Jane Eyre (ed. Alba)
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Capítulo V
Acababan de dar las cinco de la mañana del 19 de enero, cuando Bessie entró en mi cuarto con una vela encendida y me encontró ya levantada y casi arreglada del todo. Había saltado de la cama media hora antes, me había lavado y me había vestido a la luz de una media luna a punto de ocultarse, cuyos rayos se colaban a través del ventanuco que había junto a mi cama. Aquel día iba a irme de Gateshead en una diligencia que pasaba a las seis por delante de casa del portero. Bessie era la única que se había levantado; había encendido la chimenea del cuarto de jugar y ahora estaba preparándome el desayuno. Los niños casi siempre se ponen nerviosos y pierden el apetito ante la inminencia de un viaje; y a mí me pasó lo mismo. Bessie, tras insistirme infructuosamente para que tomase algunas cucharadas de las gachas que me hizo con pan y leche hervida, acabó envolviendo en un papel unas cuantas galletas y me las metió en la bolsa. Luego me ayudó a ponerme el chaquetón y el sombrero, se arropó con una toquilla y salimos del cuarto. Cuando pasamos por el dormitorio de la señora Reed, me preguntó:
—¿No entra a despedirse de la señora?
—No, Bessie —le contesté—. Vino a mi cuarto anoche después de que bajaste tú a cenar y me advirtió de que no la molestara hoy, ni a mis primos tampoco. También dijo que nunca olvidara que había sido mi mejor amiga, y que tenía que hablar bien de ella y estarle agradecida.
—¿Y usted, señorita, qué le contestó?
—Nada. Me tapé la cara con las sábanas y me volví hacia la pared.
—Pues hizo mal, señorita Jane.
—Hice bien, Bessie, más que bien. Tu ama no ha sido amiga mía, ha sido mi enemiga.
—¡Jesús, señorita Jane, no diga eso!
—¡Queda con Dios, Gateshead! —grité al cruzar por el vestíbulo y traspasar la puerta principal.
La luna ya se había puesto y estaba muy oscuro. Bessie llevaba una linterna cuya luz parpadeaba sobre los escalones mojados y la grava del camino resbaladiza por la reciente helada. La mañana de invierno se presentaba cruda y glacial, y según iba bajando aprisa por el camino me castañeteaban los dientes. Había luz en el refugio del portero, y al llegar vimos que su mujer estaba encendiendo la lumbre. Mi baúl, que habían bajado la tarde anterior, estaba allí a la entrada atado con unos cordeles. Ya faltaban pocos minutos para las seis, y en cuanto sonó esa hora, un lejano crujir de ruedas anunció que la diligencia se avecinaba. Desde la puerta vislumbré el resplandor de sus faroles abriéndose camino en la penumbra cada vez más aprisa.
—¿Viaja sola? —preguntó la mujer del portero.
—Sí.
—¿Y va muy lejos?
—A más de cincuenta millas.
—¡Qué viaje tan largo! No sé cómo a la señora Reed no le asusta dejarla ir sola hasta tan lejos.
La diligencia se paró. Estaba allí a la puerta con sus cuatro caballos y la parte de arriba llena de pasajeros. El cochero y el mozo dieron voces para meternos prisa y mi baúl fue izado. Sentí que me separaban de Bessie, a cuyo cuello me había abrazado mientras la cubría de besos.
—Vayan con cuidado y atiéndanla bien —le gritó Bessie al mozo, que me había cogido en brazos para subirme.
—Que sí, que sí —contestó él.
Sonó un portazo, una voz dijo: «En marcha», y la diligencia arrancó. Así fui desgajada de Bessie y de Gateshead, así salí arrebatada hacia regiones desconocidas que imaginaba misteriosas y remotas.
Recuerdo pocas cosas de aquel viaje, solo puedo decir que el día se me antojó sobrenatural de puro largo como si nos separaran del final cientos de millas. Pasamos por muchos pueblos, y en uno de ellos, que era bastante grande, el coche se detuvo, para desenganchar un rato los caballos y para que los viajeros pudieran cenar. El mozo me llevó a una taberna con intención de que tomara algo pero, como yo no tenía hambre, me dejó en una habitación inmensa con dos chimeneas, una en cada extremo, una lámpara colgada del techo y una pequeña galería coronando la pared. Era de color rojo y estaba llena de instrumentos musicales. Estuve dando vueltas un rato largo por allí y me sentía rara, con un miedo horrible, además, a que entrara alguien a secuestrarme, porque en los cuentos que nos contaba Bessie junto al fuego se narraban a veces fechorías de secuestradores y yo creía en su existencia. Por fin volvió el mozo, me vi metida de nuevo en la diligencia y mi guardián volvió a su asiento. Hacía sonar un cuerno hueco mientras nos alejábamos por las calles empedradas de L.
La tarde se presentó lluviosa y con niebla. A medida que iba oscureciendo, empecé a darme cuenta realmente de lo lejos que estábamos de Gateshead. Dejaron de verse pueblos y el paisaje cambió; dibujados contra el horizonte se alzaban grandes macizos de colinas grises. Cuando ya casi no se veía, enfilamos la bajada a un valle oscurecido de bosques y, mucho después de que la noche hubiera anegado por completo el paisaje, solo se oía un viento salvaje silbando entre los árboles.
Acunada por aquel rumor, me acabó venciendo el sueño; pero no debía de llevar mucho tiempo adormilada cuando una parada brusca me despertó. La portezuela del coche estaba abierta, y había una persona allí fuera de pie. Vi su rostro y sus ropas a la luz de los faroles y por el aspecto me pareció una criada.
—¿Viene aquí una niña llamada Jane Eyre? —preguntó.
Yo contesté que sí. Me ayudaron a salir, bajaron también mi baúl, y el coche reemprendió la marcha inmediatamente.
Estaba entumecida de llevar tanto rato en la misma postura y un poco mareada del ruido y el bamboleo del coche. Traté de recuperarme y miré a mi alrededor. Aunque la lluvia, el viento y la oscuridad congestionaban el aire, percibí borrosamente una pared ante mis ojos y una puerta en medio. Estaba abierta y la atravesé acompañada por mi nueva guía, que la cerró con llave después de entrar. Ahora se hicieron visibles una o más bien varias casas, porque se trataba de un edificio muy grande con muchas ventanas, algunas de las cuales estaban iluminadas. Subimos por un camino ancho y pedregoso lleno de charcos hasta llegar a otra puerta. La traspusimos también y la criada me precedió por un pasillo, me hizo pasar a una habitación con una chimenea encendida y me dejó sola allí.
Estuve un rato de pie calentándome los dedos agarrotados al amor de la lumbre. Y luego me volví para echar una mirada al cuarto. No había velas, pero la vacilante luz de la chimenea iba posándose a rachas sobre las paredes empapeladas, la alfombra, las cortinas y unos muebles lustrosos de caoba. Era un salón, no tan amplio ni lujoso como el de Gateshead pero bastante acogedor. Estaba entretenida tratando de descifrar el argumento de un cuadro que había colgado en la pared, cuando la puerta se abrió y entró una persona con una vela en la mano. Tras ella venía otra.
La primera era una señora alta de pelo oscuro, ojos negros y una frente ancha y pálida. Su expresión era grave, caminaba muy derecha y se abrigaba con un chal.
—Esta niña es muy pequeña para que la hayan dejado viajar sola —dijo, mientras posaba la vela en la mesa.
Me miró atentamente unos instantes y añadió:
—Lo mejor será que se acueste cuanto antes; debe de estar muy cansada. ¿Estás cansada?
—Un poco, señora.
—Y seguramente también traerás hambre. Que le den algo de cenar antes de meterse en la cama, señorita Miller. ¿Es la primera vez, niña, que dejas a tus padres para ingresar en un colegio?
Le conté que no tenía padres. Me preguntó que desde cuándo era huérfana, cuántos años tenía, cómo me llamaba y si sabía leer, escribir y manejar la aguja de coser. Luego me acarició ligeramente la mejilla con el dedo índice.
—Espero que te portes bien —dijo.
Y se despidió, dejándome a cargo de la señorita Miller.
La señora que se despidió tendría unos veintinueve años; la que echó a andar conmigo parecía algo más joven. La primera me había impresionado por la voz, el aspecto y el aire que tenía. La señorita Miller era más vulgar, de tez coloradota y expresión intranquila, atolondrada de movimientos, como alguien que tiene que atender a demasiadas cosas a la vez. Me pareció una profesora auxiliar y más tarde supe que no me había equivocado. Siguiendo sus pasos, fui pasando de una habitación a otra atravesando por sucesivos pasillos interiores de un edificio enorme e irregular. Finalmente, dejando atrás el silencio absoluto y algo agobiante que destilaba aquella zona del establecimiento, salimos a otra salpicada por un murmullo de voces diversas. Entramos en una estancia amplia y alargada con grandes mesas de madera de pino, dos en cada extremo, y alumbradas cada una de ellas por un par de velas. Sentadas alrededor en los bancos correspondientes, había un conjunto de chicas de diferentes edades, entre los nueve o diez años y los veinte. Contempladas allí a la luz tenue de las velas, me parecieron tantas que no se podían contar, aunque luego resultó que no pasaban de ochenta. Llevaban todas unos uniformes tableados de paño marrón y corte pasado de moda, así como largos delantales de holanda. Era la hora del estudio, así que estaban preparando sus deberes para el día siguiente, y el murmullo que percibí a la llegada era el resultado de sus entrecruzados susurros para aprenderse la lección de memoria.
La señorita Miller me indicó un banco junto a la puerta para que tomara asiento. Luego, acercándose al fondo de la larga estancia, gritó:
—¡Jefas de grupo, recojan los libros de texto y guárdenlos!
Se levantaron cuatro chicas altas procedentes de diferentes mesas, fueron de una a otra recogiendo los libros y los guardaron.
Luego volvió a resonar el nuevo mandato de la señorita Miller.
—¡Jefas de grupo, traigan las bandejas con la cena!
Salieron de la estancia las mismas chicas y regresaron al poco rato trayendo cada cual una bandeja grande con raciones de algo que no logré reconocer y una jarra de agua con un vaso grande a manera de cubilete en el centro. Repartieron las raciones. Las que tenían sed bebían un sorbo del vaso y lo dejaban, porque era común para todas. Cuando me tocó la vez bebí agua, porque estaba sedienta, pero la comida no la toqué. Los nervios y el cansancio me impedían tragar bocado, aunque pude ver que se trataba de una delgada torta de avena partida en pedazos.
Una vez acabada la cena, la señorita Miller leyó en voz alta unas oraciones y las alumnas desfilaron de dos en dos en dirección al piso de arriba.
Ya a aquellas horas y aplastada como estaba por el cansancio, casi ni me fijé en cómo era el cuarto donde me llevaron a dormir; solo me di cuenta de que era larguísimo, como el otro. Aquella noche me tocó dormir con la señorita Miller, y fue ella quien me ayudó a desnudarme. Cuando ya estaba acostada, eché una ojeada a las largas hileras de camas que me rodeaban, en cada una de las cuales se estaban metiendo dos niñas a toda prisa. A los diez minutos, la única luz que alumbraba el dormitorio se apagó y en el seno del silencio y la oscuridad más absolutos me venció el sueño.
La noche se me hizo un soplo, estaba demasiado agotada para soñar siquiera. Solamente una vez me despertó el ruido del viento que bramaba en ráfagas furiosas y de la lluvia cayendo a cántaros. Fue cuando me di cuenta de que la señorita Miller se había acostado conmigo. Al abrir los ojos, porque había oído el sonido estridente de una campana, muchas chicas ya se habían levantado y estaban vistiéndose. Aún no había llegado el resplandor del alba, y solo la precaria luz de una o dos velas alumbraba el dormitorio. Yo también me levanté, aunque a regañadientes, porque hacía un frío horrible, y me vestí como Dios me dio a entender, entre escalofríos. Luego tuve que esperar a que quedara libre el lavabo para asearme, cosa que no ocurrió pronto, porque había solo un lavabo para cada seis alumnas. Estaban empotrados en el centro de la habitación. Volvió a sonar la campana, nos colocamos en filas de dos y fuimos bajando la escalera por orden hasta entrar todas en el aula, tan fría como mal iluminada. Allí la señorita Miller dio lectura a las correspondientes oraciones y luego exclamó:
—¡Que se formen las clases!
Durante unos minutos se produjo bastante barullo y la señorita Miller no cesaba de repetir a voces «¡Silencio!» y «¡Orden!» alternativamente. Cuando el tumulto se apaciguó, vi que las chicas se agrupaban en semicírculos, cuatro delante de cada cuatro sillas situadas en las cuatro mesas. Llevaban sus libros en las manos, y otro libro mayor, una especie de Biblia, descansaba en la mesa ante cada silla vacía. Siguió luego una breve pausa traspasada por un quedo rumor de números bisbisados entre dientes. La señorita Miller iba de clase en clase tratando de acallar aquel vago murmullo.
Se oyó un campanilleo a lo lejos y entraron tres señoras en el aula. Cada una se dirigió a su pupitre y tomaron asiento. La señorita Miller ocupó la cuarta silla vacía, la que estaba más cerca de la puerta donde se aglomeraban las pequeñas. Aquel grupo de principiantes era el que me había tocado en suerte, y me fue asignado el último puesto de la clase.
Ahora ya empezaba la tarea. Se repitió la oración del día, se recitaron algunos fragmentos de la Sagrada Escritura y como postre una lectura detallada de capítulos de la Biblia que se prolongó durante una hora. Para entonces, al final de aquel ejercicio, ya había amanecido completamente. La infatigable campana sonó por cuarta vez, las alumnas de todas las clases volvieron a ordenarse en hileras de a dos y desfilamos hacia otra habitación donde iban a servirnos el desayuno. ¡Cómo me apetecía la idea de meter algo en el cuerpo! Me sentía casi enferma de hambre, en ayunas como estaba desde el día anterior.
El refectorio era una estancia enorme y sombría, de techo bajo, y encima de dos mesas alargadas humeaban unas fuentes hondas que contenían algo caliente, aunque comprobé consternada que despedía un olor bien lejos de lo apetecible. Asistí a una protesta colectiva cuando los vapores del guiso llegaron a la nariz de las destinatarias y provocaron su rechazo. Desde la cabeza de aquella especie de manifestación, se alzó un rumor protagonizado por cuatro chicas altas de las primeras clases.
—¡Qué asco! ¡El potaje de avena se ha vuelto a quemar!
—¡A callar! —exclamó una voz que no era la de la señorita Miller, sino de una profesora titular.
Se trataba de una mujer menuda y morena, bien vestida pero de aspecto algo torvo, que se colocó en la cabecera de una mesa, mientras que otra señora más jovial presidía la otra. Busqué en vano con los ojos a la que me había recibido la noche de mi llegada; no la veía por ninguna parte. La señorita Miller ocupaba el extremo inferior de la mesa donde yo tenía designado sitio, y al otro lado tomó asiento una señora mayor algo rara, de aspecto extranjero y que, según supe luego, era la profesora de francés. Se rezó una larga oración para bendecir la mesa y se entonó un himno. Luego una criada trajo el té para las profesoras y se inició el desayuno.
Muerta de hambre y un poco mareada, engullí dos o tres cucharadas de mi ración, sin fijarme en el sabor; pero una vez aplacado el primer brote de ansia, me di cuenta de que tenía delante una bazofia nauseabunda. Comer avena quemada es como comer patatas podridas, hasta al más famélico le darían ganas de vomitar. Las cucharas se movían muy despacio, y vi cómo todas las chicas paladeaban aquello y hacían esfuerzos para tragarlo, pero muchas acababan desistiendo de su empeño. Total, que el desayuno tocó a su fin y nadie había desayunado. Volvieron a darse las gracias por lo que no se había recibido, se entonó un segundo himno y el refectorio se vació. Yo fui la última en salir y, según iba pasando por las mesas, vi que una de las profesoras cogía la fuente de potaje para probarlo. Luego miró a las demás y en todos los rostros se leía un profundo desagrado. Una de ellas, la más gorda, murmuró:
—¡Qué porquería! Es una bazofia incomible.
Durante el cuarto de hora transcurrido en el aula antes de iniciarse las clases, todas las alumnas andaban alborotadas. Era un rato en que se permitía hablar más alto y sin tanta ceremonia, un privilegio que se disfrutaba de buena gana. Todas las conversaciones versaron sobre el desayuno, que fue denostado sin excepción. Era el único desahogo que les cabía a aquellas pobrecitas. La señorita Miller era la única profesora que había en aquellos momentos en el aula y un grupo de chicas mayores arremolinadas a su alrededor se dirigían a ella con gestos torvos y expresión grave. Oí cómo de algunos labios brotaba el nombre del señor Brocklehurst, y cómo la señorita Miller, al escucharlo, movía la cabeza con desaprobación. Pero no se esforzó mucho por aplacar la indignación general, que seguramente compartía.
Un reloj dio las nueve y la señorita Miller, saliendo de aquel corro de alumnas, se plantó en medio del aula y exclamó:
—¡Silencio! ¡Todas a sus asientos!
La disciplina se restableció, y en cinco minutos el confuso tumulto había desembocado en orden, sustituyendo por un relativo silencio aquel clamor de Torre de Babel. Las profesoras titulares ya estaban tomando asiento, pero gravitaba, a pesar de todo, una sensación de expectativa. Repartidas en bancos a los lados del aula, quietas y erguidas, estaban las ochenta alumnas. Formaban un grupo peculiar, todas con el pelo muy tirante y retirado de la cara sin que se escapara ni un solo rizo, vestidas de marrón con uniformes abotonados hasta el cuello y rematados por una pañoleta, con sus faltriqueras de lino a modo de bolsas escocesas atadas a la cintura para meter los útiles de coser; todas con medias de lana y zapatos bastos con hebilla de latón. Unas veinte de ellas eran jovencitas, casi mujeres, y aquel atuendo no le sentaba bien a ninguna, hasta las más guapas parecían adefesios.
Yo seguía mirándolas y también a ratos a las profesoras, ninguna de las cuales salía aprobada de mi examen: la más gorda era un poco ordinaria, la morena bastante torva, la extranjera un poco grotesca en su austeridad. ¿Y qué decir de la pobre señorita Miller, tan rubicunda y curtida por el sol, con aquel aire de perpetuo agobio? Y de pronto, cuando mis ojos viajaban errabundos de un rostro a otro, toda la clase se puso en pie al mismo tiempo, como obedeciendo a idéntico impulso.
¿Qué pasaba? No había oído formular ninguna orden, así que estaba desconcertada. Pero antes de que pudiera recuperarme de la sorpresa, las alumnas se habían vuelto a sentar. Sin embargo, como todos los ojos estaban vueltos ahora hacia un punto determinado, los míos siguieron la dirección general, y se vinieron a topar con el personaje que me había recibido la noche anterior. Estaba de pie en el extremo del aula alargada, junto a la chimenea de aquel lado, porque había dos. Pasó revista en silencio y con gesto grave a las filas de alumnas y luego pareció contestar a una pregunta formulada por la señorita Miller, que se había aproximado a ella.
—¡Encargada de la primera clase! —gritó la señorita Miller, tras volver a su sitio—. ¡Traiga las esferas!
Mientras se cumplimentaba su encargo, la señora a quien consultó se paseaba lentamente por el aula. Debo de ser bastante proclive a la veneración porque aún hoy recuerdo la intensidad con que mis ojos fascinados seguían el rumbo de sus pasos. Contemplada así, a plena luz del día, me pareció alta, guapa y de buena planta. Los ojos los tenía oscuros, iluminados por un resplandor sereno y rodeados de largas y primorosas pestañas, contrastando con la blancura de su amplia frente. El pelo, muy oscuro también, se lo peinaba recogido en rizos sobre las sienes, según la moda de esos años, porque ni los tirabuzones ni las ondas suaves se llevaban. Su traje, también muy de moda, era de color púrpura, recamado por un galón de terciopelo, al estilo español, y en el cinturón llevaba sujeto un reloj de oro, cosa bastante llamativa porque entonces los relojes no eran tan corrientes como ahora. Que el lector añada, si quiere completar el cuadro, unas facciones refinadas, un cutis transparente y un aire majestuoso y podrá imaginarse con una claridad que las palabras no aciertan a transferir el aspecto exterior de la señorita Temple; Maria Temple, porque más tarde supe su nombre de pila, al verlo escrito en un libro de rezos que me encargaron llevarle a la iglesia. Y también supe que era la directora de Lowood.
Pues bien, la directora se sentó ante las dos esferas del mundo que habían traído y depositado en una de las mesas, congregó a todas las alumnas mayores en torno a ella y empezó a dar clase de geografía. Mientras tanto, también las pequeñas fuimos convocadas por otras profesoras y durante una hora se explicaron nociones de historia, gramática, aritmética y caligrafía. Las clases de música las recibían las mayores y su profesora era también la señorita Temple. La duración de las clases se iba rigiendo por el reloj que, por fin, dio las doce. Entonces la directora se levantó y dijo:
—Tengo que decirle unas palabras al alumnado.
El alboroto recién iniciado al acabar las clases se aplacó ante aquel anuncio.
—Esta mañana —continuó— os han servido un desayuno incomible, lo habéis dejado en el plato y debéis de estar hambrientas. De manera que he mandado que traigan pan y queso para todas.
Las profesoras la miraban sin salir de su asombro.
—Se va a hacer bajo mi responsabilidad —añadió, a manera de explicación para ellas.
Trajeron el queso y el pan, que se distribuyó en raciones para todas, y fue saboreado con general deleite y alivio. Enseguida se nos ordenó salir al jardín. Cada cual cogió su sombrero y su capa y se los puso; eran sombreros de paja burda con cintas de percal de colores y las capas de paño gris. Yo me equipé igual que todas y salí con ellas al recreo. Era la primera vez que me aventuraba al aire libre.
El jardín era un recinto ancho, rodeado de tapias tan altas que ninguna mirada de exploración podía colarse desde fuera. Una galería cubierta abarcaba una de ellas a todo lo largo, y en el centro unas veredas anchas dividían y limitaban diversas parcelitas, asignadas cada cual a una alumna para que las cultivaran como su jardín. Cuando estuvieran cubiertas de flores seguramente resultarían bonitas, pero entonces, a finales de enero, todo presentaba un aspecto marchito y desolador. Me estremecí al mirar en torno a mí; era un día inclemente para correr o jugar fuera. No propiamente lluvioso, pero oscurecido por una neblina amarillenta que todo lo penetraba, y el suelo seguía empapado a causa de los chaparrones del día anterior. Las chicas más fuertes salieron corriendo e iniciaron juegos que requerían mucho ejercicio, pero la mayoría, una grey flacucha y anémica, se congregó en la galería en busca de refugio y tibieza. A medida que la densa niebla se les metía hasta los huesos y provocaba tiritonas, pude oír a rachas el eco cavernoso de alguna tos insistente.
Hasta entonces no había hablado con ninguna alumna, ni ellas parecían haberse enterado de mi existencia, así que estaba sola y bien sola. Pero no era una situación que me agobiara, porque estaba acostumbrada de sobra al aislamiento. Me apoyé contra una columna de la galería, me arropé bien con la capa y me entregué a la tarea de observar y reflexionar sobre lo observado, dando al olvido los mordiscos exteriores del frío y los interiores del hambre insatisfecha. Mis reflexiones eran tan vagas y fragmentarias que no vale la pena intentar revivirlas: casi no me daba cuenta ni de dónde estaba. Gateshead y mi vida pasada eran como puntos flotando a inconmensurable distancia, el presente era incierto y extraño y con respecto al futuro era incapaz de aventurar conjetura alguna. Miré aquel jardín como de convento y luego el amplio edificio del colegio con una parte nueva y otra vieja y gris. La parte nueva, donde estaban el aula y los dormitorios, tenía ventanas de celosía, que imprimían a la fachada un aire frailuno. Encima de la puerta había una placa donde podía leerse la siguiente leyenda: «Institución Lowood.
Esta parte fue reconstruida en el año… por Naomi Brocklehurst, de Brocklehurst Hall, de este condado. Resplandezca ante los hombres vuestra luz para que puedan apreciar vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre, que está en los Cielos (San Mateo, versículo 16)».
Leí aquellas palabras una vez y otra; me daba cuenta de que encerraban un mensaje oculto cuya importancia era incapaz de descifrar. Me estaba preguntando qué querría decir «institución» y tratando de relacionar la primera frase con el versículo de san Mateo, cuando el ruido seco de una tos junto a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Vi a una chica sentada muy cerca en un banco de piedra y con la cabeza inclinada hacia un libro en cuya lectura parecía totalmente embebida. Desde donde estaba alcancé a leer el título: Rasselas[5], que me llamó la atención por raro, y en eso mismo residía su atractivo. Al volver una de las páginas, la chica aquella levantó la cabeza y yo me dirigí a ella sin rodeos.
—¿Es bonito ese libro? —le pregunté, mientras abrigaba la intención de pedírselo prestado algún día.
—A mí me gusta —contestó, tras una breve pausa durante la cual me miró atentamente.
—¿De qué trata? —seguí preguntando.
A mí misma me extraña la audacia que desplegué para entablar conversación con una desconocida, no sé de dónde la sacaría, porque era algo totalmente contrario a mi manera de ser y a mis costumbres. Creo que debió de ser su actitud ensimismada lo que logró que vibrase en mi interior alguna cuerda de simpatía, porque también a mí me encantaba leer, aunque fueran libros infantiles e inconsistentes. No estaba preparada para entender ni digerir temas de mayor sustancia.
—Puedes echarle un vistazo —replicó ella, tendiéndome el libro.
Así lo hice, y un rápido examen me bastó para convencerme de que el texto era menos arrebatador que el título. Rasselas resultaba insípido para un gusto como el mío, hecho a historias más baratas y frívolas. No me pareció que tratase de hadas ni de gnomos y tampoco daba la impresión de que el resplandor de la amenidad iluminase aquellas páginas de letra apretada. Se lo devolví y ella lo cogió tranquilamente, sin decir nada. Estaba a punto de volver a entregarse a la lectura, pero yo me atrevía a seguir interrumpiéndola.
—Oye, ¿sabes tú lo que quiere decir esa frase de la placa que hay encima de la puerta? ¿Qué es la Institución Lowood?
—Pues esta casa donde has venido a vivir.
—Ya. Pero ¿por qué la llaman institución? ¿Se diferencia en algo de otros colegios?
—Bueno, en parte es un colegio benéfico. Tú y yo, y todas las alumnas que hay aquí, dependemos de la caridad. Supongo que serás huérfana, ¿no? ¿No se han muerto tu padre o tu madre?
—Los dos, hace mucho, antes de que yo tuviera memoria.
—Pues eso. Aquí todas las chicas son huérfanas de padre, o de madre, o de padre y madre. Y esta institución ha nacido con el propósito de educar a niñas huérfanas.
—¿No pagamos nada? ¿Nos tienen gratis?
—Casi. Pagamos, o pagan nuestros parientes, quince libras anuales por cada una.
—Pues entonces no vivimos de la caridad.
—Sí, porque quince libras son poco para la manutención y los gastos de enseñanza, o sea que una gran parte se suple con donaciones.
—¿Donaciones de quién?
—De señoras y caballeros caritativos de estos alrededores, y también de Londres.
—¿Quién era Naomi Brocklehurst?
—La señora que mandó edificar el ala nueva del edificio, lo dice en la placa. Su hijo es el que ahora lo supervisa todo aquí, el que manda.
—¿Y por qué?
—Porque es el administrador de la institución, y el tesorero.
—¿Entonces este colegio no es de la señora alta que lleva un reloj en el cinturón y que ha mandado que nos dieran pan y queso?
—¿De la señorita Temple? ¡Ojalá! Nada de eso; ella le tiene que rendir cuentas de todo al señor Brocklehurst. Es él quien se encarga de comprar la comida y todos los vestidos que llevamos.
—¿Vive aquí?
—No, a más de dos millas. En una casa grandísima.
—¿Y es buena persona?
—Es un clérigo, y tiene fama de hacer muchas obras de caridad.
—¿Has dicho que se llama Temple la señora alta?
—Sí.
—¿Y las otras?
—La de la cara coloradota se llama señorita Smith; organiza el trabajo y enseña corte y confección, porque nuestros uniformes y chaquetones nos los hacemos nosotras. La más bajita de pelo negro es la señorita Scatcherd; da historia y gramática, y repasa las lecciones a las de la segunda clase. Y la que lleva un chal y un pañuelo atado a la cintura con cintas amarillas, esa es madame Pierrot, la de francés; viene de Lisle, una ciudad de Francia.
—¿Te gustan las profesoras?
—Bastante.
—¿La pequeñita morena te gusta? ¿Y la madame esa que no sé pronunciar su apellido?
—Bueno, la señorita Scatcherd es viva de genio y no se te ocurra llevarle la contraria. Madame Pierrot no es mala persona.
—Pero la señorita Temple es la mejor. ¿A que sí?
—La señorita Temple es buenísima y muy inteligente. Está francamente por encima de las demás, porque sabe mucho más que ninguna.
—¿Hace mucho que vives aquí?
—Dos años.
—¿Eres huérfana?
—Sí, de madre.
—¿Y te encuentras a gusto aquí?
—Oye, me estás preguntando demasiadas cosas. Yo creo que por hoy ya te he contestado a bastantes. Ahora déjame leer un rato.
Pero en aquel momento llamaron para la comida y tuvimos que volver a entrar todas. El aroma que impregnaba el refectorio era casi tan poco apetitoso como el que se coló por nuestras narices a la hora de desayunar. La comida se sirvió en dos fuentes muy grandes de hojalata, de las cuales surgía un vapor que olía a rancio de forma penetrante. Me di cuenta de que el guiso consistía en una mezcla de patatas sin condimento y unos extraños trozos alargados de carne mohosa. Una ración relativamente abundante de dicho condimento se nos puso delante a cada una. Comí lo que pude, mientras me preguntaba mentalmente si todos los días iba a ocurrir lo mismo.
Después de comer, pasamos enseguida al aula, otra vez se reanudaron las lecciones y así hasta las cinco.
El único acontecimiento digno de mención a lo largo de aquella tarde es que vi cómo la chica que me había dado conversación en la galería era expulsada de clase de historia por aquella tal señorita Scatcherd, que la castigó a permanecer de pie en el centro de la gran aula. Me pareció un castigo sumamente humillante, sobre todo tratándose de una chica tan mayor, porque calculé que podría tener trece años o más. Esperaba que hubiera dado muestras de congoja o de vergüenza, pero me sorprendió mucho comprobar que ni lloraba ni el rubor coloreaba sus mejillas. Se mantuvo allí en pie, inalterable y seria, convertida en el blanco de todas las miradas. «¿Cómo podrá aguantarlo tan tranquila y con tanta entereza? —me preguntaba—. Si yo estuviera en su lugar, mi único deseo sería el de que se abriera la tierra y me tragara. Y ella en cambio parece como si estuviera pensando, situada más allá del castigo y de la situación que padece, en algo que no está delante de ella ni a su alrededor. He oído hablar de las ensoñaciones de algunas personas despiertas; ¿estará ahora soñando despierta? La mirada la tiene clavada en el suelo, pero seguramente no ve el suelo, sus ojos parecen vueltos hacia adentro, hacia su corazón; creo que mira a lo que tal vez recuerda, no a lo que tiene de verdad delante. Me pregunto qué clase de chica es, si será buena o mala».
Poco después de las cinco nos sirvieron otra colación que consistió en una taza de café y media rebanada de pan moreno. Devoré el pan y bebí el café con deleite, pero me pareció poco, habría necesitado mucho más y seguía teniendo hambre. Luego tuvimos media hora de recreo, otro rato de estudio y a continuación un vaso de agua, un trozo de torta de avena, los rezos y a la cama.
Así fue como se desarrolló mi primer día de estancia en Lowood.