Juramentada
PRIMERA PARTE » 6. Cuatro vidas enteras
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6. Cuatro vidas enteras

Pensé que, sin duda, moriría. Bien cierto era que algunos con mayor visión que la mía habían caído.
De Juramentada, prólogo
Kaladin entró en la mansión de Roshone y sus visiones apocalípticas de muerte y pérdida empezaron a desvanecerse a medida que iba reconociendo a gente. En el pasillo se cruzó con Toravi, uno de los muchos granjeros del pueblo. Kaladin lo recordaba como un hombre gigantesco y de hombros amplios. En realidad, era medio palmo más bajito que Kaladin y casi todos los miembros del Puente Cuatro tenían más músculo que él.
Toravi no dio signos de reconocer a Kaladin. Pasó a una cámara lateral, atestada de ojos oscuros sentados en el suelo.
El soldado hizo avanzar a Kaladin por el pasillo iluminado por velas. Cruzaron la cocina y Kaladin vio decenas más de rostros conocidos. La gente del pueblo abarrotaba la mansión, llenando hasta la última sala hasta los topes. La mayoría estaban sentados en el suelo, agrupados en familias, con aspecto cansado y desaliñado pero vivos. ¿Habían rechazado el asalto de los Portadores del Vacío, entonces?
«Mis padres», pensó Kaladin, y forzó el ritmo abriéndose paso entre un grupito de lugareños. ¿Dónde estaban sus padres?
—¡Eh, tú! —gritó el guardia desde atrás, y agarró a Kaladin por un hombro. Apretó su maza contra la rabadilla de Kaladin—. No me obligues a tumbarte, hijo.
Kaladin se volvió hacia el guardia, un tipo bien afeitado con ojos castaños que parecían un poco demasiado juntos. Aquel casco oxidado era vergonzante.
—Vamos a ir a buscar al brillante señor Roshone —dijo el soldado—, y tú vas a explicarle qué hacías rondando fuera de la casa. Compórtate pero que muy bien y a lo mejor no acabas ahorcado, ¿estamos?
La gente de la cocina empezó a reparar por fin en la presencia de Kaladin y se apartó. Muchos empezaron a bisbisear entre ellos, con los ojos muy abiertos, temerosos. Oyó decir «desertor», «marcas de esclavo», «peligroso».
Nadie pronunció su nombre.
—¿No te reconocen? —preguntó Syl mientras bordeaban una encimera.
¿Por qué iban a reconocer al hombre en que se había convertido? Kaladin se vio reflejado en una sartén colgada junto al horno de ladrillo. Pelo largo y algo rizado, las puntas descansando en sus hombros. Uniforme áspero que le venía un poco pequeño, barba descuidada de varias semanas sin afeitarse. Empapado y exhausto, tenía todo el aspecto de un vagabundo.
No era el recibimiento que había imaginado durante sus primeros meses en la guerra. No era un glorioso reencuentro al que acudía como un héroe con galones de sargento para devolver a su hermano sano y salvo a su familia. En sus ensoñaciones, la gente lo alababa, le daba palmaditas en la espalda y lo aceptaba sin reservas.
Había que ser idiota. Aquella gente nunca los había tratado a él y a su familia con la menor pizca de amabilidad.
—Andando —dijo el soldado, dándole un empujón en el hombro.
Kaladin no se movió. Cuando el hombre le dio otro empujón más fuerte, Kaladin dejó rodar su cuerpo con el impulso y el cambio de peso envió al guardia trastabillando por delante. El hombre dio media vuelta, iracundo. Kaladin le sostuvo la mirada. El guardia vaciló, dio un paso atrás y empuñó su maza con mano más firme.
—¡Hala! —Syl subió volando al hombro de Kaladin—. Menuda mirada acabas de echarle.
—Es un viejo truco de sargento —susurró Kaladin.
Dio la espalda al guardia y salió de la cocina. El hombre lo siguió, ladrando una orden a la que Kaladin no hizo caso.
Cada paso que daba por la mansión era como caminar en un recuerdo. Allí estaba el comedor en el que se había enfrentado a Rillir y Laral la noche que había descubierto que el padre de él era un ladrón. El pasillo del fondo, con sus paredes llenas de retratos de personas que no conocía, era donde había jugado de niño. Roshone no había cambiado los retratos.
Tendría que hablar con sus padres de Tien. Por eso no había intentado ponerse en contacto con ellos después de salir de la esclavitud. ¿Podría mirarlos a la cara? Tormentas, ojalá aún vivieran, pero ¿podría mirarlos a la cara?
Oyó un gemido. Era muy tenue entre el ruido de la gente hablando, pero aun así lo distinguió.
—¿Ha habido heridos? —preguntó, girando la cabeza hacia su guardia.
—Sí —respondió el hombre—, pero…
Kaladin dejó de escuchar y cruzó el pasillo dando zancadas, con Syl volando al lado de su cabeza. Empujó a gente para apartarla, siguiendo los sonidos de los atormentados, y por fin llegó al umbral del salón. Lo habían transformado en la sala de triaje de un cirujano y el suelo estaba ocupado por heridos tumbados en improvisados catres.
Había alguien arrodillado junto a un camastro, concentrado en entablillar un brazo roto. Kaladin había sabido dónde encontraría a su padre en el momento en que oyó los gemidos de dolor.
Lirin levantó la vista hacia él. Tormentas, el padre de Kaladin parecía avejentado, con ojeras bajo sus ojos de color castaño oscuro. Tenía más canas en el pelo de las que recordaba Kaladin, y la cara más chupada. Pero era el mismo hombre. Calvo, menudo, delgado, con gafas… y asombroso.
—¿Qué es esto? —preguntó Lirin, devolviendo la atención al trabajo—. ¿La casa del alto príncipe ya está enviando soldados? Esperaba que tardaran más. ¿A cuántos traes contigo? Nos vendrá muy bien la…
Lirin dejó la frase en el aire y volvió a mirar a Kaladin. Abrió los ojos como platos.
—Hola, padre —dijo Kaladin.
El guardia por fin recuperó terreno, avanzando a empujones entre sorprendidos lugareños y blandiendo su maza como si fuera una porra. Kaladin se hizo a un lado sin pensarlo y empujó al hombre para que siguiera tropezando pasillo abajo.
—Sí que eres tú —dijo Lirin. Se acercó a toda prisa y dio un abrazo a Kaladin—. Oh, Kal. Mi chico. Mi niño. ¡Hesina! ¡Hesina!
La madre de Kaladin apareció en el umbral un momento más tarde, llevando una bandeja de vendajes recién hervidos. Debía de pensar que Lirin necesitaba su ayuda con algún paciente. Sacaba unos pocos dedos de altura a su marido y llevaba el pelo recogido bajo un pañuelo, tal y como la recordaba Kaladin.
Se llevó la mano segura enguantada a los labios, boquiabierta, y la bandeja se inclinó en su otra mano y esparció vendas por el suelo. Detrás de ella aparecieron sorpresaspren, triangulitos de color amarillo claro que se rompían y se recomponían. Soltó la bandeja y tocó suavemente la mejilla de Kaladin. Syl voló a su alrededor convertida en cinta de luz, riendo.
Kaladin no podía reír. No hasta que se hubiera dicho. Respiró hondo, se le atragantaron las palabras al primer intento y tuvo que obligarlas a salir.
—Lo siento mucho, padre, madre —susurró—. Me enrolé en el ejército para protegerlo, pero apenas pude protegerme a mí mismo. —Se descubrió temblando, apoyó la espalda en la pared y se dejó caer resbalando hasta quedar sentado—. Dejé morir a Tien. Lo siento. Es culpa mía.
—Oh, Kaladin —dijo Hesina, arrodillándose a su lado y atrayéndolo a un abrazo—. Recibimos tu carta, pero hace más de un año nos dijeron que tú también habías muerto.
—Tendría que haberlo salvado —susurró Kaladin.
—No tendrías que haberte ido, para empezar —dijo Lirin—. Pero ahora… ¡Todopoderoso, ahora has vuelto! —Lirin se levantó con las mejillas surcadas de lágrimas—. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo está vivo!
Poco tiempo después, Kaladin estaba sentado entre los heridos, con un tazón de sopa caliente entre las manos. Llevaba sin comer caliente desde… ¿desde cuándo?
—Está clarísimo que es una marca de esclavo, Lirin —dijo el oficial que estaba hablando con el padre de Kaladin cerca del umbral del salón—. Y por el glifo sas, fue aquí, en el principado. Seguro que te dijeron que había muerto para que no te avergonzara la verdad. Y luego está la marca del shash, que no ponen a nadie solo por insubordinarse.
Kaladin sorbió la sopa. Su madre estaba arrodillada junto a él, con una mano en su hombro, protectora. La sopa sabía a hogar. Era un caldo de verduras con lavis al vapor, especiada como la hacía siempre su madre.
No había hablado mucho en la primera media hora desde su llegada. Por el momento, solo quería estar allí con ellos.
Lo más raro era que sus recuerdos habían pasado a ser entrañables. Recordaba a Tien riendo, iluminando hasta el día más sombrío. Recordaba las horas que pasó estudiando medicina con su padre y limpiando con su madre.
Syl flotaba delante de su madre, aún vestida con su pequeña havah, invisible para todos excepto Kaladin. La spren tenía una expresión perpleja.
—La alta tormenta que vino del revés arrasó muchas casas del pueblo —le explicó Hesina con voz suave—, pero la nuestra sigue en pie. Tuvimos que usar tu cuarto para otra cosa, Kal, pero podemos hacerte sitio.
Kaladin echó una mirada al oficial. Era el capitán de la guardia de Roshone y a Kaladin creía haberlo visto alguna vez. Casi parecía demasiado guapo para ser militar, pero en fin, era un ojos claros.
—Tú no te preocupes por eso —dijo Hesina—. Lo solucionaremos, sea cual sea el… problema. Con tantos heridos llegando de los pueblos de alrededor, Roshone va a necesitar la habilidad de tu padre. No va a montar una tormenta y arriesgarse a disgustar a Lirin, así que no se te llevarán otra vez de nuestro lado.
Le estaba hablando como si Kaladin fuese un niño.
Era una sensación surrealista haber vuelto, que lo trataran como si aún fuese el chico que se había marchado a la guerra cinco años antes. Y en ese tiempo habían vivido y muerto tres hombres que se llamaban igual. El soldado que se había curtido en el ejército de Amaram. El esclavo, amargado y furioso. Sus padres no conocían al capitán Kaladin, guardaespaldas del hombre más poderoso de Roshar.
Y luego… luego estaba el siguiente, el hombre en el que estaba transformándose. Un hombre que dominaba los cielos y pronunciaba antiguos juramentos. Habían transcurrido cinco años. Y cuatro vidas enteras.
—Es un esclavo fugado —siseó el capitán de la guardia—. Eso no podemos pasarlo por alto, cirujano. Seguro que robó ese uniforme. Y aunque por algún motivo le permitieran blandir una lanza a pesar de las marcas, sería un desertor. Mira esos ojos torturados y dime que no ves a un hombre que ha hecho cosas terribles.
—Es mi hijo —dijo Lirin—. Compraré sus papeles de esclavitud. No vais a llevároslo. Dile a Roshone que tiene dos opciones: hacer la vista gorda o apañárselas sin cirujano. A menos que crea que Mara puede ocupar mi puesto después de solo unos años de aprendizaje.
¿Creían que hablaban en voz lo bastante baja para que Kaladin no los oyera?
«Mira a los heridos de esta sala, Kaladin. Se te escapa algo.»
Los heridos… tenían fracturas, contusiones, alguna laceración aquí y allá, pero muy pocas. Aquello no era el resultado de una batalla, sino de un desastre natural. Pero entonces, ¿qué había pasado con los Portadores del Vacío? ¿Quién los había rechazado?
—Las cosas han mejorado desde que te fuiste —prometió Hesina a Kaladin, apretándole el hombro—. Roshone no es tan malo como antes. Creo que tiene remordimientos. Podemos reconstruir, ser una familia otra vez. Y hay otra cosa que tienes que saber. Hemos…
—Hesina —llamó Lirin, echando las manos al aire.
—¿Sí?
—Escribe una carta a los administradores del alto príncipe —pidió Lirin—. Explícales la situación y mira a ver si nos conceden una indulgencia, o al menos una explicación. —Miró al soldado—. ¿Con eso tu amo quedará satisfecho? Esperaremos a una autoridad superior y, mientras tanto, podré estar con mi hijo.
—Ya veremos —replicó el soldado, cruzándose de brazos—. No sé si me hace mucha gracia tener a un hombre con la marca del shash suelto en mi pueblo.
Hesina se levantó y fue junto a Lirin. Cuchichearon entre ellos mientras el guardia se apoyaba en el marco de la puerta, haciendo notar que no apartaba la mirada de Kaladin. ¿Sabría la poca pinta de soldado que tenía? No caminaba como un hombre acostumbrado a la batalla. Pisaba demasiado fuerte y ponía las rodillas demasiado rectas. No tenía muescas en el peto de la coraza y la vaina de su espada topaba contra cosas cuando se giraba.
Kaladin siguió tomando sopa. ¿Tan de extrañar era que sus padres siguieran considerándolo un crío? Había llegado con aspecto raído y abandonado y lo primero que había hecho era lloriquear por la muerte de Tien. Al parecer, estar en casa hacía salir a su niño interior.
Quizá había llegado el momento de dejar de permitir que la lluvia dictase su humor, aunque fuese por una vez. No podía expulsar la semilla de oscuridad que llevaba dentro, pero por el Padre Tormenta que tampoco tenía que dejar que lo dominara.
Syl anduvo hacia él por el aire.
—Son tal cual los recordaba.
—¿Recordarlos? —susurró Kaladin—. Syl, aún no me conocías cuando vivía aquí.
—Es verdad —dijo ella.
—¿Y cómo es que los recuerdas? —preguntó Kaladin, frunciendo el ceño.
—Porque los recuerdo y ya está —dijo Syl, revoloteando a su alrededor—. Todas las personas están conectadas, Kaladin. Todas las cosas están conectadas. Entonces no te conocía, pero los vientos sí, y yo soy de los vientos.
—Tú eres una honorspren.
—Los vientos son de Honor —repuso ella, riendo como si Kaladin hubiera dicho alguna necedad—. Somos parientes de sangre.
—Tú no tienes sangre.
—Y tú no tienes imaginación, por lo que veo. —Se posó en el aire frente a él y se convirtió en una joven—. Además, había… otra voz. Pura, con un cantar como de cristal golpeteado, lejana pero apremiante… —Sonrió y salió disparada.
En fin, quizá el mundo estuviera del revés, pero Syl seguía tan insondable como siempre. Kaladin dejó el tazón y se puso de pie. Se estiró a un lado y luego al otro, sintiendo los satisfactorios crujidos en sus articulaciones. Fue hacia sus padres. Tormentas, de verdad que en aquel pueblo todos parecían más bajitos de lo que recordaba. Tampoco podía haber crecido tantísimo desde que se marchó de Piedralar, ¿verdad?
Había otro hombre fuera del salón, hablando con el guardia del casco oxidado. Roshone llevaba un chaquetón de ojos claros que estaba varias temporadas pasado de moda; Adolin se habría ofendido si lo viera. El consistor tenía la pierna derecha de madera por debajo de la rodilla y había perdido peso desde la última vez que lo vio Kaladin. La piel le caía como cera derretida y se le acumulaba en el cuello.
Sin embargo, Roshone tenía la misma pose imperiosa, la misma expresión de enfado, como si sus ojos amarillos culparan a todos y a todo en aquel pueblucho insignificante de su destierro. Antes vivía en Kholinar, pero se había visto implicado en la muerte de unos ciudadanos —los abuelos de Moash— y lo habían enviado allí como castigo.
Se volvió hacia Kaladin, iluminado por las velas de las paredes.
—Conque estás vivo. Pero no te enseñaron a seguir en el ejército, por lo que veo. Déjame echar un vistazo a esas marcas que llevas. —Levantó el brazo y apartó el pelo de la frente de Kaladin—. Tormentas, chico. ¿Qué hiciste? ¿Pegar a un ojos claros?
—Sí —dijo Kaladin.
Y le atizó un puñetazo.
Estrelló el puño en toda la cara de Roshone. Fue un golpe potente, tal y como le había enseñado Hav a darlos. Con el pulgar fuera del puño, estampó los dos primeros nudillos de la mano en el pómulo de Roshone y acompañó el movimiento haciendo que se deslizara por su cara. Pocas veces había dado un puñetazo tan perfecto. Apenas le dolió el puño siquiera.
Roshone cayó como un árbol talado.
—Eso va por mi amigo Moash —dijo Kaladin.