Jane Eyre (ed. Alba)
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Capítulo X
Hasta aquí he relatado con todo detalle los acontecimientos de mi anodina existencia. He dedicado a los primeros diez años de ella casi el mismo número de capítulos. Pero no se trata de escribir una biografía metódica, solo pretendo invocar a la memoria cuando crea que sus respuestas van a tener un mínimo de interés. Por eso ahora voy a sobrevolar casi en silencio un espacio de ocho años; con unas pocas líneas habrá bastante para establecer la conexión y no perder el hilo.
Una vez cumplida su misión devastadora, el tifus fue desapareciendo gradualmente de Lowood, pero no tanto como para que su virulencia y el número de víctimas dejaran de llamar la atención pública hacia aquella escuela. Se investigó el origen de la epidemia y poco a poco salieron a relucir detalles que escandalizaron e indignaron a la gente. La naturaleza insalubre del lugar, la precariedad y las malas condiciones de la comida, el agua fétida y salobre con que se condimentaba, las deficiencias en la ropa y el alojamiento de las alumnas, todo se destapó. Y aquel descubrimiento, si bien acarreó un mortificante desprestigio para el señor Brocklehurst, para la institución misma tuvo consecuencias muy beneficiosas.
Diversos individuos ricos y caritativos del condado aportaron donaciones para que se construyera un edifico mejor acondicionado y se variaron muchas normas del viejo reglamento, se mejoraron el vestuario y el régimen de comidas, y un comité de gestión se encargó de administrar los fondos. El señor Brocklehurst, a quien no se podía apartar de la institución dada su posición social y su riqueza, siguió ostentando el cargo de tesorero, pero frenado y ayudado en el desempeño de sus funciones por otros caballeros de mentalidad más abierta y mayor amplitud de miras. También en su labor de inspección venía a ser respaldado por personas capaces de combinar la lógica con el rigor, el bienestar con la economía y la compasión con la severidad. El colegio, pues, a partir de estas mejoras se fue convirtiendo con el paso del tiempo en una digna institución de verdadera utilidad. Yo seguí interna en ella otros ocho años después de la reforma, seis todavía como alumna y dos ya como profesora. Y tanto en un aspecto como en otro puedo atestiguar la importancia y valía que tuvo para mí.
A lo largo de esos ocho años mi vida transcurrió uniforme; pero no me sentía desgraciada porque nunca me mantuve ociosa. Contaba con muchos medios a mi alcance para adquirir una esmerada educación, y me animó a aprovecharlos tanto el entusiasmo que me despertaban algunas asignaturas como el afán por destacar en todas ellas. Esto sin contar con el placer que me proporcionaba darles gusto a mis profesoras, especialmente a aquellas por quienes sentía predilección. Total, que no desperdicié ninguno de los privilegios que se me brindaron. Andando el tiempo llegué a ser la primera de la clase y luego me convertí en profesora. Fue un cargo que desempeñé con todo celo durante dos años. Al cabo de ellos, las cosas cambiaron.
A lo largo de toda esta evolución, la señorita Temple siguió siendo directora del colegio, y a sus enseñanzas debo la parte más sólida de mi bagaje mental. Su amistad y compañía me sirvieron continuamente de solaz, y a los papeles de madre y maestra que desempeñó se unió el de colega en la etapa final. Una etapa breve, porque ella poco después se casó con un clérigo, tan excelente persona como digno de tal esposa, y se fueron a vivir a un condado lejano. Ese fue el final, no volví a saber nada de ellos.
Desde el día en que perdí a la señorita Temple, ya no pude seguir siendo la misma. Con ella se desvaneció mi sensación de arraigo y aquella identificación que hasta cierto punto identificaba para mí a Lowood con un hogar. Me había contagiado algo de su carácter y muchas de sus costumbres. Pensamientos más armoniosos y sentimientos menos exaltados se hospedaron en mi cabeza. Había jurado fidelidad al orden y al deber, estaba tranquila y me consideraba feliz. Ante los ojos de los demás, y muchas veces también ante los míos, aparecía como una persona de carácter sumiso y atenido a disciplina.
Pero entre la señorita Temple y yo se interpuso el destino bajo la forma del reverendo señor Nasmyth. Los vi subir a un coche de posta poco después de su boda. Iban vestidos con ropa de viaje, y yo me quedé mirando cómo el coche remontaba una colina y luego desaparecía cuesta abajo. Me retiré a mi cuarto, y allí consumí en soledad el medio día de fiesta que nos habían concedido para festejar el acontecimiento.
Me pasé casi todo el tiempo paseando entre aquellas cuatro paredes. Ya solo podía imaginarme a mí misma obsesionada por aquella pérdida y dándole vueltas al modo de subsanarla. Pero cuando, después de mucho pensar, me di cuenta de cómo había desperdiciado la tarde y de que ya había entrado la noche, otro hallazgo alboreó sobre mí: supe que en aquel rato había sufrido un proceso de transformación, que mi mente estaba desprendiéndose de cuanto tomó en préstamo de la señorita Temple, o mejor dicho que ella se había llevado al marcharse la serena atmósfera que respiré junto a ella, que ahora yo volvía a moverme en mi elemento natural, y que empezaba a sentir la agitación de olvidadas emociones. No me parecía que me hubieran quitado un puntal, sino más bien un motivo. No era la capacidad de sosiego lo que me fallaba, sino haber perdido las razones para seguir cultivando ese sosiego. Mi mundo durante muchos años se había reducido a Lowood; mi experiencia no iba más allá de sus reglas y normas. Y de pronto me acordé de lo ancho que era el mundo, y del abanico de esperanzas y miedos, de sensaciones y aventuras que aguardaban a quien tuviera el coraje de lanzarse a su espesura, desafiando peligros, en busca de vida y conocimientos verdaderos.
Me acerqué a la ventana, la abrí y me asomé a mirar. Allí seguían las dos alas del edificio, allí estaba el jardín y los límites de Lowood, y más allá el horizonte montañoso.
Mis ojos pasaron por encima de todo aquello para quedar descansando en lo más remoto: las colinas azules. Me moría de ganas de coronar su cima; sentí que eran las fronteras de mi destierro, y cimiento de una cárcel, todo lo que quedaba dentro de aquel cerco de rocas y brezo. Escudriñé el blanco camino que, desde la base de una montaña, subía serpenteando hasta desaparecer en un desfiladero. ¡Cómo anhelaba seguirlo y llegar más allá! Me acordé de cuando vine en coche al colegio por ese mismo camino y de cómo emprendimos la bajada hacia el valle a la hora del ocaso. Me pareció que había transcurrido un siglo desde que pisé Lowood. Y nunca había vuelto a salir de allí. Las vacaciones las pasaba siempre en el colegio, ni la señora Reed ni nadie de su familia me invitaron a Gateshead ni vinieron siquiera a visitarme. Ni por carta ni de palabra había tenido contacto alguno con el mundo exterior; todo mi conocimiento de la vida me llegó a través de las normas del colegio, los deberes del colegio, las costumbres, nociones, voces, rostros, frases, ropas, preferencias y antipatías del colegio. Y de pronto ya no me bastaba con eso. En una sola tarde aborrecí la rutina de ocho años. Estaba ansiosa de libertad, rabiaba por conseguirla y se me ocurrió pedirla rezando, pero parecía huir deshilachada en brazos del suave viento. Desistí y formulé una súplica más modesta, simplemente un cambio, un estímulo. Pero noté que también esa petición se desvanecía en el espacio sin dejar huella.
—¡Entonces —grité, ya entregada casi del todo a la desesperación— concededme al menos una nueva servidumbre!
En aquel momento sonó la campana que avisaba la hora de la cena.
No pude verme libre para reanudar el hilo roto de mis cavilaciones hasta que me metí en la cama. Pero incluso entonces una profesora que compartía el cuarto conmigo obstaculizó con su incoherente y profusa conversación el regreso a aquel tema que tanto interés tenía en repescar. No veía el momento en que el sueño la hiciera enmudecer. Tenía la impresión de que si fuera capaz de ahondar en aquellas ideas que colmaron mi pensamiento cuando me puse a mirar por la ventana, alguna sugerencia original brotaría para venir en mi auxilio.
Por fin escuché los ronquidos de la señorita Gryce. Era una mujer gruesa, oriunda de Gales, y hasta esa noche sus habituales contratiempos respiratorios no habían significado para mí otra cosa que una molestia, pero en aquel momento saludé con entusiasmo el incipiente murmullo de notas graves. Estaba libre de interferencias e inmediatamente resucitaron mis cavilaciones, solo borradas a medias.
«¡Una nueva servidumbre! ¡La cosa tiene miga! —exclamé (para mis adentros, claro, porque no hablaba en voz alta)—. Y sé que tiene miga precisamente porque no suena a dulzura ilusoria. No es una palabra como Libertad, Estímulo o Placer, cuyos ecos sumen en la delicia, aunque para mí son tan vacíos y fugaces que atender a ellos supone una pérdida de tiempo. ¡Pero en cambio Servidumbre! Eso es algo de fuste. Capaces de servir lo somos todos; yo he servido aquí ocho años, ahora no pretendo más que irme a servir a otro sitio. ¿Podré conseguirlo a base de voluntad? ¿Es algo factible? Pues sí, claro que sí, no se trata de un objetivo tan difícil. Solo hace falta la energía mental suficiente para ponerse a rastrear los medios adecuados».
Me incorporé en la cama con el propósito de despertar dicha energía mental. Era una noche fresca. Me abrigué los hombros con un chal y me puse a pensar otra vez lo más intensamente posible.
«¿Qué es lo que quiero? Un puesto nuevo, en una casa nueva, rodeada de caras nuevas, y bajo nuevas circunstancias. Y quiero eso porque no lleva a ninguna parte alimentar el deseo de algo mejor. ¿Y qué hace la gente para conseguir un puesto nuevo? Pues supongo que acuden a sus amigos, pero yo no tengo amigos. Habrá otros que tampoco los tengan, y no les quedará más remedio que arreglárselas por sí mismos y ser ellos sus propios valedores. ¿De qué recursos echarán mano?».
No podía saberlo, ni nada contestaba a mi pregunta. Así que le ordené a mi cerebro que buscara la respuesta y que lo hiciera lo antes posible. Se puso a trabajar cada vez más aprisa. Sentía el latido de la sangre en la cabeza y en las sienes, pero casi durante una hora aquellas fatigas por roturar el caos no dieron resultado alguno. Enfebrecida por tan vanos sudores, me levanté y me puse a dar vueltas por la habitación; descorrí la cortina, y descubrí en el cielo una o dos estrellas. Pero tiritaba de frío, así que volví a meterme en la cama.
Un hada bondadosa, aprovechando mi ausencia, debía de haber dejado caer sobre la almohada aquella sugerencia tan perseguida por mi mente, porque acudió a ella bajo la fórmula más natural y simple en cuanto me tumbé:
«Los que buscan empleo, ponen un anuncio. Tienes que poner un anuncio en el Herald de este condado».
«¿Pero cómo se hace? Yo de anuncios no sé nada».
La respuesta brotó ahora inmediata y fluida.
«Tienes que enviar el texto del anuncio y el dinero que cuesta, ponerlo dentro de un sobre dirigido al director del Herald y, en cuanto tengas ocasión, vas a Lowton y lo echas al buzón. La respuesta que la dirijan a J. E., Estafeta de Correos, y ya está. Una semana después de echar la carta vuelves a Lowton para enterarte de si hay contestación. Y según lo que te contesten, obras en consecuencia».
Rumié aquel plan otra vez, otras dos, otras tres, hasta que me quedó grabado en la cabeza. Cuando ya lo tenía bien claro, la satisfacción me invadió y caí dormida.
Me levanté con el alba. Antes de que sonara la campana para que nos despertáramos, ya tenía yo el anuncio redactado, metido en un sobre y con las señas puestas. Decía así:
Una joven con experiencia en la enseñanza busca un puesto de institutriz en una familia con hijos menores de catorce años. Está preparada para impartir los rudimentos de la educación inglesa y también es profesora de música, francés y dibujo. Dirigirse a J. E., Estafeta de Correos, Lowton, condado de…
Llevaba dos años de profesora en Brocklehurst, ¿no era eso tener experiencia? En cuanto a la edad de mis futuros alumnos, teniendo como yo tenía apenas dieciocho años, me pareció mejor no emprender la tutoría de chicos cuya edad se acercara mucho a la mía. Y en cuanto a mis conocimientos, lector, hay que pensar en que la lista de los que exhibía era más que suficiente para aquel entonces.
Aquel documento se quedó todo el día guardado bajo llave en mi cajón. Después del té, le pedí permiso a la nueva directora para llegarme hasta Lowton alegando que tenía que llevar a cabo unos encargos para mí y un par de compañeras. El permiso me fue concedido inmediatamente y con la misma presteza salí del colegio. Lowood quedaba a unas dos millas y la tarde estaba húmeda; pero los días eran todavía largos. Entré en un par de tiendas, eché la carta al buzón y volví bajo una lluvia intensa, con la ropa calada pero el corazón ingrávido.
La semana siguiente se me hizo muy larga, pero al fin concluyó, como todas las cosas que duermen bajo la luna. Y allí me tenéis otra vez en las postrimerías de un día otoñal, recorriendo a pie el camino hacia Lowood, que era muy pintoresco, por cierto. Bordeaba el arroyo y se adentraba en el valle a través de amenas revueltas. Pero aquel día iba yo más pendiente de las cartas que pudieran estar esperándome en el pueblo al que me dirigía que dispuesta a apreciar los encantos del arroyo y las praderas.
El presunto motivo de aquella excursión era el de encargarme unos zapatos a la medida, así que empecé por atender a ese asunto, y en cuanto lo tuve resuelto, crucé a buen paso la pacífica y limpia callecita que llevaba desde la zapatería hasta la oficina de correos. Detrás del mostrador había una señora ya mayor con gafas y mitones negros.
—¿Hay alguna carta para J. E.? —pregunté.
Me escudriñó por encima de sus gafas, y luego abrió un cajón en cuyo contenido estuvo hurgando un buen rato, tan largo que mis esperanzas empezaron a desfallecer. Por último sacó un documento y lo examinó unos minutos, tras lo cual me lo dejó encima del mostrador acompañando su gesto de otra mirada inquisitiva y suspicaz. Era para J. E.
—¿No hay más que esta? —pregunté.
—No hay más, solo esta.
Me la metí en el bolsillo y emprendí el regreso a casa. No pude abrirla enseguida, porque según las normas del colegio había que volver a las ocho y eran más de las siete y media.
A la llegada me esperaban varias tareas. Tuve que vigilar a las alumnas durante su hora de estudio, luego llegó el turno de la lectura de oraciones y de acompañar a las chicas a la cama. Inmediatamente después me tocó cenar con las compañeras. Y cuando por fin me retiré a dormir, la inevitable señorita Gryce seguía haciéndome compañía. No quedaba más que un exiguo cabo de vela y tenía miedo de que se agotara en la palmatoria y nos dejara a oscuras antes de que ella acabara de hablar. Pero gracias al cielo la cena pesada que ingirió había obrado en ella efectos soporíferos y, antes de que yo acabara de desnudarme, ya estaba roncando. Quedaba aún una pulgada de vela; saqué la carta y vi que el sobre llevaba una F. sellada en el lacre. Lo abrí. El contenido de la misiva era breve:
Si J. E., que se anunciaba el jueves pasado en el Herald, está capacitada para la enseñanza, como dice, y puede acompañar los pertinentes informes sobre su conducta y aptitudes, se le ofrece un puesto de institutriz para una sola alumna, una niña de casi diez años, y un sueldo de treinta libras anuales. Se ruega a J. E. que envíe sus informes con el nombre completo, la dirección y demás datos a: Señora Fairfax, Thornfield, junto a Millcote, condado de…
Me quedé un rato examinando aquel documento. La letra era algo temblorosa y pasada de moda, como la de la gente mayor. Este detalle me gustó. Al haber tomado por mi cuenta y sin consejo aquella decisión, me invadía el secreto temor de correr riesgos o de meterme en líos. Y lo que yo deseaba por encima de todo era presentar, como resultado de mis esfuerzos, una imagen respetable y adecuada, en règle. Y tenía la corazonada de que una señora mayor no era mal ingrediente para el asunto que me traía entre manos. ¡La señora Fairfax! Me la imaginaba vestida de negro y con velo de viuda, tal vez algo distante pero bien educada: un modelo de la respetabilidad inglesa de toda la vida. Y seguro que Thornfield, que sin duda era el nombre de su casa, sería un lugar primoroso y ordenado, aunque la imaginación no me alcanzaba para dibujar un plano de la finca. Millcote, condado de… Repasé mis nociones de geografía inglesa y en el mapa encontré el pueblo y el condado. Estaban setenta millas más cerca de Londres que el perdido rincón donde yo residía, y eso ya era para mí un aliciente. ¡Qué ganas de ir a sitios bulliciosos de vida y animación! Millcote era una ciudad industrial bastante grande situada a orillas del río A., sin duda llena de gente activa y atareada. Al menos sería un cambio completo de perspectiva, así que tanto mejor. No quiere decir esto que mi fantasía se sintiera arrebatada ante la imagen de altas chimeneas y nubes de humo, pero me dije que seguramente Thornfield estaría apartado de la ciudad.
En ese momento se consumió la vela y me quedé a oscuras.
Al día siguiente tuve que emprender nuevas diligencias. Ya no podía seguir guardando en secreto mis planes, tenía que notificarlos si quería que llegaran a buen puerto. Pedí audiencia a la directora y me recibió durante el recreo de mediodía. Le conté que había echado la instancia para un nuevo trabajo y que había sido admitida con un sueldo doble del que me pagaban allí. (En Lowood percibía solamente quince libras al año). Le rogué que transmitiera mi decisión al señor Brocklehurst o a otros miembros del comité, y se enterara de si podía mencionar sus nombres como posibles informantes de mi conducta. Consintió de buen grado en hacer de mediadora, y al día siguiente expuso el asunto ante el señor Brocklehurst, quien adujo como condición informar a la señora Reed, ya que ella seguía siendo mi tutora. Se le mandó por tanto una nota a esta señora, quien contestó diciendo que «por ella podía hacer lo que me diera la gana, que ya había optado desde hacía muchos años por desentenderse de mis asuntos». Esta respuesta pasó al comité y, tras una demora que se me hizo pesadísima, se me concedió formalmente permiso para mejorar mi situación si podía hacerlo. Se adjuntaba la promesa de enviarme enseguida un certificado de buena conducta que firmarían los inspectores de la institución, ya que en Lowood me había portado bien tanto siendo alumna como profesora.
Recibí este certificado al cabo de un mes y le envié una copia a la señora Fairfax, la cual contestó dándose por satisfecha. En su carta me daba un plazo de quince días para que me incorporara a mi nuevo trabajo de institutriz.
Me entregué de lleno a los preparativos y aquellos quince días se me fueron en un soplo. No tenía mucha ropa, aunque sí la suficiente para mis necesidades, así que para hacer el equipaje me bastó con un día, el último. El baúl era el mismo que traje de Gateshead ocho años antes.
Quedó atado el baúl con sus correspondientes cordeles y una etiqueta pegada con mi nombre, media hora antes de que un mensajero viniera a recogerlo para llevarlo a Lowton, hacia donde yo misma saldría a la mañana siguiente muy temprano para coger el coche. Había cepillado mi vestido de viaje de paño negro y tenía preparados el sombrero, los guantes y el manguito. Rebusqué por todos los cajones para ver si me olvidaba algo y, como no tenía otra cosa que hacer, me senté y procuré vivir la espera en paz. ¡Vano empeño! A pesar de haberme pasado todo el día de pie, estaba tan nerviosa que no paraba quieta ni un instante. Aquella noche se clausuraba una etapa de mi vida y a la mañana siguiente se iniciaba otra. Y en el intermedio, ¿cómo iba a dar ni una cabezada? Tenía que estar alerta, espiar febrilmente la llegada del cambio.
—Señorita —me dijo una criada que se cruzó conmigo en el pasillo por donde erraba cual alma en pena—. Hay abajo una persona que pregunta por usted.
Pensé que seguramente sería el mensajero y me precipité escaleras abajo sin preguntar más. Cuando me encaminaba a la cocina, pasé por el cuarto de estar de las profesoras, y vi que la puerta entreabierta era empujada por alguien que salió corriendo hacia mí.
—¡Es ella, estoy segura! La habría reconocido donde quiera que la encontrase —exclamó aquella persona, que interrumpía ahora mi camino y cogía una de mis manos.
La miré. Vi a una mujer con ropas de criada en día de fiesta, con cierto aire de matrona, pero joven aún. Era guapa, de pelo y ojos negros, viva y espontánea.
—Bueno, a ver, ¿quién soy? —me preguntó con una voz y una sonrisa que reconocí a medias—. No irá a decirme que me ha olvidado, ¿verdad, señorita Jane?
Enseguida la besé y abracé con arrobo.
—¡Bessie, Bessie! —era todo lo que podía decir.
Y ella lloraba y reía al mismo tiempo. Entramos juntas en el cuarto de estar, y allí, junto a la chimenea, había un niño como de tres años con pantalón y chaqueta a cuadros.
—Es mi hijo —dijo Bessie—. Se llama Bobby.
—¿Cómo? ¿Te casaste?
—Sí, hará cinco años, con Robert Leaven, el cochero. Y además de este tengo otra niñita a la que he puesto de nombre Jane.
—¿Y ya no vives en Gateshead?
—Sí, vivimos en la portería. El portero de antes se fue.
—Bueno, ¿y qué ha sido de los demás? Cuéntame cosas de ellos, Bessie. Pero antes de nada, mujer, siéntate. Y tú, Bobby, ven aquí, ¿quieres sentarte en mis rodillas?
Pero no quería, prefirió acurrucarse contra su madre.
—No parece que haya usted engordado ni crecido mucho, señorita Jane —continuó la señora Leaven—. Mucho me temo que en este colegio no le hayan dado demasiado bien de comer. La señorita Eliza Reed le saca la cabeza y en el cuerpo de Georgiana caben dos como usted.
—Supongo que Georgiana seguirá tan guapa como siempre, ¿no, Bessie?
—Sí, muy guapa. El invierno pasado estuvo en Londres con su madre y allí llamó mucho la atención. Se enamoró de ella un joven lord, pero la familia se opuso a la boda; y ellos, pásmese, se pusieron de acuerdo para huir juntos, lo que pasa es que los encontraron y los detuvieron. Fue la otra señorita Reed quien los descubrió, yo creo que estaba celosa. Ahora ella y su hermana se llevan como el perro y el gato, se pasan el día riñendo.
—¿Y qué me cuentas de John Reed?
—Pues nada bueno, a su madre la ha decepcionado. Estuvo en la Universidad pero le dieron calabazas (creo que se dice así). Luego sus tíos querían que estudiase leyes y abriera un bufete de abogados, pero es un chico de vida tan disipada que no van a hacer carrera de él, creo yo.
—¿Qué aspecto tiene?
—Es altísimo y para el gusto de algunos resulta atractivo, pero no sé, con esos labios tan gordos…
—¿Y la señora Reed?
—Está fuerte y se conserva bien de salud, pero creo que de cabeza no tanto. Anda preocupada por el hijo, no le gusta la vida que lleva, siempre derrochando dinero.
—¿Es ella la que te ha mandado venir aquí, Bessie?
—De ninguna manera, yo ya hace mucho que tenía unas ganas enormes de verla, señorita, y cuando me enteré de que se marcha usted a un sitio más lejos, porque llegó una carta donde lo decía, decidí venir a verla antes de que me fuera más difícil darle alcance.
—Creo, Bessie, que te he decepcionado, ¿verdad?
Se lo dije sonriendo. Me había dado cuenta, por su manera de mirarme, de que le inspiraba estima, pero ninguna admiración.
—No, señorita Jane, se equivoca. Se ha convertido en una señora y la encuentro mucho más elegante de lo que esperaba, porque de pequeña, la verdad, no era usted ninguna belleza.
La franqueza de aquella respuesta me hizo sonreír; comprendí que era justa, aunque no me dejó indiferente. A los dieciocho años todos aspiramos a gustar, y el dictamen de que nuestro aspecto físico no secunda tal deseo aporta cualquier cosa menos deleite.
—Pero estoy segura de que es usted muy inteligente —añadió Bessie como premio de consolación—. ¿Qué sabe hacer? ¿Ha aprendido a tocar el piano?
—Un poquito.
Bessie se dirigió a uno que había en la sala, abrió la tapa y me invitó a sentarme. Toqué dos valses y se quedó maravillada.
—¡Las señoritas Reed no tocan ni la mitad de bien! —exclamó alborozada—. Siempre dije que usted las superaría en cualquier cosa que aprendiera. ¿Sabe usted dibujar?
—Ese cuadro que está encima de la chimenea es mío.
Era una acuarela que representaba un paisaje. Se la había regalado a la directora como agradecimiento por sus buenos oficios al recomendar mi caso ante el comité, y ella la había barnizado y puesto en un marco.
—¡Qué preciosidad, señorita Jane! Ni al profesor de pintura de las hermanas Reed le podía salir mejor, y eso por no hablar de lo que hacen ellas, que no tiene ni punto de comparación. ¿Y ha aprendido también francés?
—Sí, Bessie. Lo puedo leer y hablar con soltura.
—¿Y de labores? ¿Sabe coser y bordar en bastidor?
—Sí, claro.
—¡Qué maravilla de señorita está usted hecha! Sabía que sería así, que saldría usted adelante con el apoyo de sus parientes o sin él. Por cierto, quería preguntarle una cosa. ¿De su familia paterna, de los Eyre, ha tenido alguna noticia?
—No, nunca en mi vida.
—Bueno, ya sabe que la señora siempre nos hizo creer que eran pobres y ruines. Pobres puede que lo sean, pero desde luego tan señores como los Reed o más. Y lo digo porque un día, hará siete años, llegó a Gateshead un tal señor Eyre preguntando por usted. La señora Reed le dijo que estaba usted interna en un colegio a cincuenta millas de distancia. Se le notó muy contrariado porque no tenía tiempo de ir a verla. Se marchaba al extranjero, ¿sabe?, en un barco que salía de Londres al día siguiente o al otro. Me pareció un perfecto caballero, y creo que era hermano de su padre.
—¿Y a qué país se iba, Bessie?
—A una isla muy lejos, a miles de millas, donde hacen un vino muy bueno, me lo contó el mayordomo.
—¿Madeira? —sugerí.
—¡Eso mismo! Esa palabra fue la que dijo.
—¿Así que se marchó?
—Sí, en casa no estaría ni diez minutos; la señora Reed le trató con mucha altanería, y luego dijo que era «un vil mercachifle». Mi Robert cree que es un comerciante de vinos.
—Probablemente —contesté—, o tal vez clérigo o viajante de comercio.
Todavía una hora más nos quedamos charlando Bessie y yo, recordando los viejos tiempos. Pero luego tuvimos que despedirnos. A la mañana siguiente volví a encontrármela un momento en Lowton, cuando estábamos esperando nuestras respectivas diligencias. Nos separamos definitivamente a la puerta de la posada de Brocklehurst Arms. Cada una tomaba un camino distinto; ella hacia las colinas de Lowood para hacer transbordo con el coche que había de devolverla a Gateshead. Yo, montada en otro, iniciando la ruta que me conduciría hacia una vida y unas obligaciones nuevas, en las desconocidas afueras de Millcote.