Juramentada

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CUARTA PARTE » 112. Para los vivos

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112. Para los vivos

Estoy convencida de que hay nueve Deshechos. Hay muchas leyendas y nombres que puedo haber malinterpretado, fusionando dos Deshechos en uno. En la siguiente parte, comentaré mis teorías al respecto.

De Mítica de Hessi, página 266

Kaladin recordó el beso de una mujer.

Tarah había sido especial. Era la hija ojos oscuros de un ayudante de intendencia y se había criado ayudando a su padre en el trabajo. Aunque era alezi hasta la médula, prefería los vestidos a una antigua moda thayleña, con la parte delantera parecida a un delantal, tiras sobre los hombros y falda hasta justo debajo de la rodilla. Por debajo se ponía una camisa abotonada, a menudo de colores vivos, más vivos de lo que podía permitirse la mayoría de los ojos oscuros. Tarah sabía aprovechar al máximo sus esferas.

Ese día, Kaladin había estado sentado en un tocón, descamisado, sudando. La tarde empezaba a refrescar a medida que el sol bajaba hacia el horizonte, y Kaladin disfrutó de su última calidez. Con la lanza reposando en el regazo, jugueteaba con una piedra blanca, marrón y negra. Colores que se alternaban.

El calor del sol se reflejó en el de una mujer que abrazó a Kaladin desde detrás, envolviéndole el pecho con los brazos. Kaladin apoyó su mano callosa en la delicada de Tarah, envuelto en su aroma a uniformes almidonados, cuero nuevo y otras cosas limpias.

—Acabas pronto —dijo—. Creía que hoy ibas a vestir a unos novatos.

—He puesto a la nueva a terminar lo que faltaba.

—Me sorprendes. Sé cuánto te gusta esa parte.

—Tormentas —dijo Tarah, pasando delante de él—, es que se cohíben mucho cuando los mides. «Tranquilo, chico, que no me estoy insinuando por ponerte una cinta de medir contra el pecho.» Si es que… —Alzó la lanza de Kaladin y la estudió con ojo crítico, comprobando su equilibrio—. Ojalá dejaras que te solicite una nueva.

—Me gusta esa. Tardé muchísimo en encontrar una lo bastante larga.

Tarah miró a lo largo del arma para asegurarse de que estaba recta. Jamás confiaría en esa lanza, ya que no había pedido ella en persona que se la asignaran.

Ese día llevaba la camisa verde metida en una falda marrón y el cabello negro recogido en una coleta. Algo rellenita, de cara redondeada y constitución firme, Tarah tenía una belleza sutil, como la de una gema sin tallar. Cuanto más veías de ella, cuanto más descubrías sus facetas naturales, más la amabas. Hasta que un día caías en la cuenta de que nunca habías conocido nada tan maravilloso.

—¿Algún chico joven entre los novatos? —preguntó Kaladin, levantándose y guardando en el bolsillo la piedra de Tien.

—No me he fijado.

Kaladin gruñó y saludó a Gol, otro líder de escuadra como él.

—Sabes que me gusta ver si hay chicos que puedan necesitar un poco más de atención.

—Lo sé, pero estaba muy ocupada. Hoy ha llegado una caravana de Kholinar. —Tarah se pegó a él—. Había harina de verdad en un paquete. Me he cobrado algunos favores. ¿Recuerdas que quiero que pruebes el pan thayleño que hace mi padre? Había pensado que vinieras esta noche.

—Tu padre me odia.

—Está entrando en razón. Además, le cae bien cualquiera que halague su pan.

—Tengo entrenamiento esta tarde.

—Pero si acabas de entrenar.

—Acabo de calentar. —Kaladin la miró e hizo una mueca—. Organicé yo la práctica de esta tarde, Tarah. No puedo saltármela. Además, creía que tú estarías ocupada. ¿Qué tal mañana para comer?

Le dio un beso en la mejilla y recuperó su lanza. Solo se había alejado un paso cuando ella habló.

—Me marcho, Kal —dijo Tarah desde detrás.

Kaladin trastabilló y dio media vuelta.

—¿Qué?

—Me traslado —dijo ella—. Me han ofrecido un puesto de escriba en Cripta de la Pena, para la casa del alto príncipe. Es una buena oportunidad, sobre todo para alguien como yo.

—Pero… —Kaladin movió los labios—. ¿Te marchas?

—Quería decírtelo en la cena, no aquí a la intemperie. Es una cosa que tengo que hacer. Mi padre se hace mayor y tiene miedo de que lo acaben destinando a las Llanuras Quebradas. Si yo encuentro trabajo, podrá venir conmigo.

Kaladin se puso una mano en la cabeza. Tarah no podía marcharse y ya está, ¿verdad?

Tarah fue hacia él, se puso de puntillas y le dio un suave beso en los labios.

—¿Podrías… no irte? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza.

—Quizá podría pedir yo un traslado —dijo Kaladin—. A la guardia de la casa del alto príncipe, tal vez.

—¿Lo harías?

—Eh…

No. No lo haría.

No mientras llevara esa piedra en el bolsillo, no mientras el recuerdo de la muerte de su hermano siguiera fresco en su memoria. No mientras los altos señores ojos claros hicieran matar a chicos en sus trifulcas mezquinas.

—Oh, Kal —susurró Tarah, y le apretó el brazo—, a lo mejor algún día aprenderás a estar presente para los vivos, no solo para los muertos.

Después de que Tarah se mudara, Kaladin recibió dos cartas suyas en las que le hablaba de la vida en Cripta de la Pena. Pagó a alguien para que se las leyera.

Pero no las respondió. Porque era tonto, porque no quería entender. Porque los hombres cometen errores cuando son jóvenes y están furiosos.

Porque ella había tenido razón.

Kaladin se echó el arpón al hombro, en cabeza del grupo a través del extraño bosque. Habían hecho parte del trayecto volando, pero tenían que conservar la poca luz tormentosa que les quedaba.

De modo que llevaban dos días andando. Árboles y más árboles, con vidaspren flotando entre ellos y, de vez en cuando, el alma flotante de algún pez. Syl no dejaba de decir que tenían suerte de no haber encontrado ningún furiaspren ni otros depredadores. Para ella, el bosque tenía un extraño silencio, una extraña soledad.

La selva de árboles había dejado paso a otros más altos e imponentes, con troncos de un intenso carmesí y ramas de cristal rosa oscuro que, en las puntas, estallaban en pequeñas colecciones de minerales. El accidentado terreno de obsidiana presentaba valles profundos e interminables colinas altas. Kaladin empezaba a temer que, pese a la infalible guía de un sol inmóvil, se hubieran equivocado de dirección.

—Tormentas, muchacho del puente —dijo Adolin, que remontaba la pendiente tras él—. ¿Nos tomamos un descanso?

—En la cima —dijo Kaladin.

Sin luz tormentosa, Shallan era la que más atrás se quedaba siempre, acompañada de Patrón. Los agotaspren volaban en círculos sobre ella, con forma de grandes pollos. Aunque Shallan le ponía empeño, no era soldado, y a menudo obligaba a los demás a aflojar el ritmo. Claro que, sin su habilidad como cartógrafa y su recuerdo de la posición exacta de Ciudad Thaylen, no habrían tenido ni la menor idea de hacia dónde ir.

Por suerte, no había señales de que estuvieran persiguiéndolos. Pero aun así, Kaladin no podía dejar de preocuparse por lo despacio que avanzaban.

Debía estar «presente para los vivos», como le había dicho Tarah.

Los alentó a ascender por la falda, dejando atrás una zona de suelo quebrado en la que la obsidiana se había fracturado como capas de crem mal endurecido. La inquietud lo impulsaba hacia delante. Paso tras paso, implacable.

Era imperativo que llegara a la Puerta Jurada. No fracasaría como en Kholinar.

Un solitario y brillante vientospren se iluminó a su lado mientras coronaba la colina. Al otro lado se extendía un mar de almas. Millares y millares de llamitas de candil cabeceaban en el siguiente valle, sobre un inmenso océano de cuentas de cristal.

Ciudad Thaylen.

Adolin llegó a su lado, y al poco tiempo se les unieron Shallan y los tres spren. Shallan suspiró y se sentó en el suelo, tosiendo un poco por el esfuerzo del ascenso.

Entre el mar de luces había dos spren gigantescos, muy parecidos a los que habían visto en Kholinar. Uno centelleaba en infinidad de colores, mientras el otro titilaba, negro como la brea. Ambos estaban muy erguidos, empuñando lanzas tan largas como edificios. Eran los centinelas de la Puerta Jurada, y no parecían corrompidos.

Por debajo de ellos, el dispositivo en sí se manifestaba como una gran plataforma de piedra con un amplio y extenso puente blanco que cruzaba sobre las cuentas hasta la orilla.

El puente estaba defendido por todo un ejército de spren enemigos: centenares, quizá miles de soldados.

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