de Kaladin aprovecharon el hueco recién abierto en el gran salón para abandonar la escalinata. Avanzaron en tropel a ambos lados de Kaladin, que, anonadado, bajó su lanza.
El enorme salón rodeado de columnas se convirtió en escenario de un caos absoluto. Los soldados de Celeste llegaron cargando desde el camino del sol y chocaron con los parshmenios que subían por la escalera desde la parte trasera del palacio. Debían de haber irrumpido a través de los jardines. El rey sostenía a su hijo, entre un grupo de soldados en el mismo centro. Los hombres de Kaladin lograron salir de la escalera, y tras ellos descendía la Guardia de la Reina.
Se revolvió todo en una confusa refriega. Los frentes se desintegraron y los pelotones se disgregaron en hombres que luchaban solos o en parejas. Era la pesadilla de un comandante. Centenares de hombres mezclándose, chillando, peleando, muriendo.
Kaladin los vio. Los vio a todos. Sah y los parshmenios, luchando para conservar su libertad. Los guardias que habían rescatado, luchando por su rey. La Guardia de la Muralla de Celeste, aterrorizados mientras la ciudad caía a su alrededor. La Guardia de la Reina, convencidos de que obedecían órdenes con lealtad.
En ese momento, Kaladin perdió algo muy valioso. Siempre había podido engañarse a sí mismo para ver las batallas como un nosotros contra ellos. Protege a tus seres queridos. Mata a todos los demás. Pero… pero no merecían la muerte.
Ninguno de ellos la merecía.
Se bloqueó. Se quedó petrificado, cosa que no le ocurría desde sus primeros días en el ejército de Amaram. La lanza-Syl desapareció de sus dedos, convertida en bruma. ¿Cómo podía combatir? ¿Cómo podía matar a gente que se limitaba a hacer lo mejor que podía?
—¡Parad! —bramó por fin—. ¡Ya basta! ¡Dejad de mataros entre vosotros!
Cerca de él, Sah atravesó a Barba con una lanza.
—¡Parad! ¡Por favor!
Noro respondió matando a Jali, otro parshmenio que Kaladin había conocido. Por delante, el círculo de guardias de Elhokar cayó y un miembro de la Guardia de la Reina logró clavar la punta de una alabarda en el brazo del rey. Elhokar gritó y soltó su hoja esquirlada de unos dedos doloridos, sosteniendo fuerte a su hijo con el otro brazo.
El hombre de la reina retrocedió con expresión sorprendida, como si viese al rey por primera vez. Un soldado de Celeste aprovechó el momento de confusión para acabar con su vida.
Kaladin chilló con los ojos llorosos. Les suplicó que pararan, que escucharan.
No lo oían. Sah, el gentil Sah que solo había querido proteger a su hija, murió por la espada de Noro, a quien a su vez partió la cabeza el hacha de Khen.
Noro y Sah cayeron al lado de Barba, cuyos ojos muertos miraban sin ver, con el brazo extendido y la glifoguarda empapándose de su sangre.
Kaladin cayó de rodillas. Su luz tormentosa parecía espantar a los enemigos; todos se apartaban de él. Syl voló en círculos a su alrededor, rogándole que la escuchara, pero Kaladin no la oía.
«El rey… —pensó, entumecido—. Ve… ve con Elhokar…»
Elhokar estaba arrodillado. Con un brazo acunaba a su hijo aterrorizado, y en la otra mano sostenía… ¿un trozo de papel? ¿Un boceto?
Kaladin casi alcanzó a oír a Elhokar balbuciendo las palabras.
«Vida… vida antes que muerte…»
Los pelos de la nuca de Kaladin se erizaron. Elhokar empezó a emitir un leve brillo.
«Fuerza… antes que debilidad…»
—Hazlo, Elhokar —susurró Kaladin.
«Viaje. Viaje antes que…»
De la batalla se destacó una figura. Era un hombre alto y delgado… y muy familiar. La penumbra pareció envolver a Moash, que llevaba el uniforme marrón de los parshmenios. Durante un latido de corazón, la batalla pivotó en torno a él. La Guardia de la Muralla a su espalda, la destrozada Guardia de Palacio delante.
—Moash, no —susurró Kaladin. No podía moverse. La luz tormentosa lo abandonó, dejándolo vacío, agotado. Moash bajó su lanza y atravesó el pecho de Elhokar. Kaladin chilló. Moash clavó al rey al suelo y apartó al sollozante niño príncipe con el pie. Apoyó la bota en el cuello de Elhokar para mantenerlo en el sitio y clavó la lanza otra vez, en un ojo del rey. Dejó allí la lanza y esperó, cauteloso, hasta que el incipiente brillo que rodeaba a Elhokar perdió intensidad y desapareció. La hoja esquirlada del rey cobró forma a partir de la neblina y cayó al suelo junto a él con un tañido. Elhokar, rey de Alezkar, estaba muerto.
Moash liberó su lanza y desvió la mirada hacia la hoja esquirlada. Entonces la apartó de un puntapié. Miró a Kaladin y, sin mediar palabra, hizo el saludo del Puente Cuatro, juntando las muñecas. De la lanza que empuñaba caían gotas de la sangre de Elhokar.
La batalla se decantó. Los hombres de Kaladin estaban prácticamente aniquilados; los pocos que quedaban huyeron por el camino del sol. Un miembro de la Guardia de la Reina recogió al joven príncipe y se lo llevó. Los hombres de Celeste retrocedieron renqueantes ante la creciente tropa parshmenia.
La reina bajó por la escalera, envuelta en humo negro, con los ojos de un rojo brillante. Se había transformado y tenía la piel perforada por extrañas formaciones cristalinas, como un caparazón. El pecho le refulgía, como si una gema le hubiera reemplazado el corazón. Brillaba a través del vestido.
Kaladin le dio la espalda y se arrastró hacia el cadáver del rey. Un soldado de la reina por fin reparó en su presencia y lo cogió por el brazo.
Y entonces… luz. Una brillante luz tormentosa inundó la cámara cuando dos Radiantes irrumpieron desde el camino del sol. Drehy y Cikatriz barrieron enemigos a su paso, obligándolos a replegarse con sus golpes de lanza y sus lanzamientos.
Un segundo después, Adolin asió a Kaladin por las axilas y tiró de él hacia atrás.
—Es hora de irnos, muchacho del puente.