Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Primera parte » Capítulo II

Página 7 de 53

Capítulo II

Contra mi costumbre, opuse resistencia durante todo el camino, y aquello contribuyó a reforzar aún más la mala opinión que Bessie y la señorita Abbot se hallaban predispuestas a tener de mi persona. De hecho estaba rabiosa o mejor dicho fuera de mí. Me daba cuenta de que unos instantes de rebelión ya me habían hecho acreedora de extrañas penitencias y, como cualquier esclavo rebelde en mi caso, decidí, llevada por la desesperación, llegar todo lo lejos que hiciera falta.

—Sujétele bien los brazos, señorita Abbot; está igual que un gato furioso.

—¡Qué bochorno! —gritaba la doncella—. ¿No le parece una conducta bochornosa, señorita Eyre, atacar a un muchacho que además es hijo de su bienhechora? ¡A su joven amo!

—¿Amo? ¿Por qué va a ser él mi amo? Yo no soy ninguna criada.

—No, es usted menos que una criada, porque no hace nada para ganarse el sustento. Vamos, siéntese, y recapacite un poco sobre su perfidia.

A todo esto, ya me habían metido en la habitación que les indicó la señora Reed, y me habían obligado a sentarme en una banqueta: mi primer impulso fue el de levantarme inmediatamente, pero sus cuatro manos frenaron tal intento apenas surgido.

—Si no se queda quieta —dijo Bessie— nos veremos obligadas a atarla. Présteme sus ligas, señorita Abbot, las mías las rompería enseguida.

La señorita Abbot se dio la vuelta para liberar su robusta pierna de la atadura requerida. Pero aquellos preparativos para inmovilizarme y la consiguiente humillación que supondría, apaciguaron un poco mi excitación.

—No se quite las ligas —grité—. No voy a moverme.

Y como garantía de mis palabras, me agarré a la banqueta con ambas manos.

—Será mejor para usted —dictaminó Bessie.

Y al comprobar que de verdad cumplía mi promesa, me soltó. Luego, tanto ella como la señorita Abbot se quedaron de pie con los brazos cruzados, mirándome a la cara desconfiadas y de mal través, como si no acabaran de convencerse de que yo estaba en mis cabales.

—Es la primera vez que hace esto —dijo por fin Bessie, volviéndose hacia Abigail.

—Pero lo andaba rumiando por dentro —replicó esta—. Yo ya he comentado muchas veces con la señora lo que pienso de esta niña, y las dos estamos de acuerdo. Es una criatura muy doble, yo nunca he visto a nadie de su edad con tantas conchas, más que un galápago.

Bessie no contestó. Al poco rato dijo, dirigiéndose a mí:

—Tendría que pensar mejor las cosas, señorita. Dese cuenta de lo mucho que le debe a la señora Reed: vive usted a su costa. Si la pusiera en la calle, iría a dar con sus huesos al hospicio.

No tenía nada que contestar a aquello, ni se trataba de un discurso nuevo para mí. Los recuerdos más lejanos de mi existencia estaban esmaltados de insinuaciones de este tipo. Aquel echarme en cara mi dependencia había llegado a convertirse en una confusa cantinela resonando dolorosa y aglomeradamente en mis oídos, que solo la captaban a medias.

—Y no se le ocurra —prosiguió Abbot— compararse con las señoritas Reed o con su hermano simplemente porque la señora haya tenido la amabilidad de permitir que se críen juntos. Ellos heredarán una gran fortuna, y a usted le conviene, por lo tanto, ser humilde e intentar congraciarse con ellos.

—Todo esto se lo decimos por su bien —añadió Bessie en un tono menos áspero—, procure ser útil y mostrarse agradable, porque es la única manera de que tal vez pueda usted seguir teniendo un albergue perenne aquí. Si, por el contrario, se muestra ruda y agresiva, la señora acabará por echarla, no le quepa la menor duda.

—Y además —dijo la señorita Abbot— Dios la puede castigar, puede fulminarla de muerte en mitad de una de sus rabietas, ¿y adónde iría a parar entonces? En fin, Bessie, vamos a dejarla sola; a mí no me gustaría por nada del mundo tener un corazón como el suyo. Rece sus oraciones, señorita Eyre, cuando vuelva a estar en sus cabales, porque si no se arrepiente, algún espíritu maligno puede bajar por la chimenea y llevársela.

Se marcharon dando un portazo y echando el cerrojo al salir. El cuarto rojo estaba destinado para huéspedes, pero pocas veces se usaba. De hecho, mejor sería decir nunca, excepto cuando una afluencia inesperada de visitantes a Gateshead Hall hacía necesario habilitar todos los cuartos disponibles. A pesar de todo, era uno de los aposentos más grandes e imponentes de toda la mansión. Una cama apuntalada por macizas columnas de caoba se erguía en el centro a modo de tabernáculo resguardada por cortinas de damasco rojo; los dos amplios ventanales, con las persianas siempre echadas, aparecían medio cubiertos por pliegues y adornos de la misma tapicería; la alfombra era roja y una mesa que había a los pies de la cama estaba protegida por un tapete de terciopelo carmesí, las paredes eran de un ocre claro con cierto toque de color rosa, mientras el armario, el tocador y las sillas, de caoba antigua, despedían un brillo oscuro. En el seno de aquel ambiente sombrío destacaban con su luminosa pincelada los altos colchones y almohadas de la cama cubierta por una colcha de Marsella blanca como la nieve. No menos llamativo era el abultado butacón, también blanco, que se veía a la cabecera de la cama con sus grandes cojines y el reposapiés delante; a mí se me antojaba un trono fantasma.

La habitación estaba helada, porque casi nunca se encendía la chimenea, y silenciosa por lo lejos que quedaba de la cocina y del cuarto de jugar; además, como sabíamos que pocas veces se entraba allí, esa circunstancia la hacía aparecer como un lugar solemne. Solamente la criada entraba los sábados para frotar los espejos y quitarles a los muebles el polvo almacenado durante la semana. También la señora Reed, de tarde en tarde, visitaba la estancia para revisar el contenido de cierto cajón secreto del armario; allí guardaba diversas escrituras, su caja de joyas y una miniatura de su difunto esposo. Y en lo que acabo de decir estriba el secreto de aquel dormitorio, el maleficio que contribuía a acentuar su soledad, a despecho de la grandiosidad de su aspecto.

El señor Reed había muerto hacía nueve años; fue en aquella habitación donde entregó su último suspiro, en ella había permanecido de cuerpo presente y de allí sacaron su féretro los empleados de la funeraria. Desde aquel día, cierta sensación de terror sagrado presidía el rechazo a entrar en la estancia.

El asiento en el que Bessie y la retorcida señorita Abbot me habían dejado clavada era una banqueta baja situada junto a la chimenea de mármol. El alto lecho se perfilaba ante mis ojos; a mi derecha se alzaba el gran armario oscuro con sus amortiguados reflejos que se quebraban imprimiendo variaciones al fulgor de sus paneles; a mi izquierda estaban los ventanales medio ocultos, y el gran espejo que había entre ellas intensificaba el majestuoso vacío del dormitorio. No estaba completamente segura de que hubieran echado el cerrojo al salir, así que, en cuanto me atreví a levantarme, me acerqué para comprobarlo. Y por desgracia estaba echado, no podría imaginarse una prisión más segura que aquella. Al volver a mi sitio tuve que cruzar por delante del espejo y mis ojos hipnotizados exploraron sin querer la profundidad que su superficie hacía aflorar. Todo en aquella fantástica caverna se revelaba más helado y oscuro que la misma realidad, y aquella extraña y minúscula figura que fijaba sus ojos en los míos daba la impresión de un alma en pena con el rostro y los brazos pálidos difuminados en la oscuridad, y aquellos ojos fulgurantes de miedo, lo único que se movía entre tanta quietud. Me parecía estar ante uno de esos minúsculos fantasmas mezcla de hada y diablillo que en los cuentos nocturnos de Bessie surgían de los solitarios valles cuajados de helechos en mitad del páramo, como una fantasmagoría ante los ojos del viajero rezagado. Volví a tomar asiento en mi banqueta.

En aquel momento, un temor supersticioso empezaba a apoderarse de mí, pero aún no había ganado completamente la batalla. Todavía la sangre me ardía, y mi rebelión frente a la esclavitud reforzaba mi ánimo con amargo vigor. Necesitaba contener el alud de imágenes retrospectivas antes de dejarme amedrentar por la fatalidad presente.

Todas las tiranías violentas de John Reed, toda la indiferente soberbia de sus hermanas, toda la aversión de su madre y la injusticia de las sirvientas se agitaron en mi mente como si revolvieran en ella el turbio sedimento posado en lo más hondo de un oscuro pozo. ¿Por qué tenía que sentirme siempre amenazada, acusada, víctima de una perpetua condena? ¿Por qué no le caía bien a nadie? ¿Por qué mis intentos de agradar estaban abocados al fracaso? Eliza, a pesar de su terquedad y su egoísmo, imponía respeto. A Georgiana todos le perdonaban sus caprichos de niña mimada, su talante rencoroso, sus calumnias y sus insolencias. Su belleza, sus mejillas sonrosadas y sus tirabuzones de oro parecían deleitar a cuantos ponían sus ojos en ella, y eso suponía una bula para todos sus defectos. A John nadie le llevaba la contraria y mucho menos se atrevían a castigarle. Ya podía retorcerle el cuello a una paloma, matar a los polluelos o azuzar a los perros contra un rebaño, robar racimos de los viñedos o destruir los brotes de las plantas más escogidas del invernadero, que no pasaba nada. A su madre la llamaba vejestorio y a veces la vilipendiaba por tener una tez oscura (que, por cierto, él había heredado). La desobedecía con el mayor descaro, y no era infrecuente que le destrozara sus vestidos de seda. Y sin embargo seguía siendo para ella «mi adorado niño». Yo no me atrevía a cometer ninguna infracción; ponía de mi parte todo lo posible por cumplir con mis deberes y se me tachaba de antipática, arisca, molesta y víbora de la noche a la mañana.

Todavía me dolía la cabeza y me sangraba a causa del golpe y la caída que acababa de padecer; nadie le había reprochado a John aquel arbitrario ataque contra mí, y en cambio yo, solo por haberme enfrentado a él para evitar nuevos brotes de irracional agresividad, cargaba con el general oprobio.

«¡No hay derecho, no hay derecho!», clamaba mi razón impulsada por el agónico acicate de saborear un poderío precoz, aunque efímero. Y por otra parte, la resolución, igualmente férrea, me aconsejaba buscar alguna treta especial para acabar con una opresión tan insoportable; por ejemplo, escaparme o, caso de que esto no fuera posible, negarme a comer y a beber nunca más: dejarme morir.

¡Qué hondamente consternada se sintió mi alma en aquella tarde funesta! ¡Qué alboroto en mi cerebro y qué desgobierno en mi corazón! Y sin embargo era una batalla mental que se estaba librando a oscuras y a ciegas, en el seno de la más densa ignorancia. No encontraba respuesta a aquella insistente pregunta larvada en mi interior: ¿por qué tengo que sufrir de esta manera? Ahora, al cabo de no sé cuántos años, lo comprendo con nitidez.

Yo desafinaba en Gateshead Hall; no me parecía a nadie de los que vivían allí, no existía afinidad alguna entre mi vida y la de la señora Reed o sus hijos, presididas por normas avasalladoras. Si no me querían, yo les pagaba con la misma moneda. No estaban obligados a tratar con cariño a alguien que no simpatizaba con ninguno de ellos; alguien tan heterogéneo y opuesto a ellos por temperamento, inteligencia y aficiones; una criatura inútil y sin provecho para sus fines, incapaz de proporcionarles placer, antipática, que fomentaba gérmenes de rechazo a su trato y de desdén ante sus criterios. Si yo hubiera sido optimista, brillante, desdolida, aplicada, guapa y graciosa, estoy segura de que, a pesar de mi desvalimiento y dependencia económica, la señora Reed habría soportado mi presencia con mucho mayor agrado; sus hijos me habrían tratado más cordialmente y las criadas no estarían predispuestas a hacer siempre de mí la oveja negra del cuarto de jugar.

La luz del día empezó a desamparar el cuarto rojo; eran más de las cuatro, y la tarde anubarrada desembocaba en monótono crepúsculo. Seguía oyendo el batir de la lluvia contra el alféizar de la ventana y el viento aullando en la arboleda trasera de la casa. Poco a poco me iba quedando fría como una piedra y mis arrestos naufragaban. La habitual conciencia de mi humillación, aquella inseguridad y desazón olvidadas llovieron sobre las brasas de mi ira en declive. Todos decían que yo era malísima y tal vez fuera verdad. ¿No acababa de abrigar el propósito de dejarme morir? Pues eso bien pecado que era. ¿Y estaba preparada para morir? ¿Era la cripta del presbiterio de Gateshead un retiro atrayente? Había oído decir que en esa cripta estaba enterrado el señor Reed; aquel recuerdo me lo trajo a las mientes y me puse a pensar en él con creciente terror. No conseguía acordarme de él, pero sabía que fue tío mío, hermano de mi madre, que me había recogido al quedarme huérfana, y que cuando estaba a punto de morir le hizo prometer a su esposa que me trataría y educaría como a sus propios hijos. Probablemente la señora Reed creyese que estaba cumpliendo la promesa hecha a su marido, y no digo que no fuera cierto, dentro de lo que ella era capaz de dar de sí. Pero una vez muerto mi tío, ¿cómo iba a querer de verdad a una intrusa, a alguien que no llevaba su sangre, no relacionada con ella por vínculo alguno? Debió de ser una carga insoportable verse obligada por juramento a mantener la tutoría de una niña rara a quien no conseguía querer, y mantener perpetuamente entrometida en su grupo familiar aquella incómoda excrecencia.

Me asaltó un pensamiento extraño. No me cabía duda —nunca me ha cabido— de que si mi tío Reed hubiera vivido me habría tratado con cariño. De repente, allí sentada contemplando la cama blanca y las paredes ensombrecidas, con alguna obsesiva mirada de reojo al tenue fulgor del espejo, me puse a recordar cosas que había oído contar acerca de los muertos inquietos en su sepultura cuando no se ha respetado su última voluntad, de cómo reaparecen en el mundo para castigar a los perjuros y vengar a los reos de injusticia. Y se me ocurrió pensar que el alma del señor Reed, atormentada por el daño infligido a su sobrina carnal, pudiera abandonar su morada —ya fuera esta la cripta de la iglesia o el desconocido universo de los ausentes— y presentarse ante mí en aquella habitación. Me sequé las lágrimas y moderé mis sollozos, ante el temor de que las muestras de dolor demasiado violentas pudieran hallar eco en una voz sobrenatural que viniese a consolarme o sacar de las tinieblas un rostro aureolado inclinándose hacia mí con una mezcla de piedad y extrañeza. Esta idea, aunque en teoría pudiera resultar consoladora, se me antojó terrible, caso de que tomara cuerpo. Con todas mis fuerzas intenté sofocarla y mantener la cabeza firme. Me eché para atrás el pelo que cubría mis ojos, erguí la cabeza y me atreví a mirar por toda la habitación. En ese momento una luz destelló sobre la pared. «¿Será —me pregunté— un rayo de luna que se cuela por alguna ranura de la persiana?». Pero no; la luz de luna no se mueve y esta se movía. Mientras la estaba mirando trepó hacia el techo y se quedó temblando sobre mi cabeza. Ahora soy capaz de suponer tan tranquila que aquel golpe de luz procedería seguramente del fulgor de una linterna esgrimida por alguien que estaba atravesando el jardín; pero en aquel momento, predispuesta al horror como estaba mi mente y con los nervios a flor de piel, consideré que aquel resplandor súbito y veloz era heraldo de una visión del más allá. Mi corazón latía furiosamente, la cabeza me ardía y un zumbido que interpreté como batir de alas aturdió mis oídos. Sentí algo cerca, no podía respirar, me ahogaba y mi resistencia se hizo añicos. Me precipité hacia la puerta y sacudí la cerradura con desesperado ímpetu. Se oyeron pasos rápidos por el pasillo, la llave giró y entraron en la habitación Bessie y Abbot.

—Señorita Eyre, ¿se encuentra mal? —preguntó Bessie.

—¡Qué ruido tan horroroso! —exclamó Abbot—. ¡Casi me taladra los oídos!

—¡Sacadme de aquí! ¡Quiero ir al cuarto de jugar! —grité por toda respuesta.

—Pero ¿por qué? ¿Se ha hecho daño? ¿Ha visto algo? —preguntó Bessie.

—¡Ay, sí! He visto una luz y creo que era un fantasma.

—Ha gritado para llamar la atención —dijo Abbot enfadada—. ¡Y qué grito! Si le doliera algo, tendría excusa. Pero lo único que quería era hacernos venir. Conozco bien sus triquiñuelas.

—¿Qué pasa? —interrogó otra voz perentoria.

Por el pasillo venía la señora Reed con el gorro mal puesto y las ropas crujiendo alborotadamente.

—Abbot y Bessie —añadió al llegar—, creí haber dejado claro que no quería ver a Jane Eyre fuera del cuarto rojo hasta que yo viniera a buscarla.

—Pero es que, señora, no sabe lo fuerte que ha chillado la señorita Eyre —respondió Bessie con voz suplicante.

—Pues que chille —fue la contestación—. Y tú, niña, suelta la mano de Bessie. Puedes estar segura de que por esos procedimientos no te vas a ver libre. Aborrezco las farsas, y más cuando el farsante es un niño. Es mi deber enseñarte que esos trucos no van a hallar eco; al contrario, ahora te quedarás encerrada una hora más, y solo saldrás cuando alcances un total equilibrio y te muestres sumisa.

—¡Por favor, tía, por lo que más quiera! Tenga compasión de mí y perdóneme. No puedo soportar el encierro, castígueme de otra manera, me moriré si…

—¡A callar! Lo que más me repugna son los chillidos.

Seguramente la señora Reed estaba convencida de lo que decía, veía en mí una precoz inclinación a las actitudes teatrales y creía sinceramente en la mezcla de pasión virulenta y peligrosa doblez que ennegrecían mi alma. Y así, una vez que se retiraron Bessie y Abbot, ella, harta de mi angustiado frenesí y mis sollozos incontrolados, me empujó bruscamente y volvió a cerrar con llave la puerta del cuarto rojo, sin más contemplaciones. Oí sus pasos furtivos alejándose, y cuando se marchó del todo supongo que debí de sufrir una especie de síncope. La pérdida del conocimiento fue el telón que cayó sobre la escena.

Ir a la siguiente página

Report Page