Juramentada
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4. Juramentos

Sé que muchas mujeres que lean esto lo considerarán solo una prueba más de que soy el hereje impío que todos afirman.
De Juramentada, prólogo
Dos días después de que hallaran muerto a Sadeas, la tormenta eterna llegó de nuevo.
Dalinar recorrió sus aposentos en Urithiru, atraído por la tormenta antinatural. Pies descalzos sobre la fría roca. Pasó junto a Navani, que estaba sentada al escritorio trabajando de nuevo en sus memorias, y salió al balcón, que se alzaba sobre los acantilados que había debajo de Urithiru.
Sentía algo, una presión en los oídos, un frío más intenso de lo normal que llegaba desde el oeste. Y también otra cosa. Una gelidez interior.
—¿Eres tú, Padre Tormenta? —susurró—. ¿Esta sensación de pavor?
Eso que llega no es natural, dijo el Padre Tormenta. Es desconocido.
—¿No llegó antes, en las anteriores Desolaciones?
No. Es nuevo.
Como de costumbre, la voz del Padre Tormenta se oía lejana, como un trueno distante. El Padre Tormenta no siempre respondía a Dalinar, ni permanecía cerca de él. Pero era de esperar, ya que era el alma de la tormenta. No podía, ni debería, contenerse.
Y aun así, había una cierta petulancia casi infantil en la forma en que a veces hacía caso omiso a las preguntas de Dalinar. Parecía que, en ocasiones, lo hacía solo para que Dalinar no creyera que vendría siempre que se lo llamara.
Apareció en la lejanía la tormenta eterna, nubes negras iluminadas desde dentro por chisporroteantes relámpagos rojos. Por suerte, estaba lo bastante baja en el cielo para no alcanzar Urithiru. Cargaba como la caballería, arrollando a las tranquilas nubes ordinarias de abajo.
Dalinar se obligó a contemplar cómo aquella oleada de oscuridad fluía en torno a la meseta de Urithiru. Al poco tiempo su torre solitaria parecía un faro vigilando un mar oscuro y mortífero.
El silencio era inquietante. Esos relámpagos rojos no crepitaban ni atronaban como deberían. De vez en cuando se oía algún chasquido, crudo y sorprendente, como el de cien ramas partiéndose al mismo tiempo. Pero el sonido no parecía encajar con los fogonazos de luz roja que emergían de las profundidades.
De hecho, la tormenta era tan silenciosa que Dalinar pudo oír el revelador roce de tela cuando Navani se le acercó por detrás. Navani le pasó los brazos alrededor, se apretó contra su espalda y apoyó la cabeza en su hombro. Dalinar bajó la mirada un instante y reparó en que se había quitado el guante de la mano segura. Apenas se distinguía en la oscuridad, delgada, de preciosos y delicados dedos con las uñas pintadas de un rojo arrebatador. La vio a la luz de la Primera Luna en lo alto y los intermitentes destellos de la tormenta por debajo.
—¿Han llegado nuevas del oeste? —susurró Dalinar. La tormenta eterna avanzaba más despacio que una alta tormenta y había caído sobre Shinovar muchas horas antes. No recargaba esferas, ni aunque se dejaran expuestas durante toda la tormenta eterna.
—Las vinculacañas están que echan humo. Los monarcas están retrasando el momento de responder, pero sospecho que tardarán poco en darse cuenta de que tienen que escucharnos.
—Creo que subestimas la terquedad que puede dar una corona a quien la lleva, Navani.
Dalinar había capeado su buena cantidad de altas tormentas, sobre todo de joven. Había presenciado el caos de la muralla de tormenta empujando rocas y detritos por delante, los relámpagos que partían el cielo, el chasquido de los truenos. Las altas tormentas eran la expresión definitiva del poder de la naturaleza: salvajes, sin domesticar, enviadas para recordar a la humanidad su insignificancia.
Pero las altas tormentas nunca parecían llenas de odio. Aquella otra tormenta era distinta. Daba una sensación vengativa.
Con la mirada fija en la negrura de abajo, a Dalinar le pareció visualizar lo que había hecho la tormenta. Una secuencia de impresiones, arrojadas a él con furia. Las experiencias de la tormenta en su lento paso por Roshar.
Casas hechas pedazos, chillidos de sus ocupantes reclamados por la tempestad.
Gente atrapada en sus campos, corriendo presa del pánico por una tormenta inesperada.
Ciudades acribilladas de relámpagos. Pueblos sumidos en la sombra. Campos arrasados y estériles.
Y vastos mares de brillantes ojos rojos, despertando como esferas renovadas de pronto con luz tormentosa.
Dalinar soltó una larga exhalación siseante mientras las impresiones remitían.
—¿Eso era real? —susurró.
Sí, dijo el Padre Tormenta. El enemigo cabalga en esta tormenta. Y sabe de ti, Dalinar.
No había sido una visión del pasado, ni tampoco alguna posibilidad futura. Su reino, su pueblo, su mundo entero estaba bajo ataque. Respiró hondo. Por lo menos, aquella no era la singular tempestad que habían sufrido cuando la tormenta eterna topó contra la alta tormenta la primera vez. Parecía menos poderosa. No derrumbaría ciudades, pero sí desataría la destrucción en ellas… y los vientos atacarían en ráfagas, hostiles, incluso deliberadas.
El enemigo parecía más interesado en caer sobre los pueblos pequeños. Los campos. La gente desprevenida.
Aunque no era tan destructiva como Dalinar había temido, la tormenta provocaría millares de muertes. Quebraría las ciudades, sobre todo las expuestas al oeste. Y lo más importante, se llevaría los trabajadores parshmenios y los convertiría en Portadores del Vacío, sueltos entre civiles.
Sumándolo todo, aquella tormenta se cobraría de Roshar un precio en sangre que no se había visto desde… bueno, desde las Desolaciones.
Alzó la mano para coger la de Navani, que a su vez se cerró en torno a la suya.
—Has hecho lo que has podido, Dalinar —susurró ella después de estar mirando un tiempo—. No te empeñes en cargar con ese fracaso a la espalda.
—No lo haré.
Navani lo soltó y le hizo dar la vuelta, apartarse de la visión de la tormenta. Llevaba puesto un fino batín, inadecuado para llevar en público pero tampoco precisamente inmodesto.
Excepto por la mano con la que le empezó a acariciar el mentón, mientras susurraba:
—No te creo, Dalinar Kholin. Sé leer la verdad en la tensión de tus músculos, en la mandíbula crispada. Y sé que, si te estuviera aplastando un peñasco, insistirías en que lo tienes bajo control y pedirías ver los informes de campo de tus hombres.
Su aroma era embriagador. Y aquellos hipnóticos y brillantes ojos violetas…
—Tienes que relajarte, Dalinar —dijo ella.
—Navani… —dijo él.
Ella lo miró, interrogativa, tan hermosa. Mucho más preciosa que cuando eran jóvenes. Dalinar estaría dispuesto a jurarlo, porque ¿cómo se podía ser la mitad de hermosa que la mujer que tenía delante?
Le puso la mano en la nuca y atrajo la boca de Navani hacia la suya. La pasión despertó en él. Navani apretó el cuerpo contra el suyo, presionando con los pechos a través del fino batín. Dalinar bebió de sus labios, su boca, su aroma. Los pasionspren revolotearon a su alrededor como cristalinos copos de nieve.
Dalinar se obligó a parar y dio un paso atrás.
—Dalinar —dijo ella mientras él se apartaba—. Tu enconado rechazo a dejarte seducir me está haciendo dudar de mis argucias femeninas.
—El control es importante para mí, Navani —respondió él con la voz ronca. Se agarró con fuerza a la barandilla de piedra de la terraza—. Ya sabes cómo era, en qué me convertía, cuando era un hombre sin control. No voy a renunciar a él ahora.
Navani suspiró y se acercó a su lado, le separó un brazo de la pierna y se metió debajo.
—No voy a presionarte, pero necesito saberlo. ¿Es así como va a seguir siendo esto? ¿Coquetear, bailar en el límite?
—No —dijo él, con la mirada perdida en la oscuridad de la tormenta—. Sería un ejercicio fútil. Un general sabe que no debe comprometerse en batallas que no puede ganar.
—¿Qué, entonces?
—Encontraré la forma de hacerlo bien. Con juramentos.
Los juramentos eran cruciales. La promesa, el acto de quedar unidos.
—¿Cómo? —preguntó ella, y le dio un golpecito en el pecho—. Yo soy la mujer más religiosa del mundo… o más que la mayoría, al menos. Pero Kadash nos ha rechazado, igual que Ladent y hasta Rushu. Ella dio un gañido cuando le saqué el tema y literalmente salió corriendo.
—Es por Chanada —dijo Dalinar, refiriéndose a la superior fervorosa de los campamentos de guerra—. Habló con Kadash e hizo que él fuera a los demás fervorosos. Supongo que fue nada más se enteró de nuestro cortejo.
—Por tanto, ningún fervoroso querrá casarnos —dijo Navani—. Nos consideran hermanos. Te esfuerzas por encontrar un acomodo imposible y, como sigas así, alguna dama empezará a preguntarse si de verdad te importa.
—¿Alguna vez has pensado eso? —preguntó Dalinar—. Sé sincera.
—Bueno, no.
—Tú eres la mujer que amo —dijo Dalinar, atrayéndola hacia él—. Una mujer a la que siempre he amado.
—Entonces, ¿qué más da? —replicó ella—. Por mí, los fervorosos pueden irse a la Condenación dando saltitos con cintas en los tobillos.
—Serás blasfema.
—No soy yo quien va diciendo a todo el mundo que Dios ha muerto.
—No a todo el mundo —protestó Dalinar.
Suspiró, la soltó con reparos y regresó a sus aposentos, donde un brasero de carbón daba una bienvenida calidez, además de la única luz de la estancia. Habían recuperado su fabrial calefactor de los campamentos de guerra, pero aún no tenían la suficiente luz tormentosa para activarlo. Las eruditas habían encontrado largas cadenas y jaulas, que por lo visto se usaban para hacer descender esferas a las tormentas, así que podrían recargar sus esferas… si en algún momento regresaban las altas tormentas. En otras partes del mundo el Llanto había empezado y luego se había ido interrumpiendo. Quizá se reanudara. O quizá arrancaran las tormentas en sí. Nadie lo sabía, y el Padre Tormenta se negaba a iluminar a Dalinar al respecto.
Navani entró tras él, cerró las gruesas cortinas de la terraza y las dejó atadas con nudos firmes. La habitación estaba atestada de muebles, con sillas a lo largo de las paredes y alfombras enrolladas amontonadas sobre ellas. Hasta había un espejo de cuerpo entero. Las imágenes de vientospren serpenteantes que tenía en los lados tenían el distintivo aspecto redondeado de algo tallado en cera de gorgojo y luego incrustado en la dura madera mediante el moldeado de almas.
Habían dejado todas esas cosas allí para él, como si les preocupara que su alto príncipe pudiera vivir en un sencillo cuarto de piedra.
—Mañana haremos que despejen esto —dijo Dalinar—. Cabrá bien en la habitación de al lado, y así podemos convertirla en sala de estar o sala común.
Navani asintió con la cabeza mientras se sentaba en un sofá, y Dalinar la vio reflejada en el espejo, con la mano aún desvestida como si nada y el batín caído por un lado, revelando el cuello, la clavícula y parte de lo de debajo. No intentaba ser seductora en esos momentos; sencillamente, estaba cómoda con él. Era una intimidad familiar, superado el punto en que la habría incomodado que Dalinar la viera sin cubrir.
Era bueno que uno de los dos estuviera dispuesto a llevar la iniciativa en la relación. Por muy impaciente que fuese Dalinar a la hora de avanzar en el campo de batalla, en esa otra área siempre había necesitado que lo animaran. Igual que tantos años antes.
—Cuando estuve casado —dijo Dalinar en voz baja— hice mal muchas cosas. Ya empecé mal.
—Yo no diría tanto. Te casaste con Shshshsh por su armadura esquirlada, pero muchos matrimonios son políticos. No significa que hicieras mal. Recordarás que te animamos todos.
Como siempre, cuando se pronunciaba el nombre de su difunta esposa, la palabra se reemplazaba en su mente por el sibilante sonido de una brisa. El nombre no lograba fijarse en su mente, igual que nadie podía aferrarse a una ráfaga de viento.
—No pretendo sustituirla, Dalinar —dijo Navani, en un repentino tono de preocupación—. Sé que aún guardas afecto a Shshshsh, y no pasa nada. Puedo compartirte con su recuerdo.
Ay, qué poco lo entendían todos. Se volvió hacia Navani, tensó la mandíbula ante el dolor y lo dijo.
—No la recuerdo, Navani.
Ella lo miró ceñuda, como si temiera no haberlo oído bien.
—No recuerdo a mi esposa en absoluto —explicó él—. No sé cómo era su cara. Veo los retratos de ella como borrones y manchas. Su nombre escapa de mí cuando se pronuncia, como si alguien lo atrapara y se lo llevara. No recuerdo lo que nos dijimos al conocernos. Ni siquiera recuerdo verla aquella noche al este, cuando llegó por primera vez. Es todo una neblina. Recuerdo algunos acontecimientos relacionados con mi esposa, pero ningún detalle concreto. Todo ha… desaparecido sin más.
Navani se llevó los dedos de la mano segura a la boca, y por cómo se le arrugó la frente de preocupación, Dalinar supuso que debía de estar viéndolo sufrir mucho.
Se dejó caer en una silla delante de ella.
—¿El alcohol? —preguntó Navani con suavidad.
—Algo más.
Navani soltó una bocanada de aire.
—La Antigua Magia. Dijiste que conocías tanto tu don como tu maldición.
Él asintió.
—Oh, Dalinar.
—La gente me echa miradas cuando sale su nombre —siguió diciendo Dalinar—, y siempre es con cara de pena. Me ven con la expresión tensa y suponen que estoy siendo estoico. Me atribuyen un dolor oculto cuando en realidad solo intento mantenerme a la altura. Cuesta seguir una conversación cuando la mitad de ella no te llega al cerebro.
»Navani, quizá con el tiempo sí llegué a amarla. No me acuerdo. No recuerdo ni un solo momento íntimo, ni una pelea, ni siquiera una sola palabra que me dijera jamás. Ha desaparecido, dejando escombros que me enturbian la memoria. No me acuerdo de cómo murió. Y eso sí que me escama, porque hay partes de ese día que sé que debería recordar. ¿Algo sobre una ciudad que se rebeló contra mi hermano, sobre mi esposa capturada como rehén?
Eso y una larga marcha de vuelta en solitario, con el odio y la Emoción por únicos compañeros. Recordaba esas emociones con nitidez. Había llevado la venganza a quienes le habían arrebatado a su mujer.
Navani pasó al asiento contiguo al de Dalinar y le apoyó la cabeza en el hombro.
—Ojalá pudiera crear un fabrial que se llevara esa clase de dolor —susurró.
—Creo… creo que perderla debió de dolerme horrores —dijo Dalinar en voz baja—, por lo que me impulsó a hacer. Solo me quedan las cicatrices. Pero de todos modos, Navani, quiero hacerlo bien con nosotros. Sin errores. Como debe ser, con juramentos a ti pronunciados ante alguien.
—Meras palabras.
—Las palabras son lo más importante de mi vida ahora mismo.
Navani abrió los labios, pensativa.
—¿Elhokar?
—No querría ponerlo en esa tesitura.
—¿Un sacerdote extranjero? ¿Azishiano, tal vez? Vienen a ser casi vorin.
—Eso equivaldría a declararme hereje. Sería pasarnos. No quiero desafiar a la Iglesia Vorin. —Titubeó un momento—. Pero sí que estaría dispuesto a saltármela.
—¿Qué? —preguntó ella.
Dalinar miró hacia arriba, al techo.
—Podemos recurrir a alguien con más autoridad que ellos.
—¿Quieres que nos case un spren? —dijo ella con tono divertido—. ¿Crees que un sacerdote extranjero sería una herejía y un spren no?
—El Padre Tormenta es el mayor remanente de Honor —argumentó Dalinar—. Es una astilla del mismísimo Todopoderoso y lo más cercano a un dios que nos queda.
—No, si no me opongo —dijo Navani—. Por mí, podría casarnos un friegaplatos despistado. Solo me parece que es un poco inusual.
—Es lo mejor que podemos conseguir, suponiendo que esté dispuesto. —Miró a Navani, enarcó las cejas y se encogió de hombros.
—¿Eso es una petición?
—Eh… ¿sí?
—Dalinar Kholin —dijo ella—. Estoy segura de que se te puede dar mejor.
Él le llevó la mano en la nuca y acarició su cabello negro, que se había dejado suelto.
—¿Mejor que tú, Navani? No, no creo que se me pueda dar mejor. No creo que ningún hombre haya tenido jamás una oportunidad mejor que esta.
Navani sonrió y respondió solo con un beso.
Dalinar fue presa de un sorprendente nerviosismo cuando, varias horas más tarde, ascendía en uno de los extraños fabriales elevadores de Urithiru hacia la cima de la torre. El ascensor se parecía a una terraza de las muchas que sobresalían al inmenso hueco abierto en el centro de Urithiru, una columna de vacío amplia como un salón de baile que se extendía desde el primer piso al último.
Los anillos de la ciudad, aunque parecían circulares vistos desde delante, en realidad eran más bien semicírculos, con las caras planas mirando hacia el este. Los bordes de los niveles inferiores se fundían con las montañas a ambos lados, pero el centro estaba abierto al este. Las habitaciones que daban a ese lado plano tenían ventanas con vistas al Origen.
Y allí, en aquel hueco central, las ventanas componían una pared entera. Una sola lámina de cristal puro y continuo, de decenas y decenas de metros de altura. De día, dejaba pasar la brillante luz solar al hueco. En ese momento dejaba pasar la tiniebla de la noche.
La terraza ascendió sin descanso por una zanja vertical en la pared. Dalinar subía con Adolin y Renarin, además de unos cuantos guardias y Shallan Davar. Navani esperaba arriba. El grupo se había apartado hacia los extremos de la terraza, dejándole espacio para pensar. Y para ponerse nervioso.
¿Por qué tenía que estar nervioso? A duras penas evitaba que le temblaran las manos. ¡Tormentas! Cualquiera lo tomaría por un virgen vestido de seda y no por un general bien entrado en su mediana edad.
Sintió un estruendo en las profundidades de su ser. El Padre Tormenta estaba mostrándose receptivo de momento, cosa que agradecía.
—Me sorprende que aceptes esto de tan buen grado —susurró Dalinar al spren—. Me alegro, pero aun así me sorprende.
Yo respeto todos los juramentos, respondió el Padre Tormenta.
—¿Y los juramentos necios, los hechos deprisa y corriendo o desde la ignorancia?
No hay juramento necio. Todos ellos son lo que distingue al hombre y el auténtico spren de los animales y los infraspren. La marca de la inteligencia, el libre albedrío y la elección.
Dalinar meditó sobre aquello y descubrió que no le sorprendía escuchar una opinión tan extrema. Los spren debían ser extremos: no en vano eran fuerzas de la naturaleza. Pero ¿sería así como había pensado el propio Honor, el Todopoderoso?
La terraza siguió su inexorable camino hacia la cima de la torre. Solo funcionaba un puñado de las docenas de ascensores, pero en el apogeo de Urithiru sin duda habrían ido todos en marcha al mismo tiempo. Ascendieron un nivel tras otro de espacio inexplorado, lo que molestaba a Dalinar. Convertir aquella torre en su fortaleza estaba siendo como acampar en territorio desconocido.
El ascensor por fin llegó al piso superior y sus guardias se apresuraron a abrir las puertas. En los últimos tiempos procedían del Puente Trece, pues Dalinar había asignado otras responsabilidades al Puente Cuatro. Lo consideraba demasiado importante para las simples tareas de vigilancia, desde que sus miembros estaban cerca de convertirse en Radiantes.
Cada vez más ansioso, Dalinar abrió el paso entre unas columnas talladas con representaciones de las órdenes de Radiantes. Unos escalones lo llevaron hasta una trampilla por la que salió al mismo techo de la torre.
Aunque cada anillo era más pequeño que el inferior, el techo seguía teniendo más de cien metros de diámetro. Allí arriba hacía frío, pero alguien había encendido braseros para dar calor y antorchas para dar luz. Era una noche impresionantemente clara, y en lo alto los estrellaspren revoloteaban y zigzagueaban componiendo lejanos patrones.
Dalinar no estaba seguro de cómo tomarse que nadie, ni siquiera sus hijos, lo hubiera cuestionado al anunciar su intención de casarse en plena noche, en el techo de la torre. Localizó a Navani y se sorprendió al ver que había encontrado una diadema de novia tradicional. La intricada tiara complementaba su vestido de boda. Era rojo para que diera suerte, con bordados de oro y mucho más suelto que la havah, con amplias mangas y una elegante caída.
¿Dalinar debería haber buscado también algo más tradicional que ponerse? De pronto se sintió como un polvoriento y vacío marco colgado junto al bello cuadro que era Navani en sus galas nupciales.
Elhokar estaba de pie junto a ella, envarado, con un formal chaquetón dorado y una takama suelta por debajo. Estaba más pálido que de costumbre después del intento fallido de asesinato durante el Llanto, cuando casi se había desangrado. Últimamente necesitaba descansar mucho.
Aunque habían decidido prescindir de la extravagancia de las bodas tradicionales alezi, tenían algunos invitados: el brillante señor Aladar y su hija, Sebarial y su amante. Kalami y Teshav como testigos. Sintió alivio al verlas allí, porque había temido que Navani no lograra encontrar a mujeres dispuestas a certificar la boda.
Completaban la breve procesión unos pocos escribas y oficiales de Dalinar. Al mismo fondo del grupo reunido entre los braseros, distinguió un rostro sorprendente. Kadash, el fervoroso, había acudido en respuesta a su petición. Su cara barbuda y llena de cicatrices no expresaba la menor satisfacción, pero se había presentado. Buena señal. Quizá con todo lo demás que sucedía en el mundo, que un alto príncipe se casara con su cuñada viuda no provocaría demasiado revuelo.
Dalinar fue hasta Navani y la tomó de las manos, una embozada en una manga y la otra cálida al contacto.
—Estás impresionante —le dijo—. ¿Cómo has encontrado todo eso?
—Una dama debe estar preparada.
Dalinar miró a Elhokar, que inclinó la cabeza. «Esto enturbiará aún más la relación entre nosotros», pensó Dalinar, e interpretó el mismo sentimiento en las facciones de su sobrino.
A Gavilar no le habría gustado la forma en que se había tratado a su hijo. Pese a sus mejores intenciones, Dalinar había pisoteado al chico y había asumido el poder. El tiempo de recuperación de Elhokar había empeorado la situación, ya que había permitido a Dalinar acostumbrarse a tomar decisiones sin consultarlas.
Sin embargo, Dalinar estaría mintiéndose a sí mismo si se dijera que ahí había empezado todo. Sus actos habían sido por el bien de Alezkar, por el bien de todo Roshar, pero eso no quitaba que, paso a paso, hubiera usurpado el trono a pesar de estar diciendo todo el tiempo que no tenía la menor intención de hacerlo.
Dalinar soltó una mano de Navani y la apoyó en el hombro de su sobrino.
—Lo lamento, hijo —dijo.
—Siempre lo lamentas, tío —replicó Elhokar—. No es que eso te detenga, pero supongo que tampoco debería. Tu vida se define por decidir lo que quieres y hacerte con ello. Los demás podríamos aprender algo de eso, con solo que encontráramos la forma de mantenerte el ritmo.
Dalinar hizo una mueca.
—Tengo asuntos que tratar contigo, planes que tal vez te gusten. Pero esta noche solo te pido tu bendición, si te ves capaz de dármela.
—Esto hará feliz a mi madre —dijo Elhokar—, así que adelante.
Elhokar besó a su madre en la frente y los dejó dando zancadas por el techo. Al principio Dalinar temió que el rey se marchara hacia abajo, pero se detuvo junto a uno de los braseros más alejados y se calentó las manos.
—Bueno —dijo Navani—, lo único que falta es tu spren, Dalinar, si es que al final va a…
Un fuerte viento corrió por el techo de la torre, trayendo el aroma a lluvia reciente, a piedra mojada y a ramas rotas. Navani ahogó un grito de sorpresa y se apretó contra Dalinar.
Emergió una presencia en el cielo. El Padre Tormenta lo abarcaba todo, su rostro extendido entre horizonte y horizonte, observando a los humanos con gesto imperioso. El aire adquirió una extraña calma y todo salvo la cima de la torre pareció difuminarse. Era como si hubieran caído a un lugar apartado del propio tiempo.
Tanto los ojos claros como los guardias murmuraron o dieron voces. Incluso Dalinar, que ya esperaba que ocurriera, se descubrió dando un paso atrás y tuvo que reprimir el impulso de encogerse ante el spren.
LOS JURAMENTOS SON EL ALMA DE LA RECTITUD, atronó el Padre Tormenta. SI ES VUESTRO DESTINO SOBREVIVIR A LA TEMPESTAD QUE SE AVECINA, LOS JURAMENTOS DEBERÁN GUIAROS.
—No me incomodan los juramentos, Padre Tormenta —respondió al cielo Dalinar—, como bien sabes.
CIERTO. ERES EL PRIMERO QUE ME VINCULA EN MILENIOS. De algún modo, Dalinar sintió que la atención del spren pasaba a Navani. Y TÚ, ¿LOS JURAMENTOS OSTENTAN SIGNIFICADO PARA TI?
—Los juramentos adecuados —dijo Navani.
¿Y TU JURAMENTO A ESTE HOMBRE?
—A él le juro, como te juro a ti y a quienquiera que me escuche, que Dalinar Kholin es mío y yo soy suya.
HAS ROTO JURAMENTOS EN OTRAS OCASIONES.
—Como todo el mundo —repuso Navani sin inmutarse—. Somos frágiles e insensatos. Este no lo romperé. Hago voto de ello.
El Padre Tormenta pareció satisfecho con su respuesta, aunque se alejaba mucho de un voto nupcial alezi clásico.
¿FORJADOR DE VÍNCULOS?
—Pronuncio el mismo juramento —dijo Dalinar, cogiéndola de la mano—. Navani Kholin es mía y yo soy suyo. La amo.
QUE ASÍ SEA.
Dalinar había esperado truenos, relámpagos, algún tipo de signo triunfal en el cielo. En lugar de ello, la atemporalidad cesó. El viento remitió. El Padre Tormenta se desvaneció. Por encima de las cabezas de todos los invitados surgieron los anillos de humo azulado de los asombrospren, pero no sobre la de Navani. Ella estaba rodeada de glorispren, luces doradas que rotaban por encima de ella. Cerca de ellos, Sebarial se frotó una sien como si intentara comprender lo que había visto. Los nuevos guardias de Dalinar flaquearon, con un repentino aspecto cansado.
Adolin, que no dejaba de ser Adolin, soltó un hurra. Corrió hacia ellos, dejando atrás un rastro de alegrespren con forma de hojas azules que se apresuraban a seguirlo. Dio fuertes abrazos a Dalinar y después a Navani. Lo siguió Renarin, más reservado pero, a juzgar por la amplia sonrisa que traía, igualmente complacido.
La siguiente parte se convirtió en un batiburrillo de manos estrechadas y palabras de agradecimiento. De insistir en que no había necesidad de hacer regalos, ya que se habían saltado esa parte de la ceremonia tradicional. Por lo visto, el dictamen del Padre Tormenta había sido lo bastante teatral para que todos lo aceptaran. Incluso Elhokar, a pesar de su anterior disgusto, dio a su madre un abrazo y a Dalinar un agarrón de hombro antes de retirarse hacia abajo.
Solo faltaba Kadash. El fervoroso esperó hasta el final. Se quedó con las manos juntas por delante mientras la cima de la torre se vaciaba.
A Dalinar siempre le había parecido que Kadash no encajaba en su túnica. Aunque llevaba la barba recortada con la tradicional forma cuadrada, lo que Dalinar veía al mirarlo no era un fervoroso. Era un soldado, de complexión esbelta, postura peligrosa y unos atentos ojos de color violeta claro. Tenía una vieja cicatriz torcida que le llegaba a la coronilla de su cabeza afeitada y la rodeaba. Quizá la vida de Kadash hubiera pasado a ser de paz y servicio, pero su juventud la había dedicado a la guerra.
Dalinar susurró una promesa a Navani y ella lo dejó para bajar al nivel inferior, donde había ordenado que se sirviera comida y vino. Dalinar se aproximó a Kadash, confiado. Lo embargaba el placer de haber hecho por fin lo que tanto tiempo llevaba posponiendo. Estaba casado con Navani. Era un deleite que había dado por perdido desde su juventud, un resultado que ni siquiera se había permitido soñar que alcanzaría.
No pensaba disculparse por él, ni por ella.
—Brillante señor —saludó Kadash en voz baja.
—¿Formalismos, viejo amigo?
—Ojalá pudiera haber venido solo como un viejo amigo —dijo Kadash con suavidad—. Tengo que informar de esto, Dalinar. Al fervor no va a hacerle ninguna gracia.
—Pero no podrán rechazar mi matrimonio si el Padre Tormenta en persona ha bendecido la unión.
—¿Un spren? ¿Esperas que aceptemos la autoridad de un spren?
—Un remanente del Todopoderoso.
—Dalinar, eso es una blasfemia —dijo Kadash con dolor en la voz.
—Kadash, sabes que no soy un hereje. Has luchado junto a mí.
—¿Y se supone que eso debe tranquilizarme? ¿Los recuerdos de las cosas que hicimos juntos, Dalinar? Aprecio al hombre en el que te has convertido; deberías evitar recordarme al hombre que fuiste una vez.
Dalinar se quedó callado y un recuerdo emergió de lo más profundo de su mente, algo en lo que llevaba años sin pensar. Un recuerdo que lo sorprendió. ¿De dónde había salido?
Recordó a Kadash ensangrentado, arrodillado en el suelo después de vomitar hasta la primera papilla. Un soldado encallecido que había presenciado algo tan vil que lo había perturbado hasta a él.
El día siguiente había dejado el ejército para hacerse fervoroso.
—La Grieta —susurró Dalinar—. Rathalas.
—No hay que remover los tiempos oscuros —dijo Kadash—. El problema no es… ese día, Dalinar. Es lo de hoy, y las cosas que vas diciendo a las escribas. La narración de esas visiones tuyas.
—Mensajes sagrados —dijo Dalinar, sintiendo frío—. Enviados por el Todopoderoso.
—¿Mensajes sagrados que afirman que el Todopoderoso está muerto? —preguntó Kadash—. ¿Y, para colmo, en la víspera del retorno de los Portadores del Vacío? Dalinar, ¿es que no ves la imagen que da eso? Yo soy tu fervoroso, según la ley tu esclavo. Y sí, quizá todavía tu amigo. He intentado explicar a los concilios de Kharbranth y Jah Keved que tienes buena intención. He dicho a los fervorosos del Santo Enclave que evocas los tiempos en que los Caballeros Radiantes eran puros y no su posterior corrupción. Les he asegurado que no tienes ningún control sobre esas visiones.
»Pero Dalinar, eso era antes de que empezaras a predicar que el Todopoderoso está muerto. Eso ya los cabrea bastante, ¡y tú vas y desafías los convencionalismos, escupes en la cara a los fervorosos! Personalmente, no creo que tenga importancia que te cases con Navani. Esa prohibición está anticuada, desde luego. Pero lo que has hecho esta noche…
Dalinar hizo ademán de poner una mano en el hombro de Kadash, pero el fervoroso se apartó.
—Viejo amigo —dijo Dalinar en voz baja—, Honor puede estar muerto, pero he sentido… otra cosa. Algo que hay más allá. Un calor y una luz. No es que Dios haya muerto, es que el Todopoderoso nunca fue Dios. Hizo lo que pudo para guiarnos, pero era un impostor, o quizá solo un agente. Un ser no muy distinto de los spren, con el poder de un dios pero sin su pedigrí.
Kadash lo miró ensanchando los ojos.
—Por favor, Dalinar, no repitas jamás lo que acabas de decir. Creo que podré justificar lo ocurrido esta noche. Tal vez. Pero no pareces comprender que vas a bordo de un barco que apenas se mantiene a flote en la tormenta, ¡y te empeñas en bailar y brincar en la proa!
—No voy a callarme la verdad si la hallo, Kadash —dijo Dalinar—. Acabas de ver que estoy vinculado a un spren de los juramentos. No me atrevo a mentir.
—No creo que vayas a mentir, Dalinar —repuso Kadash—, pero sí que puedes cometer errores. No olvides que estuve allí. No eres infalible.
«¿Allí? —pensó Dalinar mientras Kadash retrocedía, hacía una inclinación y daba media vuelta para retirarse—. ¿Qué recuerda él que yo no puedo?»
Dalinar lo vio marcharse. Al cabo de un momento, sacudió la cabeza y bajó para unirse al banquete nocturno, con la intención de terminar cuanto antes, mejor. Necesitaba pasar un tiempo con Navani.
Con su esposa.
