Juramentada

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CUARTA PARTE » 90. Renacido

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90. Renacido

He hecho todo lo posible para separar los hechos de la ficción, pero unos y otros se funden como pintura disuelta en lo relativo a los Portadores del Vacío. Cada uno de los Deshechos tiene una docena de nombres, y los poderes que se les atribuyen van desde lo fantasioso hasta lo aterrador

De Mítica de Hessi, página 4

Szeth-hijo-hijo…

Szeth-hijo…

Szeth, Sinverdad… Szeth. Solo Szeth.

Szeth de Shinovar, una vez llamado el Asesino de Blanco, había renacido. En su mayor parte.

Los Rompedores del Cielo bisbiseaban sobre ello. Nin, Heraldo de la Justicia, lo había restaurado después de su derrota en la alta tormenta. Al igual que tantas otras cosas, la muerte no era algo que Szeth pudiera reclamar para sí mismo. El Heraldo había usado un fabrial para sanarle el cuerpo antes de que su espíritu partiera.

Pero había estado a punto de tardar demasiado. Su espíritu no se había reincorporado como debía.

Szeth salió con los demás al campo de piedra que se extendía ante su pequeña fortaleza con vistas al Lagopuro. El aire era húmedo, casi como el de su tierra natal, pero no olía a tierra ni a vida. Olía a algas y a piedra mojada.

Había otros cinco aspirantes, todos ellos más jóvenes que Szeth. Era el más bajito de todos ellos, y el único que se afeitaba la cabeza. No le habría crecido pelo por toda ella ni aunque no lo hiciera.

Los otros cinco mantenían la distancia con él. Quizá fuese por la imagen residual que dejaba tras de sí al moverse, consecuencia del reimplante incompleto de su alma. No todo el mundo podía verla, pero ellos sí. Estaban lo bastante próximos a las potencias.

O quizá lo temieran por la espada negra en una vaina de plata que llevaba sujeta a la espalda.

¡Anda, pero si es el lago!, dijo la espada en su mente. Tenía una voz ávida que no sonaba claramente femenina ni masculina. ¡Deberías desenvainarme, Szeth! Me encantaría ver el lago. Vasher dice que aquí hay peces mágicos. ¿No te parece interesante?

—Me han advertido, espada-nimi —recordó Szeth al arma— de no desenfundarte salvo en casos de emergencia extrema. Y solo si llevo mucha luz tormentosa, para que no te alimentes de mi alma.

Eso no lo haría nunca, dijo la espada. Pareció dar un bufido. No creo que seas malvado en absoluto, y solo destruyo las cosas que son malvadas.

La espada era una prueba interesante, entregada a él por Nin el Heraldo, llamado Nale, Nalan o Nakku por la mayoría de los que caminaban sobre la piedra. Incluso después de pasar semanas llevando aquella espada negra, Szeth no comprendía lo que debía enseñarle la experiencia.

Los Rompedores del Cielo se situaron para observar a los aspirantes. Habría unos cincuenta allí, y eso sin contar las docenas que, en teoría, habían partido a cumplir misiones. ¡Cuántos eran! Una orden entera de Caballeros Radiantes había sobrevivido a la Traición y llevaba dos mil años esperando la Desolación, reponiendo sus efectivos sin cesar a medida que iban muriendo de viejos.

Szeth iba a unirse a ellos. Aceptaría su entrenamiento, que Nin le había prometido que recibiría, y después viajaría a su tierra natal, a Shinovar. Allí impartiría justicia a quienes lo habían exiliado con falsedades.

«¿Me atrevería a juzgarlos? —se preguntó una parte de él—. ¿Oso confiar en mí mismo con la espada de la justicia?»

La espada respondió: ¿Tú? Szeth, creo que eres pero que muy de fiar. Y siempre calo a las personas a la primera.

—No hablaba contigo, espada-nimi.

Lo sé. Pero te equivocabas, así que tenía que decírtelo. Oye, hoy las voces parecen calmadas. Está bien, ¿verdad?

Mencionarlos atrajo la atención de Szeth sobre los susurros. Nin no había curado la locura de Szeth. Había dicho que era un efecto de la conexión de Szeth con los poderes, y que oía temblores procedentes del Reino Espiritual. Recuerdos de aquellos a quienes había matado.

Ya no los temía. Había muerto y lo habían obligado a regresar. Había fracaso en su intento de sumarse a las voces, y ya no… ya no ostentaban poder sobre él, ¿verdad?

¿Por qué, entonces, seguía sollozando de noche, aterrorizado?

Una Rompedora del Cielo se adelantó. Ki era una mujer de pelo dorado, alta e imponente. Los Rompedores del Cielo se vestían como las fuerzas de la ley del lugar donde estuvieran, de modo que allí, en Marabezia, llevaban túnicas estampadas y faldas coloridas. Ki no llevaba camisa, sino una simple tela que le envolvía el pecho.

—Aspirantes —dijo en azishiano—, se os ha traído aquí porque un Rompedor del Cielo de pleno derecho responde de vuestra dedicación y solemnidad.

Es aburrida, dijo la espada. ¿Dónde ha ido Nale?

—También decías que él era aburrido, espada-nimi —susurró Szeth.

Y es verdad, pero a su alrededor pasan cosas interesantes. Tenemos que decirle que deberías desenfundarme más a menudo.

—Vuestro entrenamiento inicial ya ha concluido —dijo Ki—. Habéis viajado con los Rompedores del Cielo y los habéis acompañado en una misión. Se os ha evaluado y habéis sido hallados dignos del Primer Ideal. Pronunciadlo. Conocéis las Palabras.

Vasher siempre me desenvainaba, dijo la espada en tono resentido.

—Vida antes que muerte —susurró Szeth, cerrando los ojos—. Fuerza antes que debilidad. Viaje antes que destino.

Los otros cinco lo dijeron a viva voz. Szeth lo había susurrado a las voces que lo llamaban desde la penumbra. Que lo vieran. Que supieran que Szeth llevaría la justicia a los que habían provocado aquello.

Había esperado que el primer juramento restaurara su capacidad de absorber luz tormentosa, que había perdido junto a su anterior arma. Sin embargo, cuando se sacó una esfera del bolsillo, no logró acceder a la luz.

—Al pronunciar este ideal —dijo Ki—, se os absuelve oficialmente de cualquier delito o pecado anterior. Tenemos documentos firmados por las autoridades legítimas de esta región.

»Para seguir progresando en nuestras filas y aprender los lanzamientos, necesitaréis un maestro que os acepte como escudero suyo. Entonces podréis pronunciar el Segundo Ideal. A partir de eso, deberéis impresionar a un altospren y formar un vínculo, con lo que os convertiréis en auténticos Rompedores del Cielo. Hoy vais a afrontar la primera de muchas pruebas. Aunque nosotros os evaluaremos, recordad que la medida definitiva de vuestro éxito o fracaso corresponde a los altospren. ¿Tenéis alguna pregunta?

Ningún otro aspirante dijo nada, así que Szeth carraspeó.

—Existen cinco Ideales —dijo—, según me dijo Nin. ¿Los habéis pronunciado todos?

—Han pasado siglos desde la última vez que alguien dominó el Quinto Ideal —respondió Ki—. Para pasar a ser un Rompedor completo se tiene que pronunciar el Tercer Ideal, el Ideal de la Dedicación.

—¿Podemos… saber cuáles son los Ideales? —preguntó Szeth. Por algún motivo, había creído que se los ocultarían.

—Por supuesto —dijo Ki—. Aquí no estamos jugando a nada, Szeth-hijo-Neturo. El primer Ideal es el del Radiante. Ese ya lo habéis pronunciado. El segundo es el Ideal de la Justicia, un voto de promoverla y administrarla.

»El Tercer Ideal, el de la Dedicación, requiere que antes hayáis vinculado a un altospren. Cuando eso esté hecho, juraréis dedicaros a una verdad mayor, a un código que seguir. Una vez logrado, se os enseñará la División, la segunda y más peligrosa de las potencias que practicamos.

—Algún día —añadió otro Rompedor del Cielo—, quizá alcancéis el Cuarto Ideal, el de la Cruzada. En él, escogeréis una misión personal y la cumpliréis a entera satisfacción de vuestro altospren. Una vez alcanzado, pasaríais a ser maestros como nosotros.

«Purgar Shinovar», pensó Szeth. Esa sería su misión.

—¿Cuál es el Quinto Ideal? —preguntó.

—El Ideal de la Ley —dijo Ki—. Es difícil. Debes convertirte en ley, convertirte en verdad. Insisto en que hace siglos que nadie lo alcanza.

—Nin me dijo que debíamos obedecer la ley, algo externo a nosotros, ya que el hombre es mutable e indigno de confianza. ¿Cómo podemos convertirnos en la ley?

—La ley debe emanar de algún lugar —respondió otro maestro Rompedor—. No es un juramento que vayáis a pronunciar, así que no os obsesionéis con él. Los tres primeros son suficientes para la mayoría de nosotros. Yo pasé décadas en el Tercer Ideal antes de alcanzar el Cuarto.

Al ver que nadie más hacía preguntas, los Rompedores del Cielo más expertos empezaron a lanzar a los candidatos al aire.

—¿Qué ocurre? —dijo Szeth.

—Vamos a llevaros al lugar de la prueba —respondió Ki—, ya que no podréis usar vuestra propia luz tormentosa para desplazaros hasta que juréis el Segundo Ideal.

—¿Mi lugar está con estos jóvenes? —preguntó Szeth—. Nin me trató como si fuese distinto a ellos. —El Heraldo lo había llevado a una misión en Tashikk, para dar caza a potenciadores de otras órdenes. Un acto despiadado que Nin le había explicado que impediría la llegada de la Desolación. Solo que no lo había hecho. El regreso de la tormenta eterna había convencido a Nin de que se equivocaba, y el Heraldo había abandonado a Szeth en Tashikk. Había pasado semanas allí hasta que Nin volvió a recogerlo. Dejó a Szeth allí, en la fortaleza, y desapareció de nuevo en el cielo, esta vez para «buscar orientación».

—Al principio el Heraldo creía que quizá pudieras saltar al Tercer Ideal por tu pasado —dijo Ki—. Pero ya no está aquí, y nosotros no podemos juzgarlo. Tendrás que seguir la misma senda que los demás.

Szeth asintió.

—De acuerdo, pues.

—¿No tienes más quejas? —preguntó Ki.

—Lo veo todo en orden —dijo Szeth—, y lo habéis explicado bien. ¿Por qué iba a quejarme?

A los demás pareció gustarles la respuesta, y la propia Ki lo lanzó al cielo. Por un instante, sintió la libertad del vuelo y recordó sus primeros días, mucho tiempo atrás, cuando empuñó una hoja de Honor. Antes de convertirse en Sinverdad.

«No. Nunca fuiste Sinverdad. Recuérdalo.»

Además, aquel vuelo no era suyo de veras. Siguió cayendo hacia arriba hasta que otro Rompedor del Cielo lo atrapó y lo lanzó hacia abajo, contrarrestando el primer efecto y haciendo que quedara levitando.

Otro par de Rompedores lo tomó, uno por debajo de cada brazo, y el grupo entero surcó el aire. Szeth no creía que hubieran hecho algo así en el pasado, dado que habían pasado muchos años ocultos. Pero ya no parecían preocupados por la discreción.

Me gusta estar aquí arriba, dijo la espada. Se alcanza a ver todo.

—¿Puedes ver cosas de verdad, espada-nimi?

No como un hombre. Tú ves toda clase de cosas, Szeth. Excepto, por desgracia, lo útil que soy.

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